La Verdad que hace libres

Es notable la insistencia del cuarto evangelio en la cuestión de la verdad. Jugando con el binomio verdad/mentira, reprocha a “los judíos” -recuérdese que, con tal expresión, este evangelio se refiere a los que no han creído en Jesús- ser “hijos del diablo, mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). Frente a ellos, Jesús es presentado como portador y mensajero de la verdad, hasta poner en su boca estas expresiones: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) y “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18,37).

En el mismo relato del proceso, Pilato lanza la pregunta fundamental: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38). Lástima que, apenas formulada, Pilato “salió fuera”, sin darle a Jesús la oportunidad de ofrecer su respuesta.

Con todo, algo tenemos claro: la verdad no es un concepto. Por lo cual, nadie puede pretender poseerla. La verdad es una con la realidad, es… lo que es. Y es también lo que somos. Esta es nuestra paradoja: no podemos apresarla, pero sin embargo la somos.

Estamos en la verdad, no cuando profesamos una creencia determinada, ni porque sostengamos un concepto concreto. Somos verdad y caemos en la cuenta de ello cuando reconocemos nuestra verdadera identidad. Eso es vivir en la verdad o, como dice el texto evangélico, “ser de la verdad”: vivir en la comprensión de lo que somos.

Al comprenderlo, por una parte, reconocemos la verdad de todos los seres, a la vez que nuestra unidad con ellos; por otra, logramos la libertad interior. Y advertimos el acierto de aquellas palabras que este evangelio pone también en boca de Jesús: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).

Realmente, nada, fuera de la comprensión, puede garantizarnos la libertad. En la ignorancia de lo que somos -incluso aunque se presuma de lo contrario-, todo es confusión, oscuridad y esclavitud a miedos y necesidades. Al comprender lo que somos, nos reconocemos a salvo y nos liberamos de los miedos que nos tiranizaban. Ciertamente, solo la verdad nos hace libres.  

¿Distingo cuando vivo en la verdad de cuando me muevo en la mentira?

Enrique Martínez Lozano

¡¡¡Venga a nosotr@s tu Reino!!!

El evangelio de este domingo, con el que se cierra el año litúrgico, nos introduce en una escena muy compleja de la vida de Jesús. El contexto en que se desarrolla es el juicio político al que fue sometido denunciado por las autoridades judías. Como podemos observar, no estamos ante un diálogo distendido entre dos iguales; es un Procurador romano frente a un acusado que debe responder y dar razón de lo que le ha llevado a esta situación.

Pilato pregunta directamente si es el rey de los judíos. Es la acusación que le ha llevado a este juicio por las mismas autoridades judías al verse incapaces de deshacerse de él.  Han politizado el término Mesías y malinterpretado a Jesús como un rebelde frente al Imperio y un traidor de su Pueblo. Jesús, en un primer momento, responde con otra pregunta a la de Pilato porque parece que ha captado la poca seriedad del Procurador frente a las acusaciones de los judíos y la incomprensión de su respuesta.

Comienza Jesús aclarando el significado del término “rey”. Y este interrogatorio da un importante giro apareciendo el mensaje central de este texto. Jesús quiere dejar claro que es rey, pero no de un reino que se apoya en el poder, en la fuerza dominadora o que se defiende con armas. El reino de Jesús no se parece en nada al imperio romano ni a otros reinos políticos y/o religiosos.

La revelación esencial de este pasaje tiene que ver con la manifestación de la existencia de dos planos en la vida: el mundo espacio-temporal y el mundo espiritual que late en la misma naturaleza humana. Dice Jesús que su Reino no es de este mundo, es decir, no está sometido a las leyes de la materia, no puede ser comprendido desde los códigos que rigen la mente humana en su lado más racional o en su versión más apegada al ego. Su reino no necesita dogmas, esoterismos y rituales que contenten a un Dios fuera de la vida, de las personas, de la historia. No necesita “soldados” que impongan su verdad; no necesita servidores elegidos que van convirtiendo a quienes desintonizan con unos principios rígidos y fanáticos para complacer a un Dios que pondrá orden en este mundo. 

No parece ser así su proyecto. Jesús es rey del mundo ya ordenado que forma parte de nuestra existencia en su espacio más profundo. Y, en la medida en que vivamos arraigados en este mundo interior, podremos reordenar el mundo visible para que el género humano ocupe su verdadero lugar desde su auténtica dignidad.

Jesús no viene a enfrentar a estos dos mundos sino a unificarlos, a darles coherencia y a integrarlos desde la Verdad. Aparece así, de nuevo, en un escrito joánico, la palabra verdad – alētheia- que Jesús considera como la razón de su ser y su misión. La verdad de la que habla Jesús no es un argumentario cargado de afirmaciones cerradas para tener razón. No se trata de poseer la verdad o estar en la verdad, de tener unos derechos sobre nadie o sobre nada.  Lejos está de este planteamiento. Jesús habla de la verdad como de una posición ante la vida, una opción de vida: vivir en la verdad es buscar la verdadera esencia que somos, nuestra posibilidad de plenitud, nuestras raíces más profundas, conectarnos a ese Reino que saca a la luz la bondad humana como imagen de la bondad Divina.

Termina esta escena con unas palabras de Jesús que parecen ser una llamada a conectar con esa verdad que se va revelando al escuchar su voz. Su voz es siempre la expresión de un ser que supera el poder a base de servicio, la ambición transformada en compartir la propia vida y la idolatría haciendo visible a un Dios que es liberación y luz en el núcleo más esencial de nuestro ser. Su voz es la voz de las Bienaventuranzas que podrían ser la verdadera revolución en este mundo. ¿No echamos de menos en algunos ámbitos sociales y eclesiales la limpieza de corazón, la honestidad, la justicia, la paz, la sanación, la lealtad, la solidaridad, la empatía, el perdón, la igualdad de derechos en el género humano y de sus géneros, así como el cuidado real de los más desfavorecidos de nuestro mundo?

En esta fiesta de Cristo Rey, quiero unirme a la oración cristiana más auténtica y expresar de corazón ¡¡¡VENGA A NOSOTR@S TU REINO!!!

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Rosario Ramos

II Vísperas – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritus rebeldes,
y haz que encuentren
rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Se sentará para siempre sobre el trono de David y sobre su reino. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Se sentará para siempre sobre el trono de David y sobre su reino. Aleluya.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. En la capa y en el muslo lleva escrito un título, «Rey de reyes y Señor de señores.» A él corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En la capa y en el muslo lleva escrito un título, «Rey de reyes y Señor de señores.» A él corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

LECTURA: 1Co 15, 25-28

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies. Pero, al decir que lo ha sometido todo, es evidente que excluye al que le ha sometido todo. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.
V/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.

R/ Centro de rectitud es tu cetro real.
V/ Permanecerá para siempre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra,» dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra,» dice el Señor.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo Rey, que es anterior a todo, y en quien todo se mantiene unido, y pidamos:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Cristo, rey y pastor nuestro, congrega a tus ovejas de entre los pueblos
— y apaciéntalas en ricos pastizales y en fértiles dehesas.

Guía y salvador nuestro, reúne a todos los hombres en un solo pueblo; cura a los enfermos, busca a los que se han perdido, guarda a los fuertes,
— llama a los alejados, recoge a los descarriados, alienta los desanimados.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Juez eterno, cuando devuelvas a Dios Padre tu reino, ponnos a tu derecha,
— y haz que heredemos el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo.

Heredero de las naciones, haz entrar a la humanidad, con todo lo bueno que tiene, en el reino de tu Iglesia, que el Padre ha puesto en tus manos,
— para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcamos como nuestra cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y el primer resucitado de entre ellos,
— admite a los difuntos en la gloria de tu reino.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Tú has nacido para ser Rey

Es muy importante que tengamos una pequeña idea del momento y del motivo por el que se instituyó esta fiesta. Fue Pío XI en 1925, cuando la Iglesia estaba perdiendo su poder y su prestigio acosada por la modernidad. Con esta fiesta se intentó recuperar el terreno perdido ante un mundo secular, laicista y descreído. En la encíclica se dan las razones para instituir la fiesta: “recuperar el reinado de Cristo y de su Iglesia”. Para un Papa de aquella época, era inaceptable que las naciones hicieran sus leyes al margen de la Iglesia.

Ha sido para mí una gran alegría y esperanza el descubrir en una homilía sobre esta fiesta del papa Francisco, una visión mucho más de acuerdo con el evangelio. Pío XI habla de recuperar el poder de Cristo y de su Iglesia. El papa Francisco habla, una y otra vez, de Jesús y su Iglesia poniéndose al servicio de los más desfavorecidos. No se trata de un cambio de lenguaje sino de la superación de la idea de poder en el que la Iglesia ha vivido durante tantos siglos. El cambio debía ser aceptado y promovido por todos los cristianos.

El contexto del evangelio, que hemos leído, es el proceso ante Pilato, a continuación de las negaciones de Pedro, donde queda claro que Pedro ni fue rey de sí mismo ni fue sincero. Es muy poco probable que el diálogo sea histórico, pero nos está transmitiendo lo que una comunidad muy avanzada de finales del s. I pensaba sobre Jesús. Dos breves frases puestas en boca de Jesús nos pueden dar la pauta de reflexión: “mi Reino no es de este mundo” y “yo para eso he venido, para ser testigo de la verdad”.

¿Qué significa un Reino que no es de este mundo? Se trata de una expresión que no podemos “comprender” porque todos los conceptos que podemos utilizar son de este mundo. ¿En qué estamos pensando los cristianos cuando, después de estas palabras, nombramos a Cristo rey, no solo del mundo sino del universo? Con el evangelio en la mano es muy difícil justificar el poder absoluto que la Iglesia ha ejercido durante siglos.

Tal vez encontremos una pista en la otra frase: “he venido para ser testigo de la verdad”. Pero solo si no entendemos la verdad como verdad lógica (adecuación de una formulación racional a la realidad) sino entendiéndola como verdad ontológica, es decir, como la adecuación de un ser a lo que debe ser según su naturaleza. Jesús siendo auténtico, siendo verdad, es verdadero Rey. Pero lo que le pide su verdadero ser (Dios) es ponerse al servicio de todo aquel que le necesite, no imponer nada a los demás.

No se trata de morir por defender una doctrina. Se trata de morir por el hombre. Se trata de dar testimonio de lo que es el hombre en su verdadera realidad. El “Hijo de hombre” (único título que Jesús se aplica a sí mismo), nos da la clave para entender lo que pensaba de sí mismo. Se considera el hombre auténtico, el modelo de hombre, el hombre acabado, el hombre verdad. Su intención es que todos lleguen a identificarse con él. Jesús es la referencia para el que quiera manifestar la verdadera calidad humana.

Pilato saca afuera a Jesús, después de ser azotado, y dice a la multitud: “Este es el hombre”. Jesús no solo es el modelo de hombre y exige a sus seguidores que respondan al modelo que vean en él. Jesús dice soy rey, no dice soy el rey. Indicando así que todo el que se identifique con él será también rey. Esa es la meta que Dios quiere para todos los seres humanos. Rey de poder solo puede haber uno. Reyes servidores debemos ser todos. No se trata de que un hombre reine sobre otro, sino de un Reino donde todos se sientan reyes.

Cuando los hebreos (nómadas) entran en contacto con la gente que vivía en ciudades, descubren las ventajas de aquella estructura social y piden a Dios un rey. Los profetas lo interpretaron como una traición (el único rey de Israel es Dios). El rey era el que cuidaba de una ciudad o un pequeño grupo de pueblos. Era responsable del orden; les defendía de los enemigos, se preocupaba de los alimentos, impartía justicia… El Mesías esperado siempre respondió a esta dinámica. Los seguidores de Jesús no aceptaron un cambio tan radical.

Solo en este contexto podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo el contenido que él le da es más profundo. En tiempo de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios del que nadie va a quedar excluido. El Reino que Jesús anuncia no tiene nada que ver con las expectativas de los judíos de la época. Por desgracia tampoco tiene nada que ver con las expectativas de los cristianos hoy.

Jesús, en el desierto, percibió el poder como una tentación: “Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria”. En Jn, después de la multiplicación de los panes, la multitud quiere proclamarle rey, pero él se escapa a la montaña, él solo. Toda la predicación de Jesús gira entorno al “Reino”; pero no se trata de un reino suyo, sino de Dios. Jesús nunca se propuso como objeto de su predicación. Es un error confundir el Reino de Dios con el reino de Jesús. Mayor disparate es querer identificarlo con la Iglesia, que es lo que pretendió la fiesta.

La característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí, aunque no se identifica con las realidades mundanas. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. «No se dirá, está aquí o está allá, porque mirad: el reino de Dios está entre vosotros”. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un reino que es Dios. Cuando decimos “reina la paz”, no estamos diciendo que la paz tenga un reino. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, siendo lo que tenemos que ser.

Cualquier connotación que el título tenga con el poder tergiversa el mensaje de Jesús. Una corona de oro en la cabeza y un cetro de brillantes en las manos, son mucho más denigrantes que la corona de espinas. Si no nos damos cuenta de esto, es que estamos proyectando sobre Jesús nuestros propios anhelos de poder. Ni el “Dios todopoderoso” ni el “Cristo del Gran Poder” tienen absolutamente nada que ver con el evangelio.

Jesús nos dijo: el que quiera ser primero, sea el último y el que quiera ser grande, sea el servidor. Ese afán de identificar a Jesús con el poder y la gloria es una manera de justificar nuestro afán de poder. Nuestro yo, sostenido por la razón, no ve más futuro que potenciarse al máximo. Como no nos gusta lo que dice Jesús, tratamos por todos los medios de hacerle decir lo que a nosotros nos interesa. Eso es lo que siempre hemos hecho con la Escritura.

Meditación

Jesús está hablando de la autenticidad de su ser.
Falso es todo aquello que aparenta ser lo que no es.
Ser Verdad es ser lo que somos, sin falsearlo.
El objetivo de tu vida es descubrir tu verdadero ser
y manifestarlo en todo momento.

Fray Marcos

Fiesta de Cristo Rey

(Como la Iglesia siempre va por sus caminos, el próximo domingo termina el año litúrgico, con más de un mes de anticipación al año civil. Los domingos de diciembre los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la fiesta de Cristo Rey.

Motivo y sentido de la fiesta

No se trata de una fiesta muy antigua, la instituyó Pío XI en 1925. Por eso, cuando se buscan imágenes de Cristo Rey en Internet, aparece una serie de estampitas horribles, de pésimo gusto, en las que siempre lleva una corona en la cabeza. En cambio, el arte románico y el gótico, cuando representan a Jesús en majestad lo hacen como Maestro, con la mano derecha levantada en señal de enseñar, no como Rey.

¿Por qué quiso Pío XI subrayar este aspecto? Para comprenderlo hay que recordar la fecha de la institución de la fiesta: 1925. La Primera Guerra Mundial ha terminado hace siete años. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.

Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis socio-político-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue el “haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad”; y que “no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador”. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor”. Las palabras entre comillas las he tomado del comienzo de la encíclica Quas primas, con la que instituye la fiesta.

La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey?, ¿conseguirá una fiesta cambiar los corazones de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.

Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.

Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Cristo por su triunfo. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás hasta la muerte le concedieran el mayor premio.

Las lecturas

La primera lectura, de Daniel, anuncia el triunfo del Hijo del Hombre, que recibe el poder y la gloria.

La segunda, del Apocalipsis, llama a Jesús “Príncipe de los reyes de la tierra”. Pero no se considera por encima de nosotros ni lejos de nosotros. “Nos ama y nos ha lavado con su sangre”, y nos hace compartir su dignidad convirtiéndonos en un “reino de sacerdotes”. Tras la desaparición de la monarquía judía, esta expresión significaba que el pueblo estaría regido por sacerdotes. El Apocalipsis lo enfoca de manera distinta: no exalta el poder de los sacerdotes, sino el carácter sacerdotal del pueblo de Dios.  

La tercera, del evangelio de Juan, ofrece una visión más crítica de la realeza. Es un auténtico interrogatorio, en el que Pilato formula cuatro preguntas; pero Jesús no es un acusado que se limita a responder. A la primera pregunta responde con otra pregunta casi insultante para un prefecto romano. A la segunda, “¿Qué has hecho?”, tampoco responde. Se remonta a la pregunta inicial de Pilato sobre si es el rey de los judíos, y se expresa de forma tan desconcertante, hablando de “un reino que no es de aquí”, que a Pilato no le quedan las ideas claras. Su pregunta final no es “¿Eres tú el rey de los judíos”, sino “¿Luego tú eres rey?”. La dimensión nacionalista desaparece; lo importante es la realeza misma de Jesús. Después de lo anterior, lo lógico sería que Jesús se limitase a responder: “Sí, soy rey”. En cambio, añade algo absolutamente nuevo: no ha venido a gobernar, ni a recibir honor y gloria, sino a dar testimonio de la verdad. Si recordamos que él es “el camino, la verdad y la vida”, Jesús ha venido a dar testimonio de sí mismo, a darse a conocer, a demostrar a la gente que “tanto amó Dios al mundo, que le dio a su hijo unigénito”. Un testimonio por el que lo acusarán de blasfemo y que, entre otros motivos, le costará la vida.

Reflexión personal

Generalmente esperamos de la homilía que nos ilumine y nos anime a ser mejores, a vivir de acuerdo con la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Y esto es esencial si tenemos en cuenta las últimas palabras del evangelio: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pero la fiesta de Cristo Rey nos invita también a felicitar, dar la enhorabuena a quien tanto ha hecho por nosotros.

Al mismo tiempo, el sentido primitivo de la fiesta encaja perfectamente con la situación que vivimos hoy de problemas sociales, políticos y económicos. No podemos ser ingenuos en las soluciones, pero tampoco podemos negarle la razón a Pío XI: si el mundo viviese de acuerdo con el evangelio, otro gallo nos cantaría.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

Cristo, Rey del Universo

(Jn 18, 33-37)

Después del diálogo con el sumo sacerdote, llevan a Jesús al pretorio, que era el tribunal de los romanos en Jerusalén. Allí estaba Pilato, que era el representante oficial del emperador romano.

Este traslado se explica porque las autoridades religiosas judías en esa época no podían condenar a muerte a Cristo; los romanos lo prohibían para evitar problemas. Ellos permitían a los judíos tener su culto y practicar sus leyes religiosas, pero nunca condenar a muerte. Eso sólo podía ser decidido por el representante del emperador romano, que en aquel momento era Pilato.

Las autoridades judías y sus seguidores buscan la condena de Jesús acusándolo de ser un revolucionario político contrario al emperador romano, que quería expulsar a los romanos haciéndose rey.

Y Jesús se declara rey, pero no de este mundo, sino de ese mundo sobrenatural que se mete entre nosotros y reina invisiblemente en nuestros corazones. Así Jesús aparece como un rey que no gobierna con armas y soldados, sino con un poder distinto, de otro nivel (18, 36).

Su poder es la verdad que él trae, la revelación (18, 37). Él reina en la humanidad haciendo entrar en el corazón del hombre la luz divina, manifestando al hombre el verdadero rostro de Dios y su auténtico destino. Pero Pilato, que no es capaz de descubrir el alcance de las palabras de Jesús, pregunta: ¿Qué es la verdad? (18, 38).

También nosotros estamos invitados a aceptar el señorío de Jesús, su reinado en nuestras vidas; pero muchos de nosotros, que aceptamos a Jesús como amigo, lo rechazamos como rey; es decir, preferimos que sean otras cosas las que dominen nuestra vida, preferimos darle el cetro a otros poderes: el dinero, el prestigio, la apariencia social, etc. Olvidamos que sólo cuando reina Jesús en nuestras vidas, entonces sí pueden reinar la paz, la verdadera esperanza, la auténtica alegría.

Oración:

«Señor Jesús, te proclamo rey, te acepto como Señor de mi vida y te abro mi mente y mi corazón para que ejerzas tu poder liberador. Reina en mi vida para que pueda conocer y amar la verdad que sólo tú puedes enseñarme».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

¡Vaya Rey! ¿Qué Rey?

¡1.- Si os preguntara, mis queridos jóvenes lectores, que es un rey, para qué sirve un rey y como se ejerce de rey, vuestras respuestas serían muy diversas. Tanto más cuanto mayor fuera vuestro conocimiento de la historia y de las realidades sociales de hoy. En unos sitios estos señores reinan, pero no gobiernan, en otros gobiernan, sin exhibir atributos, emblemas y protocolos, de otros decimos que son reyes destronados…

Como a este domingo le llamamos de Cristo Rey, valdrá la pena detenerse un momento en lo que pueda significar la expresión, en la vida espiritual cristiana, si queremos sacar algún provecho de la fiesta. Empecemos por la historia. En el Israel de aquel entonces, el rey emblemático fue David. Sus sucesores, la Biblia tiene interés en señalárnoslo, nunca llegaron a su talla. Y recuérdese que el Texto Sagrado no oculta errores, pecados y devaneos amorosos hijo de Jesé, que le condenaron a vivir intrigas de palacio, de las que supo escaparse con astucia. De lo que no se puede dudar es de su sensibilidad, que, aunque en algún momento pueda resultar dudosa, en los momentos cruciales, da prueba de fino amor. La enfermedad y muerte de su hijo, el de Betsabé, la adultera, es ocasión de describirnos su desgarrado dolor paternal. Digamos, pues, que al israelita la palabra rey le recordaba el estilo de David, bien considerado, corriendo un tupido velo, que difuminase sus pecados.

Consecuencia de ello, a Jesús, en momentos de triunfo, pensaron las sencillas gentes de Galilea, elegirlo rey. Nos lo cuenta S. Juan, después de darnos detallada cuenta de la multiplicación de los panes y los peces. También los Magos buscaban un rey y se encontraron una criatura, pero ellos tenían buen conocimiento de lo que buscaban y sin parase a discutir epítetos, adoraron al Niño, le ofrecieron sus dones y es difícil imaginar lo que les tocó corregir de la idea previa que de rey tenían, antes de partir de sus hogares. A ellos mismos, nosotros, con frecuencia, los llamamos reyes, sin saber con certeza lo que eran.

2.- El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en una situación deplorable, considerada humanamente. Prisionero de los jefes de su pueblo, sometido a la autoridad militar de ocupación, paradójicamente, se atreve, en tal situación, a decirle serenamente a Pilatos que sí, que Él es rey y que para esto precisamente ha venido al mundo. Sorprende el dialogo, que los evangelistas resumen. Hablaría, seguramente, en griego, lengua de ciudadano romano importante y que el Maestro conocería de sus años jóvenes, cuando por motivos laborales e intereses de estudio, frecuentaría la vecina Séforis. Se define como señor de la Verdad, ese es el sentido de su realeza, manteniendo, gracias a ello, la dignidad. Dominando la situación, que no la fuerza bruta. Rey, considerado reo. Hijo de Dios, acusado de falsario. Heraldo de la paz, presentado como agitador de masas. El gobernador romano era un ser de humanidad atrofiada, que no poseía otra cualidad que la capacidad de prohibir, de torturar, de ajusticiar. No obstante la pequeñez de su estatura espiritual, se siente avergonzado ante la magnitud espiritual de aquel que le han traído para que lo juzgue, de aquel que le ha advertido su esposa que debe tratar con prudencia, de aquel que le ocasiona tantas incomodidades y que en nada le ayuda a conseguir componendas que le puedan salvar. Detrás de Él están las autoridades religiosas, intrigantes como siempre, que son causa continua de molestias y que está dispuesto a suprimirlas cualquier día. Pilatos es, por encima de todo, un cobarde que quiere salvar su prestigio y su situación de dominio a cualquier precio, incluso al de efectuar un canje oportunista con Barrabás, él, que representa a la Ciudad de Roma, promulgadora de las normas jurídicas de mayor prestigio.

Tal vez seáis de los que al pensar en vuestro futuro, calculáis en que estudios o en que oficio, conseguiréis mejores salidas profesionales. A lo mejor imagináis a que puesto social vais a poder llegar. Vale la pena que contempléis hoy la escena evangélica. Pilatos prevé un feliz porvenir, es gobernador en una provincia, escalará seguramente lugares influyentes. Jesús no tiene escapatoria, su próximo futuro es totalmente adverso y su final, con seguridad, será fatal. Esta visión es la inmediata, lo que ocurrirá después será totalmente diferente. El que ambicionaba poder, cayó en desgracia y murió en el exilio. El condenado a muerte, resucito, nos salvo, y reina con el Padre Dios, su padre.

3.- Mis queridos jóvenes lectores, si lo veis con los ojos interiores del corazón y de la mente, algo fundamental cambiará en vuestra manera de pensar, algo fundamental cambiará de vuestro comportamiento, algo fundamental desvelará vuestra visión del futuro. Y servir a este Rey prisionero, es reinar libremente en todo el mundo, conseguir el dominio de uno mismo y enriquecer el propio entorno y la humanidad entera, vivir sin depresiones, esperanzados hasta le llegada del triunfo final.

Pedrojosé Ynaraja

Lectio Divina – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

Mi reino no es de este mundo

INTRODUCCIÓN

Jesús es lo contrario de lo que, normalmente, entiende la gente por un rey. El reino de Jesús es el reino del amor y de la entrega al servicio a los demás. Para reinar de esa manera no necesita ni soldados ni poder. Lo va a demostrar entregando su vida en la cruz. Estaremos en la verdadera perspectiva si no olvidamos que Jesús reinó desde la cruz. Aceptar la muerte como entrega total, es toda su gloria y todo su poder. Jesús hace presente el Reino que es Dios, cuando se olvida de sí mismo y pone todo lo que es al servicio de todos. El «Hijo de hombre» (único título que Jesús se aplica a sí mismo), nos da la clave para entender lo que pensaba de sí mismo. Se considera el hombre auténtico, el modelo de hombre, el hombre verdad. Su intención es que todos lleguen a identificarse con él. Jesús es la última referencia para todo el que quiera llegar a manifestar en su vida la verdadera calidad humana (Fray Marcos).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Dan. 7,13-14.       2ª lectura: Ap. 1,5-8.

EVANGELIO

San Juan 18, 33b-37:

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?» Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

REFLEXIÓN

1.– La bella profecía de Daniel (1ª Lectura). Daniel tiene un sueño-visión. Y aparece el océano, como elemento hostil. Y del océano brotan las fieras, que entran en la tierra firme de la historia. Una fiera va eliminando a otra y cada vez peor. Esas fieras ya son conocidas por nosotros: el imperio de Nabucodonosor, los medos, los persas, Alejandro Magno… Y así la historia va pasando bajo el dominio de lo bestial, lo feroz, lo brutal. Si sigue así, la historia no tiene remedio. Entonces, el mismo Dios, como un anciano venerable, se sienta solemnemente con unos libros en las manos. Hay que buscar una solución. Y la solución no está en una quinta fiera. Y sigue la visión. Aparece “una figura humana” que viene de la carroza celeste. En un principio a esa figura se le da una interpretación colectiva: “la comunidad de los santos del Altísimo, el Pueblo consagrado a Dios”. Pero va pasando el tiempo y la profecía no funciona. Es entonces cuando se le da una interpretación individual, esa figura es la cabeza de ese pueblo, es decir, EL MESIAS.

2.– Con Jesús, el Mesías, la profecía llega a plenitud. Es Jesús el que va a dar a la humanidad “un rostro humano”.  Jesús va a ser “rey” pero no de este mundo salvaje y bestial. Él nos va a decir que “todos somos hijos de Dios” y que, por lo tanto, somos hermanos. Con Jesús se debe acabar con la ley de la selva. Y va a imponer la ley del amor, del servicio auténtico al hombre, a todo hombre o mujer sin poner etiquetas; la ley   de la autoridad como servicio desinteresado. Jesús va a pasar toda la vida haciendo el bien y quitando de nosotros el mal. Es impresionante las palabras del ciego de Betsaida, después de haber sido untado por Jesús: “Veo hombres como árboles que andan” (Mc. 8.24). Unos hombres sin rostro humano. Sin capacidad de entender ni de sentir, reducidos a una vida puramente vegetativa. A ese hombre que no es hombre, que ha sido desfigurado, a ése viene a salvar Jesús. Cuando Cristo es perseguido en el huerto, Pedro le corta a uno la oreja, por defender a Jesús. Pero Jesús, después de curar la oreja, le dice mansamente a Pedro: “Mete tu espada en la vaina, porque el que a hierro mata, a hierro muere” (Mt. 26,52). Jesús no ha caído en la trampa. Por el camino de la violencia se entra en un callejón sin salida.  Jesús morirá en una Cruz, como Rey de Paz, de Amor, de Verdad, de Justicia.

3.– El cristiano está llamado a ser “rey de sí mismo”. En el bautismo se nos dice que somos “reyes”. Pero no reyes para dominar sino para dominarnos a nosotros mismos. A los primeros cristianos que vivían en Roma en tiempo de los emperadores, se les obligaba a dar culto al Emperador, como si fuera un Dios. Pero ellos decían: Nosotros no adoramos más que a nuestro Señor Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado por nosotros. Esta profesión de fe, los llevó al martirio. Debemos estar atentos porque, dentro de nuestro corazón, podemos llevar bestias salvajes. Lo decía muy bien San Basilio:” Los hombres estamos llamados a dominar el mundo, a ser dueños y señores de nosotros mismos. ¿Dominas toda clase de fieras? Me responderás: ¿Es que tengo fieras dentro de mí? Sí, y muchas. Fiera grande es la cólera cuando ladra en tu corazón, ¿no es más feroz que cualquier mastín?  El que injuria afiladamente, ¿no es un escorpión? El codicioso, ¿no es un lobo rapaz? El lujurioso, ¿no es un caballo enfurecido? En resumen, hay muchas fieras en nosotros. Ahora bien, si dominando a las fieras de fuera, dejas que te dominen las de dentro, ¿te has hecho realmente señor de las fieras? Has sido creado para dominar: dominar las pasiones, dominar las fieras”.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de que este mundo salvaje, bestial, no puede seguir así?  La solución ¿de dónde la espero? ¿De arriba o de abajo?

2..- ¿Me admira la figura del Hijo del Hombre, capaz de dar “rostro humano” a todos los medios y sistemas de deshumanización?

3.- ¿Estoy dispuesto, como cristiano, a trabajar para que el hombre sea cada vez más hombre, y la mujer más mujer?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Señor, los reyes del mundo
viven esclavos del miedo,
cubiertos por guardaespaldas,
policías y el ejército.
Por conservar el poder
son capaces de atropellos,
de condenar a los pobres
a la muerte y al silencio.
Tú, Señor, no eres así.
Tú dijiste en tu evangelio:
“Mi Reino no es de este mundo”.
Soy Rey con otros criterios.
Tú eres el Rey del amor.
Tú no quieres tener siervos.
Quieres tener sólo amigos
que compartan tus secretos.
Tú eres Rey de la Verdad,
la justicia y el derecho,
de la vida, de la paz,
del servicio a los pequeños.
Tú no vives en palacios.
Tu trono está en un madero.
Dando la vida en la cruz,
salvas, Señor, a tu Pueblo.
Señor, que también nosotros
imitemos tus ejemplos.
Te amamos de corazón.
¡Venga a nosotros tu Reino!

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

El Reino de Cristo

1.- La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fue instituida oír el papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Concilio Vaticano II sitúa la celebración como final del tiempo ordinario y, por tanto, como final del año litúrgico. Su significado es que Cristo reinará al final de los tiempos y supone un plan espiritual de redención lejos de cualquier interpretación de poder político o pseudo-religioso. Además, el Evangelio de San Juan que se lee hoy presenta en la propia voz de Cristo las mejores consideraciones sobre su Reino.

2.- El Reino de Cristo es uno de los grandes anhelos de los cristianos. Para algunos, llevados de ciertas interpretaciones más parecidas a los anhelos de los antiguos judíos, creen que este reino es posible en este mundo. Otros, quitándole fuerza, lo sitúan como una entelequia simbólica o abstracta de imposible concreción. Pero Jesús nos preside que el Reino está cerca y que esta dentro de nosotros. Entonces, ese reino es una forma de vida, una formula de amor y una entrega a los hermanos, mientras que amamos a Dios sobre todas las cosas.

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el «episodio» del «Rey Temporal y el Rey Eternal» lo define muy bien. Viene a decir que si nosotros somos capaces de apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen –sin duda– uno de los mayores anhelos.

3.- También es posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo –el seguimiento de sus enseñanzas– nos trae paz, felicidad, justicia y amor. Y, sobre todo, nos muestra un reino de humildes, de afables, de limpios de corazón, de pobres de cuerpo y de espíritu. Alejado del poder, de la violencia, de la explotación, del odio. Es más que probable que, en un día como hoy, nos sea más difícil comprender fenómenos como el «nacionalcatolicismo» o el «cristianismo de metralleta».

Es difícil también en este día comprender a los manipuladores y a los falsarios del ideal de Cristo. También a los inquisidores o a los moralistas opresores. Asimismo, respetar a quienes en función de una libertad mal trazada pretenden desnaturalizar el cristianismo con falsas tolerancias que no son otra cosa que pecados. Creemos, pues, en el Reino de Cristo como lugar pleno de amor, de solidaridad, de alegría, de paz, de mansedumbre y de esperanza fuerte. El Reino ha llegado. Lo que ocurre es que cada uno debe descubrirlo.

4.- Es el libro de Daniel, que es la primera lectura de hoy, donde se habla de Hijo del Hombre, Jesús adoptó esa terminología que sin duda es muy hermosa para nosotros los humanos. Un Dios hecho hombre y que, además, quiere llamarse así: Hijo del Hombre. Pero, además, el Profeta Daniel retrata perfectamente lo que será el Mesías muchos años mas tarde. Breve esta primera lectura de hoy, pero de una gran belleza y profundidad.

Jesús no niega a Poncio Pilato que Él sea Rey. Y eso le llega a sorprender aún mucho más al Gobernador romano. A nosotros nos puede ser muy útil hoy esa característica que Jesús añade: Rey de la verdad. En este mundo actual lleno de mentira y de falsedades establecidas como si fueran verdades, nuestro sentido de la verdad –yo diría casi adoración por ella—ha de llenar nuestro afán. Nunca como ahora la verdad se hizo tan necesaria. La mentira abunda por doquier, desde en la política hasta en el comercio. Vivimos un tiempo de fraude, de mentira generalizada. Luchemos, pues, por el Reino de Cristo. Ese es nuestro lugar. Y no ningún otro. Seamos valientes y no confraternicemos con los mentirosos, no merece la pena.

Ángel Gómez Escorial

Otro Rey y otro reino

1.- “Entonces Pilato preguntó a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: Tú lo dices, yo soy rey, para esto he nacido. Pero mi reino no es de este mundo”. San Juan, Cáp. 18. En un oasis a 180 kilómetros de El Cairo, se descubrió hace algunos años un fajo de papiros bíblicos. Entre ellos llama la atención el que contiene aquel pasaje de san Juan, donde Poncio Pilato le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Se trata de una copia, realizada quizás a comienzos del siglo II.

Los enemigos del Señor deciden darle muerte y quieren apedrearlo, como blasfemo y violador de la ley. Pero la autoridad romana se había reservado en Israel la pena capital. Entonces esquivan los problemas religiosos y sacan a relucir los políticos. Llevan a Jesús ante Pilato y le acusan: “A éste lo hemos hallado amotinando a la gente, prohibiendo dar tributo al Cesar y diciendo que es el Mesías Rey”. Pilato residía habitualmente en el palacio de Herodes, situado en el barrio alto, al occidente de Jerusalén. Pero en los días de fiesta se trasladaba a la Torre Antonia, cerca del templo. Desde allí su guardia podría intervenir en cualquier emergencia. Durante el interrogatorio del procurador a Jesús, advertimos que la palabra rey se usa con tres significados: Los acusadores señalan al Maestro como un revolucionario, que quiere suplantar al emperador. Algo que solamente un loco podría pretender. Pilatos sospecha que este galileo podría ser algún jefe rebelde, que gesta una asonada. Pero esto no concuerda con la simple figura del Señor.

2.- Por su parte, el Maestro habla de otro rey y de otro reino, desde su condición de Hijo de Dios, su calidad Mesías, su plan de salvación. Sin embargo, no valía la pena explicar todo ello a tan cerrados interlocutores. Por lo cual se limita a decir: Yo soy rey. Aunque si fuera un rey de este mundo, mi guardia me hubiera defendido de los judíos. No obstante, en el huerto de los olivos, san Pedro había intentado una inútil defensa, cortándole la oreja al criado del sumo sacerdote. Actitud que el Señor rechazó de plano. San Juan, quien fue testigo presencial, apunta que el muchacho se llamaba Malco.

3.- En épocas pasadas, la realeza de Cristo se entendió en términos políticos. Lo cual llevó a muchos cristianos a lamentables errores. A veces también se confundió Iglesia y Reino de Dios, olvidando que aquella está formada por cuantos hemos recibido el bautismo. Pero del Reino sólo hacen parte quienes cultivan en su corazón el Evangelio. Y J. M. Cabodevilla nos advierte: “Cuando la Iglesia ha querido hacerse pasar por el Reino, no lo ha logrado. Tiene mucho oro y mucho hierro”.

Hoy Jesús nos diría: El reino de los cielos no se advierte de modo visible, como una catedral en la colina. Se saborea, eso sí, como la sal en la sopa. No está en el supermercado, en el gimnasio, o en el foro. A no ser que quienes allí se desempeñan hayan renegado de los ídolos. Pudiera estar en el parque infantil y en la escuela rural. Pero resplandece ante todo en los hogares, cuando amamos a Dios y damos la mano a los menesterosos.

Gustavo Vélez, mxy