Comentario – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

Los textos litúrgicos nos hablan de tiempos difíciles como no los ha habido nunca (desde que hubo naciones hasta ahora) o de días de tribulación en los que el sol y la luna dejarán de alumbrar y una gran tiniebla se extenderá sobre la tierra, en los que las estrellas caerán del cielo y el universo temblará.

Tales sucesos se presentan como el preludio que anuncia la cercanía de un evento singular: la venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad, una venida en la que el Hijo del hombre, acompañado de sus ángeles, congregará a sus elegidos, los inscritos en el libro de la vida(aquellos que despertarán para la vida perpetua, no para ignominia perpetua), de los cuatro vientos, del uno al otro confín.

El autor de la carta a los Hebreos habla de los que van siendo consagrados tras ser perfeccionados para siempre con la ofrenda de Cristo. Hay, por tanto, una clara referencia a la segunda venida de Cristo, a la manera de un rey poderoso, que viene a recoger lo que es suyo, esto es, el fruto maduro de lo que él mismo sembró en el corazón de los hombres. Alude, pues, a un momento conclusivo y recapitulador: momento de cosecha (recogida) y discernimiento (juicio).

Esta venida coincidirá con tiempos difíciles y días de tribulación. Este es el marco descriptivo en el que se encuadra. Se trata de un lenguaje propio del género apocalíptico, pero no por eso falto de realismo. Es verdad que si el sol se oscureciera del todo, porque esta estrella entrara en trance de muerte, la vida desaparecería de la faz de la tierra, y si las estrellas cayeran del cielo, o mejor, nuestro planeta tierra cayera en la estrella solar en torno a la cual gira, nos desintegraríamos. No quedarían en la tierra habitantes que dieran la bienvenida al Hijo del hombre; ni siquiera habría tierra.

Pero en la tierra también se oscurece el sol: a diario, cuando llega la noche en la cara de la tierra que no mira al sol; pero también cuando se produce un eclipse o cuando nubes espesas y tenebrosas no dejan pasar los rayos del sol o cuando a consecuencia de un cataclismo una nube de polvo y ceniza nos sume en la oscuridad. Son fenómenos en los que podemos decir que el sol se hace tinieblas o la luna no da su resplandor.

Sabemos, además, por las observaciones de los astrónomos o cosmólogos que en nuestra galaxia, o fuera de ella, hay estrellas que nacen y que mueren, estrellas que chocan y se dividen. Son también fenómenos que suceden y han sucedido en nuestro universo. Y en nuestro planeta tierra también suceden cada cierto tiempo, con regularidad cronológica, fenómenos pavorosos como los terremotos, los huracanes, las inundaciones y lo que traen consigo, incendios de grandes proporciones, derrumbamientos, deslizamientos de tierras, tsunamis, y muerte de seres vivos, incluidos los humanos.

Pues bien, nos dice Jesús, cuando veáis suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Puede que, como en tantos sucesos de estas características que se han venido produciendo a lo largo de nuestra historia, no se trate aún del fin del mundo, aunque sí haya sido el fin de muchos en este mundo. De cualquier manera, el fin de muchos en el tiempo está ya anunciando el fin de los tiempos o el fin de todos en el tiempo.

Sea o no sea el fin de los tiempos, cuando veamos suceder esto, hemos de saber que la venida en gloria de nuestro Señor está cerca y con ella también nuestro final en este mundo. Pero, estando cerca, nadie sabe el día ni la horasólo lo sabe el Padre. El Creador del universo es el único que tiene el secreto de su duración y de su límite. Sólo el que lo hizo puede conocer tanto su capacidad natural de resistencia (la energía disponible para su permanencia), como el tiempo que le ha sido concedido por su providente voluntad.

Este desconocimiento del día y la hora no debe ser para nosotros un motivo de inquietud o de desazón. Ante noticias de temblores de cielo y tierra no debemos alarmarnos. Tampoco debemos (ni podemos seguramente) vivir en un permanente estado de temor. Para los cristianos, ver venir al Hijo del hombre, aunque sea en trance de muerte, debe significar la realización o el cumplimiento de una esperanza. Al fin y al cabo eso es lo que esperamos, no lo que tememos, que venga el Hijo del hombre, que venga el esperado, y con él su Reino.

Esto es lo que le pedimos a diario en el Padre nuestro: venga a nosotros tu Reino. Porque con él y con su Reino llegarán para nosotros la paz perpetua, el amor sin medida y sin defecto, la salud perfecta, el gozo y la vida que no tenemos, o que tenemos sólo a medias. El final de este mundo representará el principio de otro, de modo similar a como lo imaginan esos científicos que hablan de mundos sucesivos en el que el anterior es matriz del que le sigue. Pero aquí no se trata de generación de universos, sino de una nueva creación por parte de Aquel que es fuente de la vida y que por serlo puede darla en diferentes modos, como vida temporal y como vida eterna. Y eso es lo que esperamos nosotros con la venida de Cristo en gloria: la vida eterna.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?

1.- Oración introductoria.

Señor, Tú quieres que yo ore, que no me canse de orar, que no me canse de pedir aquello que más necesito. Pero ¿qué es aquello de lo que tengo mayor necesidad? Lo que más necesito es tu presencia, el saber que me escuchas, el tenerte cerca, el que yo sienta necesidad de Ti.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos que era preciso orar siempre sin desfallecer, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: “¡Hazme justicia contra mi adversario!” Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme.” Dijo, pues, el Señor: Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En este evangelio está claro que Jesús nos insiste machaconamente en que debemos rezar y no cansarnos. Pero sacaríamos una mala conclusión de este texto, si Dios, por el hecho de que nosotros  le pidamos insistentemente una cosa, se viera en la necesidad de concederla. La verdadera oración de petición siempre pasa por la oración de Cristo al Padre: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. Una oración de petición bien situada es la que nos ha llegado a nosotros a través del salmo 16. “Yo digo al Señor: Tú eres mi bien”. Lo primero que debemos dejar bien claro es esto: Dios es nuestro bien, el Absoluto, Aquel que más necesitamos. Pedimos, pues, que siga siendo nuestro bien, que le sintamos cercano, que le busquemos a Él de todo corazón. Una vez que  tenemos esto claro podemos pedir lo que queramos, pero sabiendo que todo lo que pidamos  ya es relativo. Si no me da lo que pido, no importa. Siempre me quedaré con lo esencial: que Él es mi Dios, el Dios de mi vida, el que da sentido a mi existencia, el que me quiere como el mejor de los padres.

Palabra del Papa

“Todo itinerario de formación religiosa auténtica acompaña a la persona, desde su más tierna edad, a conocer a Dios, a amarlo y hacer su voluntad. Dios es amor, es justo y pacífico, y quien quiere honrarlo debe sobre todo comportarse como un hijo que sigue el ejemplo del padre. Un salmo afirma: “El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos… El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Como Jesús nos ha demostrado con el testimonio de su vida, justicia y misericordia conviven en Dios perfectamente. En Jesús “misericordia y fidelidad” se encuentran, “la justicia y la paz” se besan. En estos días la Iglesia celebra el gran misterio de la encarnación: la verdad de Dios ha brotado de la tierra y la justicia mira desde el cielo, la tierra ha dado su fruto. Dios nos ha hablado en su Hijo Jesús”. Benedicto XVI, 1 de enero de 2012.

4.Qué me dice ahora a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.-Propósito: Iré a la oración porque a Dios le encanta que yo vaya.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, cuando Tú insistes tanto en la oración es porque Tú antes la has experimentado. Tú, antes de salir el sol, ya estabas en el monte, orando a tu Padre (Mc. 1,35). Era la primera obra del día y la más importante. Haz que yo también sienta la necesidad de estar contigo aun antes de amanecer. Que la primera brisa de la mañana me hable de tu  ternura, y los primeros rayos del sol me bañen de tu presencia joven y gozosa de recién resucitado.  

«Somos futuro»

1. La vida del cristiano transcurre en tensión permanente entre el presente y el futuro. Lo cual no significa que viva enajenado por él. Pero en realidad, “somos futuro”. El futuro nos llama permanentemente y da sentido a nuestro presente. Y lo vivimos de una manera natural, sin angustias ni temores, porque ese futuro se va perfilando desde el aquí y el ahora de la fe que nos hace vivir en la esperanza y en la práctica del amor. La fe nos impulsa a construir el futuro que no sabemos cuándo llega, pero esperamos en la perseverancia y la paciencia precisamente porque estamos ya comprometidos en él, pues, aunque todavía como promesa, lo hemos aceptado, y recibido.

2. Hay en las Sagradas Escrituras, una literatura que se conoce como apocalíptica. El libro de Daniel, con cuya lectura llenamos la primera lectura de hoy es un uno de esos libros “apocalípticos” y escatológicos, es decir que nos anuncia lo que nos espera como definitivo y final; definitivo por final y final por definitivo. Este libro está escrito hacia el año 150 a. C., muy probablemente con ocasión de la guerra de los Macabeos (167-164), escrito bajo un seudónimo, detalle propio de esta literatura.

Esta literatura se caracteriza por ser una literatura marcadamente simbólica. Se produce en tiempos difíciles de persecución y, en general, de crisis. La finalidad que persigue este tipo de escritos no es atemorizar sino alentar y consolar y, por eso, exhortar a la perseverancia y a la conversión en medio de los conflictos.

Estos escritos nos hacen ver el futuro como el cumplimiento de las promesas de un Dios misericordioso. La apocalíptica es considerada también como teología de la historia.

En la misma línea del libro de Daniel esta el fragmento del capitulo de san Marcos escrito también en este tono apocalíptico. De manera que, aunque es un tanto difícil de entender, ayuda un poco para su comprensión saber que las indicaciones de la catástrofe son propias de este estilo literario y que no se han de tomar al pie de la letra.

3. En este pasaje de san Marcos Jesús habla como un maestro a sus discípulos a fin de que sepan vivir los acontecimientos de la historia en vistas a su venida. Bajo esta perspectiva, el discurso apocalíptico de Jesús adquiere un significado mucho más amplio especialmente en los datos sobre Jerusalén o sobre “esta generación” los cuales se refieren a todo tipo de tribulación que han de sufrir los verdaderos discípulos, tal como le sucedió al Maestro. Por tanto, las actitudes que hay que adoptar son las mismas del Maestro: Vigilar y orar exactamente como lo hizo en Getsemaní.

La razón de una actitud optimista y esperanzada de los cristianos, en medio de las tribulaciones, la encontramos en la certeza que nos da la fe en que el sacrificio de Jesucristo en la cruz nos ha conseguido, de una vez para siempre, el triunfo y la perfección propios de quienes hemos sido santificados con su sangre redentora, como se nos dice en la segunda lectura.

4. Una vez más nos aproximamos al fin del recorrido del año litúrgico mediante la contemplación de los grandes misterios de nuestra fe y la meditación asidua de su Palabra. No estamos solos en este camino por el que peregrinamos en la vida. Continuemos esta marcha hacia la patria prometida donde está nuestra última morada.

La tierra, con toda su hermosura no es más que una etapa del viaje. Y sin embargo, no nos desentendamos del todo de nuestra tarea de hacer de ella un lugar donde ya se empieza a vivir el Reino que se nos promete en plenitud. Hemos de estar vigilantes, para no caer en ninguno de las tentaciones permanentes en la historia: Angustiarnos porque el mundo se acaba y por lo tanto desinteresarnos de él; o bien aferrarnos a él como si aquí fuera nuestra casa definitiva.

La fe no nos permite evadirnos de la responsabilidad de hacer de esta gran tienda de paso, que es el mundo con todas sus realidades, una etapa agradable y digna, ordenada y justa, alegre y festiva, el lugar donde se gana el cielo mediante las relaciones fraternales, justas, respetuosas y constructivas, sin olvidar que en esta tarea tenemos también la gran responsabilidad de cuidar el orden ecológico que Dios estableció en la creación para bien nuestro y para gloria suya.

Tenemos entonces el deber de que todo llegue a su plenitud como una nueva creación, en medio de las fatigas, el cansancio y hasta el dolor junto con la alegría que da la certeza de cooperar en el proyecto salvífico de Dios a través de la historia.

Para los cristianos la historia no es agonía sino proceso vital, es triunfo y es plenitud, pues Cristo la transforma en una historia de pecado y destrucción en historia de salvación. No nos quedemos fuera de ella.

Antonio Díaz Tortajada

Comentario – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

(Lc 18, 1-8)

Ya en 11, 5-13 este evangelio de Lucas nos invitaba a orar con insistencia poniéndonos el ejemplo del hombre que va a pedir ayuda de noche y que es atendido por haber insistido tanto. En este texto se nos ofrece un ejemplo semejante: el de la viuda que ruega al juez que le haga justicia. Es importante que se trate de una viuda, porque en la época de Jesús las viudas, igual que los huérfanos, eran personas desprotegidas, eran el modelo de lo que significa estar completamente desamparado en el mundo. Por eso en la Biblia se insiste especialmente en la gravedad del pecado de aprovecharse de los huérfanos y de las viudas (Éx 22, 21-22; Jer 22, 3). También aparece en este texto un juez corrupto, incapaz de pensar en el bien de los demás. Dice que no solamente no temía a Dios, sino que además «no respetaba a los seres humanos» (v. 4). Las pobres viudas, que no tenían nada para regalarles, no tenían ninguna importancia para ese tipo de jueces, que dejaban para más adelante a las viudas oprimidas y despojadas, de manera que las viudas indefensas morían sin ver la justicia.

Jesús presenta el caso de una viuda que tiene que pedirle justicia a uno de esos jueces corruptos. Parece imposible que ese juez la escuche y la defienda. Sin embargo, la viuda insiste tanto que finalmente logra que el

juez, por cansancio, le haga justicia. Jesús nos enseña que así debe ser nuestra oración: segura, insistente, perseverante, reiterada, apremiante. No se trata de repetir largas oraciones de la boca para afuera, sino de pedir con sencillez, pero sin cansarse, sin dudar. También en la súplica hay que ser generosos y poner todo el corazón. Una súplica débil es señal de una fe débil, que no cree profundamente en el poder y en el amor de Dios; pedir es una forma de confesar nuestra fe, de rendir culto a Dios.

Finalmente, este texto nos recuerda que pidamos lo más importante: el Espíritu Santo. Su presencia no siempre resolverá nuestros problemas mundanos, pero siempre podrá darnos fortaleza, luz, amor, ganas de luchar y creatividad para enfrentarlo todo.

Oración:

«Señor, regálame la fe inquebrantable y la confianza insistente de la viuda desamparada. Ayúdame a reconocer con humildad que eres tú el todopoderoso, que dependo de ti, que sin ti nada puedo, que lejos de ti soy débil y no tengo protección».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

El principio del fin

1.- “Dijo Jesús: En aquellos días, luego de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas y las estrellas caerán del cielo. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes, con gran poder y majestad”. San Marcos, Cáp. 13.

¿Por qué se acaba el día? ¿A qué planeta viajan los que han muerto? ¿Sí tendrá consistencia el amor? ¿Por qué la felicidad es tan efímera? Al comprobar que nuestra vida limita, por sus cuatro puntos cardinales, con el tiempo que todo lo deslíe y desbarata, nos preguntamos: ¿Vale vivir sobre la tierra, de forma tan amenazada y exigua? Entre los temas compartidos por el Señor con sus discípulos, no faltaría el de la muerte. También el de aquella catástrofe universal, predicada por muchos profetas de la época. Las respuestas se adaptarían a la mentalidad de los oyentes, sin malograr el mensaje central del Maestro: Una invencible confianza en el Padre de los cielos. Sin embargo, cuando los evangelistas transcribieron los comentarios de las primeras comunidades, no esquivaron el estilo apocalíptico de entonces. Conviene también anotar que el pueblo judío y sus vecinos, continuaban golpeados por la destrucción Jerusalén, por las tropas de Roma, el año 70 de nuestra era.

En consecuencia, los relatos de los evangelistas sobre esos temas finales, aparecen como un mosaico de temores y dolores, de zozobras y angustias: “Después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”.

2.- Era la forma como ciertos autores bíblicos expresaban las intervenciones de Yahvé hacia su pueblo. En siglos posteriores variadas teologías, interpretaron tales hechos, añadiendo un exagerado pesimismo, muy ajeno al pensamiento de Jesús. Por esta razón los creyentes del Nuevo Testamento, iluminamos con otra luz esos temas sobre nuestro futuro.

Sin embargo san Marcos, para aliviar un poco la tensión ante ese párrafo de desastres, añade una breve parábola: Antes del verano, adivinamos su cercanía en las hojas tiernas de la higuera. Es decir, a quienes permanecemos en sintonía con el Señor, ese futuro incierto no podrá amedrentarnos.

La feria de religiones hoy en boga ofrece variados, donde un Dios severo se complace en las catástrofes. Parece que a sus predicadores les da seguridad y prestigio anunciar que muy pronto los malos serán castigados. Con la aclaración de que estos malos son siempre “los otros”. Pero el evangelio es algo distinto. Exige esfuerzo personal, cultivo de la amistad con Dios, generosidad, pero todo ello desde una humilde e incansable esperanza.

3.- A los discípulos de Cristo nos llegará la muerte. No se duda. Nos encontraremos cara a cara con Él, ese último día. Pero entonces llevaremos aprendidas de memoria aquellas páginas, donde Jesús explica con lujo de detalles, “la bondad de nuestro Salvador y su amor a los hombres”, como dice la carta a Tito. Por ejemplo: “¿Quién de vosotros si se le pierde una oveja, no deja las noventa y nueve en el aprisco y va en busca de la extraviada?”. Y también: “Conviene celebrar una fiesta, dijo el padre, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida. Estaba perdido y ha sido hallado”.

Gustavo Vélez, mxy

Cuando las hojas caen

1.- «En el tiempo aquel se levantará Miguel el arcángel, que se ocupa de tu pueblo: Serán tiempos difíciles, como no los ha habido…» (Dn 12, 1) Miguel es el príncipe de la celestial milicia, el arcángel que defiende al pueblo de Dios. El libro del Apocalipsis nos lo presenta guerreando al frente de los ángeles contra el dragón y sus ejércitos. Y después de rudo combate «el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, y sus ángeles fueron precipitados con él».

Visiones apocalípticas que hicieron estremecer a sus primeros lectores. Indicios y signos, símbolos que transmiten una realidad escondida, un futuro latente que un día llegará. Día de la ira, día del temblor, día de las lágrimas. Una secuencia de lamentos que siguen con la cadencia melódica de una elegía medieval.

Los nuevos armamentos nucleares, las defensas anti-satélites, las amenazas de los colosos, los «ingenios bélicos» que desfilan en las grandes paradas, los misiles de largo alcance… En el fondo, está el Maligno. Por ello el pueblo de Dios está sumido en mil ataques diabólicos, de fuera y de dentro. Tiempos difíciles, de grandes consternaciones ideológicas. Ante tan graves peligros recurrimos a ti, arcángel San Miguel, para que nos defiendas en la lucha, para que seas nuestro amparo contra las asechanzas del demonio.

«Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida perpetua, otros para ignominia perpetua» (Dn 12, 2) El libro de la vida. También el vidente de Patmos nos habla en el Apocalipsis de ese libro. «Y los muertos fueron juzgados según el contenido de los libros, cada uno según sus obras… Y el que no fue encontrado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque del fuego».

Estamos aún en el mes de los difuntos, el mes de las hojas muertas, cuando los árboles van quedando desnudos como esqueletos ennegrecidos por el viento. Mes para reflexionar en los novísimos del hombre, esas cuatro realidades que han de ayudarnos a dar sentido cristiano a nuestra caduca existencia: muerte, juicio, infierno y gloria.

No son realidades trasnochadas, cuentos de miedo para asustar a los niños en la noche. Son verdades fundamentales que, queramos o no, están ahí ante nosotros como una amenaza, o como un motivo de esperanza y de consuelo. Si, porque «bienaventurados desde ahora los muertos que mueren el Señor. Si, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan».

«Para siempre, para siempre, para siempre», repetía Santa Teresa. Y esta idea la animaba a seguir luchando, a perseverar en su entrega, a ser fiel al amor del Amado. Llénate tú, y yo también, ante el recuerdo de estas realidades, de un deseo constante de seguir adelante, cubriendo gozoso todas las etapas que conducen a la última meta.

2.- «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti» (Sal 15, 1) Es este salmo, tema para nuestra oración de hoy, uno de los más bellos de todo el salterio que el Espíritu Santo inspiró. Especialmente para nosotros los sacerdotes, y para todos los que se han entregado totalmente al servicio de Dios, tiene una relevancia particular, un significado entrañable. En él se expresan perfectamente los sentimientos de quien ha puesto en Dios todo el amor de su corazón, de quien no suspira por otra cosa que por agradar al Señor, por servirle en cuerpo y alma, de quien tiene todo su tesoro en el mismo Dios.

Efectivamente, en estos versos se canta la dicha y el gozo de tener a Dios como heredad, como parte propia de una maravillosa herencia, como lote o porción personal recibida en el reparto de unos bienes eternos… Mi secreto está en tus manos –dice el texto–. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena».

«Porque no me entregarás a la muerte» (Sal 15, 10) Muchos años después de que este salmo se recitara por vez primera, Jesucristo afirmó de quien cree en Él no morirá eternamente, que quien coma su carne vivirá para siempre. Sin duda que es esta promesa la mejor de cuantas el hombre pueda recibir: Ser librado de la muerte, vivir siempre. Todo lo demás, por valioso que sea, lleva siempre consigo la sombra de la caducidad, la amenaza de que un día cualquiera todo se terminará sin remisión posible.

La convicción de no morir, por tanto, llena de gozo al salmista y también ha de alegrarnos a cada uno de nosotros, nos ha de mover a decir como propia esta oración del salmo: «… no me entregarás a la muerte ni dejarás ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el camino de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

3.- «Pero Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás, un sólo sacrificio…» (Hb 10, 12) La Historia de la salvación de los hombres comienza ya en el primer día de la creación. Sí, desde el principio comienza a manifestarse el amor infinito de Dios que trasmite el ser y el existir a otros seres para nuestro provecho. Amor que llega a su culmen en la creación. La llegada de Cristo era tan sólo como el principio del fin, un preanuncio, unos barruntos tan sólo de lo que sería la grandeza definitiva de la suprema manifestación del amor divino.

Y entre todos aquellos sucesos y situaciones que prefiguraban a Cristo está el sacerdocio de la Antigua Alianza. Los sacerdotes, aquellos hombres de la tribu de Leví que fueron llamados por Yahvé para que fueran los maestros del pueblo, los que ofrecían sacrificios aceptables a Dios, y los que, a veces regían a Israel… Sacerdocio levítico que era sólo una sombra de lo que sería el sacerdocio de Cristo. Y entre todas las diferencias que distinguen el sacerdocio de la Antigua Alianza y el sacerdocio de la Nueva, está precisamente el hecho de que en la plenitud de los tiempos hay un sólo sacrificio, el de la Cruz, el que se renueva en la santa Misa. Ya no es preciso el sacrificio de animales para honrar a Dios. Ahora basta con la renovación incruenta, sin dolor, del Sacrificio de Cristo. Gracias a él se nos perdonan los pecados por la Confesión, se nos da el don inefable de vivir serenos y alegres en esta vida y en la otra.

«Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados…» (Hb 10, 14) Un sólo sacrificio, un sólo sacerdote. El sacrificio del Calvario, el santo sacrificio de la Misa que constituye el centro de la vida cristiana. Sí, la Eucaristía es el punto de convergencia, y de emergencia, de toda la actividad pastoral de la Iglesia, de todo cuanto hace para acercar a los hombres a Dios y a éstos entre sí. De convergencia porque hacia la Eucaristía se dirigen esos esfuerzos de la Iglesia, y de divergencia porque de la Misa arrancan todas las manifestaciones de amor a Dios y a los hombres, ese abrirse en redondo abanico del corazón de la Iglesia, de todos nosotros, en bien de los demás.

Una sola ofrenda nos ha perfeccionado a todos. A unos para poder ofrecer el santo sacrificio que redime y salva -los sacerdotes con el sacerdocio ministerial-, a otros para poder participar en ese sacrificio de Cristo -los fieles cristianos, con sacerdocio común-. Cristo, el único y Sumo Sacerdote que intercede continuamente por nosotros en el Santuario celestial. Cristo, la víctima perfecta que se inmola de nuevo en todo altar donde se celebra una Eucaristía. Sacerdote y víctima que nos transmite, a cuantos creemos en él, su misma condición sacerdotal -aunque en diverso grado-, para que también nosotros hagamos de nuestra vida entera un sacrificio agradable a Dios que redime y salva al mundo entero.

4.- «El día y la hora nadie lo sabe…» (Mc 13, 32) Nuestro mundo no ha de durar siempre. Tampoco nuestra vida terrena. Día llegará en que el sol se apagará -nos dice el Señor, la luna no brillará, las estrellas perderán su ruta y todo el orbe se estremecerá hasta derrumbarse en el caos y en las tinieblas. Además, tengamos en cuenta que también el equilibrio de nuestro cuerpo se romperá algún día. Basta un fallo del corazón para que el reloj que señala nuestras horas se quede parado. Son realidades evidentes que nos suceden a diario, pues cada día tanto el mundo como cada uno de nosotros vamos muriendo un poco.

Realidades, sin embargo, que de ordinario olvidamos. Somos animales de corto alcance. Sólo nos afecta lo inmediato y lo tangible. Nuestra miopía nos impide ver más allá de estos años que pasan veloces. No somos capaces de descubrir los hechos que ocurrirán quizás mañana, y seguimos como si tal cosa, sin prever ni proveer a eso que un día cualquiera nos ocurrirá.

La Iglesia nuestra Madre sale al encuentro de nuestra inconsciencia e insensatez de niños torpes. Nos recuerda las palabras del Señor que nos ponen en sobreaviso de esos acontecimientos luctuosos y terribles que han de ocurrir. Quiere que lo sepamos para que ese día no nos coja desprevenidos, desprovistos de lo único que en ese día nos valdrá, su divina gracia, su amistad y su favor. Pensemos hoy en todo eso y hagamos propósitos concretos para mejorar nuestra vida con vistas a hacer dichosa nuestra muerte.

Aprended lo que os enseña la higuera, dice también nuestro Señor. Es necesario mirar lo que nos rodea con el deseo de descubrir el sentido oculto que todo tiene. La Naturaleza es un inmenso libro abierto lleno de enseñanzas y de consejos prácticos para quien sabe leer en sus páginas. En este tiempo, cuando el otoño va de caída, el espectáculo de los árboles que se deshojan ha de recordarnos que también nosotros nos vamos deshojando a medida que pasan los días. Todos, unos tras otros, vamos cayendo, suave o bruscamente, hasta quedar cubiertos por la tierra donde nuestro cuerpo se pudre como una hoja seca.

El mes de noviembre es el mes de ánimas. Nos recuerda a esos seres queridos que ya se marcharon de nuestro lado, y también nos viene a decir que un día, imprevisto casi siempre, seremos nosotros, tú o yo, los que tendremos que partir camino del más allá. Estas dos ideas nos han de estimular por una parte para rogar por nuestros difuntos, a aplicarles Misas por su eterno descanso (una Misa con «costar tan poco», vale más que todas las flores del mundo). Por otro lado el recuerdo de la muerte, aunque parezca paradójico, nos ha de estimular a vivir con intensidad, ansiosos de aprovechar los días que nos queden, muchos o pocos, para merecer con vistas a la otra vida, para hacer todo el bien que podamos. Sólo así nos enfrentaremos, serenos y esperanzados, a la muerte y al juicio.

Antonio García Moreno

Una llamada a la confianza y la responsabilidad

1- Nos acercamos al final del Año Litúrgico y las lecturas nos hablan del final de los tiempos en un lenguaje típico de la literatura apocalíptica. En otros tiempos este estilo propio de los tiempos finales era aprovechado para recordar que podría llegar en cualquier momento el fin del mundo, para el cual teníamos que estar preparados y evitar así el castigo eterno. En efecto, aparentemente las palabras que escuchamos son terribles: «tiempos difíciles», «ignominia perpetua», «gran angustia», «el sol se hará tinieblas», «las estrellas caerán del cielo»… El juicio final sería el «Dies irae, día terrible, día de calamidades y miseria, cuando Dios venga a juzgar al mundo con el fuego». Todo esto contradice, aparentemente, el mensaje de salvación que Jesucristo ofrece y choca diametralmente con el concepto de Dios-Padre misericordioso. Esta amenaza de no «saber ni el día ni la hora» pretendía provocar el buen comportamiento para evitar el castigo final y eterno, pero ignoraba el lenguaje metafórico de este tipo de literatura, presente ya en algunos libros del Antiguo Testamento. Sabemos, sin embargo, que no hay que actuar por temor, sino por amor a Dios. Si creemos que la gente va a ser más buena por temor al castigo, apañados estamos.

2.- ¿Es éste el Dios de Jesús? Seguro que no…. Una vez más no hemos dejado a Dios ser Dios. Hemos manipulado su imagen y su mensaje. Y lo peor es que hay personas que lo siguen haciendo. Siguen predicando la inminencia de «un aviso» y de un juicio terrible con un castigo inmisericorde. ¡Basta ya, acabemos de una vez con una religión que no ofrece salvación, sino castigo, con una religión mágica y utilitaria que nos ofrece una consolación facilona! ¿Cómo es posible que sigan apareciendo por nuestras parroquias papeles en los que se dice que rezando una oración a Judas Tadeo y haciendo 81 copias vas a conseguir que te toque la lotería y a evitar una enfermedad terrible?. ¿Cómo puede haber tanto infantilismo y falta de formación en muchos que se profesan creyentes en Jesucristo?

3.- El Evangelio nos dice que estemos atentos a la higuera, es decir a los signos de los tiempos, de los que hablaba el concilio Vaticano II. El Hijo del Hombre, figura que aparece en el profeta Daniel y habla de aquél que vendrá sobre las nubes del cielo, reunirá a los elegidos de los cuatro vientos. Por tanto, vendrá a salvar y no a condenar. El juicio será para la salvación no para la condenación. En los evangelios Jesús se atribuye a sí mismo este título mesiánico. Lo dice bien claro la Carta a los Hebreos cuando habla de la ofrenda de su propia vida, que Cristo ofreció por nuestros pecados de una vez para siempre. Desde entonces introdujo el perdón de los pecados, como regalo perpetuo que Dios nos hace. Los sabios según Dios y aquellos que enseñaron y practicaron la justicia brillarán por toda la eternidad.

4.- La Palabra de Dios de este domingo nos hace una llamada a reavivar nuestra confianza en Dios y nuestra responsabilidad en hacer de éste el mejor de los mundos posibles. Una vez más constatamos que Dios está a favor nuestro, que cuenta con nosotros para construir el Reino de Dios ya desde ahora. El futuro que nos aguarda no es terrible, sino gratificante y feliz.

José María Martín OSA

Las palabras de Jesús no pasarán

Los signos de desesperanza no son siempre del todo visibles, pues la falta de esperanza puede disfrazarse de optimismo superficial, activismo ciego o secreto pasotismo.

Por otra parte, son bastantes los que no reconocen sentir miedo, aburrimiento, soledad o desesperanza porque, según el modelo social vigente, se supone que un hombre que triunfa en la vida no puede sentirse solo, aburrido o temeroso. Erich Fromm, con su habitual perspicacia, ha señalado que el hombre contemporáneo está tratando de librarse de algunas represiones como la sexual, pero se ve obligado a «reprimir tanto el miedo y la duda como la depresión, el aburrimiento y la falta de esperanza».

Otras veces nos defendemos de nuestro «vacío de esperanza» sumergiéndonos en la actividad. No soportamos estar sin hacer nada. Necesitamos estar ocupados en algo para no enfrentamos a nuestro futuro.

Pero la pregunta es inevitable: ¿qué nos espera después de tantos esfuerzos, luchas, ilusiones y sinsabores? ¿No tenemos otro objetivo sino producir cada vez más, disfrutar cada vez mejor lo producido y consumir más y más, hasta ser consumidos por nuestra propia caducidad?

El ser humano necesita una esperanza para vivir. Una esperanza que no sea «una envoltura para la resignación», como la de aquellos que se las arreglan para organizarse una vida lo bastante tolerable como para aguantar la aventura de cada día. Una esperanza que no debe confundirse tampoco con una espera pasiva, que solo es, con frecuencia, «una forma disfrazada de desesperanza e impotencia» (Erich Fromm).

El hombre necesita en su corazón una esperanza que se mantenga viva, aunque otras pequeñas esperanzas se vean malogradas e incluso completamente destruidas.

Los cristianos encontramos esta esperanza en Jesucristo y en sus palabras, que «no pasarán». No esperamos algo ilusorio. Nuestra esperanza se apoya en el hecho inconmovible de la resurrección de Jesús. Desde Cristo resucitado nos atrevemos a ver la vida presente en «estado de gestación», como germen de una vida que alcanzará su plenitud final en Dios.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

La pregunta es si nos fiamos verdaderamente de Dios. El Evangelio de hoy nos invita a ello.  ¿Quiere eso decir que debemos confiar ciegamente en que nos va a solucionar los problemas de la vida diaria? Porque a veces acudimos a Dios con cuestiones en las que nosotros mismos no estamos dispuestos a colaborar. A lo concreto. Si el problema, por ejemplo, es que mi marido bebe, no basta con encender muchas velas y hacer muchas oraciones. Todo eso está muy bien pero habrá que enfrentar el problema, dialogar y hacer lo que haya que hacer. Porque Dios nos dirá que está muy bien que le contemos el problema pero que nos ha dado la libertad, la capacidad de buscar consejo y de decisión para enfrentar ese y muchos otros problemas que nos vayamos encontrando en la vida diaria. 

Así que podemos dar un paso más. ¿Creemos de verdad que Dios nos ha regalado los medios e instrumentos (libertad, inteligencia, afecto…) para enfrentar los problemas de nuestra vida? ¿Es que podemos pensar que nos ha dejado a nosotros sus hijos e hijas queridos desamparados ante la vida y sus dificultades?

Ocurre que a veces tenemos que pasar por momentos difíciles. Algunas decisiones no son fáciles. Y eso nos cuesta. Poniendo un ejemplo muy simplón. Si el estudiante quiere aprobar el examen, está bien que rece, pero es también necesario que manifieste su voluntad de aprobar dedicando el tiempo necesario al estudio. Eso significa esfuerzo, concentración, compromiso y trabajo. La respuesta de Dios a sus oraciones es la inteligencia que le ha dado y la libertad para tomar su decisión de ponerse a estudiar en lugar de ir a divertirse. Pues como este caso, tantos otros. 

Estoy convencido de que Dios nos ha regalado más fuerza, más decisión y más capacidades de las que podemos imaginar. Como cuando vamos por el monte y subimos una montaña. Hay momentos de cansancio en que nos decimos que no podemos más. Pero no es verdad. Desde que nos decimos eso hasta llegar al límite de nuestras fuerzas queda mucho. Dios nos invita a desarrollar plenamente las capacidades y energías que nos ha regalado. 

Porque nos ha regalado mucho. Somos sus hijos e hijas queridos. Otra cosa es que nos lo creamos de verdad.

Ciudad Redonda