Comentario – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

(Lc 18, 1-8)

Ya en 11, 5-13 este evangelio de Lucas nos invitaba a orar con insistencia poniéndonos el ejemplo del hombre que va a pedir ayuda de noche y que es atendido por haber insistido tanto. En este texto se nos ofrece un ejemplo semejante: el de la viuda que ruega al juez que le haga justicia. Es importante que se trate de una viuda, porque en la época de Jesús las viudas, igual que los huérfanos, eran personas desprotegidas, eran el modelo de lo que significa estar completamente desamparado en el mundo. Por eso en la Biblia se insiste especialmente en la gravedad del pecado de aprovecharse de los huérfanos y de las viudas (Éx 22, 21-22; Jer 22, 3). También aparece en este texto un juez corrupto, incapaz de pensar en el bien de los demás. Dice que no solamente no temía a Dios, sino que además «no respetaba a los seres humanos» (v. 4). Las pobres viudas, que no tenían nada para regalarles, no tenían ninguna importancia para ese tipo de jueces, que dejaban para más adelante a las viudas oprimidas y despojadas, de manera que las viudas indefensas morían sin ver la justicia.

Jesús presenta el caso de una viuda que tiene que pedirle justicia a uno de esos jueces corruptos. Parece imposible que ese juez la escuche y la defienda. Sin embargo, la viuda insiste tanto que finalmente logra que el

juez, por cansancio, le haga justicia. Jesús nos enseña que así debe ser nuestra oración: segura, insistente, perseverante, reiterada, apremiante. No se trata de repetir largas oraciones de la boca para afuera, sino de pedir con sencillez, pero sin cansarse, sin dudar. También en la súplica hay que ser generosos y poner todo el corazón. Una súplica débil es señal de una fe débil, que no cree profundamente en el poder y en el amor de Dios; pedir es una forma de confesar nuestra fe, de rendir culto a Dios.

Finalmente, este texto nos recuerda que pidamos lo más importante: el Espíritu Santo. Su presencia no siempre resolverá nuestros problemas mundanos, pero siempre podrá darnos fortaleza, luz, amor, ganas de luchar y creatividad para enfrentarlo todo.

Oración:

«Señor, regálame la fe inquebrantable y la confianza insistente de la viuda desamparada. Ayúdame a reconocer con humildad que eres tú el todopoderoso, que dependo de ti, que sin ti nada puedo, que lejos de ti soy débil y no tengo protección».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día