Comentario – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

Hoy proclamamos a Cristo Rey en toda la Iglesia. Y, sin embargo, él rehusó ser proclamado rey en vida, como si semejante intento fuese una instigación diabólica y un modo de obstaculizar su misión en el mundo. Es la escena que sigue a la multiplicación de los panes. Tras semejante prodigio, la multitud quiso proclamarlo rey, pero él se alejó al monte haciendo vanos tales propósitos. Y no hizo esto por falsa modestia, sino porque no había venido a ocupar semejante trono, ni a desempeñar este oficio.

No obstante, en su diálogo con Pilato, gobernador de Judea, declara ser rey, después de haber precisado que su reino no es de este mundo; añadiendo a continuación que él ha nacido para ser testigo de la verdad, como queriendo decir que su modo de ser rey es dar testimonio de la verdad, de modo que la verdad pueda regir las vidas de los que se le someten. Y da testimonio de la verdad dándonos a conocer lo que ha oído a su Padre: manifestándonos los planes de Dios para con nosotros. Pertenecer a su reino o tenerle por Rey es, por tanto, escuchar su voz o dar crédito a la Verdad de la que él es testigo.

Pero este acto de fe debe ser necesariamente un acto libre y voluntario; nunca un vasallaje arrancado con violencia o mediante coacción. Los súbditos de Cristo Rey han de ser, por consiguiente, personas que se han dejado persuadir por la fuerza misma de su palabra y de sus obras (=su verdad), por la fuerza de convicción de su amor. Luego personas convencidas, no vencidas. Ninguna expresión violenta tiene nada que ver en absoluto con este Rey y con este Reino que, no siendo de este mundo, ha entrado y ha empezado a germinar en este mundo.

A lo largo de la historia ha habido intentos (teocráticos) de implantar o anticipar un reino cristiano con la fuerza de las armas, pero tales intentos se han revelado equivocados. No es éste el estilo de Jesús. Y su reino no tiene que ver sólo con el fin, sino también con los medios. Los medios empleados para su implantación también configuran el tipo de reino. Y Jesús, el que instó a Pedro a enfundar otra vez la espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere, ha decidido reinar desde un trono singular, ha decidido reinar desde la cruz. En la cruz muere por la verdad y da testimonio de ella. Se trata de la verdad del amor que salva, una verdad en la que se pone de manifiesto, por un lado, la impotencia del que está clavado por amor, y por otro, la potencia de ese mismo amor que se irradia desde la cruz.

Por eso, la cruz es trono, aunque no es sólo por ser cruz, o patíbulo de condenados a muerte, sino también por ser trampolín de vida, es decir, por ir acompañada de la resurrección, que hace de la cruz una cruz triunfante. El amor del Omnipotente clavado en la cruz por amor al hombre acaba conquistando los corazones y doblegando las voluntades de los hombres. Es el amor que hace mártires, vírgenes, hijos, amigos. Es el amor que hace aliados dispuestos a derramar su sangre por él, un amor, por tanto, que gobierna lo más íntimo e ingobernable del ser humano. Y la resurrección es la expresión del poder que triunfa o que se impone sin herir, sin matar, sin coaccionar. Es como la luz que vence la tiniebla y enfrenta al ciego con la realidad ya iluminada.

El reinado de Cristo tiene una dimensión humilde y escondida. Es la semilla que va germinando en el interior de cada corazón (el grano de mostaza); pero tiene también una dimensión gloriosa y escatológica, que viene descrita en numerosos pasajes de la Escritura, como el libro de Daniel (7, 13-14) que habla de una especie de hombre que viene entre las nubes del cielo, al que se le da poder, honor y reinoel servicio de pueblos, lenguas y naciones: un reino que no cesará, un reino eterno.

Proclamar a Cristo Rey es, por tanto, reconocer su señorío sobre nosotros, sentirnos sus vasallos incondicionales, entregarle nuestra voluntad, desear hacer cuanto él nos pida o renunciar a lo que él nos pida, amarle por encima de todo, desear que el mundo entero conozca y reconozca su reinado, es decir, que los gobiernos, las leyes, las relaciones laborales, la economía… se impregnen de su verdad y bondad; que las costumbres humanas, las culturas, los deportes, los pasatiempos… estén regidos por sus leyes y consignas.

La experiencia personal y colectiva nos dice que esto no es nada fácil. Ni siquiera los que le proclamamos Rey y deseamos que el mundo entero lo haga, nos sometemos del todo a él: nuestros instintos, sentimientos, voluntades y pensamientos se resisten a entregarse por entero. ¡Cuánto más se resistirán los que no reconocen el testimonio de su verdad y de su amor! Si comprendiéramos el abismo del amor de Dios que nos ha amado hasta el punto de entregarnos a su propio Hijo, si apreciáramos el valor de este acto de entrega… Con todo, y a pesar de nuestras resistencias, Cristo acabará siendo reconocido como Rey eterno por todos los salvados cuando Dios sea todo en todos. Pues su reino no tendrá fin. Vivamos en la esperanza de poder gozar algún día de los bienes del que nos ha convertido en un reino y hechos sacerdotes de Dios, su Padre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritus rebeldes,
y haz que encuentren
rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Será llamado Rey de paz, y su trono se mantendrá firme por toda la eternidad.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será llamado Rey de paz, y su trono se mantendrá firme por toda la eternidad.

SALMO 116:

Ant. Su reino será eterno, y todos los soberanos lo temerán y se le someterán.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Su reino será eterno, y todos los soberanos lo temerán y se le someterán.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. A Cristo se le ha dado poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán para siempre.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A Cristo se le ha dado poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán para siempre.

LECTURA: Ef 1, 20-23

Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.
V/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.

R/ Tú eres Señor del universo.
V/ Tú eres rey y soberano de todo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo Rey, que es anterior a todo, y en quien todo se mantiene unido, y pidamos:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Cristo, rey y pastor nuestro, congrega a tus ovejas de entre los pueblos
— y apaciéntalas en ricos pastizales y en fértiles dehesas.

Guía y salvador nuestro, reúne a todos los hombres en un solo pueblo; cura a los enfermos, busca a los que se han perdido, guarda a los fuertes,
— llama a los alejados, recoge a los descarriados, alienta los desanimados.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Juez eterno, cuando devuelvas a Dios Padre tu reino, ponnos a tu derecha,
— y haz que heredemos el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo.

Heredero de las naciones, haz entrar a la humanidad, con todo lo bueno que tiene, en el reino de tu Iglesia, que el Padre ha puesto en tus manos,
— para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcamos como nuestra cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y el primer resucitado de entre ellos,
— admite a los difuntos en la gloria de tu reino.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXIII de Tiempo Ordinario

No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven

1.- Oración introductoria.

Señor, el evangelio de este día me da una imagen viva, auténtica, maravillosa de Dios. Como la mayoría de los cristianos sólo se acercan a Dios cuando se les muere alguien, tienen la idea de que Dios es un Dios de muertos. Contra esa impresión, lanza Jesús un grito: DIOS ES UN DIOS DE VIVOS. Sólo aquel que vive en Dios está realmente vivo. Fuera de Dios sólo hay noche, llanto, tiniebla, oscuridad y muerte.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 20, 27-40

En aquel tiempo se acercaron a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer. Jesús les dijo: Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven. Algunos de los escribas le dijeron: Maestro, has hablado bien. Ya no se atrevían a preguntarle nada.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Con estas Palabras, Jesús alude al episodio de la “zarza ardiendo” cuando Moisés “pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián” (Ex.3, 1-6). Este Moisés, perdido en el desierto de la vida, con muchas preguntas y pocas respuestas; con muchos problemas y pocas soluciones; con muchas dudas y pocas certezas…somos tú y yo. Pero, precisamente ahí en el desierto tiene lugar la aparición de la zarza ardiendo. La zarza ardía y no se consumía. Imagen sugerente, evocadora, de un Dios que arde en llamaradas de vida. Arde y no puede consumirse. Un Dios que es Amor y este amor es eterno. Ante esta visión, Moisés tiene una genial actitud: “Voy a acercarme” (v. 3). Acercarse es recuperar el calor vital; alejarse es morirse de frío. Y ésta es la terrible situación de nuestro mundo secularizado: lejos de Dios se muere de frío. Hoy más que nunca este mundo necesita hombres y mujeres que quieran acercarse a esta zarza no sólo para calentarse sino para “abrasarse en esta hoguera de amor”. Sólo así se cumplirá el deseo de Jesús: “Fuego he venido a traer a la tierra y ¡cómo me gustaría que ya estuviera ardiendo!” (Lc. 12,49). Jesús no es un pirómano. Jesús es ese hombre-Dios que arde en “llamaradas de amor, en llamaradas de vida” y quiere contagiar al mundo ese fuego.  

Palabra del Papa

“La vida eterna es otra vida, es otra dimensión, en la cual entre otras cosas no existirá más el matrimonio, que está relacionado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados -dice Jesús- serán como los ángeles y vivirán en un estado diverso que ahora no podemos sentir ni imaginar. Y así lo Jesús explica. Pero después, por así decir, pasa al contraataque. Y lo hace citando la sagrada escritura, con una simplicidad y una originalidad que nos dejan llenos de amor hacia nuestro Maestro, ¡el único Maestro! La prueba de la resurrección, Jesús la encuentra en el episodio de Moisés y de la zarza ardiente, allí en donde Dios se revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El nombre de Dios está unido a los nombres de los hombres y de las mujeres con los cuales Él se relaciona, y este nexo es más fuerte que la muerte. Y nosotros podemos decir esto de la relación de Dios con nosotros. Él es nuestro Dios; Él es el Dios de cada uno de nosotros; como si Él llevara nuestro nombre, le gusta decirlo, y esta es la Alianza. He aquí por qué Jesús afirma: ‘Dios no es de los muertos pero de los vivos, para que todos vivan en Él”. ..En Jesús, Dios nos da la vida eterna, nos la da a todos, y todos gracias a Él tienen la esperanza de una vida aún más verdadera que la actual. La vida que Dios nos prepara no es un simple embellecimiento de la actual: esa supera nuestra imaginación, porque Dios nos asombra continuamente con su amor y con su misericordia”. (Ángelus de S.S. Francisco, 10 de noviembre de 2013).

4.- Qué te dice hoy a ti este texto ya meditado. (Silencio)

5.-Propósito: Poner ardor y fuego en todo lo que haga en este día.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Hoy, Señor, no puedo acabar esta oración sin darte gracias porque has iluminado mi vida y me has abierto un horizonte de esperanza. Para Ti, vivir es amar y ser amado; quemar y antes dejarse quemar. El hombre no sólo se muere de hambre sino de frío. Yo quiero abrazarte para abrasarme en tu amor y dar amor a toda persona que me encuentro por el desierto de la vida, vacilante, indecisa y aterida de frío.

Un Rey sin soldados

1.- «Yo vi, en una visión nocturna, venir una especie de hombre entre las nubes del cielo» (Dn 7, 13) El profeta Daniel narra una de sus maravillosas visiones. Después de haber contemplado el triunfo y la ruina de las cuatro bestias, símbolos de cuatro reyes, nos habla de un quinto personaje. Ahora no tiene la forma de león ni de oso, ni de leopardo, ni de horrible animal con dientes de hierro. Ahora, ese quinto rey, el definitivo, el que reinará sobre cielos y tierras, tiene la figura sencilla de un hombre.

Aquellas bestias venían del mar, este Hijo del hombre llega sobre las nubes del cielo. Es difícil comprender a fondo el sentido de estos símbolos, de este lenguaje literario apocalíptico. Pero una cosa es cierta. En esta humilde figura de hombre ve el profeta al Rey del Universo, Dios mismo que baja hasta la humildad de la naturaleza humana y se hace uno más entre la muchedumbre de todos los hombres.

Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre. Así se presentaba él mismo ante la gente de su tiempo. Un humilde carpintero, un sencillo hombre de pueblo que tenía callos en las manos, la piel curtida por el viento y el sol. Un hombre recio que usaba palabras llanas, un hombre que hablaba con fuerza persuasiva de una nueva doctrina, hecha de rebeldía contra la mentira y cargada de amor a los pobres. Y de confianza heroica en el poder y la bondad de Dios.

«A él, se le dio el poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará» (Dn 7, 14) Nos sigue narrando el vidente que ese Hijo del hombre avanzó hacia el trono del Anciano. El de vestiduras cándidas como la nieve, el de cabellos como blanca lana, el del trono llameante, al que le sirven millones y le asisten millares y millares… Siguen unas palabras extrañas; palabras cargadas de un contenido hondo con un sentido más allá de lo que a primera vista se intuye. Son una letanía de palabras mágicas que despiertan en el espíritu del hombre religioso algo muy profundo y difícil de explicar.

Es el anuncio del Reino mesiánico, el Reino definitivo. Poder, honor y gloria al Rey, a Cristo. Cristo Rey, reinando por siempre, permaneciendo en su trono, mientras los demás reyes se quitan y se ponen. Reyes pasajeros, con unos reinos de fronteras reducidas, con una historia tantas veces de final desastroso. Cuántos grandes personajes acabaron de mala o de vulgar manera.

Cristo no. Cristo reinó ayer, reina hoy y reinará siempre… Rey de reyes, hoy nos rendimos a tus pies. Acepta el vasallaje de los hombres. También de los que no te reconocen, esos que tú has redimido con tu sangre. Reina, impera, manda. Nosotros queremos ser leales a nuestro Rey, que eres tú. Fieles vasallos de tu Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia. Reino de justicia, de amor y de paz.

2.- «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder» (Sal 92, 1) «Señor» (Kyrios en griego) es uno de los títulos más antiguos, y más frecuentes, para denominar a Dios, o para referirse a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Con ello estamos confesando la soberanía absoluta, que Dios tiene sobre todo cuanto existe, y que sólo a él corresponde de modo propio y adecuado.

Los demás señores lo son solamente a medias, de forma relativa y parcial, por muy alto que sea el cargo que ostenten, o por mucho poder y riqueza que posean. Con razón decía Jesús a Pilato que no tendría ningún poder sobre él si no se le hubiera dado de lo alto.

Pensemos hoy un poco en esta realidad maravillosa, en la grandeza suma de nuestro Dios y Señor. Fomentemos en lo más profundo de nuestro ser sentimientos de adoración ferviente, deseos de servir con alma y vida a nuestro auténtico Rey.

“Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno…» (Sal 92, 2) Todos los señores de la tierra terminan por dejar de serlo, todos los reyes del mundo tienen que ceder un día, de grado o por fuerza, sus coronas y sus cetros. Apenas si muere el rey, cuando ya se aclama al sucesor exclamando, como si nada hubiera ocurrido, ¡viva el rey!

Con Cristo Jesús no ocurre así. Él es un Rey eterno que nunca jamás será destronado. Habrá, de momento, quienes lo rechacen, o quienes lo desprecien. Pero por mucho que hagan no podrán menoscabar en lo más mínimo su gloria y su grandeza.

En oposición a esos infelices que no son capaces de ver la majestad infinita de nuestro Rey, adorémosle nosotros con rendido vasallaje, acatemos su poder y su ley, suframos lo que sea preciso por serle fieles. Estemos persuadidos de que si padecemos con él, con él también triunfaremos.

3.- «A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra…» (Ap 1, 5) Una vez más termina el año litúrgico, y una vez más la fiesta de Cristo Rey es como el broche de oro que cierra un año que termina… Cristo Rey en la cima del tiempo, en la cumbre de la creación… Cristo como la esperanza suma de todos los hombres, la fortaleza de cuantos luchan contra el mal, el gozo y la alegría de cuantos han dicho que sí a las exigencias de Dios.

Toda la gloria y el poder le pertenecen a nuestro Señor y Rey, a él que es el vencedor por todos los siglos del maligno; a él que nos da la vida que no sabe de muerte. Él nos amó, nos ha liberado -única y real liberación- de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.

Somos súbditos del más grande Rey que ha existido, existe y existirá. Pertenecemos al Reinado de Cristo, y como súbditos de tal Rey nos hemos de comportar. Su Reino no es de este mundo, es decir, no tiene nada que ver con lo que sea malo, con lo que de alguna manera es indigno. En su Reino no hay odios, ni mentiras, ni egoísmo, ni lascivia. Por eso hemos de rechazar con decisión y energía cuanto haya en nosotros de rencor, de amor propio, de libídine, de falsedad o hipocresía.

«Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (Ap 1, 8) ¡Mirad! Él viene en las nubes -exclama el vidente de la isla de Patmos-. Exclamación que debía resultar un tanto extraña a los hombres del siglo I que no sabían todavía lo que era atravesar los aires y volar sobre las nubes. Y, sin embargo, la fe hizo el prodigio de que aquellos creyeran y esperaran que un día vendría Cristo por los caminos del aire, el Amado, con todo su esplendor y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos, a ejercitar el poder judicial y el ejecutivo que como Rey universal le compete.

También nosotros hemos de creer con toda la mente y con todo el corazón que un día llegará nuestro Rey, Cristo Jesús. Y movidos por esa esperanza hemos de vivir siempre fieles nuestro compromiso de amor, siempre fieles a las promesas del Bautismo. Si vivimos así, nada nos asustará. Nada, ni la suprema catástrofe del fin del mundo. Entonces, en medio de la prueba, nos fortalecerá nuestra firme creencia en la llegada inmediata de Cristo, nuestro Rey de amor y de paz.

4.- «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18, 33) Los judíos habían decidido dar muerte a Jesús. La gente del pueblo, sin embargo, las almas sencillas que intuyen las cosas de Dios, habían aclamado con palmas y vítores como Rey mesiánico a aquel hombre de origen oscuro que procedía de Nazaret. Había organizado espontáneamente una entrada triunfal en la que, como dijo el profeta Zacarías, el Mesías entraba majestuoso y pacífico, montado sobre un asno, a la usanza de los antiguos reyes y nobles de Israel. El entusiasmo de la muchedumbre colmó la envidia y los celos de escribas y fariseos. Estaba decidido, aquel hombre tenía que morir.

Ayudados por la traición de Judas, consiguieron apresarle. Aquel que fue poderoso, en palabras y en obras, quedó de pronto sin fuerza ni resistencia alguna. El que fue capaz de arrojar, solo contra todos, a los mercaderes del templo, aparecía inesperadamente desarmado, inerme y abandonado. Sin embargo, entonces empezó la última batalla del gran Rey en la que dando su vida vencía a la muerte y destronaba al Príncipe de este mundo, alcanzando para todos la salvación eterna.

Aunque decidieron su muerte, ellos no podían ejecutar la pena capital. El poder de Roma, bajo el que vivían sometidos, les imponía ciertas limitaciones, entre las cuales estaba la de no tener el «ius gladii», o poder para aplicar la pena de muerte. Por eso acuden a Pilato para que crucifique a Jesús. A fin de conseguir su propósito recurrieron a todos los medios a su alcance, incluida la mentira y la calumnia.

Pilato acabó cediendo a las presiones y amenazas de los judíos. No obstante, hay que reconocer que procuró salvar a Jesús de la muerte. Con esa intención preguntó al reo si era cierto que fuese rey. Jesús, que antes se había opuesto a que lo proclamaran como rey, se confiesa abiertamente como tal ahora, cuando de sus palabras podía depender su crucifixión. El Señor contesta que sí, que él es rey, que para eso ha venido y para eso ha nacido. Pero aclara que su Reino no es de este mundo, pues si lo fuera ya habrían llegado sus soldados a defenderle. Pero en su Reino no hay soldados: no se implanta con la violencia de las armas que matan, sino con la fuerza del amor que vivifica.

Reino de Cristo, Reino trascendente y sobrenatural, que no desprecia este mundo sino que lo eleva y lo redime. Reino que acoge al hombre tal cual es, pobre y limitado animal racional, y lo transforma de hombre mortal en hijo de Dios que vivirá para siempre. Cristo, nuestro Rey de amor y de verdad, nos sale una vez más al encuentro, armado de comprensión y de amables exigencias para reconquistar nuestra sumisión generosa, ese vasallaje entrañable que lleva consigo, para quien lo acepta, la felicidad y el gozo si fin.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 20, 27-40)

Los saduceos eran un grupo de la época de Jesús que despreciaba todas las tradiciones populares y mantenían la fe judía más antigua. Por ejemplo, negaban que hubiera una vida después de la muerte, que hubiera una resurrección, porque eso no estaba desde el comienzo en la fe judía. De hecho, no aparece claramente en los primeros libros de la Biblia sino en los que fueron escritos más tarde. Ellos seguían con una doctrina muy antigua que sostenía que el hombre era premiado o castigado en esta vida, y por eso los ricos eran los bendecidos por Dios. Su interés por esta doctrina se explica porque ellos mismos pertenecían a las familias más ricas de Jerusalén.

En este texto ellos intentan ridiculizar la fe en una vida después de la muerte poniendo el caso de una mujer que se casó siete veces, y se imaginaban a los siete esposos en la vida eterna peleando por la mujer. De allí concluían que no hay una vida después de la muerte.

Pero Jesús defiende la fe en la vida eterna y hace ver a los saduceos que en la vida eterna nadie necesita poseer nada ni tener una mujer como propia, porque allí vivimos liberados de todo dominio, ya que por el poder de Dios recibimos todo lo que necesitamos para ser felices. La vida eterna no solamente es gozo, también es plena libertad.

Y Jesús defiende la fe en la vida eterna a partir de la verdadera imagen de Dios: él es un Dios de vivos que comunica la vida permanentemente, y por eso él puede regalar a sus hijos amados una vida que nunca se acaba. Nosotros, que sabemos que en esta vida nada es perfecto, anhelamos una plenitud que Dios nos regalará cuando esta vida se nos termine, porque «si sólo para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión» (1 Cor 15, 19).

Oración:

«Te adoro a ti Señor, tu que eres un Dios de vivos, lleno de vitalidad y poder, que te gozas comunicando la vida a tus hijos y no los abandonas en poder de la muerte. Concédenos que sepamos valorar ese llamado a la vida eterna».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

El misterio de una realeza

1. – El origen histórico de la fiesta de Cristo Rey es un poco turbio. Originalmente la Iglesia celebraba, hasta 1921, la realeza y señorío de Cristo el domingo de Ramos. En 1921 las monarquías europeas que, al finalizar la primera guerra mundial, se estaban viniendo abajo, pidieron al Papa Pío XI una celebración religiosa que apoyara la idea monárquica. Pío XI accedió creando la fiesta litúrgica de Cristo Rey; se trata, pues, de una liturgia de reciente creación, si tomamos en cuanta los dos mil años de historia de la comunidad cristiana. Haya sido cual haya sido el origen concreto de la fiesta litúrgica, la celebración y liturgia de este domingo tiene sentido teológico para la comunidad cristiana. Los textos de la Palabra de Dios, que hoy se nos han proclamado, nos ayudan a comprender la profundidad de este misterio.

2.- El libro de Daniel es un libro apocalíptico que debe ser leído con atención y método especiales. Dado que la simbología es una de las características de esta literatura, es importante que no descuidemos este aspecto a fin de recibir adecuadamente el mensaje que contiene. Por lo pronto, hemos de cuidarnos de no tomarlo al pie de la letra, pues de lo contrario corremos el riesgo de caer en los errores ya cometidos durante muchas ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia.

El autor nos hace ver la historia como algo, que como todo lo de este mundo, tuvo un comienzo y, por eso, necesariamente tendrá un fin. El concepto bíblico de la historia es lineal, por tanto no se repite. Cada acontecimiento es único e irrepetible. Por eso la existencia en este mundo es finita. Y aunque lo que nos refiere el libro tiene que ver con acontecimientos históricos de su tiempo, su mensaje trasciende la historia y se nos ofrece como un estímulo para vivir, en la esperanza, la certeza de la fe de que Dios triunfa, si no ya en la historia, sí más allá de ella, tras el fin del mundo.

Este es el mensaje central de este libro del Antiguo Testamento. Frente a la coronación de un enemigo del pueblo judío, el autor nos presenta otra entronización en un lugar entre el cielo y la tierra, la morada trascendente de Dios y su corte celestial. Quien es entronizado es uno como “hijo de hombre”, un sumo sacerdote y rey celeste, a la vez del cual se dice que recibió la soberanía, la gloria y el reino, posee un poder eterno y su reino jamás será destruido y todo esto, sobre todas las naciones.

3.- Otro libro apocalíptico, que hoy hemos escuchado es el que entre los del Nuevo Testamento, se conoce precisamente como Apocalipsis del apóstol san Juan. Una obra que no se distingue de los otros en su forma literaria, pero sí en su contenido, pues en él se revela específicamente una persona y su actuación salvífica en la historia. Esta persona es Jesucristo como Señor de la historia: El que es, el que era y que viene. Él es la fuerza y la liberación como presencia cercana y activa para los fieles creyentes. Entre otros títulos que nos da el texto, está el de soberano de todos los reyes de la tierra. Este título, en su tiempo, debió haber sonado con una gran carga política, pues se afirma que Él está también sobre el César, el emperador romano a quien se obligaba a los cristianos rendirle el culto sólo debido a Dios. Al denominarlo como primogénito de los muertos, el autor indica la victoria de Cristo sobre la muerte, que es también la de los cristianos perseguidos.

4. – Qué escena tan sorprendente nos presenta el Evangelio: dos hombres, uno frente al otro, Pilato y Jesús, el representante del César y el humilde carpintero de Nazaret. El primero es un gobernador romano, hombre poderoso que puede juzgar, poner en libertad o condenar. El otro, Jesús, ha sido entregado como un agitador, un desestabilizador del orden público. Pilato tiene prácticamente todos los poderes, mientras que Jesús ha sido ya maltratado, humillado, puesto en situación de inferioridad. Sorprendente diálogo. Aún, hoy día, nos sigue desconcertando, como ayer desconcertó a Pilato. Jesús se confiesa Rey, pero no es Él quien pronuncia esta palabra, sino su acusador. Jesús no revela ni su identidad ni la naturaleza de su reinado. Simplemente dice que su reino no es de este mundo. “¿Entonces, tú eres Rey?” insiste Pilato. “Tú lo has dicho”, le responde Jesús. Pero no afirma nada de su poder, al contrario, se muestra sin poder: Nadie ha luchado por él, ningún ejército lo ha defendido, se encuentra absolutamente solo: Solo, es verdad, pero no vencido. Sorprendente diálogo, porque aquél que lo encabeza no es el acusador, sino el acusado. Es el acusado quien, a partir de un proceso superficial y banal, va a llevar al acusador a la pregunta más importante, a la única pregunta que, en definitiva, cuenta: “¿Qué es la verdad?”Jesús obliga a Pilato a que se cuestione vitalmente, en lo más profundo de sí mismo, sobre la búsqueda de la verdad: ¿Qué sentido dar no sólo a la historia humana, sino a la nuestra personal, es decir, a nuestra vida?

5. – En el “cara a cara” de Jesús con Pilato, hay algo del nuestra historia con Jesús. De la misma manera que había inducido a Pilato a interrogarse sobre la verdad, nos mueve a preguntarnos: ¿Creemos en la verdad de Jesús? ¿Creemos que Cristo Rey es un rey crucificado, el cual aceptó pagar un alto y costoso precio por los pecadores de su tiempo y del nuestro, por sus verdugos, por los mentirosos, los asesinos, los odiados? ¿Reconocemos en Jesús a aquél que da testimonio de la Verdad? Más aún: ¿Cuál, quién, cómo es esta Verdad tan insoportable por la que Pilato y los Sumos Sacerdotes han querido hacer callar a aquél que la testimonia y la encarna? Es la Verdad de lo que es Dios. Dios es amor. Dios no quiere usar la fuerza contra el hombre. El prefiere padecer la violencia, en lugar de aplicarla a los otros. Eso significa que ningún poder –ni siquiera el poder político– se puede justificar por la propia violencia. La Biblia nos enseña mucho sobre la violencia: La violencia que nace de la desconfianza y de la sospecha, así como aquella que nace de la arrogancia y del orgullo. La primera se remonta a la generación de Adán y de Caín, cuando la sospecha conduce al aislamiento, éste al miedo y el miedo al homicidio. La segunda corresponde a la generación del diluvio y de Babel, cuando la humanidad se descompone en una exorbitante codicia. Esta segunda violencia está menos oculta que la primera: Ella ambiciona, se ampara, provoca, domina. Es una violencia que no soporta ningún tipo de oposición. Lo quiere todo y lo quiere inmediatamente.

Es la violencia de nuestros días, la que reviste la máscara de la intransigencia. La violencia de aquellos que pretenden dominar los espíritus y las conciencias, o peor aún, corromperlos. La violencia de todo el que pretende presionar sobre las decisiones personales de los demás. Ante la situación actual, hay que recordar la importancia de una virtud que no está de moda: La paciencia. Es la más activa de las fuerzas del amor. Alguien decía que la paciencia es un fuego ciertamente sin llamas, pero también, sin cenizas. La paciencia es la otra palabra a la que el autor de la carta a los Hebreos llama perseverancia. La paciencia consiste en tomarse el tiempo de desatar lo que ha sido mal atado, y de atar de nuevo lo que ha sido desatado.

6. Nosotros creyentes necesitamos esta valentía para luchar contra el mal; contra todas las formas del mal. En particular en la mentira que acompaña siempre al desprecio del hombre. Cristo Rey penetra en nuestras cautividades para romper las cadenas que nos mantienen prisioneros. Así, ya, ahora, somos libres, viviendo en este mundo sin ser del mundo. Somos libres con aquella libertad que nos hace relativizar la naturaleza de las esclavitudes y de las contingencias actuales, porque sabemos que sólo dependemos de Dios y de aquel que se sienta a su derecha, el Rey de Reyes.

Antonio Díaz Tortajada

Jesucristo, Rey de la verdad

1.- ¿Habéis visto alguna vez por las calles de Madrid –o de otra gran ciudad—alguna manifestación exigiendo, con grandes pancartas el derecho del hombre a la Verdad? Se reivindican muchas cosas, se exige justicia, pero nunca se exige verdad.

–¿Será porque ya nos hemos convencido de que es imposible abrirse paso hacia la verdad por la selva de medias-verdades de la televisión, la radio o los periódicos?

–¿Será porque estamos seguros de que nunca sabremos la verdad de los convenios entre partidos políticos, ni la verdad de los grandes escándalos públicos?

–¿Será por que ya nosotros mismos no vivimos en la plena verdad en nuestra vida privada y religiosa?

2. – Jesucristo es testigo fiel y no ha venido al mundo para otra cosa que dar testimonio de la verdad. Y todo el que es del “partido” de la verdad escucha su voz.

* a) Jesucristo, Rey de la Verdad, viene a desenmascarar nuestra media-verdad sobre el cumplimiento de los mandamientos. La única ley de su Reino es el amor, amor que está sobre toda la ley, que es más exigente que toda ley, que va más allá de toda ley. Amor que da sentido a los mandamientos.

* b) Jesucristo, Rey de la Verdad; desenmascara nuestra escala de valores en cuyo último peldaño ponemos la felicidad, el bienestar, el dinero, el poder… Y nos dice que es el amor hecho servicio a los demás el único valor verdadero y la única felicidad que no es tener lo que satisface al corazón humano, sino el dar y darse a los pequeños y necesitados.

* c) Jesucristo Rey de Verdad arremete contra la falsedad de ese muro que hemos levantado en la humanidad entre los nuestros y los otros, los buenos y los malos, los santos y los pecadores y nos dice que los Zaqueos y las prostitutas están más cerca del Reino, que los que los ponemos a ellos al otro lado del muro, entre los enemigos de Dios. Y que en su Reino no hay mas que un NUESTRO universal que abraza a todos los hombres, porque todos, “buenos y malos”, somos hijos de un mismo Padre. O si queréis, pues que todos somos igualmente malos y pecadores, y con todo nuestro Padre Dios nos ama por igual.

* d) Jesucristo, Rey de la Verdad, hasta nos dice que nuestra idea de Dios está equivocada, porque Dios no anda volando por los cielos, sino que se pasea por nuestras calles, que está en esa viuda que toma café con nosotros y nos cuenta sus penas, en ese pobre inválido que pasa junto a nosotros en su carrito de ruedas, en ese gamberro que pasa molestándonos a todos, porque nunca le enseñaron a trabajar, ni tiene trabajo. Y la verdad de ese Dios callejero nos molesta a todos, pero es la verdad que el Hijo de Dios, que sabe todos los misterios del Dios eterno, ha venido a enseñarnos, que no nos engañemos con medias mentiras, que si no amamos al hermano a quien vemos, al Dios que no vemos ciertamente no le amamos.

3.- Jesucristo Rey de la Verdad fue condenado por el representante del poder romano, el mayor poder del mundo entero en su tiempo, por enseñar la verdad.

Hagámonos miembros del partido de Jesucristo Rey, amando Su verdad y tratando de vivir en ella, aunque nos condenen los poderes humanos.

José María Maruri SJ

Quiero vivir en tu Reino

1.- Jesús predicó el Reino. En el evangelio podemos encontrar diez parábolas que nos hablan del Reino de Dios. Es como un grano de mostaza que va creciendo día a día, está dentro de nosotros, todos somos invitados a participar en él…. Hoy día diríamos que es la civilización del amor a la que se refería Pablo VI. Porque el Reino «no es de este mundo», pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el «ya, pero todavía no». Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es el último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero El lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde. En este sentido, San Agustín recuerda que «no dice que su Reino no está en este mundo, sino no es de este mundo. No dice que su Reino no está aquí, sino no es de aquí». Consecuencia: hemos de trabajar para construir el Reino ya en este mundo, y esto significa establecer unas condiciones de vida en las que reine la justicia, la paz y la fraternidad. Mientras esto no se consiga, todavía no podemos estar contentos. No debemos huir del mundo, sino implicarnos en su transformación aquí y ahora, sin esperar a que llegue pasivamente el «Reino de los cielos».

2.- Aunque la fiesta de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI en 1925 para luchar contra la sociedad laicista y exaltar la primacía de Jesucristo, fue muchas veces mal entendida. Desde hace unos años se trasladó su celebración del último domingo de octubre al último domingo del Año Litúrgico, para significar la culminación de nuestra salvación. ¿Tiene sentido celebrar hoy esta fiesta? Por supuesto que sí, porque lo que queremos celebrar es que Jesucristo debe ser lo más importante de nuestra vida, debe reinar en nuestro corazón. Sólo así le seguiremos con todas nuestras fuerzas y podremos gozar de su amor. Un rey existe para servir a su pueblo, el espíritu de servicio a la comunidad es lo que justifica su ser. Así lo hizo Jesús, que tuvo como trono la cruz, como cetro una simple caña, como manto una ridícula túnica de color púrpura y coronó su cabeza con una corona de espinas. ¿Podía ser Él el rey de los judíos? Indudablemente, su reino no era de este mundo, pero sí para este mundo. El escepticismo de Pilato ante la verdad coincide con el agnosticismo que muchos dicen profesar en nuestro tiempo. ¿Es que es imposible encontrar la verdad? Sin embargo, la verdad se encuentra dentro de ti, como testimonió el gran buscador de la verdad Agustín de Hipona. No te desparrames, entra en ti mismo y la encontrarás. La Verdad es el propio Jesucristo, deja que El ilumine tu oscuridad y se disiparán todas tus dudas.

3.- También nosotros somos «reyes» por la consagración que hemos recibido al ser ungidos con el santo crisma en el Bautismo. ¿Somos conscientes de esta dignidad y de este compromiso? Se nos pide que vivamos según la dignidad que debe tener un rey, pero al mismo tiempo se nos exige dar nuestra vida, servir a todos como lo hizo el «rey de reyes».

Hoy quiero seguir a Jesucristo, el Príncipe de la Paz, defensor del Pueblo, luchador en favor del hombre, la fuente de agua viva, el camino, la mesa del hambriento, el consuelo de los tristes y esperanza de los angustiados; Quiero ser con Jesús el Amor entregado, quiero vivir en su Reino, el reino del sí a Dios, el Reino del sí al hombre, el Reino de la comunión de vida con Dios, el Reino de la solidaridad.

José María Martín OSA

Testigos de la verdad

El juicio tiene lugar en el palacio donde reside el prefecto romano cuando acude a Jerusalén. Acaba de amanecer. Pilato ocupa la sede desde la que dicta sus sentencias. Jesús comparece maniatado, como un delincuente. Allí están, frente a frente, el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios.

A Pilato le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: «Con que, ¿tú eres rey?». Jesús es muy claro: «Mi reino no es de este mundo». No pertenece a ningún sistema injusto de este mundo. No pretende ocupar ningún trono. No busca poder ni riqueza.

Pero no le oculta la verdad: «Soy rey». Ha venido a este mundo a introducir verdad. Si su reino fuera de este mundo tendría «guardias» que lucharían por él con armas. Pero sus seguidores no son «legionarios», sino «discípulos» que escuchan su mensaje y se dedican a poner verdad, justicia y amor en el mundo.

El reino de Jesús no es el de Pilato. El prefecto vive para extraer las riquezas de los pueblos y conducirlas a Roma. Jesús vive «para ser testigo de la verdad». Su vida es todo un desafío: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato no es de la verdad. No escucha la voz de Jesús. Dentro de unas horas intentará apagarla para siempre.

El seguidor de Jesús no es «guardián» de la verdad, sino «testigo». Su quehacer no es disputar, combatir y derrotar a los adversarios, sino vivir la verdad del evangelio y comunicar la experiencia de Jesús, que está cambiando su vida.

El cristiano tampoco es «propietario» de la verdad, sino testigo. No impone su doctrina, no controla la fe de los demás, no pretende tener razón en todo. Vive convirtiéndose a Jesús, contagia la atracción que siente por él, ayuda a mirar hacia el evangelio, pone en todas partes la verdad de Jesús. La Iglesia atraerá a la gente cuando vean que nuestro rostro se parece al de Jesús, y que nuestra vida recuerda a la suya.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXXIII de Tiempo Ordinario

En nuestro lenguaje corriente se habla a veces de “trampa saducea”; hoy vemos el fundamento de esa expresión: unos saduceos, para afianzarse en su falta de fe en otra vida y “protegerse” del anuncio de Jesús, le ponen a prueba mediante una consideración que, de entrada, tiene su lógica. Los saduceos de la época de Jesús constituían ante todo la clase sacerdotal alta; eran el estrato social relativamente acomodado en la Palestina del momento. La instalación en el poder y en el dinero no son la mejor predisposición para acoger el mensaje de Jesús; de hecho no se ha conservado ninguna anécdota evangélica en la que Jesús se entienda con algún saduceo; con los fariseos la historia es mucho más variada.

En conjunto el pasaje deja claro que el matrimonio es una institución para este mundo, una mediación; y que no tendrá sentido o cometido en la futura gran fraternidad celestial. San Pablo, en una época en que aún se contaba con el fin del mundo muy próximo, exhortaba a no casarse, con el sencillo argumento de que “la apariencia de este mundo pasa” (1Cor 7,31). Hoy, naturalmente, vemos las cosas de otro modo; la historia se prolonga, la especie humana se perpetúa, y es preciso vivir en la normalidad de lo sanamente “mundano”, las instituciones del más acá. Incluso podríamos decir más: hay que tomar muy en serio la mediación eclesial y social del matrimonio; necesitamos de ese peculiar laboratorio de amor y entrega, que sirva de ejemplo y estimule al conjunto de la sociedad a sanear las relaciones humanas en sus múltiples manifestaciones.

La última indicación de Jesús puede constituir también una llamada –o quizá un reproche- a ciertos tipos, un tanto rudimentarios, de vida cristiana. ¿No es cierto que a veces convertimos a Dios en el “Dios de los muertos”? ¿No sigue habiendo creyentes (¿?) que se acercan a la iglesia o hacen algo de oración sólo cuando la muerte ronda o ha rondado su casa? Esto no es malo, pero es un uso reductivo de lo religioso; Jesús les recordaría aquello de que “conviene hacer esto, pero sin descuidar lo otro” (Mt 23,23).

Otros, quizá menos “creyentes”, ven en Dios al aguafiestas, que sólo sabe poner trabas y “desvitalizar”. Tampoco es este el Dios de Jesús, que “vino para que tengamos vida y la tengamos abundante” (Jn 10,10). Y Jesús no relega esa vida al mero más allá: él asiste a fiestas, invita a contemplar gozosamente las flores y las aves, participa en todos los banquetes a que le invitan; sencillamente, ama la vida; algunos oponentes hasta le llamarán “vividor” (=“comilón y borracho”).

Tal vez lo principal del evangelio de hoy sea el marco en que Jesús incluye su enseñanza: existen corazones endurecidos, muy satisfechos con una fe cómoda y chata, y propensos a “protegerse” frente a lo nuevo que Jesús pueda aportar o pedir. ¡Alerta!

Ciudad Redonda