Comentario – Miércoles XXXII de Tiempo Ordinario

(Lc 17, 11-19)

Sabemos que los leprosos en la antigüedad eran muertos en vida, destinados simplemente a esperar la muerte. El Levítico les impedía participar del culto y de la vida social, pero en realidad esto se entiende simplemente para proteger a los demás del contagio masivo, ya que se trataba de una enfermedad de difícil curación y muy desagradable. Por los mismos motivos, cuando alguno se consideraba curado, debía presentarse a los sacerdotes para que certificaran su curación y fuera admitido al culto, lo cual implicaba al mismo tiempo su reinserción en la sociedad.

Por eso, la curación de la lepra era un poderoso signo de liberación y restauración del hombre, y cuando Jesús curaba leprosos simbolizaba de una manera luminosa que él venía a buscar el bien del hombre. Para ser liberado por él se requiere fe (v. 19).

En este texto hay un detalle que nos ofrece otra pista de reflexión. Sólo uno de los diez leprosos curados volvió a glorificar a Dios por su curación. De una manera muy plástica el texto muestra la actitud del hombre centrado solamente en sus propias necesidades, encerrado en sus intereses y buscando una solución a sus dramas personales, pero sin advertir que hay algo más que su situación personal: un Dios que merece ser glorificado.

La oración de acción de gracias, así como la gratitud al hermano, suponen que uno no se crea el dueño del universo, como si los demás tuvieran la obligación de estar a nuestro servicio. Pero el que reconoce que el solo hecho de existir ya es un regalo gratuito, que uno no ha merecido, es capaz de ver detrás de todo lo bueno la mano de Dios y su amor de Padre, y entonces cualquier pequeña cosa se convierte en motivo para dar gracias: «Continuamente y por todo den gracias a Dios» (Ef 5, 20). Pero para acostumbrarse a ser agradecido con Dios hay un sano ejercicio: acostumbrarse a ser agradecido con los demás, acostumbrarse a decirle al hermano: «Te agradezco mucho».

Oración:

«Dame, Dios mío, un corazón agradecido, capaz de salir de sí mismo para reconocer tu gloria y tu amor. No permitas Señor, que viva sin sentido, pensando únicamente en mis necesidades y problemas. Dame la gracia de adorarte».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día