Lectio Divina – Miércoles XXXII de Tiempo Ordinario

Los otros nueve, ¿dónde están?

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy me inquieta una pregunta que Tú formulas en el evangelio: Y los otros nueve ¿dónde están? ¿Dónde están tantos que antes eran cercanos a la Iglesia  y ahora no quieren saber nada de ella? ¿Dónde tantos de aquellos que antes eran creyentes y ahora son ateos? ¿No tendré yo alguna culpa? ¿No habré vivido mi fe sin compromiso serio con los hombres, mis hermanos?

2.- Lectura reposada del evangelio Lucas 17, 11-19

En aquel tiempo, yendo Jesús de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ¡ten compasión de nosotros! Al verlos, les dijo: Id y presentaos a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En este evangelio nos llama poderosamente la atención el hecho de que sea precisamente el samaritano, el que vive al margen de la ley judía, el único que venga a dar gracias al Señor. Los nueve leprosos judíos se limitan a ir a los sacerdotes, como mandaba la ley (Lev. 13,39). En cambio el samaritano se deja conducir por la ley natural, la que le dicta el corazón, es decir, la ley del agradecimiento. La consecuencia es clara: la religión mal entendida puede llegar a deshumanizarnos. No olvidemos que Jesús se hizo Hombre. Dios elevó, potenció y  enriqueció todo lo humano. Es el hombre el camino normal  para ir a Dios. Cuando esto no lo tenemos en cuenta, puede ocurrir que las leyes endurezcan el corazón. Hay personas religiosas que son muy violentas, muy criticonas, con cara de pocos amigos, con muy mal genio. Y nos preguntamos: ¿Y todos esos acaban de comulgar? ¿Acaban de comer el pan de la bondad? Jesús pregunta: Y esos otros nueve, ¿dónde están? ¿Dónde están esos cristianos auténticos que han hecho del amor a Dios y el amor al hermano un solo precepto? ¿Es posible que los no cristianos nos den lecciones? ¿Qué hemos hecho del testamento de Jesús que nos manda amarnos como Él nos ha amado?

Palabra del Papa

“En los evangelios, algunos reciben la gracia y se van: de los diez leprosos curados por Jesús, solo uno volvió a darle las gracias. Incluso el ciego de Jericó encuentra al Señor mediante la sanación y alaba a Dios. Pero debemos orar con el «valor de la fe», impulsándonos a pedir también aquello que la oración no se atreve a esperar: es decir, a Dios mismo: Pedimos una gracia, pero no nos atrevemos a decir: ‘Ven Tú a traerla’. Sabemos que una gracia siempre es traída por Él: es Él que viene y nos la da. No demos la mala impresión de tomar la gracia y no reconocer a Aquel que nos la porta, Aquel que nos la da: el Señor. Que el Señor nos conceda la gracia de que Él se dé a nosotros, siempre, en cada gracia. Y que nosotros lo reconozcamos, y que lo alabemos como aquellos enfermos sanados del evangelio. Debido a que, con aquella gracia, hemos encontrado al Señor”. (Cf. S.S. Francisco, 10 de octubre de 2013, homilía en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto? (Silencio)

5.- Propósito: Hoy trataré  de ver a Dios en el rostro de mi hermano.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración. Señor, hoy he aprendido a darte gracias a Ti, Señor. Y quiero darte gracias no porque me lo imponga ninguna ley externa sino por la ley del corazón, porque me sale de dentro, porque disfruto agradeciéndote tantas gracias, tantos favores, que me has dado a lo largo de mi vida. Más que darte gracias, quisiera hacer de mi vida “una acción de gracias permanente para Ti” Dame tu ayuda para conseguirlo.

Comentario – Miércoles XXXII de Tiempo Ordinario

(Lc 17, 11-19)

Sabemos que los leprosos en la antigüedad eran muertos en vida, destinados simplemente a esperar la muerte. El Levítico les impedía participar del culto y de la vida social, pero en realidad esto se entiende simplemente para proteger a los demás del contagio masivo, ya que se trataba de una enfermedad de difícil curación y muy desagradable. Por los mismos motivos, cuando alguno se consideraba curado, debía presentarse a los sacerdotes para que certificaran su curación y fuera admitido al culto, lo cual implicaba al mismo tiempo su reinserción en la sociedad.

Por eso, la curación de la lepra era un poderoso signo de liberación y restauración del hombre, y cuando Jesús curaba leprosos simbolizaba de una manera luminosa que él venía a buscar el bien del hombre. Para ser liberado por él se requiere fe (v. 19).

En este texto hay un detalle que nos ofrece otra pista de reflexión. Sólo uno de los diez leprosos curados volvió a glorificar a Dios por su curación. De una manera muy plástica el texto muestra la actitud del hombre centrado solamente en sus propias necesidades, encerrado en sus intereses y buscando una solución a sus dramas personales, pero sin advertir que hay algo más que su situación personal: un Dios que merece ser glorificado.

La oración de acción de gracias, así como la gratitud al hermano, suponen que uno no se crea el dueño del universo, como si los demás tuvieran la obligación de estar a nuestro servicio. Pero el que reconoce que el solo hecho de existir ya es un regalo gratuito, que uno no ha merecido, es capaz de ver detrás de todo lo bueno la mano de Dios y su amor de Padre, y entonces cualquier pequeña cosa se convierte en motivo para dar gracias: «Continuamente y por todo den gracias a Dios» (Ef 5, 20). Pero para acostumbrarse a ser agradecido con Dios hay un sano ejercicio: acostumbrarse a ser agradecido con los demás, acostumbrarse a decirle al hermano: «Te agradezco mucho».

Oración:

«Dame, Dios mío, un corazón agradecido, capaz de salir de sí mismo para reconocer tu gloria y tu amor. No permitas Señor, que viva sin sentido, pensando únicamente en mis necesidades y problemas. Dame la gracia de adorarte».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

La venido del Hijo del hombre – Marcos 13, 24-32

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: – En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo. Aprended lo que os enseña la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.

Explicación

La pregunta a la que Jesús quiere responder con el Evangelio que hoy escuchamos es ésta: ¿Cuándo, por fin, vencerá el bien al mal? ¿Cuándo los poderes y estrellas del cielo irán cayendo como si fueran los poderes que oprimen y maltratan a las personas, y se irá levantando y abriendo camino el bien y la justicia?

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Discípulo1: Mira, Maestro, ¡cómo brillan las cúpulas del templo! ¡Qué hermoso y grande es nuestro templo!

Discípulo2: ¡Y dices que todo eso será destruido?

Jesús: Sí, el día de la gran angustia.

Discípulo1: ¿Cómo será ese día?¿Qué pasará después?

Jesús: Escuchad y mirad.

Narrador: En aquellos días, después de la gran tribulación, el sol irá oscureciéndose hasta hacerse tinieblas. La luna no dará su resplandor. Las estrellas caerán del cielo. Los ejércitos celestes temblarán.

Discípulo2: ¿Y qué pasará con los hombres? ¿Cómo premiará Dios a los buenos?

Narrador: Entonces verán venir al Hijo del Hombre con gran poder y majestad. El Hijo del Hombre enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo.

Discípulo1: ¿Y cuándo será eso, Maestro? ¿Cómo sabremos que va a pasar?

Jesús: ¿Sabéis qué es una higuera?

Discípulo2: ¡Sí, claro!

Jesús: ¿En qué estación del año brota la higuera y le salen ramas tiernas?

Discípulo1: En la primavera.

Jesús: Pues cuando veáis vosotros suceder esto que os he anunciado, sabed que él está cerca, a la puerta.

Discípulo2: ¿Pasará esta generación antes de que todo se cumpla?

Jesús: No. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles XXXII de Tiempo Ordinario

Hace dos días decía que perdonar, curar, sanar, concentra lo más importante de la actitud del cristiano. Pero, ¿de dónde saca la fuerza para actuar así? ¿Para vivirlo y sentirlo desde lo más profundo del corazón y no como una actitud impuesta o una norma externa? Creo que el Evangelio de hoy nos lleva a la respuesta a estas preguntas. No es más que una palabra: agradecimiento.

El cristiano, el discípulo de Jesús, es una persona agradecida. Ese es el verdadero motor y gasolina de la vida cristiana, la energía que la mueve y hace posible. ¿De dónde viene ese agradecimiento? Pues precisamente de la experiencia de sabernos perdonados, curados, sanados, salvados. En el encuentro con Jesús hemos experimentado todo eso, lo hemos vivido. No es una lección aprendida en el catecismo. No es algo que le hayamos oído a un predicador o a un misionero. Es algo que lo hemos sentido en el corazón y hemos comprendido vitalmente. Dios nos ama y su amor nos crea y recrea continuamente. Nos levanta de la postración, nos llama a la vida, nos invita a ser libres y a comprometernos por el reino, a luchar por la justicia para todos, a trabajar por un mundo mejor, a amar sin exclusiones.

Por eso, por puro agradecimiento, somos capaces de amar y perdonar, de curar y acoger, de construir el reino. Hemos entendido que el reino es nuestra casa y que esa casa no tiene sentido sin la presencia del Padre y de los hermanos y hermanas.

El extranjero que fue a dar gracias y alabar a Dios fue el único que se salvó de los diez leprosos. Los otros se curaron pero no llegaron a conocer lo que era el amor de Dios. Por alguna razón que se nos escapa no llegaron a entenderlo, a vivirlo, a experimentarlo. Sólo uno lo conoció en su corazón. 

Seguro que los que leen estos comentarios son personas que han experimentado el amor de Dios. Por eso viven agradecidas. Por eso no excluyen a nadie. Ni siquiera a esos que han sido curados pero que por alguna razón el amor no ha llegado a su corazón. Les siguen amando, les siguen curando, porque saben que son también hijos e hijas de este Dios que nos ama tanto.

Ciudad Redonda

Meditación – San León Magno

Hoy celebramos la memoria de San León Magno.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 16, 13-19):

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Hoy celebramos la santidad «de uno de los más grandes papas que han honrado la sede de Roma (…). Su pontificado (s. V) duró más de 21 años y ha sido sin duda uno de los más importantes en la historia de la Iglesia» (Benedicto XVI). Además de diversas acciones por la paz —protegiendo a Roma de la devastación de los bárbaros—, el Papa san León destacó porque su voz se hizo oír en el concilio de Calcedonia (a. 451) defendiendo la doble naturaleza —humana y divina— de Cristo. Los padres conciliares clamaron diciendo: «Pedro ha hablado por la boca de León».

El Evangelio de hoy es elocuente. La pregunta de Jesucristo sobre su propia identidad demuestra la finura pedagógica del Maestro. Él quiere conducir a los discípulos hacia una verdad alejada de las opiniones humanas que equiparan a Jesús de Nazaret con uno de los grandes hombres del judaísmo.

Pedro, en consonancia con su talante impulsivo, responde rápidamente: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Simón no habla de Jesús como de un gran hombre; decir eso sería decir poco, sería faltar a la verdad. Está afirmando la condición divina del Hombre al que sigue. Y Jesús lo confirma, al mismo tiempo que le hace notar que esta respuesta va más allá de su capacidad humana: ¡viene de arriba! También a nosotros, como discípulos, nos llega la misma pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).

El Papa León Magno decía que la profesión de fe de Pedro era la roca sobre la cual descansaba la Iglesia. Igualmente, sin el auxilio de lo alto nosotros tampoco podríamos ser discípulos de Cristo. Ciertamente, Jesús es un hombre admirable, un guía espiritual, una voz profética… pero para llegar a ser su discípulo es necesario “creer” en Él. Sólo así se llega a ser discípulo, partiendo de la fe.

Con Pedro confesamos nuestra fe en Jesús porque, como dice el Papa Francisco, Él «te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte».

Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez

Liturgia – San León Magno

SAN LEÓN MAGNO, papa y doctor de la Iglesia, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Sap 6, 1-11. Escuchad, reyes, para que aprendáis sabiduría.
  • Sal 81. Levántate, oh Dios, y juzga la tierra.
  • Lc 17, 11-19. ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?

Antífona de entrada Cf. Eclo 45, 24
El Señor hizo con él una alianza de paz, y lo nombró príncipe para que tuviera eternamente la dignidad del sacerdocio.

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy la memoria de san León I, papa y doctor de la Iglesia, que nació en el centro de Italia en el año 390. Fue diácono en Roma y después elegido papa. Convocó el Concilio de Calcedonia, en el que se definió la doble naturaleza humana y divina en la única Persona de Cristo; supo ganarse el resto y el afecto de los bárbaros del Norte, que con sus incursiones por Italia sembraban el pánico entre las gentes en aquellos años críticos en que se desmoronaba el imperio romano. La Iglesia lo venera como doctor por la claridad y profundidad de su doctrina y por sus preciosas homilías, siguiendo el año litúrgico. Por todo ello ha pasado a la historia con el apelativo de «Magno».

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
que nunca permites que las puertas del infierno
prevalezcan contra tu Iglesia,
asentada sobre la firmeza de la roca apostólica,
te pedimos, por intercesión del papa san León Magno,
que permaneciendo firme en tu verdad
goce de una paz continua.
Por nuestro señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Dirijamos ahora, con fe, nuestras oraciones a Dios Padre todopoderoso, que se compadece de nuestra debilidad.

1.- Por la santa Iglesia de Dios extendida de Oriente a Occidente; para que el Señor la reúna y acreciente hasta el fin de los tiempos. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales; para que la Iglesia cuente siempre con pastores santos que, como san León Magno, sepan guiarla por caminos de reconciliación, de firmeza y de comunión. Roguemos al Señor.

3.- Por todos los gobernantes y autoridades; para que trabajen siempre al servicio de la justicia y la igualdad entre las personas. Roguemos al Señor.

4.- Por los que no creen en Cristo; para que iluminados por el Espíritu Santo encuentren el camino de la salvación. Roguemos al Señor.

5.- Por todos los que participamos en esta Eucaristía; para que seamos testigos del amor de Dios a toda la humanidad. Roguemos al Señor.

Dios de bondad y de misericordia, escucha la oración de tus hijos, y límpianos de todas las lepras del pecado que nos esclaviza, para que agradecidos, cantemos siempre tus maravillas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR, por estas ofrendas que te presentamos
ilumina, complacido, a tu Iglesia,
para que tu grey crezca y se desarrolle en todas partes,
y sus pastores, bajo tu guía,
sean de tu agrado.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Mt 16, 16. 18
Pedro dijo a Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Jesús le respondió: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Oración después de la comunión
SEÑOR, gobierna con bondad a tu Iglesia,
alimentada en esta mesa santa,
para que, dirigida por tu mano poderosa,
tenga cada vez mayor libertad
y persevere en la integridad de la fe.
Por Jesucristo, nuestro Señor.