Cuando las hojas caen

1.- «En el tiempo aquel se levantará Miguel el arcángel, que se ocupa de tu pueblo: Serán tiempos difíciles, como no los ha habido…» (Dn 12, 1) Miguel es el príncipe de la celestial milicia, el arcángel que defiende al pueblo de Dios. El libro del Apocalipsis nos lo presenta guerreando al frente de los ángeles contra el dragón y sus ejércitos. Y después de rudo combate «el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, y sus ángeles fueron precipitados con él».

Visiones apocalípticas que hicieron estremecer a sus primeros lectores. Indicios y signos, símbolos que transmiten una realidad escondida, un futuro latente que un día llegará. Día de la ira, día del temblor, día de las lágrimas. Una secuencia de lamentos que siguen con la cadencia melódica de una elegía medieval.

Los nuevos armamentos nucleares, las defensas anti-satélites, las amenazas de los colosos, los «ingenios bélicos» que desfilan en las grandes paradas, los misiles de largo alcance… En el fondo, está el Maligno. Por ello el pueblo de Dios está sumido en mil ataques diabólicos, de fuera y de dentro. Tiempos difíciles, de grandes consternaciones ideológicas. Ante tan graves peligros recurrimos a ti, arcángel San Miguel, para que nos defiendas en la lucha, para que seas nuestro amparo contra las asechanzas del demonio.

«Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida perpetua, otros para ignominia perpetua» (Dn 12, 2) El libro de la vida. También el vidente de Patmos nos habla en el Apocalipsis de ese libro. «Y los muertos fueron juzgados según el contenido de los libros, cada uno según sus obras… Y el que no fue encontrado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque del fuego».

Estamos aún en el mes de los difuntos, el mes de las hojas muertas, cuando los árboles van quedando desnudos como esqueletos ennegrecidos por el viento. Mes para reflexionar en los novísimos del hombre, esas cuatro realidades que han de ayudarnos a dar sentido cristiano a nuestra caduca existencia: muerte, juicio, infierno y gloria.

No son realidades trasnochadas, cuentos de miedo para asustar a los niños en la noche. Son verdades fundamentales que, queramos o no, están ahí ante nosotros como una amenaza, o como un motivo de esperanza y de consuelo. Si, porque «bienaventurados desde ahora los muertos que mueren el Señor. Si, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan».

«Para siempre, para siempre, para siempre», repetía Santa Teresa. Y esta idea la animaba a seguir luchando, a perseverar en su entrega, a ser fiel al amor del Amado. Llénate tú, y yo también, ante el recuerdo de estas realidades, de un deseo constante de seguir adelante, cubriendo gozoso todas las etapas que conducen a la última meta.

2.- «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti» (Sal 15, 1) Es este salmo, tema para nuestra oración de hoy, uno de los más bellos de todo el salterio que el Espíritu Santo inspiró. Especialmente para nosotros los sacerdotes, y para todos los que se han entregado totalmente al servicio de Dios, tiene una relevancia particular, un significado entrañable. En él se expresan perfectamente los sentimientos de quien ha puesto en Dios todo el amor de su corazón, de quien no suspira por otra cosa que por agradar al Señor, por servirle en cuerpo y alma, de quien tiene todo su tesoro en el mismo Dios.

Efectivamente, en estos versos se canta la dicha y el gozo de tener a Dios como heredad, como parte propia de una maravillosa herencia, como lote o porción personal recibida en el reparto de unos bienes eternos… Mi secreto está en tus manos –dice el texto–. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena».

«Porque no me entregarás a la muerte» (Sal 15, 10) Muchos años después de que este salmo se recitara por vez primera, Jesucristo afirmó de quien cree en Él no morirá eternamente, que quien coma su carne vivirá para siempre. Sin duda que es esta promesa la mejor de cuantas el hombre pueda recibir: Ser librado de la muerte, vivir siempre. Todo lo demás, por valioso que sea, lleva siempre consigo la sombra de la caducidad, la amenaza de que un día cualquiera todo se terminará sin remisión posible.

La convicción de no morir, por tanto, llena de gozo al salmista y también ha de alegrarnos a cada uno de nosotros, nos ha de mover a decir como propia esta oración del salmo: «… no me entregarás a la muerte ni dejarás ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el camino de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

3.- «Pero Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás, un sólo sacrificio…» (Hb 10, 12) La Historia de la salvación de los hombres comienza ya en el primer día de la creación. Sí, desde el principio comienza a manifestarse el amor infinito de Dios que trasmite el ser y el existir a otros seres para nuestro provecho. Amor que llega a su culmen en la creación. La llegada de Cristo era tan sólo como el principio del fin, un preanuncio, unos barruntos tan sólo de lo que sería la grandeza definitiva de la suprema manifestación del amor divino.

Y entre todos aquellos sucesos y situaciones que prefiguraban a Cristo está el sacerdocio de la Antigua Alianza. Los sacerdotes, aquellos hombres de la tribu de Leví que fueron llamados por Yahvé para que fueran los maestros del pueblo, los que ofrecían sacrificios aceptables a Dios, y los que, a veces regían a Israel… Sacerdocio levítico que era sólo una sombra de lo que sería el sacerdocio de Cristo. Y entre todas las diferencias que distinguen el sacerdocio de la Antigua Alianza y el sacerdocio de la Nueva, está precisamente el hecho de que en la plenitud de los tiempos hay un sólo sacrificio, el de la Cruz, el que se renueva en la santa Misa. Ya no es preciso el sacrificio de animales para honrar a Dios. Ahora basta con la renovación incruenta, sin dolor, del Sacrificio de Cristo. Gracias a él se nos perdonan los pecados por la Confesión, se nos da el don inefable de vivir serenos y alegres en esta vida y en la otra.

«Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados…» (Hb 10, 14) Un sólo sacrificio, un sólo sacerdote. El sacrificio del Calvario, el santo sacrificio de la Misa que constituye el centro de la vida cristiana. Sí, la Eucaristía es el punto de convergencia, y de emergencia, de toda la actividad pastoral de la Iglesia, de todo cuanto hace para acercar a los hombres a Dios y a éstos entre sí. De convergencia porque hacia la Eucaristía se dirigen esos esfuerzos de la Iglesia, y de divergencia porque de la Misa arrancan todas las manifestaciones de amor a Dios y a los hombres, ese abrirse en redondo abanico del corazón de la Iglesia, de todos nosotros, en bien de los demás.

Una sola ofrenda nos ha perfeccionado a todos. A unos para poder ofrecer el santo sacrificio que redime y salva -los sacerdotes con el sacerdocio ministerial-, a otros para poder participar en ese sacrificio de Cristo -los fieles cristianos, con sacerdocio común-. Cristo, el único y Sumo Sacerdote que intercede continuamente por nosotros en el Santuario celestial. Cristo, la víctima perfecta que se inmola de nuevo en todo altar donde se celebra una Eucaristía. Sacerdote y víctima que nos transmite, a cuantos creemos en él, su misma condición sacerdotal -aunque en diverso grado-, para que también nosotros hagamos de nuestra vida entera un sacrificio agradable a Dios que redime y salva al mundo entero.

4.- «El día y la hora nadie lo sabe…» (Mc 13, 32) Nuestro mundo no ha de durar siempre. Tampoco nuestra vida terrena. Día llegará en que el sol se apagará -nos dice el Señor, la luna no brillará, las estrellas perderán su ruta y todo el orbe se estremecerá hasta derrumbarse en el caos y en las tinieblas. Además, tengamos en cuenta que también el equilibrio de nuestro cuerpo se romperá algún día. Basta un fallo del corazón para que el reloj que señala nuestras horas se quede parado. Son realidades evidentes que nos suceden a diario, pues cada día tanto el mundo como cada uno de nosotros vamos muriendo un poco.

Realidades, sin embargo, que de ordinario olvidamos. Somos animales de corto alcance. Sólo nos afecta lo inmediato y lo tangible. Nuestra miopía nos impide ver más allá de estos años que pasan veloces. No somos capaces de descubrir los hechos que ocurrirán quizás mañana, y seguimos como si tal cosa, sin prever ni proveer a eso que un día cualquiera nos ocurrirá.

La Iglesia nuestra Madre sale al encuentro de nuestra inconsciencia e insensatez de niños torpes. Nos recuerda las palabras del Señor que nos ponen en sobreaviso de esos acontecimientos luctuosos y terribles que han de ocurrir. Quiere que lo sepamos para que ese día no nos coja desprevenidos, desprovistos de lo único que en ese día nos valdrá, su divina gracia, su amistad y su favor. Pensemos hoy en todo eso y hagamos propósitos concretos para mejorar nuestra vida con vistas a hacer dichosa nuestra muerte.

Aprended lo que os enseña la higuera, dice también nuestro Señor. Es necesario mirar lo que nos rodea con el deseo de descubrir el sentido oculto que todo tiene. La Naturaleza es un inmenso libro abierto lleno de enseñanzas y de consejos prácticos para quien sabe leer en sus páginas. En este tiempo, cuando el otoño va de caída, el espectáculo de los árboles que se deshojan ha de recordarnos que también nosotros nos vamos deshojando a medida que pasan los días. Todos, unos tras otros, vamos cayendo, suave o bruscamente, hasta quedar cubiertos por la tierra donde nuestro cuerpo se pudre como una hoja seca.

El mes de noviembre es el mes de ánimas. Nos recuerda a esos seres queridos que ya se marcharon de nuestro lado, y también nos viene a decir que un día, imprevisto casi siempre, seremos nosotros, tú o yo, los que tendremos que partir camino del más allá. Estas dos ideas nos han de estimular por una parte para rogar por nuestros difuntos, a aplicarles Misas por su eterno descanso (una Misa con «costar tan poco», vale más que todas las flores del mundo). Por otro lado el recuerdo de la muerte, aunque parezca paradójico, nos ha de estimular a vivir con intensidad, ansiosos de aprovechar los días que nos queden, muchos o pocos, para merecer con vistas a la otra vida, para hacer todo el bien que podamos. Sólo así nos enfrentaremos, serenos y esperanzados, a la muerte y al juicio.

Antonio García Moreno