Comentario – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

Hoy proclamamos a Cristo Rey en toda la Iglesia. Y, sin embargo, él rehusó ser proclamado rey en vida, como si semejante intento fuese una instigación diabólica y un modo de obstaculizar su misión en el mundo. Es la escena que sigue a la multiplicación de los panes. Tras semejante prodigio, la multitud quiso proclamarlo rey, pero él se alejó al monte haciendo vanos tales propósitos. Y no hizo esto por falsa modestia, sino porque no había venido a ocupar semejante trono, ni a desempeñar este oficio.

No obstante, en su diálogo con Pilato, gobernador de Judea, declara ser rey, después de haber precisado que su reino no es de este mundo; añadiendo a continuación que él ha nacido para ser testigo de la verdad, como queriendo decir que su modo de ser rey es dar testimonio de la verdad, de modo que la verdad pueda regir las vidas de los que se le someten. Y da testimonio de la verdad dándonos a conocer lo que ha oído a su Padre: manifestándonos los planes de Dios para con nosotros. Pertenecer a su reino o tenerle por Rey es, por tanto, escuchar su voz o dar crédito a la Verdad de la que él es testigo.

Pero este acto de fe debe ser necesariamente un acto libre y voluntario; nunca un vasallaje arrancado con violencia o mediante coacción. Los súbditos de Cristo Rey han de ser, por consiguiente, personas que se han dejado persuadir por la fuerza misma de su palabra y de sus obras (=su verdad), por la fuerza de convicción de su amor. Luego personas convencidas, no vencidas. Ninguna expresión violenta tiene nada que ver en absoluto con este Rey y con este Reino que, no siendo de este mundo, ha entrado y ha empezado a germinar en este mundo.

A lo largo de la historia ha habido intentos (teocráticos) de implantar o anticipar un reino cristiano con la fuerza de las armas, pero tales intentos se han revelado equivocados. No es éste el estilo de Jesús. Y su reino no tiene que ver sólo con el fin, sino también con los medios. Los medios empleados para su implantación también configuran el tipo de reino. Y Jesús, el que instó a Pedro a enfundar otra vez la espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere, ha decidido reinar desde un trono singular, ha decidido reinar desde la cruz. En la cruz muere por la verdad y da testimonio de ella. Se trata de la verdad del amor que salva, una verdad en la que se pone de manifiesto, por un lado, la impotencia del que está clavado por amor, y por otro, la potencia de ese mismo amor que se irradia desde la cruz.

Por eso, la cruz es trono, aunque no es sólo por ser cruz, o patíbulo de condenados a muerte, sino también por ser trampolín de vida, es decir, por ir acompañada de la resurrección, que hace de la cruz una cruz triunfante. El amor del Omnipotente clavado en la cruz por amor al hombre acaba conquistando los corazones y doblegando las voluntades de los hombres. Es el amor que hace mártires, vírgenes, hijos, amigos. Es el amor que hace aliados dispuestos a derramar su sangre por él, un amor, por tanto, que gobierna lo más íntimo e ingobernable del ser humano. Y la resurrección es la expresión del poder que triunfa o que se impone sin herir, sin matar, sin coaccionar. Es como la luz que vence la tiniebla y enfrenta al ciego con la realidad ya iluminada.

El reinado de Cristo tiene una dimensión humilde y escondida. Es la semilla que va germinando en el interior de cada corazón (el grano de mostaza); pero tiene también una dimensión gloriosa y escatológica, que viene descrita en numerosos pasajes de la Escritura, como el libro de Daniel (7, 13-14) que habla de una especie de hombre que viene entre las nubes del cielo, al que se le da poder, honor y reinoel servicio de pueblos, lenguas y naciones: un reino que no cesará, un reino eterno.

Proclamar a Cristo Rey es, por tanto, reconocer su señorío sobre nosotros, sentirnos sus vasallos incondicionales, entregarle nuestra voluntad, desear hacer cuanto él nos pida o renunciar a lo que él nos pida, amarle por encima de todo, desear que el mundo entero conozca y reconozca su reinado, es decir, que los gobiernos, las leyes, las relaciones laborales, la economía… se impregnen de su verdad y bondad; que las costumbres humanas, las culturas, los deportes, los pasatiempos… estén regidos por sus leyes y consignas.

La experiencia personal y colectiva nos dice que esto no es nada fácil. Ni siquiera los que le proclamamos Rey y deseamos que el mundo entero lo haga, nos sometemos del todo a él: nuestros instintos, sentimientos, voluntades y pensamientos se resisten a entregarse por entero. ¡Cuánto más se resistirán los que no reconocen el testimonio de su verdad y de su amor! Si comprendiéramos el abismo del amor de Dios que nos ha amado hasta el punto de entregarnos a su propio Hijo, si apreciáramos el valor de este acto de entrega… Con todo, y a pesar de nuestras resistencias, Cristo acabará siendo reconocido como Rey eterno por todos los salvados cuando Dios sea todo en todos. Pues su reino no tendrá fin. Vivamos en la esperanza de poder gozar algún día de los bienes del que nos ha convertido en un reino y hechos sacerdotes de Dios, su Padre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística