Vísperas – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XXXII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Y dijo el Señor Dios en el principio:
«¡Que sea la luz!» Y fue la luz primera.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que exista el firmamento!»
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Qué brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que el cielo ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas.»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y descansó el Señor el día séptimo.
y el hombre continúa su tarea.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

SALMO 135

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 3, 12-13

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en Jesús, que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémoslo, diciendo:

Escúchanos, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú que eres nuestra luz, ilumina a tu Iglesia,
— para que predique a los paganos el gran misterio que veneramos, manifestado en la carne.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
— y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio.

Tú que, por tu sangre, diste la paz al mundo.
— aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
— para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
— para que sean contados entre tus santos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así, nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes XXXII de Tiempo Ordinario

¡Si tuvierais fe como un grano de mostaza!…

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy vengo a pedirte algo muy pequeño: “un poquito de fe”, una fe pequeñita, “como un granito de mostaza”.  Pero una fe auténtica, firme, capaz de mover montañas. Te pido una fe humilde, sencilla, viva, transparente y contagiosa, como la de tu madre María. Haz que sepa fiarme de Ti como ella se fió. 

2.- Lectura reposada del evangelio. Lc.17, 1-6

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos. Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», le perdonarás. Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. El Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: «Arráncate y plántate en el mar», y os habría obedecido.

3.- Qué dice la Palabra de Dios

Meditación-reflexión

Jesús nos pide una fe “como un granito de mostaza”, una semilla tan pequeña como la punta de un alfiler; pero capaz de convertirse en un gran arbusto. Jesús nos pide una fe auténtica, aunque sea pequeña. Una fe capaz de perdonar siete veces y todas las que haga falta. Una fe capaz de mover montañas. Por consiguiente no se trata de una fe de ideas religiosas, de grandes discursos, sino de una fe que sea  “fruto de un encuentro vivo con Jesús”. Cuando una persona  se ha encontrado vitalmente con Jesús, ya nada sigue igual, todo cambia. Esto se manifiesta de mil maneras. San Pedro, sin Cristo, se siente perdido ¿Adónde iremos? (Jn 6, 68). San Pablo, después de conocer a Cristo, todo lo considera “basura” (Fil. 3,8). La pecadora convierte su “corazón con olor a podrido” en “un perfume de amor exquisito” (Lc. 7,46). Una fe auténtica hace milagros. 

Palabra del Papa

“Me parece que todos nosotros podemos hacer nuestra esta invocación. También nosotros, como los apóstoles, decimos al Señor Jesús: “¡Auméntanos la fe!”. Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos tal como es, para que Tú la hagas crecer. ¿Les parece que repitamos todos juntos esto: Señor, auméntanos la fe? ¿Lo hacemos? Todos: Señor auméntanos la fe. ¡Señor, auméntanos la fe! ¡Señor auméntanos la fe! ¡Que nos la haga crecer, ¡eh! Y el Señor, ¿qué cosa nos responde? Responde: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza, habrían dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y les habría obedecido”. La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero verdadera, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad!” S.S. Francisco, 6 de octubre de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.-Propósito: En este día me acercaré a la persona de quien me siento más alejado y le pediré perdón.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración. (Silencio)

Al terminar esta oración, me dirijo a Ti, Dios mío, para que mi fe, aunque sea pequeña, la tenga siempre viva dentro de mí. En medio de un mundo tan revuelto, tan violento, tan separado de Ti, sólo te pido lo que un día te pidió Santa Teresa: “llena eso poquito que hay en mí”.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán

La pesadilla del fin de la humanidad 

Cada cierto tiempo suelen surgir voces fundamentalistas pregonando catástrofes de lo más fantasiosas como señal de la proximidad del fin del mundo. Voces que activan con atractivo implacable el morbo todavía presente en amplios sectores de la sociedad. Acostumbran a escarbar en ciertas inquietudes religiosas, ancladas en lo más profundo del ser humano, sobre el cuándo y cómo del final de la historia humana. Inquietudes que suelen irrumpir sobre todo en momentos de graves crisis sociales, cuando se masca cierta tensión colectiva, cuando el virus de la excitación apocalíptica corre el riesgo de extenderse como una pandemia.

El escenario cósmico, espejo de un mundo interior

La Biblia no entiende de ciencias naturales ni históricas, no alecciona sobre el movimiento de los astros ni ayuda a leer el horóscopo del destino humano. Ahora bien, el lenguaje bíblico, como en el evangelio de hoy, se reviste de metáforas, de símbolos y de signos para introducirnos en el santuario íntimo de nuestras relaciones personales con el Dios de la alianza. Cuando el hombre sufre  las pruebas y tribulaciones de la vida tiene la sensación de que el cielo se le cae encima: que “el sol se oscurece, que la luna se oculta y que las estrellas se desploman”. No sólo el hombre, también el creyente ha de transitar en más de una ocasión por trances  oscuros en los que el Reino de Dios sufre violencia y dolores de parto.

Un mensaje cargado de esperanza

Mientras el hombre sea hombre seguirá preguntándose sobre su futuro. Pero ¿por qué ha de hacerlo bajo el temor y el miedo a signos catastróficos? No es ése ciertamente el horizonte motivador y esperanzado de Jesús, el horizonte del Dios de la vida. El evangelio nos remite a una lectura confiada de ese combate, personificado en las fuerzas del bien y del mal, que tiene lugar en el seno de todo discípulo de Jesús. Combate en el que el Hijo del hombre ya ha triunfado y que desciende ahora de entre las nubes para tomar posesión de su Reino. Reino al que convoca por medio de sus ángeles a todos los hijos dispersos para compartir plenamente el decisivo comienzo de la nueva humanidad.

Sin duda una llamada a la esperanza para tiempos difíciles, sembrados de pruebas a superar, pero confiados siempre en el Dios de la promesa: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Una esperanza para el aquí y ahora de la presente generación como la que ya germina en los brotes tiernos de la higuera.

Fray Juan Huarte Osácar

Comentario – Lunes XXXII de Tiempo Ordinario

(Lc 17, 1-6)

Este texto encierra varias instrucciones a los discípulos para que sus vidas cumplan la voluntad del Padre. En primer lugar les pide que eviten todo escándalo, es decir, todo lo que pueda hacer tropezar a los demás. Pero pide un cuidado especial por los pequeños, los que no tienen conocimientos, ni poder, ni algo a qué aferrarse, y sólo tienen su fe para que los sostenga.

La grandeza y el poder de Dios se manifiestan especialmente en su paciencia y en su compasión (Sab 12, 16-22), pero eso nos exige ser compasivos con los demás como el Padre celestial es compasivo con nosotros (Lc 6, 36-38). Es lo que expresamos al decir «perdónanos como nosotros perdonamos». No hay que cansarse de perdonar, no hay un límite, porque el hermano siempre merece una nueva oportunidad: si vuelve siete veces al día, las siete veces debe ser perdonado. También San Pablo exhortaba: «No nos cansemos de hacer el bien, que a su tiempo tendremos una cosecha si no desfallecemos» (Gál 6, 9). Y vale la pena leer las motivaciones al perdón que nos ofrece el Eclesiástico en 28, 1-12: Dios aplicará con nosotros la misma medida de perdón que usemos con los demás(l-2); el que perdona se dispone mejor a ser curado por Dios (3); si nos acordamos del fin de nuestra vida no perderíamos energías en rencores (6); el perdón es un pedido que Dios nos hace (7); la venganza y las agresiones provocan daños peores (8-12). Pero sobre todo habría que mirar el modelo de Jesús, que cuando le cargaban la cruz buscaba una excusa para disculpar a los que le hacían daño: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Finalmente, se nos invita a desear que nuestra fe crezca, porque todo lo que parece difícil y complejo puede ser alcanzado si se tiene fe. Bastaría una fe pequeñita como una semilla para que podamos hacer grandes prodigios. Por lo tanto, esa fe, esa confianza humilde en el poder de Dios, puede darnos fuerzas para perdonar, aun cuando parezca muy difícil.

Oración:

«Señor, tu me mostraste un camino, me enseñaste un estilo de vida, pero necesito tu gracia para poder lograrlo. Tu propia vida es el mejor testimonio, tú eres el modelo, pero sin tu poder nada puede cambiar en mi existencia concreta. Ayúdame Señor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Lunes XXXII de Tiempo Ordinario

El pasaje evangélico de Lucas recoge tres sentencias de Jesús relativas al escándalo, a la ofensa del hermano y a la fe y su potencial. Son textos que ya se han comentado en otras versiones del evangelio y con más profusión de detalles. No obstante, volvemos sobre ellos intentando destacar alguno de sus aspectos más sobresalientes. Decía Jesús, a propósito de los escándalos, que es inevitable que sucedan, pero que ¡ay del que los provoca! ¿Por qué esta inevitabilidad? Porque para eliminar el escándalo habría que eliminar el pecado.

Mientras haya pecado en el mundo, habrá escándalos, ya que el pecado ejerce un influjo nocivo sobre los demás, especialmente sobre los más débiles en la fe o en la virtud. El pecado es contagioso e incitante. Debido a la dimensión social del pecado, éste adquiere fácilmente el rango de «cosa escandalosa» o «piedra de tropiezo» para otros.

Y los más expuestos a la acción funesta del escándalo serán siempre los pequeños, los más débiles por razón de la edad, de la inmadurez psicológica o de la carencia de recursos para hacer frente a las malas influencias. Así lo entiende Jesús, que hace recaer una condena muy severa sobre el causante o provocador de estos escándalos: Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar.

Escandalizar a un pequeño es introducir en la senda del mal al que vivía al margen de ella, exactamente lo contrario a encaminar por la senda del bien al hermano descarriado. Si el que convierte a un pecador merece todos los elogios posibles, el que escandaliza a un inocente se hace digno de la mayor condena. Un escandalizado es alguien que, por razón del escándalo, empieza a cuestionarse cosas como su fe o el valor de su rectitud moral. El escándalo sufrido introduce en el alma la desconfianza, mina las convicciones más profundas, resquebraja las certezas más asentadas y pone en crisis los fundamentos en los que se apoyaba esa vida. El escándalo provoca de ordinario una verdadera conmoción que amenaza con arruinar la vida del escandalizado que, empezando a desconfiar de personas, pasa a desconfiar de instituciones como la Iglesia y acaba desconfiando del mismo Dios y de su existencia.

Y si podemos distinguir escandalizados, también es posible distinguir escándalos. Los hay abruptos o estruendosos y los hay silenciosos. Hay escándalos que provocan alarma social como los actuales casos de pederastia protagonizados por personas (sacerdotes, profesores, formadores) que deberían ser modelos de honestidad o integridad moral; y los hay que se ejecutan y propagan furtiva o silenciosamente sin que apenas se adviertan, porque la atmósfera de permisividad existente los consiente de manera tácita o explícita y los oculta o disimula. Y aunque no provoquen alarma social, no dejan de ser escándalos, ya que incitan a vivir de espaldas a Dios y a sus mandamientos y a llevar una vida afincada en el pecado, un pecado, por cierto, que ya no se percibe como tal, puesto que ha sido desclasificado del elenco de lo censurable.

Pues bien, la imprecación de Jesús (¡ay del que los provoca! Más le valdría…) va dirigida a todo el que escandaliza a uno de esos pequeños, sin hacer distinción de escándalos.

La segunda sentencia tiene por objeto la ofensa del hermano y el perdón de la misma: Si tu hermano te ofende (algo que resulta tan inevitable como el escándalo), repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte «lo siento», lo perdonarás.

Según esto, una persona arrepentida siempre será digna de perdón, aunque el arrepentimiento esté precedido por una reiteración de ofensas en el corto espacio de tiempo de un día. Puede haberte ofendido siete veces en el mismo día; si vuelve a decirte «lo siento» siete veces, lo perdonarás.

Con esta medida de actuación Jesús coloca el perdón de la ofensa muy por encima de la ofensa. Lo importante, a su juicio, es que prevalezca el perdón; pero para que esto suceda debe darse el arrepentimiento y la petición de perdón. La única condición requerida para obtener el perdón es el arrepentimiento (ese decir con sinceridad «lo siento»), que a su vez podrá ir precedido de la reprensión, una palabra correctora que hace recapacitar y estimula el arrepentimiento. Lo que importa, en último término, es que triunfe el perdón, de modo que se sobreponga a la dialéctica de las ofensas, hasta el día en que ya no sea necesario porque las ofensas hayan desparecido. Pero hasta que eso ocurra, importa que el perdón sobrepuje a la ofensa. Sólo él puede aportar la medicina capaz de curar las heridas provocadas por las ofensas. Sólo el perdón puede hacer que la ofensa no se convierta en una herida incurable o dé lugar a una ruptura irreparable.

La tercera sentencia se refiere a la fe y a la necesidad experimentada por los apóstoles de un aumento de fe. Eso es lo que, en un determinado momento, le piden los apóstoles a Jesús: Auméntanos la fe. Y él responde a la petición con una observación: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.

Luego si no son capaces de efectos tan grandiosos como el que formula el Maestro, es que su fe es muy pequeña, más aún que un insignificante granito de mostaza. No es extraño que teniendo una fe tan diminuta pidan, como el que pide un aumento de sueldo, un aumento de fe.

Ello sugiere que la fe admite diferentes tamaños y potencialidades que no corresponden necesariamente con las edades biológicas o emocionales de sus portadores, y que puede incrementarse o aminorarse, que puede incluso perderse o convertirse en fe muerta; y una fe muerta no puede mover ni una morera, ni un corazón humano. La potencia de la fe parece depender de su tamaño, y éste de que Dios, el Donante de la misma, quiera aumentarla, aunque tal aumento suela ir asociado a su cultivo por parte del creyente activo.

Si esto es así, a nosotros nos corresponden esa actividad que consiste en cultivarla y en pedirla: cultivarla con nutrientes que la fortalezcan, con el riego de la gracia, con el ejercicio robustecedor y con la oración incesante. Estos medios, que son los que el mismo Dios pone a nuestra disposición, nos proporcionarán seguramente ese aumento deseado de fe que nos es tan necesario a nosotros, como les era a los apóstoles, en este mundo descreído en que vivimos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Homilía – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

1

Mirada al futuro al final del año

Terminamos hoy la lectura del evangelista Marcos, que nos ha acompañado todo el año. El próximo, fiesta de Cristo Rey, leeremos a Juan. Terminamos también la lectura que hemos ido haciendo los últimos domingos de la carta a los Hebreos.

Estamos terminando el año cristiano y por eso las lecturas nos orientan hacia la escatología, el futuro de la historia, que las primeras generaciones cristianas consideraban muy cercano. Esta perspectiva queda señalada por el pasaje de Daniel y por una breve página que precede al relato de la pasión de Jesús.

 

Daniel 12, 1-3. Por aquel tiempo se salvará tu pueblo

Este libro, de autor desconocido, fue escrito en el siglo II antes de Cristo, siendo rey de Siria Antíoco Epífanes, que hizo todo lo posible para «helenizar», o sea, «paganizar» a los israelitas. Precisamente el libro quiere animar a sus lectores a que sigan siendo fieles a su tradición religiosa en medio de este período de tanta dificultad.

Al mirar al futuro, el autor del libro de Daniel contempla al arcángel Miguel dirigiendo la gran batalla contra el mal, con perspectivas de victoria: «se salvará tu pueblo», «los que duermen en el polvo despertarán», y «los sabios brillarán como el fulgor del firmamento».

El salmista también siente optimismo y confianza en Dios: «con él a mi derecha no vacilaré», «mi carne descansa serena, porque no me entregarás a la muerte», «me saciarás de gozo en tu presencia».

 

Hebreos 10, 11-14.18. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados

En la última página que leemos de la carta a los Hebreos concluye su autor la reflexión que ha ido desarrollando sobre el sacerdocio y el sacrificio de Cristo.

Los sacerdotes del Templo tenían que ofrecer sacrificios cada día, porque no eran eficaces para «borrar los pecados». Mientras que Cristo «ofreció para siempre jamás un solo sacrificio». El sí que «con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados».

Marcos 13, 24-32. Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

El capítulo 13 de Marcos -previo al 14, donde relata la muerte y resurrección de Cristo- es todo él «escatológico»: anuncia la destrucción de Jerusalén y el final de los tiempos.

Hoy leemos un breve pasaje de este «discurso escatológico», el más largo que Marcos pone en boca de Jesús, donde habla de los efectos cósmicos que se notarán en el sol, la luna y los astros. Pero entonces, «verán al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad» y sucederá la convocatoria general ante él.

Con la parábola de la higuera que empieza echar brotes les asegura Jesús que «no pasará esta generación antes que todo se cumpla» porque, pase lo que pase en el cosmos, «mis palabras no pasarán».

2

Triunfará el bien

Toda la historia es una lucha entre el bien y el mal. Nuestra vida personal, también.

Las lecturas de hoy nos aseguran que triunfará el bien. El libro de Daniel sitúa sus relatos y visiones como sucedidos varios siglos antes, en tiempos del rey Nabucodonosor. Pero los escribe en tiempos del impío rey Antíoco Epífanes, el que más persiguió la fe del pueblo de Israel, en tiempos de los Macabeos, en el siglo II antes de Cristo. Su autor quiere infundir ánimos a sus lectores para que permanezcan fieles a su fe. Presenta al arcángel Miguel -«¿quién como Dios»?- y bajo su guía «se salvará tu pueblo», y los que han sido fieles y han «enseñado la justicia» «brillarán como el fulgor del firmamento, por toda la eternidad». También en el Apocalipsis, el libro más «guerrero» de la Biblia, aparece el arcángel Miguel como líder de los que luchan contra el maligno.

Es un mensaje de victoria que nos va bien a todos, como también el del salmo: «tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré».

La carta a los Hebreos nos pone como modelo y motivo de confianza al mismo Jesús. Él ha vencido al pecado, de una vez por todas, con su sacrificio en la cruz. El es el «cordero de Dios que quita el pecado del mundo», como se nos dice al invitarnos a la comunión. Nosotros seguimos luchando contra el pecado, pero él ya ha vencido al mal, después de ofrecerse en sacrificio por todos, «está sentado a la derecha de Dios y espera hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies».

Ciertamente en nuestra vida personal, como en la historia del mundo, habrá momentos de «gran angustia», como anuncia Jesús, y no siempre el sol nos alumbrará, pero la perspectiva será siempre la persona del Hijo del hombre, que aparece en la historia «con gran poder y majestad».

Esta es la gran alegría y la Buena Noticia que resuena incluso en este discurso escatológico de Marcos. Lo cual debe dar a nuestra visión de las cosas y de la historia un tono más optimista y esperanzador. Por seca que parezca nuestra «higuera», como la que simbolizaba al pueblo de Israel, llegará el momento en que «las ramas se le ponen tiernas y brotan las yemas».

 

La venida del Hijo del hombre

Es ciertamente impresionante el lenguaje con el que Jesús -en el pasaje de hoy y en otros paralelos- describe el final de la historia. Es un lenguaje tomado del género literario «apocalíptico» y «escatológico», con el que tanto los profetas del AT como en general la literatura rabínica de la época describen el futuro y la llegada del «día del Señor».

A este lenguaje pertenece la descripción de fenómenos cósmicos: esta vez el sol y la luna y las estrellas que pierden su cualidad principal, la luz, que es lo que también cuenta en primer lugar el Génesis como efecto del primer día de la creación del mundo. Es un lenguaje que imitan espectacularmente ciertas películas catastrofistas.

Esta descripción, en labios de Jesús, no quiere ser angustioso, sino precisamente lo contrario, esperanzador, porque inmediatamente dice que veremos «venir al Hijo del hombre sobre las nubes (símbolo de la divinidad) con gran poder y majestad», y él viene a salvar.

Ahora bien, lo que preocupaba a sus oyentes era sobre todo «cuándo» sucederá todo eso. La respuesta de Jesús, en la versión de Marcos, es misteriosa y un tanto enigmática. Por una parte, con la parábola o comparación de la higuera que, cuando sus ramas «se ponen tiernas y brotan sus yemas», anuncian el verano, dice que «no pasará esta generación antes que todo se cumpla». Pero en el anuncio que hacía, aunque no lo hemos leído completo, estaba incluida también la destrucción de Jerusalén, que en efecto sucedió el año 70, por Vespasiano y Tito. ¿Se refiere ese «todo» a ese final de Jerusalén o también a su Parusía o venida gloriosa como Juez de la humanidad? Las primeras generaciones, se ve que tenían la convicción de que esta venida era inminente. Por otra parte, el mismo Jesús dice que «el día y la hora nadie lo sabe… sólo el Padre».

Sea cual sea la interpretación que hay que dar a este anuncio de proximidad del final, lo que sí es seguro lo que añade a continuación: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Como proclamamos en el Credo: «desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos».

 

Es bueno mirar al futuro

Es bueno que miremos al futuro, que nuestra vida esté orientada hacia nuestro encuentro con ese Jesús que es Salvador y será también nuestro Juez.

Nuestra vida es como una peregrinación. El que peregrina tiene siempre en cuenta, no sólo por dónde va, sino también a dónde se dirige, cuál es la meta de su viaje. Igual que un deportista mira desde el comienzo a la meta. Igual que un estudiante tiene la mirada puesta en el examen final.

Todo este discurso de Jesús nos quiere urgir a la vigilancia, a la confianza, al trabajo. No pretende tanto describir el futuro, sino darnos consignas serias para el presente. El versículo inmediatamente anterior al pasaje de hoy nos invita precisamente a la vigilancia: empezamos por el v. 24, pero el v. 23 dice: «vosotros estad sobre aviso».

Lo importante no es saber «cuándo» y «cómo» sucederán estas cosas del final, ni para el cosmos ni para la humanidad ni para cada uno de nosotros. Sino estar preparados para que, cuando suceda, nos encuentre el Señor dignos de ser admitidos en su Reino. Las cosas que sucederán al final del mundo, o en el momento de nuestra muerte, ya nos están sucediendo día a día. Nuestro futuro está ya en nosotros, en el camino que estamos llevando.

Podemos mirar con respeto y miedo a ese Cristo glorioso que viene a juzgar a todos los pueblos. Pero también podemos contemplarlo con confianza: el que vendrá como Juez es el mismo en quien creemos, a quien escuchamos, a quien intentamos seguir, a quien recibimos en la Eucaristía. Estas lecturas no quieren llenarnos de angustia, sino que nos están anunciando la victoria y la salvación. Eso sí, invitándonos a la vigilancia y a la seriedad en nuestro camino. Para que estemos siempre preparados al encuentro con él, sea cuando sea.

Cuando celebramos la Eucaristía, se nos va educando a tener esta mirada hacia el futuro. El sacerdote dice que la comunidad eclesial es «peregrina en la tierra» y le pide a Dios, en nombre de todos, que nos libre de todo mal «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».

La comunidad, inmediatamente después de las palabras de la consagración, aclama a Cristo diciendo que anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección (esa es la mirada hacia el «ayer» de la Pascua) y añadimos: «ven, Señor Jesús», que es nuestra mirada al futuro. Exactamente lo que decía Pablo a los Corintios: «cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que venga» (1Co 11, 26).

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 13, 24-32 (Evangelio – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

La historia se transforma, no se aniquila

El evangelio de hoy forma parte del discurso apocalíptico de Marcos con que se cierra la actividad de Jesús, antes de entrar en la pasión. Es propio de la liturgia con la que culmina el año litúrgico usar esos textos apocalípticos que plantean las cuestiones finales, escatológicas, del mundo y de la historia. Jesús no fue muy dado a hablar de esta forma, pero en la cultura de la época se planteaban estos asuntos. Por ello le preguntan sobre el día y la hora en que ha de terminar este mundo. Jesús –según Marcos-, no lo sabe, no lo dice, simplemente se recurre al lenguaje simbólico de los apocalípticos para hablar de la vigilancia, de estar alertas, y de mirar “los signos de los tiempos”. No podemos negar que aquí hay “palabras” de Jesús, pero hoy se reconoce que la comunidad primitiva, algunos círculos de profetas-apocalípticos, cultivaron estos dichos de Jesús y los acomodaron a su modo de vivir en una itinerancia constante y en la adversidad y el rechazo de su mensaje de Dios.

Tenemos que reconocer que Mc 13, lo que se llama el apocalipsis sinóptico, se presta a muchas interpretaciones de distinto perfil histórico, literario y teológico. Se reconoce que no es propiamente de Jesús, sino de los cristianos que, ante una crisis, de guerra, de persecución, escribieron este texto. Pusieron palabras de Jesús que se mantenían en la tradición para tratar de afrontar los problemas que se presentaban para judíos y cristianos. Es posible que la base del mismo pueda explicarse en la crisis de Calígula el 40 d. C., en tiempos de Petronio, legado de Siria, para llevar a cabo la orden de poner una estatua del emperador en el templo para ser adorado como dios. Esta es una hipótesis entre otras, pero razonable. No obstante no todo el texto se explica en este momento. Posteriormente y separados ya judíos y cristianos, se vuelve sobre este texto ante nuevas dificultades. Las opiniones son muy diversas y, a veces, extravagantes. El cristianismo primitivo estuvo muy influenciado por la corriente apocalíptica. Esto no se niega. Pero la solución de la historia y de la vida de los hombres no debería tomarse al pie de la letra todo esto. Pero una cosa sí es cierta: ante la tiranía todo los hombres de cualquier clase y religión estamos llamados a resistir en nombre de Dios.

Los signos de los tiempos siempre han sido un criterio profético de discernimiento de cómo vivir y de qué esperar. ¿Por qué? Porque los profetas pensaban que Dios no había abandonado la historia a una suerte dualista donde la maldad podría imponerse sobre su proyecto de creación, de salvación o liberación. Pero los signos de los tiempos hay que saberlos interpretar. Es decir, hay que saber ver la mano de Dios en medio del mundo, en nuestra vida personal y en la de los demás. La historia se “transforma” así, no acaba ni tiene por qué acabar de buenas a primeras con una catástrofe mundial. Y Dios interviene en la historia “por nosotros” y nunca “contra nosotros”. De la misma manera que el anuncio del “reino de Dios” por parte de Jesús -su mensaje fundamental-, es una convicción de su providencia y de su fidelidad a los hombres que hacen la historia.

Cierto tipo de mentalidades siempre han creído y propagado que el final del mundo vendrá con una gran catástrofe en la que todo quedará aniquilado. Pero eso no nos obliga necesariamente a creer que eso será así. Dios tiene sus propios caminos y sus propias maneras de llevar hacia su consumación esta historia y nuestra vida. El discurso está construido sobre palabras de Daniel 7,13-14 en lo que se refiere a venida del Hijo del Hombre. Sin embargo, en los términos más auténticos de Jesús se nos invita a mirar los signos de los tiempos, como cuando la higuera echa sus brotes porque el verano se acerca; a descubrir un signo de lo que Dios pide en la historia. Dios tiene sus propios caminos para poner de manifiesto que en esta historia nada pasa desapercibido a su acción y de que debemos vivir con la espera y la esperanza del triunfo del bien sobre el mal; que no podemos divinizar a los tiranos ni deshumanizar a los hijos de Dios. Los tiranos no pueden ser dioses, porque todos los hombres son “divinos” como imagen de Dios. Así es como se transformará esta historia a imagen del “reinado de Dios” que Jesús predicó y a lo que dedicó su vida.

Hb 10, 11-14.18 (2ª lectura Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

Sacrificio nuevo: vida entregada a Dios y a los hombres

La segunda lectura nos ofrece el último texto de la carta a los Hebreos en este ciclo que está a punto de terminar. Se vuelve a insistir en la diferencia entre el sacerdocio y los sacrificios de la antigua Alianza y el sacerdocio y el sacrificio de Cristo. Lo que el autor de la carta a los Hebreos nos quiere señalar es que los ritos, las ceremonias, los sacrificios de animales, están vacíos porque no consagran nuestra vida al Dios vivo y verdadero. El autor de la carta quiere apoyar su tesis de la fuerza del sacrificio de Cristo que une verdaderamente a Dios y a los hombres, en el Sal 110. Por eso, a diferencia de los sacrificios de la antigua ley, el de Cristo lleva a la perfección (téléioun) lo que deben ser las ofrendas a Dios. No deben ser de animales que nada comprometen ni al que las ofrecía ni a los mismos oferentes (aunque muchos lo hacían muy de corazón). La ofrenda de la vida es lo que vale, como decía Oseas 6,6: “misericordia quiero y no sacrificio; conocimiento de Dios…”.

Se habla que Cristo está junto al Padre, en el santuario celeste, para interceder por nosotros, porque su sacrificio de amor en la cruz permanece eternamente. Ese es el sacrificio que ha perdonado de antemano los pecados de todos los hombres. Saber que seremos perdonados, pues, es todo un impulso de confianza en el que se muestra que el valor no está en el sacrificio o el rito que se haga, sino en poder estar en comunión con Aquél que ha dado su vida por nosotros. Es muy importante en todo sacrificio lo que uno siente, ¡es verdad! Pero no basta con “sustituir” la comunión con Dios y con los hermanos con cosas externas. Lo externo puede llevarnos a la decadencia o a la inmutabilidad; ofrecemos cosas, pero nuestra mente y nuestro corazón siguen imperturbables a la acción divina y santificadora.

Dan 12, 1-3 (1ª lectura Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

Dios triunfa salvando

La lectura del libro de Daniel nos introduce en un contexto que habla del final de los tiempos, de los tiempos escatológicos. Es la expresión de un mundo apocalíptico, que fue una corriente que aparece en el s. II a. C. con objeto de responder a tiempos difíciles y de angustia para el pueblo elegido. El libro de Daniel no es propiamente el libro de un profeta, sino de un apocalíptico, cuya sintonía con la historia es a veces difícil de descifrar. En esta literatura se habla de una gran conmoción de la historia y se recurre a unos signos extraordinarios para animar a los que sufren y guardan su fidelidad a Dios. Su visión de la historia está sombreada por una visión dualista de la misma que puede llamar a engaño. Este mundo solamente, parece, tiene solución si Dios interviene y termina con todo en beneficio de los buenos, o del pueblo elegido o de los que han impuesto su criterio. Es una solución que tiene ciertos esquemas poco adecuados, aunque, por otra parte, palpita un deseo ardiente de ver a Dios intervenir en la historia que ha creado; y esto es positivo. Pero esa intervención no será según quieren los hombres, sino en la libertad soberana de Dios.

En nuestra lectura de hoy, Miguel “¿quién como Dios?”, el protector del pueblo según aquella mentalidad, vendrá para proclamar salvación y resurrección para los elegidos. Es en este libro donde aparece por primera vez la resurrección y la vida más allá de la muerte en la fe de Israel. Es esto lo más importante a señalar. Porque en esta lectura apocalíptica hay un mensaje de esperanza y salvación. Es verdad que en aquél momento la teología no daba más de sí, y solamente se proclamaba para los elegidos; pero desde una lectura del Nuevo Testamento, la resurrección y salvación de Dios está abierta a todos los hombres que confían en Él.

Efectivamente, a Israel le costó mucho llegar a una solución de la vida humana después de la muerte. Y eso que tenemos salmos y oraciones que podrían conducir a ver que estaba implicado un mensaje de esperanza más certero en la misma antropología bíblica. Por tanto, si hay resurrección, una vida después de la muerte, una vida en las manos de Dios, entonces los textos e imágenes apocalípticas deben leerse como el resultado de una conquista humana y religiosa, por la cuál se responde al anhelo que todos llevamos en nuestro corazón. Estamos hablando de “experiencias” religiosas de una época y de una cultura. Lo importante es la verdad que en ello hay, no las imágenes míticas con las que se reviste el lenguaje apocalíptico. El oprobio, la condenación, el juicio… es el ropaje de la época para hablar del triunfo de Dios. Pero, como creemos por el mensaje del NT, el triunfo de Dios no tiene que ser necesariamente así; el juicio de Dios sobre los hombres y la historia ha de ser salvando y humanizando.

Comentario al evangelio – Lunes XXXII de Tiempo Ordinario

El gran escándalo se produce cuando un cristiano no es capaz de perdonar. Eso es que no cree lo suficiente. El perdón es el centro de la vida cristiana. Sin duda, es su origen. En Jesús Dios nos acoge a todos sin medida. Jesús es la imagen viva del Dios que cura y sana, del Dios que crea y recrea. Dios tiene el poder de crear la vida y lo usa con nosotros.

No deja de ser curioso que hay un punto en el que el hombre se ha igualado a Dios. Hoy tenemos la capacidad de destruir la vida en el planeta. De un golpe lo podemos hacer con la energía nuclear que está convertida en bombas en miles de cabezas nucleares de misiles repartidos entre unos cuantos países. Y más lentamente lo estamos haciendo entre todos con la contaminación de este planeta en el que vivimos. Nos hemos igualado a Dios en la capacidad de destrucción de la vida (curiosamente es un poder que nuestro “todopoderoso” Dios no ha utilizado nunca, quizá porque ama demasiado a su creación).

Pero no nos hemos igualado a él en su capacidad para crear y recrear la vida. Algo nos acercamos con la medicina. Pero un poco sólo. Algo también nos podemos acercar con el perdón. Cuando perdonamos, damos una nueva oportunidad a la persona perdonada –sea otra persona o nosotros mismos–. En realidad, la recreamos, le ayudamos a salir del laberinto que supone la culpa y el pecado. La ofensa es siempre y sobre todo una ofensa y una condena a nosotros mismos. El daño se lo hace más el ofensor a sí mismo que al ofendido. El ofensor hiere sobre todo su propia dignidad. El ofendido mantiene incólume su dignidad por más que física o psicológica o espiritualmente haya sido herido. El que necesita curarse es más el ofensor que el ofendido.

El perdón cura y sana. El perdón recrea la vida. El que perdona cree en la vida y por eso abre caminos al herido, al que se ha autolesionado con su forma de actuar. Aquí es donde se une crear y creer. Sólo puede crear el que cree. Dios nos crea porque cree en nosotros. Cree que valemos la pena a pesar de nuestra fragilidad. “Tanto amó Dios al mundo que mandó a su hijo para salvarnos…”

Para perdonar tenemos que creer que el que nos ha ofendido es también hijo de Dios. Y si creemos eso, podremos hacer algo mucho más importante que hacer que una planta se arroje a sí misma en el mar. Podremos recrear la vida en el ofensor, en el herido, podremos curarle y darle una nueva oportunidad. Basta con perdonar

Ciudad Redonda