Lectio Divina – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

¡Jesús, Hijo de David, ¡ten compasión de mí!

1.- Oración introductoria.

Hoy, Señor, vengo a la oración a pedirte lisa y llanamente lo que te pidió aquel ciego que estaba al borde del camino: ¡Señor, que vea! Que vea mi limitación, mi fragilidad, mi pobreza. Que vea que yo solo no puedo caminar y te necesito. Que vea que Tú estás en mis hermanos y los ame. Que vea que Tú estás presente en el corazón del mundo y te alabe.

 2.- Lectura reposada del evangelio Lucas 18, 35-43

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: ¿Qué quieres que te haga? Él dijo: ¡Señor, que vea! Jesús le dijo: Ve. Tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Aquel ciego había perdido la vista, pero no el oído. Había oído cosas maravillosas de Jesús. Tampoco había perdido el habla para poder exponerle a Jesús su problema. Ni tampoco  el grito de su garganta cuando pretendían que se callase. Muchas veces nos quejamos de todo lo que nos falta y nunca caemos en la cuenta de lo que podemos hacer con lo que todavía nos queda. Con los sentidos que le quedaban sanos fue a Jesús y le devolvió la vista.  Con los nuevos ojos estrenó una nueva vida. No se marchó a su casa a hacer su vida, sino que siguió a Jesús por el camino. De oyente de Jesús se convirtió en “seguidor” de Jesús. Y, de tal manera hablaba de Jesús, que contagió a todo el pueblo. No se limitó a ser un cristiano del montón, sino que se convirtió en apóstol. Toda mi vida está tejida de grandes favores y gracias de Dios. ¿Qué más debe hacerme Dios para salir de mi rutina, de mi pereza, de mi vulgaridad? Tal vez el milagro de la vista. Que vea la vida con ojos nuevos, que siga a Jesús por el camino que Él me marca y no por el que yo quiero ir. Que sea un cristiano más convencido, más audaz, más entusiasta, más misionero.

Palabra del Papa

“Él lo ha prometido: eh aquí la piedra angular sobre la que se apoya la certeza de una oración. Con esta seguridad nosotros decimos al Señor nuestras necesidades, pero seguros de que Él pueda hacerlo. Rezar es sentir que Jesús nos dirige la pregunta del ciego: ¿tú crees que puedo hacer esto? Él puede hacerlo. Cuando lo hará, como lo hará no lo sabemos. Esta es la seguridad de la oración. La necesidad de decir la verdad al Señor. ‘Soy ciego, Señor. Tengo esta necesidad. Tengo esta enfermedad. Tengo este pecado. Tengo este dolor…’, pero siempre la verdad, como es la cosa. Y Él siente la necesidad, pero siente que nosotros pedimos su intervención con seguridad. Pensamos si nuestra oración es de necesidad y es segura: de necesidad porque nos decimos la verdad a nosotros mismos, y segura, porque creemos que el Señor puede hacer aquello que le pedimos”. (Cf. S.S. Francisco, 6 de diciembre de 2013, homilía en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto (Silencio).

5.-Propósito. Hoy daré gracias a Dios por tantos regalos que me ha hecho en mi vida.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy siento envidia de este cieguecito. Tenía deseos de estar contigo, te buscaba, te deseaba, te necesitaba. Y, cuando fue curado por ti, ya no te dejó. Te siguió por el camino. Y el camino era el de la Cruz. Ante la muerte en la Cruz te abandonaron tus discípulos, pero este ciego ya no te abandonó sino que te siguió hasta el final. Fue tu discípulo, no sólo con palabras sino con el testimonio de su vida. ¡Cuánto me queda por aprender!

¿Tú eres Rey?

¿Jesucristo es Rey? Aunque la imagen de Jesucristo como Rey del Universo nos puede resultar algo extraña, pues tenemos en la cabeza la imagen que de Él nos dan los Evangelios: naciendo pobremente en Belén, predicando por los pueblos de Galilea, siendo capturado y juzgado como si fuese un malhechor, muriendo por todos nosotros en la Cruz, resucitando al tercer día, siendo elevado al Cielo y sentándose a la derecha del Padre, el hecho es que durante más de ocho siglos, desde finales del siglo IV hasta comienzos del siglo XIII, la Iglesia católica ha dado culto a Jesucristo Rey del Universo, según la imagen que nos transmite san Juan en el capítulo 4 del libro del Apocalipsis: sentado en su trono, rodeado de la corte celestial, gobernando la creación y velando por nuestras vidas. Pues, en efecto, eso es lo que ahora mismo está haciendo Jesús, junto al Padre y el Espíritu Santo, como un solo Dios.

Esta espiritualidad fue reemplazada en el siglo XIII por el culto a Cristo crucificado que podemos contemplar en los Evangelios, la cual ha llegado hasta nuestros días, aunque muy matizada tras el Concilio Vaticano II (1962-1965). Esto determina la imagen que actualmente tenemos de Jesús como Rey.

Si bien la Iglesia celebra hoy que Jesús está ahora mismo gobernando el universo y velando por nuestras vidas, no nos lo imaginamos como una especie de señor feudal que gobierna sobre sus súbditos, sino, más bien, lo contemplamos como aparece descrito en el pasaje del Evangelio que hemos escuchado, en el que Él, maltratado y humillado, se proclama Rey ante Poncio Pilato. Aquí Jesús no se muestra como un rey terrenal que vence al enemigo en el campo de batalla, sino como un Rey divino que, respetando la libertad del ser humano, gobierna en el corazón de aquellos que deseamos ponernos humildemente en sus manos. Ese es el reino del que Jesús habla a Pilato. Ese es su universo.

En efecto, el reinado de Jesús en nuestra vida lo mostramos comportándonos con la humildad que tuvo Jesús mientras predicaba su Reino de Amor en este mundo, llegando así a morir en la Cruz. Esa humildad la sigue teniendo ahora que, resucitado, está sentado a la derecha del Padre. En palabras de san Juan, es el reinado del «Cordero degollado» al que el Padre eleva sobre todas las cosas. Y eso es lo que hoy, en este último domingo del año litúrgico, celebra la Iglesia.

Cuanto más nos humillamos y anonadamos ante Cristo, más se hace presente en nuestro corazón y en nuestra vida, como un Rey que nos invita a amar a todos, sacrificándonos por el bien común. Es lo que san Pablo decía a los cristianos de Galacia: «con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20). Así es, el Apóstol dejó humildemente que su «yo» muriera, para que su corazón estuviera gobernado por un solo Rey: Cristo.

Como vemos, la celebración de Jesucristo Rey del Universo nos conduce hacia una experiencia mística, la de unirnos tanto a Jesús que sintamos que Él ocupa todo nuestro interior y, así, pase a ser nuestro Rey en esta vida. Y es una unión que llega a su plenitud en la otra vida, tras nuestra resurrección, cuando podamos disfrutar del Reino Celestial junto a la Virgen, los santos y los ángeles, mostrando nuestro amor a Jesús cantándole alabanzas.

Pero esto no se alcanza sólo con nuestras propias fuerzas, sino sobre todo con la ayuda del propio Jesús, que nos atrae hacia sí cuando nosotros nos ponemos en sus manos. Esto, como ya sabemos, requiere de nosotros una gran humildad. Recordemos de nuevo el inmenso abajamiento que mostró Jesús al morir en la Cruz. En efecto, el camino de la Cruz es el camino que debemos recorrer para lograr, con ayuda de Jesús, que Él sea el Rey de nuestra vida. Es un camino de sencillez y de amor, que nos conduce a la plena y eterna felicidad, de la cual podemos experimentar un pequeño anticipo aquí, en este mundo, si ahora dejamos que Jesús sea el Rey de nuestro corazón.

Así que, efectivamente, Jesús es Rey, no sólo porque ahora gobierna el universo, sino sobre todo porque nosotros, libremente, podemos dejar que Él sea también el Rey de «nuestro universo», es decir, de nuestro corazón y de toda nuestra vida.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino

Comentario – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 18, 35-43)

Bartimeo, el mendigo ciego, estaba sentado junto al camino, sin esperanzas en la vida, despojado, humillado; ni siquiera podía pedir ayuda porque lo hacían callar. Era un excluido sin voz en la sociedad. Pero Jesús escucha el grito, y a aquellos mismos que lo hacían callar les ordena que lo llamen, como invitándolos a revertir su actitud despectiva e indiferente.

El reclamo del ciego es una verdadera confesión de fe que reconoce a Jesús como el Mesías esperado, el descendiente de David que venía a reinar con justicia. Es más, todo el relato indica que el ciego estaba esperando a Jesús con el corazón confiado; y Jesús se acerca a él en actitud dialogante, a preguntarle qué quería de él. Jesús declara que la fe del ciego ha tenido mucho que ver con su curación, y esa fe se expresó luego siguiendo a Jesús por el camino. Ese ciego que ansió tanto recobrar la vista, habría podido dedicarse a tantas cosas que podría haber soñado en su ceguera, y sin embargo su reacción es simplemente seguir a Jesús. Su corazón sabía que no había nadie ni nada más importante para sus ojos.

También hoy Jesús pasa por nuestras vidas y dirige a cada uno de nosotros esa pregunta cargada de amor y de esperanza: «¿Qué quieres que haga por ti?» Y cada uno de nosotros puede derramar en su presencia las preocupaciones más profundas de su vida.

Aunque los demás a veces sean un obstáculo, porque, igual que los discípulos de Jesús, pretenden restarle importancia a nuestro encuentro con el Señor, o nos dan la imagen de un Señor lejano e inaccesible, este texto nos invita a gritarle con plena confianza, a buscar su auxilio con insistencia, para que podamos escuchar su hermosa pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?»

 

Oración:

«Señor, yo también estoy un poco al borde del camino, ciego y solitario, necesitado y a oscuras. Yo también tengo mis cegueras y me cuesta ver la luz de tu verdad y el sentido de mi vida. Por eso te ruego que abras mis ojos y me hagas ver la luz».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

1

Una fiesta que mira al futuro

Estamos terminando el año litúrgico. El domingo que viene, con el Adviento, iniciaremos de nuevo ese proceso celebrativo que nos hace participar un año más de la gracia de la salvación.

La fiesta de Cristo Rey del Universo, con la que concluimos el año, antes se celebraba el último domingo de octubre, desde el año 1925 en que la instituyó el papa Pío XI. Pero en la reforma de Pablo VI, el 1969, se trasladó, de muy buen acuerdo, al último domingo del año cristiano, el domingo 34 del Tiempo Ordinario.

Nuestra mirada a Jesús como Rey del Universo, ahora con un tono claramente escatológico, mirando al futuro de la historia, debe guiarse sobre todo por los textos de lecturas, oraciones y cantos, que nos ayudan a entrar en el misterio de esta fiesta y ver nuestra historia como un proceso del Reino que se está gestando y madurando hasta el final de los tiempos.

Cada año tiene un color diferente esta fiesta de la realeza de Cristo. En este ciclo B escuchamos la confesión del mismo Jesús, ante Pilato, diciendo que es Rey. Pero en seguida él mismo dice que su reino no es de este mundo.

 

Daniel 7, 13-14. Su dominio es eterno y no pasa

Leemos un breve pasaje del mismo libro que leíamos el domingo pasado: el de Daniel, escrito en tiempo de una persecución muy dura contra la fe de Israel, con el propósito de animar a sus contemporáneos a ser fieles y perseverar en la fe de los mayores, sin ceder a los intentos de paganización del rey Antíoco Epífanes.

El profeta tiene una visión en la que contempla una solemne entronización real. Ante el trono de Dios aparece sobre las nubes del cielo -un símbolo muy antiguo de la presencia de la divinidad «uno como un hijo de hombre», al que se le concede «poder real y dominio, y su reino no tendrá fin».

Naturalmente, el salmo que hace eco a esta lectura es uno de los salmos «reales»: «el Señor reina, vestido de majestad»-, «tu trono está firme desde siempre y tú eres eterno».

Apocalipsis 1, 5-8. El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios

La primera visión del Apocalipsis contempla a Cristo como «el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra». También aquí, como en el libro de Daniel, «viene en las nubes». Y se llama a sí mismo «Alfa y Omega, el que es, el que era y el que viene».

El reinado de Cristo tiene consecuencias para nosotros, porque «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre». Por eso prorrumpe en aclamaciones: «a él la gloria y el poder por los siglos».

 

Juan18, 33b-37. Tú lo dices: soy rey

No leemos hoy ningún pasaje del «evangelista del año, Marcos», porque no hay en él ninguna página expresiva de la realeza de Cristo, y por eso se ha elegido el diálogo de Jesús con Pilato.

Pilato está intrigado por la acusación con la que le han traído a su presencia: que se hace llamar «rey de los judíos», mientras que sus acusadores, hipócritamente, dirán que «no tienen otro rey más que al César». Por eso le pregunta: «¿eres tú el rey de los judíos»? La respuesta de Jesús es clara: «tú lo dices, soy rey». Pero luego añade una matización: «mi reino no es de este mundo», y «he venido para ser testigo de la verdad».

2

Cristo, constituido Rey

Terminamos el año con los ojos fijos en Cristo Jesús. De los muchos títulos que en el NT se le aplican, hoy nos centramos sobre todo en el de Rey, sancionado por él mismo en su diálogo con Pilato: «tú lo dices: soy Rey». Este título está preparado, como en relieve, por los pasajes de Daniel y del Apocalipsis.

El de Daniel es interpretado claramente en el NT como aplicado a Cristo. Él mismo se da el nombre de «Hijo del hombre» y en el conjunto del NT se le aplica unas ochenta veces. El «hijo del hombre» (o «como un hijo de hombre», o «uno parecido a un hombre») que vio el autor del libro en su visión es un hombre, al que se la ha concedido «poder real y dominio» y «su reino no tendrá fin». En efecto, vemos en el NT, sobre todo en la teología cristológica de Pablo, que Jesús ha recibido la plenitud de la divinidad y es el Hijo de Dios.

La visión del Apocalipsis, al inicio del libro, llama a Jesús con varios títulos: «testigo fiel», «primogénito de entre los muertos», «el príncipe de los reyes de la tierra». Se dice que «viene en las nubes», símbolo de la presencia de la divinidad. Él mismo se llama «el Alfa y la Omega», o sea, «el principio y el fin» de toda la historia. Por eso añade que es «el que es, el que era y el que viene». Además, esta última expresión va acompañada de otra muy característica del evangelio de Juan, el «yo soy»: «yo soy el Alfa y la Omega».

Nosotros nos alegramos que nuestro Salvador haya sido constituido Señor y Rey de la historia y Cabeza de la Iglesia. Porque también nosotros

participamos de su riqueza. El Apocalipsis afirma, en el pasaje de hoy, que, siendo como es él Rey y Sacerdote, «nos ha convertido a nosotros en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre».

 

Mi reino no es de este mundo

El mismo Jesús matiza el carácter de su reinado: «mi reino no es de este mundo».

No es un reinado de poder y riqueza: «si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado…».

A lo largo del evangelio, y en particular pocas horas después de su diálogo con Pilato, se ve que este Rey está clavado en la cruz, que salva a los suyos mediante su sacrificio. Como dice el Apocalipsis, «aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre». Es un Rey que no intenta imponer su dominio, sino que ha venido a servir y a dar su vida por todos.

El cambio de fecha que se llevó a cabo en la reforma postconciliar para esta fiesta supuso un cambio de tono: de una cierta tonalidad de fiesta que en las primeras décadas del siglo XX tenía incidencia en lo socio-político, se pasó claramente a un sentido más cristológico, espiritual y escatológico. O sea, que este Reino de Jesús madurará al final de la historia.

Sus seguidores -cada uno de nosotros- tendremos que aprender esta lección. Nuestra actitud no debe ser de dominio, sino de servicio. No de prestigio político o económico, sino de diálogo humilde y comunicador de esperanza. Evangelizamos más a este mundo con nuestra entrega generosa que con nuestros discursos o en la ostentación de nuestras instituciones. En nosotros también debe cumplirse lo de que «nuestro reino no es de este mundo». No vaya a ser que, como comunidad o como personas particulares, y siguiendo las tendencias de este mundo, persigamos los valores de aquí abajo y no los que él nos ha enseñado.

 

Dichosos los invitados al banquete de bodas del Reino

En el Padrenuestro pedimos siempre: «venga a nosotros tu reino». Hoy lo podemos rezar o cantar con mayor confianza. Porque creemos en Cristo, intentamos seguir su camino, superando a veces tentaciones de desánimo, seguros de que él quiere construir unos cielos nuevos y una tierra nueva, un Reino que -vale la pena copiar su descripción del prefacio- es un reino de verdad y de vida, de santidad y gracia, de justicia, amor y paz. Ese es el futuro de nuestro camino por este mundo.

Cuando el sacerdote nos invita a acercarnos a la comunión, dice unas palabras que, en su versión latina, apuntan claramente a un banquete festivo, «dichosos los invitados a la cena de bodas del Cordero», de Cristo («ad coenam Agni vocati sunt»). No se trata sólo de que estamos invitados a «esta mesa» de la Eucaristía, que ya es mucho, sino a lo que esta mesa prefigura y anticipa: la mesa del banquete celestial, la mesa festiva de bodas, ya en el Reino definitivo.

Con razón pedimos a Dios en la poscomunión de hoy, después de recibir el alimento de la inmortalidad: «te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, podamos vivir eternamente con él en el reino del cielo».

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Jn 18, 33-37 (Evangelio Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario)

La verdad del reinado de Jesús

El evangelio de hoy forma parte del juicio ante el prefecto romano, Poncio Pilato, que nos ofrece el evangelio de Juan. Es verdad que desde esa clave histórica, el evangelio de Juan tiene casi los mismos personajes de la tradición sinóptica, entre otras cosas, porque arraigó fuerte la pasión de su Señor en el cristianismo primitivo. La resurrección que celebraban los primeros cristianos no se podía evocar sin contar y narrar por qué murió, cuándo murió y a manos de quién murió. La condena a muerte de Jesús fue pronunciada por el único que en Judea podía hacerlo: el prefecto de Roma como representante de la autoridad imperial. En esto no cabe hoy discusión alguna. Pero los hechos van mucho más allá de los datos de la tradición y el evangelio de Juan suele hurgar en cosas que están cargadas para los cristianos de verdadera trascendencia. El juicio de Jesús ante Pilato es para Juan de un efecto mayor que el interrogatorio en casa de Anás y Caifás. En ese interrogatorio a penas se dice nada de la “doctrina” de Jesús. El maestro remite a sus discípulos, pero sus discípulos, como hace Pedro, lo niegan. Y entonces el juicio da un vuelco de muchos grados para llevar a Jesús al “pretorio”, el lugar oficial del juicio, a donde los judíos no quisieron entrar, cuando ellos los llevaron allí con toda intención.

El juicio ante Pilato, de Juan, es histórico y no es histórico a la vez. Es histórico en lo esencial, como ya hemos dicho. Pero la “escuela joánica” quiere hacer un juicio que va más allá de lo anecdótico. El marco es dramático: los judíos no quieren entrar y sale Pilato, pregunta, les concede lo que no les podía conceder: “tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley”. Pero ellos no quieren manchar “su ley” con la sangre de un profeta maldito. Pilato tampoco, aparentemente, quiere manchar el “ius romanum” con la insignificancia de un profeta judío galileo que no había hecho nada contra el Imperio. El drama que está en juego es la verdad y la mentira. Ese drama en el que se debaten tantas cosas de nuestro mundo. Pero los autores del evangelio de Juan van consiguiendo lo que quieren con su teología. Todo apunta a que Jesús, siempre dentro del “pretorio”, es una marioneta. En realidad la marioneta es la mentira de los judíos y del representante de la ley romana. Es la mentira, como sucede muchas veces, de las leyes injustas e inhumanas.

Al final de toda esta escena, el verdadero juez y señor de la situación es Jesús. Los judíos, aunque no quisieron entrar en el “pretorio” para no contaminarse se tienen que ir con la culpabilidad de la mentira de su ley y de su religión sin corazón. Esa es la mentira de una religión que no lleva al verdadero Dios. Esto ha sido una constante en todo el evangelio joánico. Pilato entra y sale, no como dueño y señor, lo que debería ser o lo que fue históricamente (además de haber sido un prefecto venal y ambicioso). El “pobre” Jesús, el profeta, no tiene otra cosa que su verdad y su palabra de vida. El drama lo provoca la misma presencia de Jesús que, cuando cae bajo el imperio de la ley judía, no la pueden aplicar y cuando está bajo el “ius romanum” no lo puede juzgar porque no hay hechos objetivos, sino verdades existenciales para vivir y vivir de verdad. Es verdad que al final Pilato aplicará el “ius”, pero ciegamente, sin convicción, como muchas veces se ha hecho para condenar a muerte a los hombres. Esa es la mentira del mundo con la que solemos convivir en muchas circunstancias de la vida.

Jesús aparece como dueño y señor de una situación que se le escapa al juez romano. Es el juicio entre la luz y las tinieblas, entre la verdad de Dios y la mentira del mundo, entre la vida y la muerte. La acusación contra Jesús de que era rey, mesías, la aprovecha Juan teológicamente para un diálogo sobre el sentido de su reinado. Este no es como los reinos de este mundo, ni se asienta sobre la injusticia y la mentira, ni sobre el poder de este mundo. Allí, pues, donde está la verdad, la luz, la justicia, la paz, allí es donde reina Jesús. No se construye por la fuerza, ni se fundamenta políticamente. Es un reino que tiene que aparecer en el corazón de los hombres que es la forma de reconstruir esta historia. Es un reino que está fundamentado en la verdad, de tal manera que Jesús dedica su reinado a dar testimonio de esta verdad; la verdad que procede de Dios, del Padre. Sólo cuando los hombres no quieren escuchar la verdad se explica que Jesús sea juzgado como lo fue y sea condenado a la cruz. Esa es la verdad que en aquél momento no quiso escuchar Pilato, pues cuando le pregunta a Jesús qué es la verdad sale raudo de su presencia para que poder justificar su condena posterior. Juan nos quiere decir que Jesús es condenado porque los poderosos no quieren escuchar la verdad de Dios.

Ap 1, 5-8 (2ª lectura Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario)

Jesucristo nos convoca al cielo

La segunda lectura, el Apocalipsis, se enmarca en la asamblea litúrgica, reunida en nombre del Señor, en la eucaristía, en el domingo, día de la resurrección, en que aparece Jesucristo, el testigo fiel. Este es un texto litúrgico lleno de matices cristológicos, en que se proclama la grandeza del que ha de ser alabado en un himno que encontramos en el v. 7 de la lectura de hoy. El vidente de Patmos, pues, va a escribir a las siete Iglesias de Asia, y las saluda en nombre de Jesucristo, quien con su propia sangre ha abierto un camino nuevo en este mundo en el que el mal parece “reinar” con una cierta soberanía. Pero Jesucristo, el “traspasado”, vive ya para siempre; es el alfa y la omega (las dos letras con las que comienza y termina el alfabeto griego), porque en Jesús ha comenzado una historia nueva y en El se consumará nuestra historia.

No deberíamos olvidar, a pesar de lo que se cree comúnmente, que las descripciones de Ap descubren algo que debe llegar en el futuro, sino que es algo que se cuenta como ya sucedido, aunque en clave de futuro. Se ha escrito para hablar de Jesucristo el “traspasado” y no de catástrofes; para hablar del triunfo de aquél que ha puesto el amor por encima del poder y la política de la época. Y otra cosa, es el mismo Jesús el que habla de sí mismo y de las cosas de Dios y del cielo. ¿Para qué? Para que sigamos teniendo esperanza en su vuelta, en el triunfo definitivo de Dios. ¿Con que garantías? Pues con la garantía de la “muerte y resurrección” de Jesús. En este libro se habla del cielo, no del infierno. Es el cielo el que se presenta al vidente y el vidente a sus lectores: los cristianos que sufren en este mundo y en esta historia. Estas con las claves de la lectura del Apocalipsis y de este hermoso texto de la liturgia de hoy. Todas las imágenes litúrgicas que se acumulan y los títulos cristológicos como rosario de cuentas de zafiro es para afirmar el triunfo de Dios y de Jesucristo sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Dan 7, 13-14 (1ª lectura Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario)

El reino eterno no es de los hombres

La primera lectura de hoy, tomada del libro de Daniel, es una visión en la que el autor de este libro apocalíptico contempla a una figura, llamada Hijo de hombre, al que se le confía el destino del mundo. La visión es muy particular: por una parte se habla de “reino” y “poder”. Pero esto lo entrega a Dios a una figura misteriosa, como un Hijo de hombre. Su “reino no será destruido jamás”. No ha habido ni habrá sobre la tierra un imperio que permanezca eternamente, porque los imperios de la tierra no son humanos, aunque pretendan ser divinos. Tienen los pies de barro, de insolidaridad y de injusticia. El sueño, la visión no es otra cosa de lo que deseamos todos, pero ese reino tiene que venir de Dios (el Anciano en la visión), pues de lo contrario no será eterno.

Sabemos que la tradición cristiana, después de la resurrección, ha visto en esta figura humana a Jesucristo. Es un poder que en aquél tiempo estaba en manos de fieras, que representaban los imperios de este mundo. Ya sabemos que esos imperios han desaparecido, aunque han venido otros. Pero lo importante es saber que un día el poder estará en manos de Aquel, que hecho hombre, ha ganado para siempre un reino de justicia y de hermandad. No usará el poder para esclavizar como han hecho los poderosos de este mundo, sino para liberarnos y hacernos dignos hijos de Dios.

Comentario al evangelio – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

Nuestra época ha sido denominada como la del “pensamiento débil”, de la “caída de las utopías”, desaparición de los “grandes relatos”…. Hemos dejado atrás los tiempos del denostado dogmatismo, las certezas a toda prueba, las convicciones profundas. Por supuesto, esto no es aplicable a todos los campos: nadie duda de su derecho a un buen salario por el trabajo que realiza, ni de la obligación que tiene el Estado de proporcionarle una serie de prestaciones en educación, sanidad, vivienda, deporte… ¿Tendremos mayor clarividencia en los pequeños campos de nuestros intereses personales que en lo que la filosofía antigua llamaba principia per se nota (principios evidentes)?

Naturalmente que hay reacciones contra esa relativización generalizada de criterios y valores. Y no es fácil la coexistencia de ambas actitudes. El escéptico llama fanático a quien se apoya en criterios sólidos; y éste llama superficial al relativista que está de vuelta… Tolerancia e intransigencia, rigidez y relativismo, fanatismo e indiferencia…  larga serie de binomios mal avenidos…

Los libros de los macabeos, cuya lectura iniciamos hoy, ofrecen muchos ejemplos de todo esto. El imperio seleúcida persiguió a muerte la fe judía. En tal situación, algunos judíos no fueron meramente “flexibles” sino lisa y llanamente apóstatas de sus prácticas y convicciones religiosas, por comodidad y para no correr riesgos. Otros judíos de creencias más sólidas procedieron con violencia y sin miramientos contra los primeros. Y la historia posterior –como bien sabemos- está llena de fanatismos inflexibles y de deserciones cobardes.

¿Cuál fue el comportamiento de Jesús en materia de convicciones y tolerancia? ¿Encontraremos en él alguna orientación para nuestras vidas de creyentes? Parece que nadie pudo tildarle de fanático; más bien algunos le consideraron “flojo” tanto en sus prácticas religiosas como en sus opciones políticas. No pudieron arrancarle una condena explícita de la ocupación romana ni que demostrase su fidelidad a la alianza evitando el trato con pecadores. En uno y otro campo tenía mucho mayor amplitud de miras…

Pero Jesús se dejó ajusticiar por su forma de entender la fidelidad. Fue constante y coherente en su presentación del proyecto del Padre, y el riesgo de morir no le llevó a desdecirse de nada, ni al más mínimo disimulo. La causa para la que vivió era para él de más valor que la propia vida. Y sin embargo no fue un amargado o agresivo contra sus contemporáneos, ni los menospreció: lo suyo fue la comprensión de debilidades sin renunciar a altos ideales. Vivió la utopía, las grandes convicciones,… mostrando que sin ellas la vida no vale la pena. Y el desprendimiento de ventajas personales fue su garantía de veracidad. ¡Una llamada a la lucidez y a la recuperación de elevados ideales, a vivir para grandes causas, sin sucumbir a la tentación de eliminar a quien no las perciba!

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

Hoy e lunes XXXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 18, 35-43):

En aquel tiempo, sucedió que, al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado». Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

Hoy consideremos nuestra propia vida reflejada en Bartimeo: como él, fatigados y «sin vista», así estamos ante la Vida. Sospechamos que esta vida terrenal no es, en realidad, la Vida. Y como él, nos abrimos a Jesús, pidiéndole «ver», porque al hombre que está centrado en sí mismo se le escapa la Vida eterna.

La vida del hombre, por culpa del pecado, está abocada a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, de modo que la inmortalidad sería aquí más una carga que un bien… Hay momentos, sin embargo, en que, de repente, percibimos «algo» de lo que debe ser la «Vida». Por contraste, lo que cotidianamente llamamos «vida», en realidad, no lo es.

—Deseamos la «Vida» misma, la verdadera, pero no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados. No podemos dejar de tender a ello, aunque sabemos que todo lo que podemos experimentar no es lo que deseamos. Esta «realidad» desconocida es la verdadera esperanza que nos empuja. La «Vida» eterna es esta «desconocida realidad conocida».

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

LUNES DE LA XXXIII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar.

  • 1Mac 1, 10-15. 41-43. 54-57. 62-64. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.
  • Sal 118. Dame vida, Señor, para que observe tus preceptos.
  • Lc 18, 35-43. «¿Qué quieres que haga por ti?» «Señor, que recobre la vista».

Antífona de entrada          Cf. Sal 44, 17-18
Los nombrarás príncipes por toda la tierra, harán memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, sabiendo que el Señor es la salvación del pueblo, comencemos la celebración de la Eucaristía invocándole en nuestra tribulación, y sabiendo que Él siempre nos escucha, pidámosle perdón por nuestros pecados.

• Tú, que quieres que todos los hombres se salven. Señor, ten piedad.
• Tú, que te ofreciste al Padre en sacrificio por nosotros. Cristo, ten piedad.
• Tú, que enviarás tus ángeles para reunir a los elegidos. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH Dios,
que has puesto la plenitud de la ley divina
en el amor a ti y al prójimo,
concédenos cumplir tus mandamientos,
para que merezcamos llegar a la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo

Oración de los fieles
Sabiendo que Dios escucha siempre al que se acerca a Él con un corazón humilde, elevémosle nuestras plegarias por todas nuestras necesidades.

1.- Para que el Espíritu de Dios inspire y fortaleza al papa y a nuestro obispo. Roguemos al Señor.

2.- Para que no falten nunca en nuestra diócesis santas vocaciones sacerdotales. Roguemos al Señor.

3.- Para que haya paz, concordia, justicia y libertad en todos los pueblos de la tierra. Roguemos al Señor.

4.- Para que todos los que han muerto compartan para siempre la vida nueva de Jesucristo. Roguemos al Señor.

5.- Para que despierte en todos nosotros el deseo por el reino de los cielos. Roguemos al Señor.

Oh Dios, que no haces acepción de personas, escucha nuestra oración y abre nuestros ojos a la luz de la fe, para que podamos glorificar tu nombre. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
AL ofrecerte, Señor,
los dones de nuestro servicio,
invocamos tu clemencia para que la verdad transmitida
por el ministerio de los apóstoles Pedro y Pablo
permanezca intacta en nuestros corazones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf Jn 6. 68-69
Señor, tú tienes palabras de vida eterna, nosotros creemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

Oración después de la comunión
SEÑOR,
apoya bondadoso con tu ayuda continua
a los que alimentas con tus sacramentos,
para que consigamos el fruto de la salvación
en los sacramentos y en la vida diaria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.