El misterio de una realeza

1. – El origen histórico de la fiesta de Cristo Rey es un poco turbio. Originalmente la Iglesia celebraba, hasta 1921, la realeza y señorío de Cristo el domingo de Ramos. En 1921 las monarquías europeas que, al finalizar la primera guerra mundial, se estaban viniendo abajo, pidieron al Papa Pío XI una celebración religiosa que apoyara la idea monárquica. Pío XI accedió creando la fiesta litúrgica de Cristo Rey; se trata, pues, de una liturgia de reciente creación, si tomamos en cuanta los dos mil años de historia de la comunidad cristiana. Haya sido cual haya sido el origen concreto de la fiesta litúrgica, la celebración y liturgia de este domingo tiene sentido teológico para la comunidad cristiana. Los textos de la Palabra de Dios, que hoy se nos han proclamado, nos ayudan a comprender la profundidad de este misterio.

2.- El libro de Daniel es un libro apocalíptico que debe ser leído con atención y método especiales. Dado que la simbología es una de las características de esta literatura, es importante que no descuidemos este aspecto a fin de recibir adecuadamente el mensaje que contiene. Por lo pronto, hemos de cuidarnos de no tomarlo al pie de la letra, pues de lo contrario corremos el riesgo de caer en los errores ya cometidos durante muchas ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia.

El autor nos hace ver la historia como algo, que como todo lo de este mundo, tuvo un comienzo y, por eso, necesariamente tendrá un fin. El concepto bíblico de la historia es lineal, por tanto no se repite. Cada acontecimiento es único e irrepetible. Por eso la existencia en este mundo es finita. Y aunque lo que nos refiere el libro tiene que ver con acontecimientos históricos de su tiempo, su mensaje trasciende la historia y se nos ofrece como un estímulo para vivir, en la esperanza, la certeza de la fe de que Dios triunfa, si no ya en la historia, sí más allá de ella, tras el fin del mundo.

Este es el mensaje central de este libro del Antiguo Testamento. Frente a la coronación de un enemigo del pueblo judío, el autor nos presenta otra entronización en un lugar entre el cielo y la tierra, la morada trascendente de Dios y su corte celestial. Quien es entronizado es uno como “hijo de hombre”, un sumo sacerdote y rey celeste, a la vez del cual se dice que recibió la soberanía, la gloria y el reino, posee un poder eterno y su reino jamás será destruido y todo esto, sobre todas las naciones.

3.- Otro libro apocalíptico, que hoy hemos escuchado es el que entre los del Nuevo Testamento, se conoce precisamente como Apocalipsis del apóstol san Juan. Una obra que no se distingue de los otros en su forma literaria, pero sí en su contenido, pues en él se revela específicamente una persona y su actuación salvífica en la historia. Esta persona es Jesucristo como Señor de la historia: El que es, el que era y que viene. Él es la fuerza y la liberación como presencia cercana y activa para los fieles creyentes. Entre otros títulos que nos da el texto, está el de soberano de todos los reyes de la tierra. Este título, en su tiempo, debió haber sonado con una gran carga política, pues se afirma que Él está también sobre el César, el emperador romano a quien se obligaba a los cristianos rendirle el culto sólo debido a Dios. Al denominarlo como primogénito de los muertos, el autor indica la victoria de Cristo sobre la muerte, que es también la de los cristianos perseguidos.

4. – Qué escena tan sorprendente nos presenta el Evangelio: dos hombres, uno frente al otro, Pilato y Jesús, el representante del César y el humilde carpintero de Nazaret. El primero es un gobernador romano, hombre poderoso que puede juzgar, poner en libertad o condenar. El otro, Jesús, ha sido entregado como un agitador, un desestabilizador del orden público. Pilato tiene prácticamente todos los poderes, mientras que Jesús ha sido ya maltratado, humillado, puesto en situación de inferioridad. Sorprendente diálogo. Aún, hoy día, nos sigue desconcertando, como ayer desconcertó a Pilato. Jesús se confiesa Rey, pero no es Él quien pronuncia esta palabra, sino su acusador. Jesús no revela ni su identidad ni la naturaleza de su reinado. Simplemente dice que su reino no es de este mundo. “¿Entonces, tú eres Rey?” insiste Pilato. “Tú lo has dicho”, le responde Jesús. Pero no afirma nada de su poder, al contrario, se muestra sin poder: Nadie ha luchado por él, ningún ejército lo ha defendido, se encuentra absolutamente solo: Solo, es verdad, pero no vencido. Sorprendente diálogo, porque aquél que lo encabeza no es el acusador, sino el acusado. Es el acusado quien, a partir de un proceso superficial y banal, va a llevar al acusador a la pregunta más importante, a la única pregunta que, en definitiva, cuenta: “¿Qué es la verdad?”Jesús obliga a Pilato a que se cuestione vitalmente, en lo más profundo de sí mismo, sobre la búsqueda de la verdad: ¿Qué sentido dar no sólo a la historia humana, sino a la nuestra personal, es decir, a nuestra vida?

5. – En el “cara a cara” de Jesús con Pilato, hay algo del nuestra historia con Jesús. De la misma manera que había inducido a Pilato a interrogarse sobre la verdad, nos mueve a preguntarnos: ¿Creemos en la verdad de Jesús? ¿Creemos que Cristo Rey es un rey crucificado, el cual aceptó pagar un alto y costoso precio por los pecadores de su tiempo y del nuestro, por sus verdugos, por los mentirosos, los asesinos, los odiados? ¿Reconocemos en Jesús a aquél que da testimonio de la Verdad? Más aún: ¿Cuál, quién, cómo es esta Verdad tan insoportable por la que Pilato y los Sumos Sacerdotes han querido hacer callar a aquél que la testimonia y la encarna? Es la Verdad de lo que es Dios. Dios es amor. Dios no quiere usar la fuerza contra el hombre. El prefiere padecer la violencia, en lugar de aplicarla a los otros. Eso significa que ningún poder –ni siquiera el poder político– se puede justificar por la propia violencia. La Biblia nos enseña mucho sobre la violencia: La violencia que nace de la desconfianza y de la sospecha, así como aquella que nace de la arrogancia y del orgullo. La primera se remonta a la generación de Adán y de Caín, cuando la sospecha conduce al aislamiento, éste al miedo y el miedo al homicidio. La segunda corresponde a la generación del diluvio y de Babel, cuando la humanidad se descompone en una exorbitante codicia. Esta segunda violencia está menos oculta que la primera: Ella ambiciona, se ampara, provoca, domina. Es una violencia que no soporta ningún tipo de oposición. Lo quiere todo y lo quiere inmediatamente.

Es la violencia de nuestros días, la que reviste la máscara de la intransigencia. La violencia de aquellos que pretenden dominar los espíritus y las conciencias, o peor aún, corromperlos. La violencia de todo el que pretende presionar sobre las decisiones personales de los demás. Ante la situación actual, hay que recordar la importancia de una virtud que no está de moda: La paciencia. Es la más activa de las fuerzas del amor. Alguien decía que la paciencia es un fuego ciertamente sin llamas, pero también, sin cenizas. La paciencia es la otra palabra a la que el autor de la carta a los Hebreos llama perseverancia. La paciencia consiste en tomarse el tiempo de desatar lo que ha sido mal atado, y de atar de nuevo lo que ha sido desatado.

6. Nosotros creyentes necesitamos esta valentía para luchar contra el mal; contra todas las formas del mal. En particular en la mentira que acompaña siempre al desprecio del hombre. Cristo Rey penetra en nuestras cautividades para romper las cadenas que nos mantienen prisioneros. Así, ya, ahora, somos libres, viviendo en este mundo sin ser del mundo. Somos libres con aquella libertad que nos hace relativizar la naturaleza de las esclavitudes y de las contingencias actuales, porque sabemos que sólo dependemos de Dios y de aquel que se sienta a su derecha, el Rey de Reyes.

Antonio Díaz Tortajada