Todo es ahora, presente atemporal

Más o menos afligidos por las circunstancias que nos tocan vivir, los humanos tenemos tendencia a idealizar el pasado -la imagen tradicional en nuestra cultura hablaba del “paraíso original”, del que habríamos sido arrojados por nuestro pecado- y a proyectar la felicidad en el futuro -en un “cielo” o “paraíso” que colmaría definitivamente todos nuestros deseos-.

Tal lectura habla, prioritariamente, de nuestros deseos y se basa en una lectura secuencial del tiempo. Por ello mismo, presenta dos puntos radicalmente cuestionables: por un lado, parece olvidar que todas las formas se hallan sometidas a la ley de la impermanencia -dicho de otro modo: es imposible hablar de “plenitud” referida a cualquier forma-; por otro, la lectura secuencial del tiempo es una creación mental.

A partir de esa doble constatación, emerge una nueva luz que ilumina nuestra comprensión. Lo realmente real trasciende las formas y solo existe el presente.

Las formas evolucionan, cambian, se mueven…, pero sin dejar de ser impermanentes, por lo que se verán siempre sometidas a altibajos (no existe ningún “cielo” o “paraíso” para ellas, donde hallarían descanso).

Lo que somos, más allá de la forma “personal” en la que nos experimentamos, es plenitud de presencia o presencia consciente, permanente y estable. Carece de sentido esperar un “futuro” perfecto. Lo que seremos ya lo somos. Por lo que se entiende el dicho de un místico, cuyo nombre he olvidado: “Si no estás en el cielo ahora, tampoco estarás en él cuando te mueras”.

 Y ahí se muestra, una vez más, nuestra paradoja: somos, a la vez, vulnerabilidad -en la forma impermanente- y plenitud.

¿Puedo percibir la plenitud que soy y, desde ella, aceptar la vulnerabilidad e impermanencia de mi persona?

Enrique Martínez Lozano

El futuro es ahora, el futuro es hoy

El evangelio de este domingo tiene profundas resonancias apolíticas. Está integrado en una secuencia que algunas y algunos exégetas denominan el “pequeño apocalipsis de Marcos”.  El género apocalíptico se desarrolla en contexto de grandes crisis y dificultades y tiende a reflejar un fuerte dualismo: la lucha del bien contra el mal en contextos y tiempos límites en los que parece que la injusticia y la violencia están saliendo vencedoras y la vida es arrasada.

Desde un imaginario “catastrofista” el evangelio apunta a la esperanza y urge atención y responsabilidad con los signos más pequeños y cotidianos para señalar que el presente tiene futuro, porque Dios no abandona a la creación y la humanidad más herida, sino que esta incrustado en lo más profundo de ella como una potencia inédita que pide nuestra responsabilidad y atrevimiento, pero ¿qué puede decirnos este texto a los cristianos y cristianas de hoy?

En estas últimas semanas estamos viviendo la COP 26 en Glasgow y las movilizaciones mundiales exigiendo justica climática frente a la situación de alerta roja que sufre la vida en el planeta. También estamos viviendo las consecuencias del colapso denunciado desde hace décadas por los y las ecologistas y sus consecuencias en la crisis de los abastecimientos de materias primas, a la vez que el covid y la pandemia del hambre y las guerras siguen haciendo estragos en los sures del planeta.

Estamos inmersas en pleno corazón del Antropoceno, o como otros prefieren llamar del Capitalozeno, es decir una nueva era en la que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica autodestructiva, bajo el prisma del capitalismo. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de los recursos naturales nos abocan a una situación catastrófica, a la vez que el margen del que disponemos para acometer cambios estructurales que mitiguen el colapso es cada vez más corto.

En el año 2020 más de 82 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus países de origen como consecuencia de la violencia política y armamentística, y de los   desastres ecológicos En España hay más de 30.00 personas solicitantes de asilo a la espera de encontrar una alternativa a la pesadilla que a día de hoy son sus vidas. En esta realidad apocalíptica somos urgidas y urgidos no a la esperanza ingenua, sino a la esperanza comprometida, a estar atentas y atentos a los pequeños signos que en medio de los escombros de esta civilización señalan que hay otras formas de vida y estilos de relación y organización de lo común más allá del individualismo y de la escisión con la naturaleza y su explotación. Personas y colectivos que nos recuerda que es posible tener vidas que merecen la alegría y la esperanza de ser vividas, vidas que inauguran una nueva era, un tiempo emergente que hay que forzar, al modo de Jesús de Nazaret, poniendo en el centro el cuidado, empezando por la humanidad y la creación más vulnerada.

“Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, decid que el verano esta acerca, pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta”. Es tiempo de metanoias profundas desde lo más íntimos y personal a lo más estructural. Es tiempo como dice el papa Francisco de “un cambio de rumbo”. El futuro es ahora, el futuro es hoy.

Pepa Torres Pérez

II Vísperas – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de la felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Dios no tiene pasado ni futuro, es un eterno presente

Estamos en el c. 13 de Marcos, dedicado todo él al discurso escatológico. Este capítulo hace de puente entre los relatos de la vida de Jesús y la Pasión. Los tres sinópticos proponen un discurso muy parecido, lo cual hace suponer que algo tiene que ver con el Jesús histórico. Pero las diferencias entre ellos son tan grandes, que presupone una elaboración de las primeras comunidades. Es imposible saber hasta que punto Jesús hizo suyas esas ideas. Tampoco debe sorprendernos que pensara como los demás.

Estamos ante una manera de hablar que no nos dice nada hoy. No se trata solo del lenguaje como en otras ocasiones. Aquí son las ideas las que están trasnochadas y no admiten ninguna traducción a un lenguaje actual. Tanto en el AT como en el NT, el pueblo de Dios está volcado sobre el porvenir. Israel se encuentra siempre en tensión hacia la salvación que ha de venir… y nunca llega. Desde Abrahán, a quien Dios dice: «sal de tu tierra», pasando por el éxodo hacia la tierra prometida; y terminando por el Mesías definitivo, Israel vivió siempre esperando de Dios la salvación que le faltaba.

La apocalíptica fue una actitud vital y un género literario. La palabra significa “desvelar”. Escudriñaba el futuro partiendo de la palabra de Dios. Nació en los ambientes sapienciales y desciende del profetismo. Desarrolla una visión pesimista del mundo, que no tiene arreglo; por eso, tiene que ser destruido y sustituido por otro de nueva creación. Invita, no a cambiar el mundo, sino a evitarlo. El futuro no tendrá ninguna relación con el presente. El objetivo era que la gente aguantara el chaparrón en tiempo de crisis.

Escatología procede de la palabra griega «esjatón», que significa “lo último”. Su origen es también la palabra de Dios, y su objetivo, descubrir lo que va a suceder al final de los tiempos, pero no por curiosidad, sino para acrecentar la confianza. El futuro está en manos de Dios y llegará como progresión del presente, que también está en manos de Dios, y es positivo a pesar de todo. Este mundo no será consumido sino consumado. Dios salvará un día definitiva­mente, pero esa salvación ya ha comenzado aquí y ahora.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predica­ción de Juan Bautista y de Jesús. También en la primera comunidad cristiana se vivió esta espera de la llegada inmediata de la parusía. Solamente en los últimos escritos del NT, es ya patente un cambio de actitud. Al no llegar el fin, se empieza a vivir la tensión entre la espera del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Se sigue esperando el fin, pero la comunidad se prepara para la permanen­cia.

Hasta aquí hemos afrontado la salvación desde una visión mítica que ha durado miles y miles de años. Ahora vamos a situarnos en el nuevo paradigma en el que nos movemos hoy. Al superar la idea del dios intervencionista, se nos plantea un dilema. Por una parte sabemos que Dios no tiene pasado ni futuro sino que está en la eternidad. Por otro lado, el hombre no puede entender nada que no esté en el tiempo y el espacio. Meter a Dios en el tiempo es un disparate. Sacar al hombre del tiempo y el espacio, es tarea inútil.

Los novísimos (muerte, juicio, infierno y gloria) son viejísimos conceptos mitológicos que hoy no nos sirven para nada. Sabemos con absoluta certeza que no puede haber conciencia individual sin la base de un cerebro sano y activado. ¿Cómo podemos seguir aceptando una salvación para cuando no quede ni una sola neurona operativa? Piensa por tu cuenta, no sigas tragando el pienso que otros han preparado para ti, no sin antes haberte puesto orejeras para que la realidad no te espante. La realidad supera toda posible expectativa humana. Dios se ha dado, todo, a cada uno desde siempre.

Hoy sabemos que el tiempo y el espacio son productos de la mente. ¿Qué sentido puede tener el hablar de tiempo y espacio cuando ya no haya mente? Hablar de un cielo o infierno más allá de este mundo no tiene ningún sentido. Hablar de un “día del juicio”, cuando no haya tiempo ni espacio, es un contrasentido. Hablar de lo que Dios ha hecho en el pasado o de lo que va hacer en el futuro, es proyectar sobre él nuestros anhelos. Dios es un eterno presente. En el aquí y ahora debemos descubrir lo está siendo para nosotros siempre. En el aquí y ahora debemos hacer nuestra su salvación.

No esperes más a salir de una mitología que nos ha mantenido pasmados durante tanto tiempo. Salta de la pecera adonde has estado confinado y descubre el océano. Ni Dios tiene que cambiar nada ni Jesús tiene que volver al final de los tiempos a rematar su obra. Esperar que el bien triunfe sobre el mal, supone, no solo que existe el mal y el bien (maniqueísmo), sino que sabemos perfectamente lo que es bueno y lo que es malo y pretendemos, como en el caso de Adán y Eva, ser nosotros los que decidamos.

Todos los seres humanos que han vivido una experiencia cumbre han experimentado la verdadera salvación, que consiste en una conciencia clara de lo que son. Para alcanzar esa plenitud no se necesita ningún añadido a lo que ya es el hombre, ni quitarle nada de lo que tiene. Desde esta perspectiva no necesitaríamos un Ser supremo que nos quite lo que no nos gusta y nos dé todo aquello que creemos necesitar y no tenemos. Tú lo eres todo. Estás en la plenitud de ser y puedes vivir lo absoluto que hay en ti, aquí y ahora.

No tienes que esperar ninguna salvación que te venga de fuera, porque ahora mismo estás absolutamente salvado. La plenitud está ya en ti. Solo tienes que tomar conciencia de lo que eres y vivirlo. Todo está en ti en el momento presente. Nadie te puede añadir nada ni quitar nada de lo que te es esencial. En ningún momento futuro tendrás más posibilidades de ser tú mismo que en este precioso instante. Eres ya uno con todo en el instante presente y no hay ningún otro instante mejor que este.

Todo miedo y ansiedad debe desaparecer de tu vida, porque todas tus expectativas están ya cumplidas sin limitación posible. Si echas en falta algo es que aún estás en tu falso ser y pesa más lo accidental que lo esencial. Ningún tiempo pasado fue mejor y ningún tiempo futuro puede ser mejor que el ahora. Lo que te ha pasado, lo que te pasa y lo que te pasará es lo mejor que te puede pasar. Deja de dar valor a las circunstancias positivas y deja de temer las adversas. Descubre lo que eres y vívelo.

Todo el que te prometa una salvación para mañana o para después de tu muerte te está engañando. Si alguien te convence de que eres una mierda y tiene que venir alguien a sacarte de tus miserias, te está engañando. Aquí y ahora puedes descubrir en ti una absoluta plenitud y alcanzar la felicidad sin límites. No esperes a mañana porque mañanas estarás en las mismas condiciones que hoy. Muchos seres humanos lo han conseguido a través de la historia, ¿por qué no lo vas a conseguir tú?

Fray Marcos

Persecución esperanza

Las lecturas del penúltimo domingo del Tiempo Ordinario parecen trasladarnos siempre a un mundo de ciencia ficción, difícil de ser tomado en serio. Sin embargo, los tres evangelios sinópticos contienen este discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Lo cual significa que, para los primeros cristianos, era algo esencial: un mensaje de esperanza y consuelo en medio de las persecuciones. La 1ª lectura y el evangelio coinciden en ser la respuesta a momentos de crisis, mucho más profundas de las que nosotros a veces padecemos. Ambos textos pretenden consolar a los que atraviesan esta dura prueba.

Tres años terribles (169-167 a.C.)

Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.

Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.

Apocalipsis significa “revelación”, “desvelamiento de algo oculto”. La literatura apocalíptica pretende revelar un secreto escondido, que se refiere al fin del mundo: momento en que sucederá, señales que lo precederán, instauración definitiva del Reino de Dios. Es una literatura de tiempos de opresión, de lucha a muerte por la supervivencia, de búsqueda de consuelo y de unas ideas que den sentido a su vida. La única solución consiste en que Dios intervenga personalmente, ponga fin a este mundo malo presente y dé paso al mundo bueno futuro, el de su reinado.

La respuesta de Daniel

El pequeño fragmento del libro de Daniel recoge algunas de estas ideas. Se anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, que brillarán como las estrellas, por toda la eternidad. Con ello deja clara su opción política y religiosa: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos.

Una década fatal (60-70 d.C.)

No sabemos con seguridad cuándo se escribió el primer evangelio. Pero lo que ocurrió en la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.

El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche (lo cuenta Plinio en su Historia natural 2.86). El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79. El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos. El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén. El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón. El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano).   En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, la comunidad cristiana sufre toda clase de problemas. Unos son de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusa de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de orgías durante sus celebraciones litúrgicas; se representa a Jesús como un crucificado con cabeza de asno. Otros problemas son de orden interno, provocados por la aparición de individuos y grupos que se apartan de las verdades aceptadas. La primera carta de Juan reconoce que “han venido muchos anticristos”, no uno solo (1 Jn 2,18), y que “salieron de entre nosotros”.

La respuesta del evangelio de Marcos

En este ambiente tan difícil, el evangelio de Marcos también ofrece esperanza y consuelo mediante un largo discurso (capítulo 13). Todo comienza con un comentario ocasional de Jesús. Estando en el monte de los Olivos, donde se goza de una vista espléndida del templo, dice a los discípulos: «¿Veis esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.»

A ellos les falta tiempo para identificar la destrucción del templo con el fin del mundo. Entonces, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntan en privado: «¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Y cuál es la señal de que todo está para acabarse?» Los dos temas que obsesionan a la apocalíptica: saber qué señales precederán al fin del mundo y en qué momento exacto tendrá lugar.        La lectura de este domingo ha seleccionado algunas frases del final del discurso, en las que reaparecen estas dos preguntas, pero en orden inverso: primero se habla de las señales, luego del tiempo. En medio, la gran novedad, algo por lo que no han preguntado los discípulos: la venida gloriosa del Señor.

Las señales del fin y la venida del Señor

Las señales no acontecen en la tierra, sino en el cielo: el sol se oscurece, la luna no ilumina, las estrellas caen del cielo. Pero lo que ocurre no provoca el pánico de la humanidad. Porque la desaparición del universo antiguo da lugar a la venida gloriosa del Señor y a la salvación de los elegidos. Indico algunos detalles de interés en estos versículos.

1) A Dios no se lo menciona nunca. Todo se centra, como momento culminante, en la aparición gloriosa de Jesús.

2) De acuerdo con algunos textos apocalípticos judíos, se pone de relieve la salvación de los elegidos. Esto demuestra el carácter opti­mista del discurso, que no pretende asustar, sino consolar y fomentar la esperanza, aunque no encubre los difíciles momentos por los que atravesará la Iglesia.

3) A diferencia de otros textos apocalípticos, que conceden gran importancia a la descripción del mundo futuro, aquí no se hace la menor referencia a ese tema, como si pudiera descentrar la atención de la figura de Jesús.

El momento del fin

La parte final contiene tres afirmaciones distintas: 1) vosotros podéis saber cuándo se acerca el fin (parábola de la higuera); 2) el fin tendrá lugar en vuestra misma generación; 3) el día y la hora no lo sabe más que Dios Padre.

La segunda es la más problemática. Si se refiere a la caída de Jerusalén no plantea problema, porque tuvo lugar el año 70. Pero, si se refiere al fin del mundo, no se realizó. A pesar de todo, es posible que así la interpretasen muchos cristianos, conven­cidos de que el fin del mundo era inmi­nente. Así pensó Pablo en los primeros años de su actividad apostólica.

Pero al lector debe quedarle claro lo que se dice al final: nadie sabe el día ni la hora, y lo importante no es discutir o calcular, sino mantener una actitud vigilante [este tema, importantísimo, lo ha suprimido la liturgia de forma incomprensible].

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

(Mc 13, 24-32)

La «Parusía» es al mismo tiempo el fin de este mundo y la venida de Jesús lleno de gloria. No vendrá como cuando nació en Belén, en la sencillez, la pobreza y el ocultamiento, sino que volverá deslumbrante, reinando con todo su poder y su gloria. Y ante tal maravilla el mundo no puede quedar igual, será transformado, perfeccionado, plenificado, y se convertirá en un puro reflejo de la gloria de Dios.

Este texto suele despertar temor, pero si nos detenemos serenamente a percibir sus detalles podemos advertir que es bello y atractivo. Las estrellas que caen, los astros que tiemblan, el sol y la luna que cuyo brillo es opacado, no son fenómenos posteriores a la venida gloriosa de Jesús, sino anteriores. Es como si las criaturas, percibiendo esa llegada, no pudieran resistir y fueran abriéndole paso para que sólo él brille. Los astros mencionados se caracterizan por su irradiación de luz, pero ante tal gloria luminosa acercándose, ellos pierden todo sentido.

Antes de la venida gloriosa de Jesús habrá necesariamente algunos signos que los creyentes podrán descubrir si miran las cosas desde la fe. Ahora mismo las criaturas nos están anunciando que todo se termina, que esta historia tiene un final. Luego se nos invita a descubrir esos signos, así como uno descubre la llegada de la primavera cuando se ve que las higueras comienzan a brotar. Advirtamos que el símbolo de la higuera no es negativo ni terrorífico. Así como los brotes anuncian la explosión de vida de la primavera, de la misma manera tenemos que imaginar la venida gloriosa de Jesús como una explosión de vida nueva y de luz (Is 18, 5), como un canto de esperanza. Pero por más que podamos ver signos, no conocemos el día ni la hora. Los signos nos sirven para prepararnos, para no vivir como si este mundo nunca fuera a terminar, pero no podemos tener certeza sobre el momento exacto de la venida del Señor. Todo anuncio que pretenda fijar fechas contradice al evangelio.

Oración:

«Señor Jesús resucitado, maravilloso, deslumbrante, rodeado de luz y de gloria celestial, todas las criaturas anuncian tu regreso. Yo sé que estás presente en cada cosa, discretamente, delicadamente, pero espero que te manifiestes en toda tu hermosura».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Final del mundo, final de mi mundo

1.- La destrucción de nuestro planeta puede suceder a consecuencia de cataclismos semejantes a la descripción apocalíptica e ingeniosa, del evangelio de hoy. Al leerlo, uno piensa que se parece a lo que nos cuentan fue la desaparición de los famosos dinosaurios. Pero, cabría imaginarse que, por aquel entonces, el hombre ya se habría podido escapar a otro lugar de nuestro universo… Ahora bien, de una manera traumática, o por la ley de la entropía, lo que ahora vemos, tal como lo vemos, lo que ahora somos, tal como somos, tendrá un final seguro. Suponemos que para llegar a tal situación falta aún bastante tiempo y nosotros no asistiremos al fenómeno, pero ¿importa mucho este detalle? Examinándonos con sinceridad ante nuestra conciencia y ante Dios, mis queridos jóvenes lectores, lo que nos debe importar hoy, es el final de nuestra insignificante vida personal, individual. Que para Dios no es insignificante, ya que por ella, se dejó encarcelar, torturar y crucificar.

Seguramente habréis leído algún relato, o visto alguna película, que enredándose en complejas dificultades y luchas, va, poco a poco, acercándose a un final feliz. La narración puede ser horripilante, las secuencias tormentosas, los sentimientos humanos una y otra vez aplastados, pero en un momento determinado el peligro desaparece y se llega a un triunfo final. La maestría del autor, o del director, está en mantener la atención, pretendiendo llegar al final, sin que el relato aburra. Por mucha imaginación que ponga el autor, por grande que sea su genio, sabemos que nunca superará la realidad histórica.

2.- Conocemos muy poco de la creación anterior a la presente, la de los ángeles, tal vez haya habido, o habrá, otras más. Nosotros, sumergidos en la nuestra, nos debemos preguntar con sinceridad hoy, si ahora ocurriera ¿cómo esperaría, como sería mi encuentro con Jesús? Ahora mismo, si me muriese, ¿recibiría un fuerte abrazo de mi amigo, aquel con quien me encuentro en la oración y cuando comulgo? Aquel que está en el interior del pobre que me pide limosna, del compañero que llora, del viejecito que vive sólo, del emigrante que busca acogida, del enamorado o enamorada que sufre el final brusco, y no querido, de su idilio y necesita consuelo, del africano que veo el la TV que se muere de hambre y podría recibir nuestra ayuda y no perecer, del oprimido por regímenes políticos dictatoriales, que espera campañas de protesta, de la mujer condenada a muerte y que, sin comunicados colectivos numerosos, llegará a su trágico final.

Hombres de nuestro tiempo, despreciados, marginados, aborrecidos, ignorados, ocultan en su interior a los ángeles que un día acompañarán a Jesús en su venida triunfal. Aquel día ¿podremos saludarlos con gozo, como viejos conocidos nuestros? Al mismo Señor ¿seremos capaces de mirarle con satisfacción, posará Él su mirada sobre nosotros con ternura y simpatía, correspondiendo a la ternura y simpatía que hemos derrochado nosotros con sus ocultos amigos?

3.- Victoria o derrota, felicidad o desgracia, desdicha o gozo, cada día, cada momento, constituye una elección de este dilema final. Saber vivir conscientes de esta trascendencia, convierte nuestra vida en aventura interesante. Mis queridos jóvenes lectores, si sabéis vivir de acuerdo a este plan de Dios, esforzados y sacrificados a veces, llegaréis satisfechos al final. Fin del mundo, fin de nuestro mundo, inicio de Eternidad.

Pedrojosé Ynaraja

Lectio Divina – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán

INTRODUCCIÓN

En el tiempo en que se escribe este evangelio de Marcos, todo el mundo pensaba que “el fin del mundo era ya inminente”. La destrucción del Templo de Jerusalén fue para ellos, una “premonición”.  Pero hubo un hombre genial, San Lucas, el que “inspirado por Dios” escribió una obra en dos partes: El Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Con el evangelio acaba la etapa del Jesús histórico: Vida, Muerte y Resurrección. Pero esta bonita historia “continua” en los Hechos, es decir, en la vida de la Iglesia. Que nadie hable de “fin del mundo”. Que todos nos pongamos a trabajar y construir un mundo nuevo, el mundo que inició Jesús. Hay mucha tarea por delante y no es tiempo de pensar en el final. Tampoco es tiempo de “dormir”, ni de ser vagos y perezosos.  La tarea es inmensa y apasionante. Teniendo siempre la mirada puesta en Jesús, pasemos por la vida “haciendo el bien a todos” y creando una Nueva Humanidad.   

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Dan. 12, 1-3.        2ª lectura: Heb. 10.11-14.18.

EVANGELIO

Marcos 13, 24-32:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

REFLEXIÓN

En estos últimos domingos del año litúrgico, la Iglesia nos sitúa al final de la historia. Pero para los judíos (y después los cristianos), la historia no es “circular” como en los pueblos vecinos, donde todo se repite, sino “lineal” es decir, con perspectivas de futuro. Israel se encuentra siempre en tensión hacia la salvación que ha de venir. Desde Abrahán, a quien Dios le dice: «sal de tu tierra», pasando por el éxodo hacia la tierra prometida; y terminando por la espera del Mesías, Israel vivió siempre con la esperanza de algo mejor, que Dios le iba a dar. Veamos los textos de hoy en esta perspectiva positiva.

1.– Entonces verán al Hijo del Hombre sobre las nubes.

La partícula “entonces” viene a continuación de hablarnos de una angustia ante el oscurecimiento del sol, y de la luna y la caída de las estrellas. Esto significa que, ante la llegada del Hijo del Hombre en poder y majestad, todas las criaturas palidecen, dejan de brillar. Tal y como habían anunciado los profetas, todos los imperios, destructores de la humanidad, tienen que ceder y dar paso a una humanidad nueva donde reine la justicia, la igualdad, la fraternidad.  “El cielo y la tierra pasarán”. Sí, en este mundo todo pasa: Pasan los astros, los modelos, los ídolos de barro, los que acaparaban las noticas de los medios de comunicación, los grandes de la tierra.  Dice Jesús: Para hablar de este final tan apoteósico, no hay que meter miedo a nadie. Basta con que sepamos presentar el verdadero rostro de Dios. Dios no quiere esclavos que le sirvan por miedo, sino hijos que le amen con libertad. 

2.– Aprended de la higuera. 

Es una bella imagen. Por frío, duro y crudo que sea el invierno, nunca podrá detener la primavera. En primavera las ramas se ponen tiernas, brotan los capullos y son expresión de vida y de belleza.  Parece decirnos Jesús con esta imagen: ¡No tengáis miedo!  Está por estallar una eterna primavera de Dios. Por fin os vais a enterar quien era Dios. Ese Dios que ha estado tan oculto en vuestra historia, se va a manifestar “tal y como es” Allí reunirá “a los elegidos de los cuatro vientos”. Y se logrará la gran fiesta de la fraternidad universal. “Y Dios será todo en todos” (1Cor. 15,28).

3.– El día y la hora nadie lo sabe, sólo el Padre. 

Jesús, durante su vida, no hizo otra cosa que hablarnos del Padre y sólo del Padre. Parece que era eso lo que más le interesaba. Sabía muy bien que en el momento en que los hombres y mujeres de este mundo cayéramos en la cuenta de cómo es Dios, el Dios revelado por el Hijo, un Dios cercano, el Dios –Abbá, es decir, “Papá”, el Dios que sólo quiere nuestro bien y que seamos felices, ese día nuestra vida cambiaría.  El que Dios Padre se haya reservado para Él sólo el saber el día y la hora, lo que quiere decir es que quiere ser El personalmente, el que nos dé la “sorpresa”.  Si un Padre se ha visto forzado a vivir muchos años separado de un hijo, cuando le dicen que ya pronto va a regresar, el primero que quiere ir al aeropuerto a darle el primer beso, el primer abrazo, es el padre. Así es Dios. De lo que ha de suceder ese último día, nadie sabe nada, ni a nadie le interesa. Es algo que se ha reservado el Padre para darnos la GRAN SORPRESA.

PREGUNTAS

1.- ¿Todavía le tengo miedo a Dios? ¿Aún no he experimentado su cariño, su bondad, su ternura? ¿Por qué esperar al último día?

2.- ¿Me da alegría el pensar que después de la muerte, vendrá el “estallido de una eterna primavera”?

3.- ¿He pensado que el primero que vendrá a abrazarme, después de mi muerte, va a ser mi Padre-Dios? ¿Me lo creo?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Este evangelio, Señor,
con palabras tan extrañas,
otras veces nos metió
miedo y terror en el alma.
Pero, ahora, ya entendemos
su mensaje de “esperanza”:
“Aunque pasen cielo y tierra,
no pasarán tus palabras”.
La certeza de la fe
un “final feliz” presagia.
Tú derrotarás el mal
y vencerás su arrogancia.
En cuanto al día y la hora,
Señor, no sabemos nada.
Por eso Tú nos exhortas
a vivir en “vigilancia”.
El cansancio, el desaliento,
rondan, Señor, nuestra casa.
Si no vivimos alerta
caeremos en sus trampas.
Como en la higuera, en nosotros
circulan ríos de savia.
Una llamada a la vida
trae el sol cada mañana.
En Ti, Señor victorioso,
ponemos nuestra confianza.
Detrás de la noche oscura,
brillará la luz del alba.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Convertirse al amor

1.- Nos acercamos al Tiempo de Adviento. Este Domingo Trigésimo Tercero del Tiempo Ordinario es ya el último con número. El próximo, aun en el TO, ya conmemora a Nuestro Señor como Rey del Universo. Y luego el Adviento. Y esa espera, ese advenimiento, es, sobre todo, un tiempo de esperanza que se nutre de la esplendorosa llegada del Niño Dios. Puede que no exista sobre la conciencia colectiva de los cristianos una muestra más fehaciente de amor que la que nos produce el Nacimiento del Señor. Se respira fraternidad y se mejora incluso el amor ya existente. Hombres y mujeres, niños y viejos, pobres y ricos, se quieren más ante el recuerdo anual de la Primera Navidad. La llegada de Jesús a la Tierra nos pide también conversión. La celebración litúrgica del tiempo de Adviento guarda su paralelismo con la Pascua. Se va a anunciar la llegada del Reino y para eso –repetimos– se nos pide conversión.

Pero la palabra conversión no puede quedar sin sentido o ser como el elemento de una devoción más. Es un cambio de vida. Es transformarse hasta llegar a ser un seguidor real de Cristo. Es, en definitiva, ejercer, cada uno, un compromiso firme de convertirnos en lo que el Señor Jesús nos pide sin equívocos y sin reservas mediante su Palabra, presente en la Escritura. Pero, también, es cierto que tenemos, todos, dificultades para completar esa conversión o para conseguirla. De hecho, podría decirse que, tras ese primer encuentro con Jesús, que nos deja –y mantiene– a su lado, lo demás es un camino permanente que dura toda una vida.

2.- Necesitaríamos, tal vez, algunos indicios que evaluaran la intensidad o profundidad de nuestra conversión. Pues hay un indicio, un catalizador, una piedra de toque que nunca falla: el amor. Y si las palabras de nuestro Maestro son muy claras: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos” El Amor a Dios solo puede probarse por nosotros, si verdaderamente amamos a nuestros hermanos. Puede parecer que amamos mucho a Dios porque somos diligentes con mis devociones, pero si en nuestro corazón no existe el convencimiento de que amamos más a los hermanos que a nosotros mismos, es muy probable que nuestro amor a Dios sea solo un planteamiento emocional.

San Agustín dijo: “Ama y haz lo que quieras”. Y la verdad es que esta frase tiene poco de enigmática o de generalizadora. Quien ama ningún mal puede hacer y a partir de que nuestro amor sea un ejercicio de paz, ayuda, solidaridad, compromiso hacia los demás estaremos siguiendo el camino de Cristo. No es, pues ocioso, que Betania se adelante un poco en el anuncio del Adviento. Necesitamos tiempo para ejercitar nuestra acción de amor. Pero la alegría que nos presagia el Adviento que no sea solamente para nosotros o para nuestras familias, que sea para todos y que nosotros, al comprenderlos, seamos agentes activos de ese amor que Cristo nos ha enseñado.

Es verdad que hemos de amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos y no desear a los demás lo que para nosotros no queremos. Aunque, sin embargo, la ausencia del amor llega a nosotros mismos. Hay gente que no se quiere, que se destruye, que ni siquiera practica lo que el instinto de conservación manda. El desamor produce destrucción. Amemos a Dios, a los hermanos, a nosotros mismo, a la tierra, al paisaje, al aire que respiramos. Todo es de Dios y todo ello ha sido donado con y por su amor. Iniciemos la espera del Adviento, con esperanza y alegría

3.- Jesús, al anunciar otra vez más su muerte, nos pone –como explica el Evangelio de Marcos—ante el final. Este texto puede tener alguna dificultad en la interpretación, pero nuestro Salvador, profetiza, en primer lugar, sobre la destrucción de Jerusalén por las tropas romanas en el año 78. Este hecho ocurrió dentro de la generación que conoció la muerte de Jesús de Nazaret, el terrible episodio del Gólgota. Y, ciertamente, aquella destrucción fue totalmente apocalíptica. El Imperio romano, harto de las rebeldías de los judíos, quiso dar un escarmiento. Y lo fue de tal manera que Jerusalén, prácticamente, desapareció del mapa. No volvió a ser lo que fue. El templo fue derribado y se inició un éxodo que todavía está vivo hoy.

Jesús alude también al fin del mundo, cuya fecha solo sabe el Padre, y cuya reflexión, asimismo, por nuestra parte, es útil para meditar en el final de un año litúrgico y en el inicio de otro. El año litúrgico no empieza, como el del calendario, el 1 de enero, sino este próximo día 30 de noviembre en que celebraremos el Primer Domingo de Adviento. La visión de las palabras de Jesús no hay que tomarlas desde una vertiente catastrofista, porque el nuevo año litúrgico se inicia con la esperanza del advenimiento –del adviento—de Jesús en Nazaret. El mundo nuevo se iniciaba con la Encarnación que supone reconciliación con Dios Padre y salvación del género humano. Jesús, a su vez, anuncia su segunda venida, la Parusía, el tiempo feliz y final en el que reunirá definitivamente, en torno a Él, a todos sus amigos, a todos sus elegidos.

4.- La primera lectura, del Libro de Daniel, guarda la lógica concordancia con el Evangelio. Narra, con sentido apocalíptico, la salvación del pueblo. Pero antes habrá que pasar unos momentos difíciles. Nuestra vida es así. Nuestros tiempos no son fáciles. Pero no debemos caer en cualquier planteamiento catastrofista y terminal. Hay mucha gente –y no pocos movimientos religiosos—empeñados en anunciar el fin del mundo. Nunca aciertan. Ni acertarán. Y les pasa eso porque no han leído con atención a Cristo –o no lo han leído nunca—porque Él dice que la fecha solo la sabe el Padre. Como se reza diariamente en la misa debemos esperar en paz y sin miedo esa vuelta del Señor.

Hemos terminado hoy la lectura de los párrafos de la Carta a los Hebreos. En ella se ofrece la imagen de Jesús como Sumo Sacerdote permanente que intercede por nosotros en todo momento. El argumento de la Carta a los Hebreos es, precisamente, comparar el sacerdocio que no pasa de Jesús, con el imperfecto de los antiguos Sumos Sacerdotes de la Ley judía. Hoy, tal vez, para nosotros dicha comparación puede quedar fuera de contexto. Pero no debería ser así, porque lo que el autor de la Carta a los Hebreos nos quiere comunicar es una realidad cristólogica totalmente vigente. Y lo hace, además con un lenguaje exacto y muy hermoso. Jesús nos ha salvado una vez y estamos salvos para siempre. Su poder y su gracia ni cambian, ni pasan.

Y como veis parece útil irse abriendo al tiempo de Adviento, como preparación a un tiempo nuevo generado por el nacimiento del Salvador. Es próximo domingo, el último del Tiempo Ordinario, lleva la titulación de Jesucristo Rey del Universo y es una realidad, que también debemos meditar y prepararnos.

Ángel Gómez Escorial

¡Somos del futuro!

1.- Llegamos al final del año litúrgico: ¡Cuántas vivencias, interna y externamente, hemos compartido o incentivado en nuestra comunidad! (Eclesial, Diocesana, Parroquial, Comunitaria, etc.). ¿Qué quedará al final de todo esto? Nos podríamos interpelar en esta celebración. Ni más ni menos lo que, al prensar el evangelio de hoy, brota con un lenguaje apocalíptico: veremos al Hijo del hombre. Desde el mismo día de nuestro Bautismo, Jesús, nos invitó a seguirle con una visión de un futuro totalmente distinto al que vivimos.

2.- Los cristianos, bien lo sabemos, no caminamos por la vida de espaldas a lo que acontece en ella pero, sabemos, que el Señor vendrá. Y, precisamente esa venida, nos carga de esperanza y de ilusión para seguir apostando y creyendo en Jesús de Nazaret.

¡Demos gracias a Dios! Durante todo este año litúrgico hemos sido guiados, hacia el Padre, de la mano de San Marcos. Con él hemos aprendido a estar con los pies en la tierra pero sin olvidar los horizontes que nos aguarda en el cielo. Mirando al futuro que nos aguarda es cuando, como cristianos, trabajamos con vigor y con pasión por la transformación de la realidad que nos rodea. ¿Qué existen las dificultades? ¿Qué construcción no conlleva un riesgo, un vértigo, una aventura o un temor?

La fe, aún con el lenguaje que hoy nos puede resultar amenazador, es por el contrario alentador, esperanzador y nos empuja a seguir hacia delante: ¡un final, una victoria y una recompensa nos aguarda! ¡Cristo Jesús!

3.- Qué grande es pensar que todos los esfuerzos pastorales (de sacerdotes, catequistas, grupos, niños, jóvenes…) lejos de estar emplazados al fracaso, tendrán su colofón y su broche de oro cuando Dios lo estime oportuno. Una vez más, se cumple aquello: ¡Sembremos! ¡Dios ya cosechará cuando quiera!

En este caminar, no estamos solos. Avanzamos guiados por la Palabra de Dios. Fortalecidos por la Eucaristía. Impresionados cuando, de lleno, nos ponemos frente a Dios por la oración. Animados al saber que, cientos de miles de hermanos nuestros, creen, celebran, expresan y viven lo mismo que nosotros estamos creyendo, celebrando, expresando y viviendo en esta Eucaristía: la fe en Jesús muerto y resucitado.

Eso sí, mientras nos encaminamos a ese momento, que Jesús nos indica en el Evangelio, lo último que podemos hacer es aguardar pasivamente y cómodamente sentados en la tierra. Un cristiano, y nosotros lo somos, hemos de vivir como nómadas. Haciendo del mundo que nos rodea una tienda más confortable, más habitable donde, además de Dios, puedan incorporarse –en nuestros esquemas, planteamientos, corazón, alma y vida- aquellas personas que, con un pequeño empujón, también podrían otear, vivir y preparar ese horizonte del que nosotros somos sabedores.

No nos quedemos fuera de todo este seductor proyecto que Jesús ha puesto en nuestras manos. Aprovechemos la oportunidad que Dios nos da de ser sus colaboradores para llevar a feliz realidad, junto con Jesús, esa sociedad que vive como si Dios no existiera y que ya no sabe sino desesperar de sí misma.

AYÚDAME, A VER

El futuro, desde el presente
Tu venida, en tus innumerables llegadas
Tu presencia, en los pequeños detalles
Tu Reino, en los acontecimientos buenos de cada jornada
AYÚDAME, A VER
El cielo, avanzándolo en la tierra
El éxito, aunque aparentemente fracase
El mañana, con la siembra de mi hoy
AYUDAME, A VER
Con optimismo, los avatares tristes del momento
Con esperanza, las dificultades que me rodean
Con fe, lo que mis ojos se resisten a reconocer
Con claridad, lo que se esconde a mi razón
AYÚDAME, A VER
La perfección futura, superándome cada día
Tu venida gloriosa, en infinidad de aterrizajes que Tú haces
El día del mañana, guiado por tu compañía
La Patria del Cielo, sin olvidar que vivo en la tierra
AYÚDAME, A VER
Con interés, lo que acontece en este mundo
Con compromiso, las actuaciones que requieren mi ayuda
Con paz, los instantes de prueba o de cruz
AYÚDAME, SEÑOR:
A colaborar contigo, para que hoy y aquí,
pueda preparar una buena pista de aterrizaje
para el día en que te decidas a venir.
Amén.

Javier Leoz