Meditación – Jueves XXXIV de Tiempo Ordinario

Hoy es jueves XXXIV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 21, 20-28):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.

»¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

Hoy analizamos este discurso entretejido con palabras del Antiguo Testamento (en particular del «Libro de Daniel»). Jesús habla del futuro con antiguas palabras proféticas, pero imprimiéndoles un sentido nuevo y más profundo. Lo nuevo es que la figura del «Hijo del hombre» (profetizada por Daniel) está ahí hablándonos en presente.

Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un «carácter personalista»: en su centro entra la persona de Jesucristo. El verdadero «acontecimiento» es la Persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. Al centrar las imágenes cósmicas en una Persona actualmente presente y conocida, el contexto cósmico se convierte en algo secundario y la cuestión cronológica pierde importancia: en el desarrollo de las cosas físicamente mensurables, la Persona «es» («permanece»), y Su Palabra es más real y duradera que todo el universo material.

—Esta relativización de lo cósmico, o mejor, su concentración en lo personal, se manifiesta en que «el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán»: los elementos cósmicos pasan, mientras que la Palabra de Jesús es el verdadero «firmamento» bajo el cual el hombre puede permanecer.

REDACCIÓN evangeli.net