Lectio Divina – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

“Sabed que el Reino de Dios está cerca”

1.- Oración introductoria.
Señor, hoy mi oración debe ser distinta. Me hablas en el evangelio de invierno y verano; de muerte y de vida; de higueras secas e higueras con brotes. Lo importante es que tu reino ya ha llegado y ha llegado a todas las estaciones del año. Tú siempre estás cerca de nosotros. Haz que te sepamos descubrir en todos los acontecimientos de la vida.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 21, 29-33
Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.
Me parece que lo más importante que hay que resaltar en este texto de Lucas es: “sabed que el reino de Dios está cerca». Dios está cerca, mucho más cerca de lo que nosotros pensamos. Y la irrupción de Dios en el mundo y en nuestras vidas es algo tan maravilloso como el paso del invierno a la primavera. En el invierno hay frío, mucho frío; noche, largas noches; muerte, mucha muerte en la naturaleza. No hay flores ni frutos en los árboles; no hay cantos de pájaros. Y esto lo describe muy bien el Cantar de los Cantares para describir el paso del invierno, es decir, de la soledad y ausencia del amado, a la primavera de su presencia. “Pues mira, ha pasado el invierno, ha cesado la lluvia y se ha ido. Han aparecido las flores en la tierra; ha llegado el tiempo de la poda, y se oye la voz de la tórtola en nuestra tierra. La higuera ha madurado sus higos, y las vides en flor han esparcido su fragancia. Levántate amada mía, hermosa mía y ven conmigo” (Cant. 2,11-13). Y puede servir para describir el paso del invierno de este mundo de egoísmos, de violencias, de frialdad, para dar paso a la bella imagen de la higuera que, con sus hojas tiernas, anuncian el estallido del Reino de Dios, como la llegada de una hermosa primavera.

Palabra del Papa.
“Al final, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: «Con su perseverancia salvarán sus almas». ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son un llamamiento a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, lleva todo a su cumplimiento. ¡A pesar de los desórdenes y de los desastres que turban al mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá! Y esta es nuestra esperanza. Ir así, por este camino, en el designio de Dios que se cumplirá. Es nuestra esperanza. Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con coraje y esperanza, en compañía de la Virgen, que camina siempre con nosotros”. (S.S. Francisco, 17 de noviembre de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí este evangelio que acabo de meditar. (Guardo silencio).

5.-Propósito. En este día voy a ver el lado bueno de las cosas. No hay invierno que pueda frenar la primavera.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Señor, déjame darte gracias por ser como eres. Estás siempre “más allá”. Más allá de nuestros pecados, de nuestras miserias, de nuestros problemas, de nuestras dificultades. Para ti siempre hay una aurora después de la noche; un sol después de la lluvia; una primavera después del invierno; una Resurrección después de la muerte. Nosotros pasamos, pero Tú siempre estás. ¡Gracias, Señor!

Comentario – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

(Lc 21, 29-33)

Este texto nos indica simplemente que antes de la venida gloriosa de Jesús habrá necesariamente algunos signos que los creyentes podrán descubrir si miran las cosas desde la fe. Ahora mismo las criaturas nos están anunciando que todo se termina, que esta historia tiene un final.

Luego se nos invita a descubrir esos signos, así como uno descubre la llegada de la primavera cuando se ve que las higueras comienzan a brotar. Advirtamos que el símbolo de la higuera no es negativo ni terrorífico. Así como los brotes anuncian la explosión de vida de la primavera, de la misma manera tenemos que imaginar la venida gloriosa de Jesús como una explosión de vida nueva y de luz (Is 18, 5), como un canto de esperanza. Pero por más que podamos ver signos, no conocemos el día ni la hora. Los signos nos sirven para prepararnos, para no vivir como si este mundo nunca fuera a terminar, pero a través de ellos no podemos tener certeza sobre el momento exacto de la venida del Señor.

Cuando Jesús dice que «no pasará esta generación (v. 32) no se refiere al fin del mundo, sino a la llegada del Reino de Dios con poder que se produjo en su resurrección. Vemos así que en este capítulo 21 de Lucas se anuncia el triunfo de Jesús en su resurrección, la caída de Jerusalén, y la segunda venida de Jesús al fin de los tiempos. Las tres cosas entremezcladas. Esta unión de temas puede dar lugar a confusiones, porque estas tres cosas no se cumplen al mismo tiempo. De hecho Jerusalén cayó antes de que terminara el siglo primero, y sin embargo el mundo no se terminó. Y este texto nos dice que luego de la caída de Jerusalén la ciudad viviría un tiempo de dominación por los paganos (v. 24). Pero en general todo este capítulo 21 de Lucas nos quiere indicar que los sufrimientos son pasajeros, porque de alguna manera el bien siempre termina triunfando sobre el poder del mal. Dios siempre es más poderoso.

Oración:

«Señor, ayúdame a recordar que todo se acaba, que debo gozar de las cosas sabiendo que no son eternas y que no son ellas el centro de mi corazón, porque fui creado para ti, y mi corazón sólo estará satisfecho cuando descanse en ti».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Las 4 velas

Reflexión de las 4 velas para tener esperanza escucharla al inicio y pensar en cada una de ellas al encender las velas en estos tiempos difíciles. Encender las velas con esperanza nos ayuda a ser mejor y seguir confiando en Dios y amarnos unos a otros.

Las cuatro velas se quemaban lentamente. En el ambiente había tal silencio que se podía oír el diálogo que mantenían.

La primera dijo: – ¡YO SOY LA PAZ! Pero las personas no consiguen mantenerme. Creo que me voy a apagar.

Y, disminuyendo su fuego rápidamente, se apagó por completo.

Dijo la segunda: – ¡YO SOY LA FE! Lamentablemente a los hombres les parezco superflua. Las personas no quieren saber de mí. No tiene sentido permanecer encendida.

Cuando terminó de hablar, una brisa pasó suavemente sobre ella y se apagó.

Rápida y triste, la tercera vela se manifestó: – ¡YO SOY EL AMOR! No tengo fuerzas para seguir encendida. Las personas me dejan a un lado y no comprenden mi importancia. Se olvidan hasta de aquellos que están muy cerca y les aman. Y, sin esperar más, se apagó.

De repente… entró una niña y vio las tres velas apagadas. -Pero, ¿qué es esto? Deberían estar encendidas hasta el final.

Entonces, la cuarta vela habló: – No tengas miedo, niña: mientras yo tenga fuego, podremos encender las demás velas. ¡YO SOY LA ESPERANZA!

La niña, con los ojos brillantes, agarró la vela que todavía ardía… y encendió las demás.

¡QUE LA ESPERANZA NUNCA SE APAGUE DENTRO DE NOSOTROS!

¡…y que cada uno de nosotros sepamos ser la herramienta que los jóvenes necesitan para mantener la Esperanza, la Fe, la Paz y el Amor!!!

Dios hecho hombre en la persona de Jesús, vino al mudo y vivió entre nosotros y él nos anunció. Yo soy el camino, la verdad, y la vida. (Juan 13, 6) Si ponemos nuestra esperanza en Jesús, el mundo cambiará, porque él nunca nos fallará.

Aunque parece que el mundo está autodestruyéndose y que las cosas van mal, tener en cuenta que Jesús nos dijo: “En el mundo tendrán tribulaciones, pero ánimo, que yo he vencido el mundo. Juan 16, 33.”

Esta es nuestra esperanza. Amigos, ¡¡¡mantener siempre esta llama encendida!!!

La Corona de Adviento

La forma circular

La corona tiene forma circular. El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin. Y nos recuerda nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

Las ramas verdes

Verde es el color de la esperanza y vida y por tanto del tiempo de Adviento. Durante él, Dios nos invita a que busquemos y esperemos obtener la vida eterna al final de nuestras vidas.

 

Las cuatro velas

Simbolizan la Luz de Cristo que va venciendo poco a poco las tinieblas y nos guía por el buen camino la corona toma sentido si la rezamos y compartimos en familia.

Adornos

Se recomienda adornar con moños, esferas, estrellitas, etc. La familia puede colocar en la misma corona un adorno en ella por cada buena acción propósito familiar.

Colores de las velas

Lo más correcto es, de acuerdo a la liturgia, 3 moradas y una rosa para el tercer domingo de adviento.

Para hacer tu corona

Dios nos dio la creatividad. Puede hacerse de manera creativa, pueden variar los colores, pero debes respetar la forma redonda y algo verde y que sean cuatro velas. Si varías los colores puedes dar el sentido en tu familia de manera creativa y en armonía.

La misa del domingo

La promesa de un Mesías que traerá la reconciliación y la paz a la humanidad es de muy antiguo. La primera promesa la encontramos ya en la escena misma de la caída original: «Enemistad pondré entre ti y la Mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3, 15). A este pasaje se le ha llamado el proto-evangelio, es decir, el primer anuncio de la Buena Nueva.

Para cumplir aquella antigua promesa Dios se formó y preparó un pueblo en el transcurso de la historia. Por medio del profeta Jeremías (n. aprox. 650 a.C.) anunció que haría brotar de este pueblo un “Germen justo” (1ª. lectura), descendiente de David, el gran rey de Israel (aprox. 1010-970 a.C.). Él habría de ejercer «la justicia y el derecho en la tierra», trayendo la salvación a Judá y la seguridad a Jerusalén.

En el Señor Jesús se cumplen estas profecías. Él es el descendiente de la Mujer, Aquel que por su Cruz y Resurrección ha pisado la cabeza de la serpiente, ha vencido al Demonio y quebrantado su dominio, recreando y reconciliando al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con toda la creación. Él es aquel “Germen justo” de la descendencia de David que en su primera venida trajo la salvación a la humanidad entera.

En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús anuncia a sus discípulos que al final de los tiempos volverá nuevamente con gloria: «verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria». En espera de este acontecimiento final en la historia de la humanidad, de cuyo momento afirma rotundamente que nadie sabe el día o la hora, el Señor exhorta a estar siempre vigilantes y perseverantes en oración para no desfallecer, para poder soportar el rigor de aquel día, poder permanecer «en pie ante el Hijo del hombre» y ser hallados justos en su presencia.

Esta perspectiva puede inspirar terror. Sin embargo, las palabras del Señor son también sumamente alentadoras: «Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación». Por liberación o redención quiere indicar el Señor la acción poderosa de Dios en la historia de la humanidad para rescatar a sus elegidos. Se acerca, pues, el triunfo definitivo de Dios, la liberación final y el rescate de todos sus elegidos.

Luego de este anuncio el Señor exhorta también a la vigilancia: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida». El discípulo debe ejercer una continua vigilancia sobre sí mismo, sobre su “corazón”, sobre sus conductas morales. Para ejercer esta vigilancia es necesario examinarse continuamente, aplicarse a uno mismo sin desmayo. ¿A qué hay que estar atentos? A que el propio corazón no se embote y se haga pesado. Por “corazón” en la mentalidad hebrea se entendía la sede de todos los pensamientos y sentimientos, centro o núcleo de todo aquello que la persona es, de su ser y de sus facultades. Hay que cuidar que la persona no se haga pesada por la craipalé, por la méthe y por las merímnais biótikais. Antes que por “exceso de comida” craipalé se traduce por crápula, es decir, una vida disipada, libertina, dada al vicio, disoluta e inmoral. Ciertamente las comilonas o exceso de comida forman parte de esa vida disoluta, pero no engloban todo lo que esta expresión quiere decir. Methé se traduce bien por borracheras, así como merímnais biótikais por preocupaciones de la vida, aunque preocupación acá tiene la carga de ansiedad, es decir, una preocupación excesiva y acaso única por todo lo que pertenece a la vida y sus asuntos.

Dado que el Señor vendrá de improviso, como una trampa que de un momento a otro cae inesperadamente sobre quien anda desprevenido, es necesario “despertar” y mantenerse en vela, atentos y preparados en todo momento. El Apóstol Pablo exhorta en ese sentido a los cristianos de Tesalónica a que progresen y sobreabunden «en el amor mutuo y en el amor a todos los demás» (2ª. lectura). De ese modo estarán preparados para presentarse «ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables», cuando el Señor venga con todos sus santos. Asimismo exhorta a los cristianos a que, en vistas a la última Venida del Señor, vivan como conviene vivir «para agradar a Dios», y que progresen siempre más, según las enseñanzas del Señor ya recibidas.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Estoy preparado si hoy sobreviniese aquel día grande y terrible que anuncia el Señor al fin de los tiempos, aquel día en que Él vendrá glorioso entre las nubes? El fin del mundo, meditábamos hace dos Domingos, es muy probable que sea para mí la hora de mi muerte. ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad?

El Señor mismo nos da una clave fundamental en el Evangelio del Domingo: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida» (Lc 21, 34). Conviene revisarnos:

¿Se ha entorpecido mi corazón por el “libertinaje”? ¿Es mi regla hacer “lo que me da la gana”, dejándome llevar adonde mis pasiones o impulsos me lleven? ¿Tomo mi libertad como un «pretexto para la carne» (Gál 5, 13), despreciando la virtud de la castidad que todo cristiano está llamado a vivir? ¿Hago de mi libertad «un pretexto para la maldad» (1 Pe 2, 16)? ¿Digo “soy libre de hacer lo que quiero” para justificar cualquier vicio o conducta que va contra cualquiera de los mandamientos divinos?

¿Se ha entorpecido mi corazón por la “embriaguez”? El beber alcohol en exceso es un camino fácil para olvidar las penas, evadir la realidad dolorosa que no queremos afrontar. ¿Cuántas veces asumo una actitud de evasión frente al Señor que toca a la puerta de mi corazón? ¿Cuántas veces sencillamente “no quiero” encontrarme con el Señor y huyo de su Presencia, huyo de la oración profunda, porque sé que el verdadero encuentro con Cristo exige cambios o renuncias que no estoy dispuesto a asumir, que demanda despojarme de ciertas “riquezas” o “seguridades” que no quiero soltar? ¿Busco pasarla bien con alegrías y gozos superficiales y pasajeros, o con vicios y compensaciones que al pasar su efecto no hacen sino evidenciarme más aún el vacío en el que vivo?

¿Se ha vuelto pesado mi corazón por las preocupaciones de la vida cotidiana? ¿Cuánto me dejo absorber por las preocupaciones diarias que terminan ahogando la Palabra y su eficacia en mí? El Señor advierte claramente sobre el efecto de esas preocupaciones de la vida cotidiana sobre su Palabra sembrada en mi corazón: «El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13, 22; ver Mc 4, 19). ¡Cuántas cosas nos preocupan, acaso muy lícitamente, preocupaciones que sin duda debo atender! Pero el corazón se hace pesado cuando nos dejamos agobiar o absorber por estas preocupaciones de tal modo que perdemos de vista el horizonte de eternidad y dejamos de lado lo más importante: buscar el Reino de Dios y su justicia (ver Mt 6, 33-34).

El Adviento es un tiempo que nos invita a aligerar nuestros corazones de todo aquello que ha hecho pesada nuestra marcha hacia el encuentro definitivo con el Señor. Él viene y yo finalmente me encontraré con Él. Vivir de cara al Señor que viene no significa de ningún modo desentenderse de las realidades de este mundo, sino darles su justo valor y peso, así como trabajar por instaurarlo todo en Cristo, para construir una Civilización del Amor en la que todos los seres humanos caminen hacia el encuentro definitivo con su Señor.

Señales de Adviento

Mil señales afloran cada día
para quien es vigía de la vida.

El susurro de la brisa,
el murmullo de arroyo;
el batir de las olas en la orilla,
el olor de la tierra arada,
el perfume de las plantas,
las hojas que caen maduras,
el rugido del mar bravío,
el viento huracanado,
el fuego que crepita
y todos los ruidos de la naturaleza…
son señales de un Adviento
que se anuncia y llega.

La luz de la mañana que despierta,
el sol que se levanta,
el agua fresca y cantarina,
los campos que germinan calladamente,
el atardecer que todo lo recoge,
las estrellas que parpadean,
las nubes que van y vienen,
la luna con sus guiños y fases,
los caminos que no desparecen
y el rocío que viste valles y montes…
son señales de un Adviento
que se anuncia y llega.

Niños que gimen y lloran,
padres que vigilan y se levantan,
ancianos que sueñan y sueñan,
jóvenes que viven y cantan,
personas que acarician y aman,
campesinos que esperan tras la jornada,
trabajadores que cuidan y transforman,
emigrantes en busca de la vida,
solidarios llenos de ternura y vista,
profetas de una humanidad nueva…
son señales de un Adviento
que se anuncia y llega.

Gracias, Señor,
y que las señales sigan y sigan.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que continúa enseñando mediante ejemplos concretos, que son conocidos por las personas a las que se dirige. Añade algo nuevo pero en la misma línea que hablaba ayer: la llegada del Reino de Dios estará anticipada por las señales oportunas, del mismo modo que los frutos de los árboles anticipan el comienzo del verano. Esta conclusión empírica: relación entre frutos y llegada de la época estival, requiere mucha capacidad de observación y quizá también, un poco de curiosidad. Habrán sido –seguramente- muchos los años necesarios para llegar a ella. 

Jesús empieza utilizando la palabra “fíjense”. Es curioso que la emplee, ya que podría haber hecho la comparación sin ella. Podría entonces intuirse que “fíjense” es parte clave de lo que quiere decir. Es una especie de invitación a que aprendamos a interpretar señales. El Reino ha llegado con Jesús, pero en plenitud estará el día final. No sabemos cómo será, pero seguramente no como lo imaginan algunos: con grandes catástrofes o la destrucción del mundo; Dios no eliminará la vida, sería como ir contra sí mismo. 

Mientras el Reino acontece, nos queda ir descubriéndolo y viviéndolo. En la vida del día a día debemos descubrir su presencia, aprender a descifrarla (¡porque no es muy evidente! ¡Tantas veces experimentamos la presencia del antirreino!). Esto nos exige permanecer atentos, abiertos a las diferentes realidades, también a las que son nuevas. En fin, la relación con los demás, con el mundo y con Dios, nos llevará a experimentar que se hacen realidad las palabras de Jesús.

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXXIV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 21, 29-33):

En aquel tiempo, Jesús puso a sus discípulos esta comparación: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

Hoy admiramos a los primeros cristianos discerniendo los signos de su tiempo: tenían que reunir y leer juntos los fragmentos —misteriosos— de las palabras de Jesucristo. Tarea nada fácil, que fue afrontada a partir de Pentecostés y, antes del fin material del Templo, todos los elementos esenciales de la nueva síntesis se encontraban ya en la teología paulina.

Para la predicación y la oración, la Iglesia naciente se reunía en el Templo, pero el «partir el pan» (el nuevo centro «cultual», ligado a la Última Cena, muerte y resurrección del Señor) tenía lugar en sus casas. Ya se perfilaba, pues, una distinción esencial: los sacrificios fueron reemplazados por el «partir el pan».

—En la nueva síntesis teológica destacan dos nombres. Para Esteban ha comenzado algo nuevo que lleva a cumplimiento lo realmente originario: con Jesús ha pasado el periodo del sacrificio en el Templo. Pero la vida y el mensaje del «Protomártir» —declarando ante el Sanedrín— quedaron interrumpidos con su lapidación. Correspondería a otro, Saulo —¡después san Pablo!— completar esta visión teológica.

REDACCIÓN evangeli.net