Lectio Divina – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

«¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades»

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy la parábola que nos trae el evangelio es una llamada a trabajar, a no ser ociosos, a no ser una carga para los demás, a no vivir del cuento, a no ser un parásito para la sociedad. San Pablo lo diría más claro: “El que no quiere trabajar no tiene derecho a comer”. Pero también nos llama a ser responsables, a aprovechar el tiempo, a prepararnos para presentarnos ante el Señor con los deberes hechos.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 19, 11-28

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola, pues estaba Él cerca de Jerusalén, y creían ellos que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: «Negociad hasta que vuelva.» Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: «No queremos que ése reine sobre nosotros.» Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: «Señor, tu mina ha producido diez minas.» Le respondió: «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades.»

Vino el segundo y dijo: «Tu mina, Señor, ha producido cinco minas.» Dijo a éste: «Ponte tú también al mando de cinco ciudades.» Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste.» Díctele: «Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.» Y dijo a los presentes: «Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas.» Dijéronle: «Señor, tiene ya diez minas.» «Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.» «Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí.» Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

Todos los días, al comenzar la Eucaristía, pedimos perdón al Señor por un pecado que después nos olvidamos de confesar: el pecado de “omisión”. Creemos que sólo es pecado el mal que hacemos y no caemos en la cuenta de que también es pecado el bien que dejamos de hacer.  Es más, al final de la vida, estamos convencidos de que Dios es Padre Misericordioso y nos perdonará nuestros errores, nuestros fallos, nuestros pecados. Pero, ¿qué pasará con los pecados de omisión? El bien que no hicimos para siempre quedará sin hacer. A eso va la parábola de hoy. El que ha recibido diez minas y ha negociado con ellas hasta conseguir otras diez, será recompensado con diez ciudades. Lo mismo el que recibió cinco y consiguió otras cinco, recibirá cinco ciudades. Pero ¿qué pasará con el que ha enterrado la mina? Será castigado. No podemos presentarnos ante el Señor “con las manos vacías”. El tiempo perdido no puede ser rescatado. Las horas vacías rodarán vacías por toda la eternidad sin que nadie, ni Dios, las pueda llenar de sentido. Trabajemos con los dones que Dios nos ha dado a cada uno, sin tener envidia de aquel a quien Dios le ha dado más porque tendrá una responsabilidad mayor. Pero trabajemos conscientes de que los dones y cualidades que el Señor nos ha entregado para que las trabajemos no son nuestros. No somos dueños sino administradores. Notemos la inmensa diferencia que hay entre la “mina” que nos entrega (una moneda de la Grecia antigua equivalente a 100 dracmas) y la “ciudad” que nos regala. A un dueño tan espléndido, sólo cabe el agradecimiento y no la exigencia.

Palabra del Papa

“El significado de esto es claro. El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celeste, su perdón… en definitiva, tantas cosas, sus más preciosos bienes. Este es el patrimonio que Él nos confía. ¡No sólo para custodiar, sino para multiplicar! Mientras en el lenguaje común el término «talento» indica una notable cualidad individual – por ejemplo, talento en la música, en el deporte, etcétera –, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos rendir. El hoyo excavado en el terreno por el «siervo malo y perezoso» indica el miedo del riesgo que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo de los riesgos en el amor nos bloquea. ¡Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte! No nos pide esto Jesús, sino que quiere que la usemos para provecho de los demás… Y nosotros ¿qué hemos hecho con ellos? ¿A quién hemos «contagiado» con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos animado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien hacernos”. (Ángelus de S.S. Francisco, 16 de noviembre de 2014).

4.- ¿Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar? (Silencio)

5.-Propósito. Me haré esta pregunta al final del día. ¿He aprovechado bien los dones que Dios me ha regalado hoy?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias porque en este rato he aprendido a ser responsable, a llenar mi vida de sentido, a ser agradecido por lo que me has dado. Reconozco que sólo si me siento un regalo tuyo, puedo hacer de mi vida “una donación” para los demás. Haz que nunca me guarde para mí los dones que me das sino que los entregue en beneficio de los demás, y en especial de los más necesitados.

Comentario – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 19, 11-28)

Las monedas de plata simbolizan los bienes y cualquier don o habilidad especial que Dios nos regala para que desarrollemos en bien de los demás.

El relato nos muestra a alguien que, simbolizando a Dios, reparte monedas entre sus servidores. Aquí, a diferencia de Mt 25, 14-30, reparte a todos por igual. Al regresar pide que sus servidores rindan cuentas por los talentos recibidos. El servidor que logró multiplicar lo que había recibido recibe un bello elogio y una recompensa. Se le confían cosas mucho más grandes que las monedas de plata.

Finalmente, se presenta uno expresando todo su resentimiento, y cuenta que ha guardado las monedas en un pañuelo porque no tenía interés en multiplicarlas. Es el servidor inútil que no supo advertir que con lo que había recibido podía producir mucho, y que así podía llegar a poseer los bienes más grandes, porque el Señor nunca se queda corto para premiar.

En realidad la parábola va dirigida a los que fácilmente se dejan llevar por la desconfianza y los cálculos, y así se hacen estériles, inútiles, infecundos e insatisfechos como una tierra reseca.

Porque el que renuncia a entregarle algo a Dios y a la vida, termina quedándose sin nada, termina vacío, incapaz de ser feliz. Porque todo lo que tenemos es para hacerlo producir frutos en bien de los demás para la gloria de Dios. De esa manera podremos recibir un regalo muy superior, porque estamos llamados a entrar en la plenitud del Señor. Nadie tiene derecho a enterrar lo que ha recibido, porque, aunque aparentemente sea poco, no es suyo; lo ha recibido para los demás.

Oración:

«Ayúdame a descubrir los dones que me has dado, Señor, y a recordar que no son míos, sino tuyos. Lléname de tu fuerza para que pueda hacerlos fructificar con alegría para servir a los demás y darte gloria».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

Jesús ante Pilato – Juan 18, 33-37

En aquel tiempo preguntó Pilato a Jesús: – ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesus le contestó: – ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Pilato replicó: – ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Jesús le contestó: – Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: – Conque ¿tú eres rey? Jesús le contestó: – Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz

Explicación

¡Claro que soy Rey! dijo Jesús, cuando Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y a continuación añadió: Pero mi reino no es como los de la tierra, porque no tengo territorio, ni palacio real , ni riquezas, ni ejércitos. Yo sólo reino en el corazón y en la vida de mis amigos, por medio del amor.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Narrador: El sanedrín condujo a Jesús ante Pilato para que le juzgara, pues a ellos no les estaba autorizado dar muerte a nadie.

Sanedrín: Queremos ver a Pilatos. Decidle que salga, pues nosotros nos contaminaríamos al entrar en ese lugar impuro.

Oficial: Señor, ahí afuera están algunos miembros del Sanedrín y quieren verte.

Pilato: Está bien, diles que pasen.

Oficial: ¡Señor! No quieren pasar, porque dicen que se contaminarían.

Pilato: ¡Están todos locos, locos! Está bien saldré yo. A ver, ¿Qué queréis?

Sanedrín: Te traemos a este enemigo de Roma, que se hace llamar Rey de los judíos.

Pilato: ¿Es eso verdad? No parece peligroso.

Sanedrín: Pero pone en peligro la autoridad del César y tú no puedes permitirlo. Puede ser peligroso para todos, incluso para ti, oh Gobernador.

Pilato: Muy bien, dejad que yo le interrogue. A ver, ¿eres tú el rey de los judíos?

Jesús: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.

Pilato: ¿Entonces, tú eres rey?

Jesús: Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testimonio de verdad. Y todo el que es de verdad, oye mi voz.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

En la lectura evangélica de hoy se nos entrelazan dos parábolas: la del pretendiente al trono y la de la explotación de los dones recibidos (“minas”). Son fácilmente separables; de hecho en Mateo (25,14-30) encontramos la parábola de las minas (allí llamadas “talentos”) sin el marco de la investidura real. Por lo demás, los oyentes de Jesús pudieron percibir que se trataba de dos piezas muy diferente: una especie de alegoría pedagógica sobre deberes de la vida cotidiana y una historia muy real y dolorosa vivida por muchos de ellos: el reyezuelo coronado en el extranjero (Roma), luego inmisericorde degollador de sus opositores, había sido Arquelao (que se menciona en Mt 2,22).

Pero en boca de Jesús, ambas piezas tienen una notable unidad de contenido: se trata de la acogida del don de Dios, cuya expresión culminante es Jesús mismo; Él y su palabra son del don insuperable. Jesús lamenta que el pueblo de la alianza, a lo largo de su historia y en el momento presente, no siempre ha acogido y hecho fructificar su situación religiosa privilegiada; a veces ha tenido pereza, comodidad, o indecisión por miedo a no estar a la altura, y eso le ha paralizado. Por otro lado, Jesús mismo –el plenipotenciario de Yahvé, de quien ha recibido su peculiar “investidura real”- está chocando con indiferencia e incluso oposición en el judaísmo de la época. Lo uno y lo otro son caminos por los que Israel se destruye en cuanto pueblo elegido. Jesús habla, por tanto, de la seriedad del momento y la responsabilidad que comporta el don de la elección. Años más tarde, San Pablo lamentará la “apostasía de Israel” a pesar de que se le había dado “la adopción, la gloria, las alianzas, la ley, el culto, las promesas y los patriarcas, y de quien incluso procede Cristo según la carne” (Rm 9,4-5).

Pero el evangelista no escribe para saciar curiosidades históricas sobre lo sucedido siglos o decenios atrás en Palestina; lo que le interesa es orientar a su comunidad, liberarla de despistes y mantenerla despierta. Cuando se escribe este evangelio –hacia finales del siglo I- el tiempo ha ido pasando y el fin del mundo no ha tenido lugar, como muchos esperaban. La iglesia necesita afianzarse en una fidelidad duradera, poniendo cada uno sus talentos a rendir según las necesidades de la comunidad cristiana. Por otra parte, Jesús, su Señor y su Rey, está siempre en medio de ella, pero cada día se acerca con un mensaje nuevo, con una llamada diferente. Seguro que nadie le rechaza expresamente –como hicieron aquellos ciudadanos de la parábola-, pero hay peligro de hacerse remolones, de no darse por enterados, de no percibir al Señor que pasa… Sería el camino para perecer como comunidad cristiana.

La traducción para nosotros hoy es sencilla. Siempre nos amenaza el riesgo de decir como aquel necio: “mi amo tarda en llegar”, y dejar las cosas (la escucha exigente de Jesús, la entrega al servicio fraterno,…) para no sabemos cuándo. Hoy Lucas hace sonar la alarma. 

Ciudad Redonda

Meditación – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 11-28):

En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’.

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».

Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

Hoy —evitando especulaciones sobre su «triunfo»— Jesucristo nos pide «negociar» el don de nuestra vida. La opción de vida del hombre se hace definitiva con su muerte; llegados a este punto ya nada se puede esconder o cambiar: el Juez nos ve tal como somos. Dicha opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda la vida, puede tener distintas formas, incluso la auto-perdición definitiva. 

Puede haber personas que hayan destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra «infierno».

—Jesús, deseo tu «triunfo» en mi libertad: toda y siempre a tu servicio.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Santa Isabel de Hungría

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA, religiosa, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: 1ª oración propia y el resto del común de santos (para santos que practicaron obras de misericordia) o de un domingo del Tiempo Ordinario; Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-impar

  • 2Mac 7, 1. 20-21. El Creador del universo os devolverá el aliento y la vida.
  • Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
  • Lc 19, 11-28. ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

Antífona de entrada    Mt 25, 34. 36. 40
Venid, benditos de mi Padre -dice el Señor-; estuve enfermo y me visitasteis. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Monición de entrada y acto penitencial
Conmemoramos en esta celebración a santa Isabel, esposa y madre, hija del rey de Hungría, que se casó siendo aún muy niña y al quedar viuda, después de sufrir muchas calamidades y siempre inclinada a la oración, se retiró a un hospital que ella misma había fundado en Alemania. Allí, abrazándose a la pobreza, se dedicó al cuidado de los pobres y enfermos hasta el último suspiro de su vida, que fue a los veinticinco años de edad, en el año 1231.

Yo confieso…

Oración colecta
OH Dios,
que concediste a santa Isabel de Hungría
reconocer y venerar a Cristo en los pobres,
concédenos, por su intercesión,
servir con amor infatigable
a los indigentes y a los atribulados.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos ahora a favor de todos los hombres a Dios nuestro Padre, que distribuye sus dones entre nosotros.

1.- Por la Iglesia, extendida por todo el mundo; para que sea fiel a la misión que Cristo le ha encomendado. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor llame a muchos a seguirlo en el ministerio sacerdotal. Roguemos al Señor.

3.- Por los gobernantes de las naciones; para que trabajen por el bien común y defiendan la justicia, el derecho, la paz y la igualdad. Roguemos al Señor.

4.- Por todos los que sufren y padecen; para que Dios venga en su auxilio, los saque de la prueba y los confirme en la esperanza. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, convocados por Cristo para celebrar la Eucaristía; para que aprendamos de santa Isabel de Hungría a descubrir a Cristo en el rostro de nuestros hermanos enfermos y necesitados. Roguemos al Señor.

Atiende, Padre, nuestras súplicas y haz que nuestro esfuerzo multiplique los frutos de tu providencia, con la esperanza de escuchar que nos llames siervos buenos y fieles, y entrar así en el gozo de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR,
que los dones que te presentamos en la fiesta de santa Inés
sean tan agradables a tu bondad
como lo fue para ti el combate de su martirio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de la comunión          Jn 13, 35
La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros -dice el Señor.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios todopoderoso,
que nos alimentemos y saciemos en los sacramentos recibidos,
hasta que nos transformemos en lo que hemos tomado.
Por Jesucristo nuestro Señor.