Lectio Divina – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

«Está escrito: Mi casa será casa de oración”

1.-Oración introductoria.

Señor, me indigna que tu Templo se convierta en “cueva de bandidos”. Me indigna que tu casa sea un mercado de gente sin escrúpulo que hace negocio con las cosas más sagradas. Yo quiero ofrecerte mi casa, mi pequeño templo, para que estés a gusto. Desde ahí quiero escuchar tu Palabra y ponerla en práctica.  

2.- Lectura sosegada del evangelio. Lucas 19, 45-48

Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!» Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Este texto debió ser muy importante en la Iglesia primitiva ya que está recogido en los cuatro evangelistas. San Lucas, pasa un poco por encima el episodio de los vendedores del Templo ya que quita lo que aparece en Marcos que “tiró las mesas” y lo de Juan que “tomó un látigo”. Le interesa más centrarse en el mensaje, que se puede reducir a estos puntos:

  1. Recuperar el Templo como “casa de oración”. Es lo que había dicho el profeta Isaías en 56,7.
  2. El Templo no puede ser espacio de inmunidad para los maleantes y mercaderes, que se sienten seguros en él.
  3. Jesús, rodeado del pueblo, crea un nuevo espacio de encuentro del hombre con Dios. El pueblo está con Jesús y   en este pueblo se diseña el verdadero pueblo de Dios de Israel, que está pronto a aceptar el mensaje de Dios anunciado por Jesús.  Este es el pueblo que acudía junto a Pedro y Juan (Act 3,11); éstos hablan al pueblo (4,1); el pueblo tenía en gran estima a la Iglesia naciente (5,13). El Nuevo Pueblo de Dios no se edificará reconstruyendo el viejo Templo. Sí con el pueblo humilde y sencillo que escucha el mensaje de Jesús y trata de “atestiguarlo en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta en los últimos rincones de la tierra” (Hech. 1,8).

Palabra del Papa

“Los explotadores, los comerciantes en el templo, explotan también el lugar sagrado de Dios para hacer negocios: cambian las monedas, venden los animales para el sacrificio, también entre ellos se vuelven como un sindicato para defender. Esto no solo era tolerado, sino también permitido por los sacerdotes del templo. Son los que hacen de la religión un negocio. En la Biblia está la historia de los hijos de un sacerdote que empujaban a la gente a dar ofrendas y ganaban mucho, también de los pobres. Y Jesús dice: Mi casa será llamada casa de oración. Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en una cueva de ladrones. De este modo, la gente que iba en peregrinación allí a pedir la bendición del Señor, a hacer un sacrificio, era explotada. Los sacerdotes allí no enseñaban a rezar, no les daban catequesis… Era una cueva de ladrones. No sé si nos hará bien pensar si con nosotros ocurre algo parecido. No lo sé. Es utilizar las cosas de Dios para el propio beneficio”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 29 de mayo de 2015, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio).

5.-Propósito. Caer en la cuenta de que yo soy Templo Vivo del Espíritu Santo.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, yo quiero tomar conciencia de que soy Templo del Espíritu Santo. Y este templo es mucho mejor que el mismo templo de Jerusalén. Este templo quiero que sea para mí un lugar de encuentro contigo. Desde este templo elevaré a Ti mis primeras oraciones de la mañana y elevaré hacia Ti el incienso de la tarde como alabanza a tu Santo Nombre. Y, desde ahora, miraré a las personas como “templos vivos del Espíritu Santo”.

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Comentario – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 19, 45-48)

El evangelio de Lucas resume esta narración sobre la expulsión de los vendedores del templo; evita los detalles violentos pero no mitiga las expresiones fuertes de Jesús, indignado por lo que sucedía en la casa de su Padre. Jesús era el rey de Jerusalén (19, 38), y por eso le correspondía cuidar del templo (2 Cron. 29, 1-11; 34, 8). Es más, aquí aparece Jesús diciendo «mi casa», con la cita de Is 56, 7: «Los alegraré en mi casa de oración».

Pero lo que Jesús veía en su casa no era la alegría de la fe y del encuentro con Dios, porque el templo se había convertido en un lugar de comercio. Pero, por qué Jesús dice «cueva de ladrones»? Porque los Sumos Sacerdotes y las autoridades religiosas de Jerusalén utilizaban el templo como una fuente de ingresos personales, y explotaban a la gente a través de las costumbres religiosas. Cumplir con los sacrificios que mandaba la Ley de Dios era sumamente costoso para los fieles, que en cada visita al templo debían dejar buena parte de lo poco que tenían.

Este duro reproche de Jesús tocó a fondo el orgullo y los intereses de los Sumos Sacerdotes y de todos los que se beneficiaban con ese comercio. Por eso Lucas nos cuenta inmediatamente que «buscaban la forma de matarlo» (v. 47).

Cada uno de nosotros podría preguntarse también si no convierte su fe en un comercio; porque a veces sucede que las personas buscan a Dios sólo para alcanzar algún beneficio, y sólo adoran a Dios cuando consiguen algo que les interesa. Van al templo, pero no viven la alegría de encontrarse con él, de alabarlo gratuitamente, sin esperar nada. Quizás Jesús, así como purificó el templo, tendría que entrar en nuestras vidas y limpiarlas de tantos intereses egoístas, para que no usemos a Dios según nuestros caprichos.

Oración:

«Señor, derrama en mi corazón un espíritu de verdadera devoción, para que cada visita a tu casa de oración sea un momento de verdadero gozo interior, de encuentro con el Padre Dios, de alabanza y gratitud».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

En la primera lectura el profeta Daniel en unas visiones ve venir como un «Hijo de hombre» entre las nubes del cielo. Con este título parece designar a un hombre que supera misteriosamente la condición humana. Es a Él a quien Dios le da el imperio sobre todos los pueblos. Su imperio nunca pasará, será eterno, estable. No será destruido jamás.

El Señor Jesús es aquel misterioso «Hijo de hombre» vislumbrado por el profeta. Él se aplica a sí mismo aquel título (ver Mt 20, 28; 25, 31; Mc 2, 10.28; 8, 31; 9, 9-31; 10, 34; Jn 3, 13; 6, 53; 8, 28). Él es aquel que llegado el momento vendrá «en las nubes», el «Príncipe de los reyes de la tierra», a quien le está reservado aquel dominio eterno, «la gloria y el poder por los siglos» (2ª. lectura).

Mas su imperio no es de este mundo, ni de este siglo. En el tiempo presente su reinado ya ha comenzado, mas espera aún su plena realización: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31). Ante el cuestionamiento insistente de Pilato, el Señor afirma que Él en efecto es rey, pero también añade inmediatamente: «mi reino no es de este mundo». Se equivocaban aquellos que esperaban de Él un liderazgo nacionalista e intramundano. Él es rey, pero su reinado no consiste en un dominio que se impone a la fuerza. No será el suyo un gobierno político.

El verdadero sentido de su realeza se manifiesta desde lo alto de la Cruz. El reinado que ejerce el Señor Jesús es un servicio al hombre. Para Jesús reinar es servir, dar la vida, establecer el amor como principio y fundamento de su gobierno.

Su reinado es además un servicio de la Verdad: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la Verdad». El ser humano necesita de esta verdad para realizarse él mismo como persona humana, necesita conocer y comprender la verdad sobre Dios y sobre sí mismo para llegar a ser lo que está llamado a ser, para llevar a su perfección el hermoso proyecto divino que es él mismo, para realizar en su existencia su llamado a la grandeza, al infinito, a la plenitud y felicidad. Y ésa es la verdad que el Señor Jesús ha venido a revelarle a todo aquel que quiera escuchar su voz: la verdad sobre sí mismo, sobre su origen, sobre el sentido de su existencia, sobre la grandeza de su vida y vocación, sobre su destino definitivo.

¿Por qué era necesario que viniese el Hijo de Dios para ser testigo de la verdad? Porque tal verdad estaba oculta a su criatura humana como consecuencia del pecado. No cualquier verdad, sino la verdad que Él revela es la que hace verdaderamente libre a quien la acoge: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Todo aquel que mediante el recto ejercicio de su libertad “escucha su voz” y acoge la verdad revelada por el Señor, «es de la verdad» y pasa a formar ya parte de su reino.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, es una fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XI, el año 1925. Eran los tiempos posteriores a la llamada primera guerra mundial (1914-1918).

En su encíclica Quas primas, en la que decretó la celebración de esta fiesta, el Sumo Pontífice juzgaba que el rechazo del señorío de Cristo y de su Evangelio en la propia vida y costumbres, en la vida familiar y social, era la causa última de tantas calamidades que afligían al género humano. Siguiendo en la línea de su predecesor el Papa San Pío X, cuyo lema pontificio había sido “instaurarlo todo en Cristo”, el deseo del Papa Pío XI era que el Señor Jesús volviese a tener la primacía en los corazones, familias y sociedades de todo el mundo. He allí la razón y el sentido por el que instituyó esta fiesta.

Conocida esta intención del Papa Pío XI, podemos preguntarnos ahora: ¿se ha progresado en este objetivo? ¿Están nuestras sociedades y nuestras familias más cristianizadas que hace unas décadas? Con tristeza debemos admitir que, al contrario, Cristo ha sido cada vez más rechazado en las naciones de antiguo cuño católico y relegado en millones de hogares católicos. Es la dolorosa realidad.

Ante esta realidad, la fiesta de “Cristo Rey” sigue llamándonos hoy como ayer a trabajar por poner al Señor Jesús en el centro de nuestras familias y sociedades. Y ya que todo cambio en la familia o sociedad necesariamente pasa por el tema de mi propia conversión, debo preguntarme: ¿Reina Cristo verdaderamente en mí? ¿Se refleja ese reinado del Señor en mi vida, en mi modo de pensar y actuar? ¿O soy de aquellos católicos bautizados que no practican su fe y se acuerdan de Dios sólo cuando lo necesitan?

Consideremos las palabras del Señor, quien afirma de sí mismo: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37), y preguntémonos sinceramente, humildemente: ¿soy yo “de la Verdad”, es decir, escucho las palabras de Cristo, las atesoro y guardo en mi memoria y corazón, y vivo de acuerdo a la Verdad que Él me enseña? ¿Se refleja esto en mi vida cotidiana? ¿Procuro obrar de acuerdo a lo que Él me enseña en el Evangelio? ¿Obedezco a las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia? ¿O escucho antes las seducciones del mal, haciéndome eco de las consignas anticatólicas y anticristianas de un mundo cada día más descristianizado y enemigo de la Cruz (ver Flp 3, 18)? ¿Quién ‘reina’ en mi corazón en el día a día?

Recordemos las palabras del Apóstol Pablo: «¡No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias!» (Rom 6, 12). ¡Que en cambio reine el Señor en nuestros corazones! ¡Vivamos según la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Pongamos por obra sus palabras! ¡Hagamos lo que Él nos dice! Y así, perteneciéndole totalmente a Él, con la fuerza de su gracia y de su amor, luchemos y trabajemos infatigablemente por instaurarlo todo en Cristo, bajo la guía de Santa María.

Camino, verdad y vida

Ahora que no hay novedad en nuestras vidas
ni en los caminos de la historia,
ni en nuestra memoria personal y colectiva…
es tiempo de reflexionar y ahondar
en todo lo que llevamos a cuestas,
y en las zonas yermas del mundo
y de las entrañas nuestras.

Ahora que tu palabra rompe nuestros planes
y el horizonte se nos nubla y cierra,
y en los caminos se mezclan tantas huellas…
es tiempo de hacer silencio,
de olvidar los tristes sentimientos,
de acoger tu insólita propuesta
y dar testimonio de la verdad.

Llegará un día en que la libertad no sea un sueño,
en que las fronteras desaparezcan
y los seres humanos seamos respetados
y encontremos en el otro a un hermano;
un día en que no haya clasificación de personas
por su color, dinero o raza,
ni por su poder, religión o condición social…

Llegará un nuevo día en que la verdad
resplandezca y alumbre a todas las personas
y no necesite protección ni ser explicada;
un día en que este mundo sea distinto,
se llene de verdades, sueños y proyectos
y se parezca ya al reino definitivo
que estamos llamados a crear juntos.

¡Pronto llegará un nuevo día, tu día, Señor,
pues Tú eres el camino, la verdad y la vida
aunque los nuevos Pilatos sean escépticos!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

Corruptio optimi pessima, decían los romanos. El refrán significa que lo más noble, cuando se deteriora, puede transformarse en lo más aborrecible. No estamos seguros de que Jesús haya percibido tal deterioro en el culto del templo; los elementos que el evangelio enumera (corderos, toros, palomas, vasijas, mesas de cambio de dinero,…) eran lo necesario para la práctica normal de los sacrificios y el pago del impuesto religiosos anual. Pero ciertamente esa mentalidad negativa es la de los cristianos en la época lucana, cuando ya el templo había sido destruido. Sus últimos dirigentes –saduceos- habrían caído en comportamientos corruptos, por lo que Jesús –citando a Jeremías- llamaría al templo “guarida de ladrones” (los sacerdotes).

Jesús no fue un enemigo del culto, pero sí un crítico; consideró que podía ser una especie de opio en perjuicio de lo más importante en una vida según la alianza: la pureza de intenciones, la compasión, la no explotación del prójimo,… En algunos pasajes evangélicos encontramos, en boca de Jesús, el célebre dicho de Oseas: “misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13 y 12,7; cf. Os 6,6;), como también la crítica de una oración no correcta, que no está en sintonía con la vida: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8, sobre Is 29,13).

Pero el pasaje evangélico de hoy, a pesar de su brevedad, tiene un segundo pensamiento: el mensaje de Jesús levanta ampollas en la clase dirigente mientras que el pueblo está pendiente de sus labios. Una y otra vez Jesús lamentará el inmovilismo y el apego a las costumbres de siempre; su invitación a crear odres nuevos para el nuevo vino resulta inquietante para los líderes religiosos, tan fieles a los ritos ya seculares.

Como siempre, Jesús es escuchado y acogido por quienes nada tienen que perder y todo que ganar: el perdón gratuito, la acogida por Dios, el gozo de vivir,… Cada palabra de Jesús sobre la novedad del momento, la cercanía de Dios al pobre y pequeño, lo inconmensurable de su bondad, … es una bocanada de aire fresco para quien se sabe pecador, inmerecedor de la amistad con Yahvé, siervo inútil,…

La interpelación para nosotros es evidente: cabe una vida cultual de culto vacío, una oración rutinaria y descomprometida, sin sintonía con la llamada actual de Dios y sin la exigencia ética que la fe cristiana lleva consigo. Y el esquivar la interpelación de Jesús o, por el contrario, estar pendientes de sus labios nos indicará cuál está siendo nuestro lugar como creyentes. 

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 45-48):

En aquel tiempo, entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: ‘Mi casa será casa de oración’. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

Hoy, Jesús protagoniza un gesto cuyo alcance iría mucho más lejos que el simple hecho de la expulsión de los «vendedores»: está fuera de duda que Él anunció el fin del Templo, y precisamente su final teológico, histórico-salvífico. Lo confirma, además del «Discurso Escatológico», la expresión «vuestra casa quedaría vacía» (Mt 23,38).

Jesucristo había amado el Templo como propiedad del Padre y se había complacido en enseñar en él. Lo había defendido como «casa de oración» para todas las naciones y trató de prepararlo para esta finalidad. Pero sabía también que la época de este Templo estaba acabada y que llegaría algo nuevo que estaba relacionado con su muerte y resurrección. Había en el aire un cambio de alcance universal y de sentido imprevisible: dejaría de ser la «casa de Dios»…

—El Templo con su culto quedó «demolido» en la crucifixión de Cristo; en su lugar ahora está el Arca de la Alianza viva de Jesucristo crucificado y resucitado.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXXIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde).

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • 1Mac 4, 36-37. 52-59. Celebraron la consagración, ofreciendo con alegría holocaustos.
  • Salmo: 1Crón 29, 10-12. Alabamos tu nombre glorioso, Señor.
  • Lc 19, 45-48. Habéis hecho de la casa de Dios una “cueva de bandidos”.

Antífona de entrada          Sal 83, 10-11
Fíjate, oh, Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, sabiendo que con amor eterno nos amó Dios; y que envió a su Hijo único como víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero, dispongámonos a celebrar estos sagrados misterios reconociéndonos pecadores, y supliquemos con humildad su perdón y su misericordia.

• Tú que muestras el amor supremo de Dios. Señor, ten piedad.
• Tú que pones la grandeza de la vida en el amor y en el servicio. Cristo, ten piedad.
• Tú, promotor de misericordia y de comunión. Señor, ten piedad.

Oración colecta
SEÑOR Dios,
cuya misericordia no tiene límites
y cuya bondad es un tesoro inagotable,
acrecienta la fe del pueblo a ti consagrado,
para que todos comprendan mejor
qué amor nos ha creado,
qué sangre nos ha redimido y
qué Espíritu nos ha hecho renacer.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Nos hemos reunido aquí, hermanos, para conmemorar el misterio de nuestra redención; roguemos, por lo tanto, a Dios todopoderoso, para que todo el mundo se llene de bendiciones y de vida.

1.- Por todos los consagrados a Dios, para que con su ayuda puedan cumplir fielmente su propósito. Roguemos al Señor.

2.- Por la paz de los pueblos, para que, sin ninguna perturbación, puedan servirle en libertad de espíritu. Roguemos al Señor.

3.- Por los ancianos que viven en soledad o enfermedad, para que sean confortados por nuestra fraternal caridad. Roguemos al Señor.

4.- Por nuestros hermanos difuntos, para que por la misericordia de Dios alcancen la gloria eterna. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, aquí consagrados, para que sepamos usar de tal modo los bienes presentes, con los que Dios no deja de favorecernos, que merezcamos alcanzar los eternos. Roguemos al Señor.

Sé propicio, Señor, con tu pueblo suplicante, para que reciba con prontitud lo que pide bajo tu inspiración. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA Señor, nuestras ofrendas
en las que vas a realizar un admirable intercambio,
para que, al ofrecerte lo que tú nos diste,
merezcamos recibirte a ti mismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 129, 7
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios misericordioso,
que, alimentados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
bebamos con fe en la fuente de la misericordia
y nos mostremos cada vez más misericordiosos con nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.