Un Rey sin soldados

1.- «Yo vi, en una visión nocturna, venir una especie de hombre entre las nubes del cielo» (Dn 7, 13) El profeta Daniel narra una de sus maravillosas visiones. Después de haber contemplado el triunfo y la ruina de las cuatro bestias, símbolos de cuatro reyes, nos habla de un quinto personaje. Ahora no tiene la forma de león ni de oso, ni de leopardo, ni de horrible animal con dientes de hierro. Ahora, ese quinto rey, el definitivo, el que reinará sobre cielos y tierras, tiene la figura sencilla de un hombre.

Aquellas bestias venían del mar, este Hijo del hombre llega sobre las nubes del cielo. Es difícil comprender a fondo el sentido de estos símbolos, de este lenguaje literario apocalíptico. Pero una cosa es cierta. En esta humilde figura de hombre ve el profeta al Rey del Universo, Dios mismo que baja hasta la humildad de la naturaleza humana y se hace uno más entre la muchedumbre de todos los hombres.

Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre. Así se presentaba él mismo ante la gente de su tiempo. Un humilde carpintero, un sencillo hombre de pueblo que tenía callos en las manos, la piel curtida por el viento y el sol. Un hombre recio que usaba palabras llanas, un hombre que hablaba con fuerza persuasiva de una nueva doctrina, hecha de rebeldía contra la mentira y cargada de amor a los pobres. Y de confianza heroica en el poder y la bondad de Dios.

«A él, se le dio el poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno, no cesará. Su reino no acabará» (Dn 7, 14) Nos sigue narrando el vidente que ese Hijo del hombre avanzó hacia el trono del Anciano. El de vestiduras cándidas como la nieve, el de cabellos como blanca lana, el del trono llameante, al que le sirven millones y le asisten millares y millares… Siguen unas palabras extrañas; palabras cargadas de un contenido hondo con un sentido más allá de lo que a primera vista se intuye. Son una letanía de palabras mágicas que despiertan en el espíritu del hombre religioso algo muy profundo y difícil de explicar.

Es el anuncio del Reino mesiánico, el Reino definitivo. Poder, honor y gloria al Rey, a Cristo. Cristo Rey, reinando por siempre, permaneciendo en su trono, mientras los demás reyes se quitan y se ponen. Reyes pasajeros, con unos reinos de fronteras reducidas, con una historia tantas veces de final desastroso. Cuántos grandes personajes acabaron de mala o de vulgar manera.

Cristo no. Cristo reinó ayer, reina hoy y reinará siempre… Rey de reyes, hoy nos rendimos a tus pies. Acepta el vasallaje de los hombres. También de los que no te reconocen, esos que tú has redimido con tu sangre. Reina, impera, manda. Nosotros queremos ser leales a nuestro Rey, que eres tú. Fieles vasallos de tu Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia. Reino de justicia, de amor y de paz.

2.- «El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder» (Sal 92, 1) «Señor» (Kyrios en griego) es uno de los títulos más antiguos, y más frecuentes, para denominar a Dios, o para referirse a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Con ello estamos confesando la soberanía absoluta, que Dios tiene sobre todo cuanto existe, y que sólo a él corresponde de modo propio y adecuado.

Los demás señores lo son solamente a medias, de forma relativa y parcial, por muy alto que sea el cargo que ostenten, o por mucho poder y riqueza que posean. Con razón decía Jesús a Pilato que no tendría ningún poder sobre él si no se le hubiera dado de lo alto.

Pensemos hoy un poco en esta realidad maravillosa, en la grandeza suma de nuestro Dios y Señor. Fomentemos en lo más profundo de nuestro ser sentimientos de adoración ferviente, deseos de servir con alma y vida a nuestro auténtico Rey.

“Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno…» (Sal 92, 2) Todos los señores de la tierra terminan por dejar de serlo, todos los reyes del mundo tienen que ceder un día, de grado o por fuerza, sus coronas y sus cetros. Apenas si muere el rey, cuando ya se aclama al sucesor exclamando, como si nada hubiera ocurrido, ¡viva el rey!

Con Cristo Jesús no ocurre así. Él es un Rey eterno que nunca jamás será destronado. Habrá, de momento, quienes lo rechacen, o quienes lo desprecien. Pero por mucho que hagan no podrán menoscabar en lo más mínimo su gloria y su grandeza.

En oposición a esos infelices que no son capaces de ver la majestad infinita de nuestro Rey, adorémosle nosotros con rendido vasallaje, acatemos su poder y su ley, suframos lo que sea preciso por serle fieles. Estemos persuadidos de que si padecemos con él, con él también triunfaremos.

3.- «A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra…» (Ap 1, 5) Una vez más termina el año litúrgico, y una vez más la fiesta de Cristo Rey es como el broche de oro que cierra un año que termina… Cristo Rey en la cima del tiempo, en la cumbre de la creación… Cristo como la esperanza suma de todos los hombres, la fortaleza de cuantos luchan contra el mal, el gozo y la alegría de cuantos han dicho que sí a las exigencias de Dios.

Toda la gloria y el poder le pertenecen a nuestro Señor y Rey, a él que es el vencedor por todos los siglos del maligno; a él que nos da la vida que no sabe de muerte. Él nos amó, nos ha liberado -única y real liberación- de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.

Somos súbditos del más grande Rey que ha existido, existe y existirá. Pertenecemos al Reinado de Cristo, y como súbditos de tal Rey nos hemos de comportar. Su Reino no es de este mundo, es decir, no tiene nada que ver con lo que sea malo, con lo que de alguna manera es indigno. En su Reino no hay odios, ni mentiras, ni egoísmo, ni lascivia. Por eso hemos de rechazar con decisión y energía cuanto haya en nosotros de rencor, de amor propio, de libídine, de falsedad o hipocresía.

«Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (Ap 1, 8) ¡Mirad! Él viene en las nubes -exclama el vidente de la isla de Patmos-. Exclamación que debía resultar un tanto extraña a los hombres del siglo I que no sabían todavía lo que era atravesar los aires y volar sobre las nubes. Y, sin embargo, la fe hizo el prodigio de que aquellos creyeran y esperaran que un día vendría Cristo por los caminos del aire, el Amado, con todo su esplendor y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos, a ejercitar el poder judicial y el ejecutivo que como Rey universal le compete.

También nosotros hemos de creer con toda la mente y con todo el corazón que un día llegará nuestro Rey, Cristo Jesús. Y movidos por esa esperanza hemos de vivir siempre fieles nuestro compromiso de amor, siempre fieles a las promesas del Bautismo. Si vivimos así, nada nos asustará. Nada, ni la suprema catástrofe del fin del mundo. Entonces, en medio de la prueba, nos fortalecerá nuestra firme creencia en la llegada inmediata de Cristo, nuestro Rey de amor y de paz.

4.- «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18, 33) Los judíos habían decidido dar muerte a Jesús. La gente del pueblo, sin embargo, las almas sencillas que intuyen las cosas de Dios, habían aclamado con palmas y vítores como Rey mesiánico a aquel hombre de origen oscuro que procedía de Nazaret. Había organizado espontáneamente una entrada triunfal en la que, como dijo el profeta Zacarías, el Mesías entraba majestuoso y pacífico, montado sobre un asno, a la usanza de los antiguos reyes y nobles de Israel. El entusiasmo de la muchedumbre colmó la envidia y los celos de escribas y fariseos. Estaba decidido, aquel hombre tenía que morir.

Ayudados por la traición de Judas, consiguieron apresarle. Aquel que fue poderoso, en palabras y en obras, quedó de pronto sin fuerza ni resistencia alguna. El que fue capaz de arrojar, solo contra todos, a los mercaderes del templo, aparecía inesperadamente desarmado, inerme y abandonado. Sin embargo, entonces empezó la última batalla del gran Rey en la que dando su vida vencía a la muerte y destronaba al Príncipe de este mundo, alcanzando para todos la salvación eterna.

Aunque decidieron su muerte, ellos no podían ejecutar la pena capital. El poder de Roma, bajo el que vivían sometidos, les imponía ciertas limitaciones, entre las cuales estaba la de no tener el «ius gladii», o poder para aplicar la pena de muerte. Por eso acuden a Pilato para que crucifique a Jesús. A fin de conseguir su propósito recurrieron a todos los medios a su alcance, incluida la mentira y la calumnia.

Pilato acabó cediendo a las presiones y amenazas de los judíos. No obstante, hay que reconocer que procuró salvar a Jesús de la muerte. Con esa intención preguntó al reo si era cierto que fuese rey. Jesús, que antes se había opuesto a que lo proclamaran como rey, se confiesa abiertamente como tal ahora, cuando de sus palabras podía depender su crucifixión. El Señor contesta que sí, que él es rey, que para eso ha venido y para eso ha nacido. Pero aclara que su Reino no es de este mundo, pues si lo fuera ya habrían llegado sus soldados a defenderle. Pero en su Reino no hay soldados: no se implanta con la violencia de las armas que matan, sino con la fuerza del amor que vivifica.

Reino de Cristo, Reino trascendente y sobrenatural, que no desprecia este mundo sino que lo eleva y lo redime. Reino que acoge al hombre tal cual es, pobre y limitado animal racional, y lo transforma de hombre mortal en hijo de Dios que vivirá para siempre. Cristo, nuestro Rey de amor y de verdad, nos sale una vez más al encuentro, armado de comprensión y de amables exigencias para reconquistar nuestra sumisión generosa, ese vasallaje entrañable que lleva consigo, para quien lo acepta, la felicidad y el gozo si fin.

Antonio García Moreno