Comentario – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

Los textos litúrgicos nos hablan de tiempos difíciles como no los ha habido nunca (desde que hubo naciones hasta ahora) o de días de tribulación en los que el sol y la luna dejarán de alumbrar y una gran tiniebla se extenderá sobre la tierra, en los que las estrellas caerán del cielo y el universo temblará.

Tales sucesos se presentan como el preludio que anuncia la cercanía de un evento singular: la venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad, una venida en la que el Hijo del hombre, acompañado de sus ángeles, congregará a sus elegidos, los inscritos en el libro de la vida(aquellos que despertarán para la vida perpetua, no para ignominia perpetua), de los cuatro vientos, del uno al otro confín.

El autor de la carta a los Hebreos habla de los que van siendo consagrados tras ser perfeccionados para siempre con la ofrenda de Cristo. Hay, por tanto, una clara referencia a la segunda venida de Cristo, a la manera de un rey poderoso, que viene a recoger lo que es suyo, esto es, el fruto maduro de lo que él mismo sembró en el corazón de los hombres. Alude, pues, a un momento conclusivo y recapitulador: momento de cosecha (recogida) y discernimiento (juicio).

Esta venida coincidirá con tiempos difíciles y días de tribulación. Este es el marco descriptivo en el que se encuadra. Se trata de un lenguaje propio del género apocalíptico, pero no por eso falto de realismo. Es verdad que si el sol se oscureciera del todo, porque esta estrella entrara en trance de muerte, la vida desaparecería de la faz de la tierra, y si las estrellas cayeran del cielo, o mejor, nuestro planeta tierra cayera en la estrella solar en torno a la cual gira, nos desintegraríamos. No quedarían en la tierra habitantes que dieran la bienvenida al Hijo del hombre; ni siquiera habría tierra.

Pero en la tierra también se oscurece el sol: a diario, cuando llega la noche en la cara de la tierra que no mira al sol; pero también cuando se produce un eclipse o cuando nubes espesas y tenebrosas no dejan pasar los rayos del sol o cuando a consecuencia de un cataclismo una nube de polvo y ceniza nos sume en la oscuridad. Son fenómenos en los que podemos decir que el sol se hace tinieblas o la luna no da su resplandor.

Sabemos, además, por las observaciones de los astrónomos o cosmólogos que en nuestra galaxia, o fuera de ella, hay estrellas que nacen y que mueren, estrellas que chocan y se dividen. Son también fenómenos que suceden y han sucedido en nuestro universo. Y en nuestro planeta tierra también suceden cada cierto tiempo, con regularidad cronológica, fenómenos pavorosos como los terremotos, los huracanes, las inundaciones y lo que traen consigo, incendios de grandes proporciones, derrumbamientos, deslizamientos de tierras, tsunamis, y muerte de seres vivos, incluidos los humanos.

Pues bien, nos dice Jesús, cuando veáis suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Puede que, como en tantos sucesos de estas características que se han venido produciendo a lo largo de nuestra historia, no se trate aún del fin del mundo, aunque sí haya sido el fin de muchos en este mundo. De cualquier manera, el fin de muchos en el tiempo está ya anunciando el fin de los tiempos o el fin de todos en el tiempo.

Sea o no sea el fin de los tiempos, cuando veamos suceder esto, hemos de saber que la venida en gloria de nuestro Señor está cerca y con ella también nuestro final en este mundo. Pero, estando cerca, nadie sabe el día ni la horasólo lo sabe el Padre. El Creador del universo es el único que tiene el secreto de su duración y de su límite. Sólo el que lo hizo puede conocer tanto su capacidad natural de resistencia (la energía disponible para su permanencia), como el tiempo que le ha sido concedido por su providente voluntad.

Este desconocimiento del día y la hora no debe ser para nosotros un motivo de inquietud o de desazón. Ante noticias de temblores de cielo y tierra no debemos alarmarnos. Tampoco debemos (ni podemos seguramente) vivir en un permanente estado de temor. Para los cristianos, ver venir al Hijo del hombre, aunque sea en trance de muerte, debe significar la realización o el cumplimiento de una esperanza. Al fin y al cabo eso es lo que esperamos, no lo que tememos, que venga el Hijo del hombre, que venga el esperado, y con él su Reino.

Esto es lo que le pedimos a diario en el Padre nuestro: venga a nosotros tu Reino. Porque con él y con su Reino llegarán para nosotros la paz perpetua, el amor sin medida y sin defecto, la salud perfecta, el gozo y la vida que no tenemos, o que tenemos sólo a medias. El final de este mundo representará el principio de otro, de modo similar a como lo imaginan esos científicos que hablan de mundos sucesivos en el que el anterior es matriz del que le sigue. Pero aquí no se trata de generación de universos, sino de una nueva creación por parte de Aquel que es fuente de la vida y que por serlo puede darla en diferentes modos, como vida temporal y como vida eterna. Y eso es lo que esperamos nosotros con la venida de Cristo en gloria: la vida eterna.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística