Comentario – Domingo I de Adviento

Iniciamos un nuevo año litúrgico. Emprendemos un nuevo ciclo. Volvemos a revivir antiguas esperanzas y continuamos esperando lo que todavía no ha llegado en la vivencia de lo que ya es presente. Y es que Cristo es ayer, hoy y siempre. Por eso cabe hablar de una esperanza cumplida en los días del nacimiento del Salvador, aquellos días a los que tiende la esperanza profética, que vaticina la hora en que Dios suscitará a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra. Para Jeremías, Cristo es mañana y su tiempo un tiempo de adviento. Para nosotros, ese Cristo con cuyo nacimiento en Belén se cumplían las promesas mesiánicas, es ayer, pertenece a nuestra tradición histórica. Pero también es hoy, porque aunque murió, resucitó y, sin dejar de estar a la derecha del Padre, decidió quedarse con nosotros en su palabra, en sus sacramentos, en la eucaristía, en su Espíritu, en su Iglesia, en sus pobres… hasta la consumación de los siglos. Y ante la presencia no cabe esperar. Si esperamos es porque Cristo no es sólo ayer y hoy, sino también «mañana» (siempre). Se trata del Cristo de la Parusía, el Cristo de su segunda venida o venida en gloria.

A esa venida que es objeto de nuestra esperanza se refieren los textos de la liturgia de hoy. Hemos oído a san Pablo: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo… Y así os fortaleza internamente, para que cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre. Y a san Lucas, que pone en boca de Jesús estas palabras: Entonces (es decir, cuando tiemblen las potencias del cieloverán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación.

Hay, por tanto, como tres advientos: el que vivieron los profetas del AT y que nosotros reproducimos al preparar la Navidad haciendo memoria de un suceso que aconteció hace ya más de veinte siglos; el adviento que prepara las venidas de Cristo (en estado glorioso) hoy al corazón de cada cristiano en su Iglesia a través de las variadas mediaciones sacramentales; y el que prepara la venida gloriosa del Hijo del Hombre, la definitiva, la que pondrá fin a la fe y a la esperanza porque dará paso a la visión de lo creído y a la posesión de lo esperado. Este es el adviento que interesa vivir siguiendo las consignas del mismo Jesús: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio (que provoca la pérdida de la conciencia de pecado y la confusión del bien y el mal), la bebida (un tipo de vicio) y la preocupación del dinero (esa codicia que nos hace perder de vista lo que realmente merece ser codiciado). Luego un adviento esperanzado que exige atención, vigilancia sobre nosotros mismos, lucidez mental para reconocer al verdadero Libertador, lucha contra todo lo que pretenda esclavizarnos. Aquel día caerá como un lazo sobre nosotros.

No habrá tiempo para reaccionar. Por eso conviene estar preparados; y no hay nada mejor para esta preparación que recibir a Cristo tal como se nos hace presente hoy (en sus sacramentos) mientras esperamos su venida en gloria. Luego los advientos que preparan esas venidas de Cristo hoy (en el bautismo, en la primera y sucesivas comuniones, en la confirmación, en el matrimonio, en la penitencia y unción de enfermos, en el prójimo necesitado, etc.) son imprescindibles para vivir el adviento de la Parusía. Pero este Cristo que es hoy y que es mañana es el mismo Cristo que fue ayer. Al encuentro con el Cristo de hoy contribuye, sin duda, la memoria del Cristo de ayer, una memoria que se actualiza precisamente porque Cristo es hoy y siempre. Por eso recordamos y preparamos la Navidad de nuestro Salvador: porque es (ya) hoy nuestro Salvador, y lo será definitivamente en su día, que es también el nuestro: el día de nuestra liberación. ¡Preparémonos, pues, para alzar la cabeza cuando llegue ese día! Mantengámonos despiertos, lúcidos, vigilantes, sobrios, libres de todo vicio. Sólo así podremos resistir en pie su venida.

El mundo, sin embargo, parece desatender totalmente estos consejos, porque ha perdido la fe en el que los proclama, y con la fe la esperanza en la promesa de la liberación definitiva. Pero los hombres no podemos vivir sin esperanza. Si fuese así, se clausurarían todos nuestros horizontes de futuro. A veces las esperanzas en las que se sustenta nuestra vida son demasiado pequeñas y frágiles, tan frágiles que, aunque se cumplan –lo que no siempre sucede- suelen dejar el regusto de la frustración o del desencanto. Y es que tienen un componente muy grande de irrealidad o de ilusión. Además, están sometidas a tantos azares y eventualidades que en cualquier momento pueden desmoronarse.

He aquí un recuento ilustrativo de esas pequeñas esperanzas, o más bien ilusiones, que colorean nuestra vida de cada día: un premio de lotería, un programa de televisión, un fin de semana, la victoria del equipo con el que me identifico, el éxito en unos exámenes que me dan acceso a la universidad o a la especialidad, un coche más potente, un piso más cómodo o lujoso, unas intensas vacaciones en un país de ensueño, una comida más exquisita, el bingo, la primitiva, un juguete añorado, el sueño de cada día o de cada noche. Son esperanzas que tienen mucho de ilusión, tan frágiles que fácilmente derivan en frustración, decepción, desencanto; tan pequeñas que en un corto espacio de tiempo pueden derrumbarse por efecto del fracaso, siempre acechante, la desgracia, nunca del todo descartable, o la falsa expectativa. Hay quienes ya no esperan nada de la vida y procuran evadirse del mejor modo posible, recurriendo para ello a la droga, al alcohol o a cualquier tipo de vicio que les embote la mente y les permita olvidar el cruel mundo en que viven. Muchas desesperanzas no son más que esperanzas desinfladas; algunas de ellas construidas sobre sueños utópicos de paraísos intramundanos. Y las desesperanzas pueden acabar en desesperación, esa desesperación que vemos en personas para quienes la vida es una condena renovada que sólo despierta deseos de destrucción y muerte.

Pero nosotros somos cristianos que nos preparamos para celebrar el nacimiento de nuestro Liberador porque ya estamos experimentando la libertad aportada por él en la espera de la liberación definitiva. Sabemos que esa espera esperanzada no es pasividad; sabemos que la salvación también hay que merecerla, deseándola, estimándola, poniendo los medios para acogerla como don de Dios. Y nos disponemos a ella mediante la oración, la penitencia, la práctica sacramental, la caridad, ese amor a todos de que habla san Pablo, que nos tiene que empujar a llevar nuestra esperanza (dando razón de ella cuando sea preciso) a esa geografía humana que está vacía de la misma, que vive de frágiles ilusiones o está al borde de la desesperación. Llevar esperanza es el mejor regalo o don que podemos aportar a ese mundo que yace en la desesperanza. Y dando esperanza, no perderemos nada; al contrario, la acrecentaremos, como se acrecienta la llama, que se transmite para que ilumine otro espacio o brille en otra antorcha.

Que el Señor avive nuestra esperanza, es decir, nuestro deseo, y amortigüe nuestros temores durante este tiempo que acabamos de comenzar.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo I de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

 

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador.»

 

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Mirad: el Señor vendrá, y todos sus santos vendrán con él; en aquel día, habrá una gran luz. Aleluya.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad: el Señor vendrá, y todos sus santos vendrán con él; en aquel día, habrá una gran luz. Aleluya.

 

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Vendrá el Señor con gran poder, y lo contemplarán todos los hombres.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá el Señor con gran poder, y lo contemplarán todos los hombres.

 

LECTURA: 1Tes 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra.

 

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada, y digámosle:

¡Ven, Señor, y no tardes más!

  • Esperamos alegres tu venida:
    — ven, Señor Jesús.
  • Tú que existes antes de los tiempos,
    — ven y salva a los que viven en el tiempo.
  • Tú que creaste el mundo y a todos los que en él habitan,
    — ven a restaurar la obra de tus manos.
  • Tú que no despreciaste nuestra naturaleza mortal,
    — ven y arráncanos del dominio de la muerte.
  • Tú que viniste para que tuviéramos vida abundante,
    — ven y danos tu vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Tú que quieres congregar a todos los hombres en tu reino,
    — ven y reúne a cuántos desean contemplar tu rostro.

 

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

 

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

Estad en vela, pues, orando en todo tiempo

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy vengo a la oración y lo primero que quiero pedirte es que me enseñes a orar. Los judíos rezan mirando a Jerusalén; los musulmanes, mirando a la Meca. Y nosotros, los cristianos, ¿hacia dónde tenemos que mirar? Tú, Señor, mirabas al cielo, donde estaba tu Padre Dios. El Padre era tu comida, tu bebida, tu obsesión. No le llamabas Yavé sino Abbá-Papá. El día en que nos enseñaste a orar de esa manera fue el día más bonito de nuestra historia humana. Se acabó para siempre el Dios del miedo y apareció entre nosotros el Dios de la ternura.    

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 21, 34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

         El Señor nos pide dos cosas en este evangelio: “Tened cuidado” y “orad en todo tiempo”. ¿Qué debemos cuidar? En primer lugar, la Naturaleza que Él nos ha regalado. Cuidar la tierra, los ríos, los montes, los mares… Cuidar los animales… y sobre todo, cuidar a las personas.  Cuidar significa “mimar”, mirar todo con ojos de admiración. Jesús se queda extasiado ante un atardecer “cuando el cielo se arrebola” (Mt. 16,2). “Y ante la belleza y hermosura de los lirios en primavera” (Mt. 6,28) “Y ante el vuelo de los pajaritos a quienes su Padre les alimenta” (Mt. 6,26). Pero la auténtica mirada de Jesús es ante las personas: “Llora al ver llorar a María, hermana de Lázaro” (Juan 11,33); mira con mirada de cariño a un joven ( Mc. 10,21); mira con infinita ternura a una mujer pecadora que le ha besado sus pies, se los ha perfumado y los ha secado con sus cabellos” (Lc. 7,44-46). Y queda horrorizado porque unos viejos verdes quieren apedrear a una mujer sorprendida en adulterio. Yo no te condeno. “Vete en paz y no peques más” (Jn.8,11).  También Jesús nos pide que recemos. Pero que lo hagamos como Él, sin muchas palabras. Que lo hagamos diciendo sólo una palabra Abbá-Papá. Y que nos quedemos estremecidos, sobrecogidos, al sentirnos como niños pequeños, queridos tiernamente por Él. 

Palabra del Papa

“Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Éste no es un tiempo para estar distraídos, sino al contrario para permanecer alerta y despertar en nosotros la capacidad de ver lo esencial. Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre. Por eso en el Año Santo tiene que mantener vivo el deseo de saber descubrir los muchos signos de la ternura que Dios ofrece al mundo entero y sobre todo a cuantos sufren, se encuentran solos y abandonados, y también sin esperanza de ser perdonados y sentirse amados por el Padre. Un Año Santo para sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos”. (Homilía de S.S. Francisco, 11 de abril de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Tener en este día un cuidado especial con las personas con quienes me voy a relacionar.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy te doy gracias porque tienes una mirada penetrante, que contempla, cuida, mima, acaricia. Dame la fuerza de esa mirada para que sepa contemplar la naturaleza, los animales y, sobre todo a las personas, como las miras Tú. Que todo lo que voy a realizar en este día quede envuelto con el calor de una mirada.  ¡Gracias, Señor!

Dies Irae

1.- «He aquí que vienen días -dice Yahvé- en que yo cumpliré la promesa que tengo hecha a la casa de Israel y a la casa de Judá» (Jr 33, 14) Después de los duros castigos con que aflige Dios a su pueblo, siempre sigue una época de perdón y de florecimiento. Jeremías ha predicado la ruina de Israel y de Judá, los dos estados hermanos que vivían separados. La época que se refiere fue terrible por sus incendios y por la sangre vertida por las calles y campos. Dios había castigado con mano dura a los rebeldes.

Ello nos recuerda que también ha habido guerras entre nosotros que han llenado de cadáveres los campos y las ciudades. Las últimas las del Golfo Pérsico, de Afganistán e Irak, con sus secuelas aún punzantes… Sin embargo, todo se va olvidando. Las heridas se cierran. Pero el peligro no ha pasado. Los hombres seguimos empeñados en no escuchar el mensaje de paz del Evangelio, sin darnos cuenta de que pueden soltarse de nuevo los jinetes del Apocalipsis.

Dios nos habla hoy de esperanza, nos recuerda el cumplimiento de las antiguas promesas. De nuevo ha llegado el Adviento, tiempo de espera gozosa, de vigilancia. En el alma brota el anhelo, el deseo vivo de que Jesús llegue hasta nosotros. Por eso repetimos como los primeros cristianos: ¡Marana tha, ven, Señor Jesús!

«En aquel tiempo, en aquellos días suscitaré a David un vástago justo que ejecutará el derecho y la justicia» (Jr 33, 15) David, el rey pastor, el rey poeta. De sus ramas brotará un vástago escogido. Se llamará Manuel Jesús y nacerá de una Madre Virgen. Su dignidad superará a la de todos los reyes de la historia, es más excelsa que la de los mismos ángeles. Será el Mesías, el Redentor, el nuevo Moisés que librará a su pueblo de la esclavitud. Implantará el derecho y hará triunfar a la justicia. Barrerá todos los desafueros, los que han cometido los de arriba y los que puedan haber cometido los de abajo. Cada uno recibirá lo que es justo, lo que realmente ha merecido. Ya no habrá miedo a la mentira, al engaño alevoso, al fraude premeditado, al latrocinio simulado.

Temiendo y deseando estamos, Señor. No podemos pedirte que hagas la vista gorda y que pases por alto la justicia. Pero sí te suplicamos misericordia, mucha misericordia. Porque ¿quién puede considerarse justo ante ti?, ¿quién puede saberse inocente ante tu tribunal? Haz que la esperanza de tu misericordia, sin embargo, no nos haga olvidar tu justicia. Y que junto a la confianza que nos inspira tu bondad, florezca el santo temor que debe inspirarnos tu bendita justicia.

2.- «A ti, Señor, levanto mi alma…» (Sal 24, 1) Podríamos decir que estas palabras que encabezan este salmo inician también la liturgia de Adviento. En efecto, con ellas comienza la antífona de entrada de la misa del día. De hecho, esas palabras expresan lo que han de ser siempre nuestros deseos y anhelos, levantar el alma hacia lo alto, hacia Dios.

Así, pues, al iniciar el ciclo litúrgico, que rememora y actualiza el Misterio salvífico, hemos de levantar nuestro espíritu hasta el Señor, hemos de mirar a lo Alto, hemos de pensar en el Señor y tratar de sintonizar con él. Establecer de ese modo una comunicación entrañable, un diálogo de Padre a Hijo, de amigo a amigo. Y decir con el salmista: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. Enséñame, porque tú eres mi Dios y mi Salvador.

«El Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores» (Sal 24, 8) Conocer el camino del Señor es saber la mejor fórmula, la única podemos decir, para alcanzar la felicidad en esta vida y en la otra. Nadie como Dios, en efecto, sabe lo que nos conviene. Él nos ha creado, conoce nuestro pasado y nuestro futuro. Él, sin duda, ve con claridad meridiana desde su alta atalaya cuál es la ruta a seguir, en este laberinto de la vida, para llegar a la meta soñada.

El Señor enseña su camino a los pecadores, es decir, a los que reconocen con humildad que lo son y no, como es lógico, a esos pecadores que se empeñan en seguir pecando, decididos en vivir de espaldas a Dios. Por eso, continúa diciendo el salmista, el Señor hace caminar a los humildes con rectitud y les enseña sus sendas. Al final, el canto interleccional que consideramos nos aclara cuál es ese camino. Ojalá que nuestra inteligencia se ilumine para comprender, y se encienda nuestro corazón, para que entendamos y, sobre todo, amemos y vivamos esta enseñanza: Todos los caminos del Señor pasan por la bondad y la felicidad, por el amor y la lealtad en guardar su Alianza, en cumplir sus mandamientos.

3.- «Por Cristo Jesús os rogamos y os exhortamos» (1 Ts 4, 1) San Pablo antepone a su exhortación unas palabras que indican la gravedad e importancia de lo que va a decir. Es un ruego, una súplica urgente del apóstol, un deseo vivo que quiere que se cumpla. Es también una amonestación, un aviso de algo serio que se ha de tener muy en cuenta. Y todo eso, el ruego y la amonestación, se hace en nombre del Señor Jesús, la autoridad máxima para un cristiano. Que os comportéis como de mí habéis recibido. Este es el objeto de su ardiente ruego. Que sean fieles a lo que Pablo les ha entregado, lo mismo que él lo es en guardar con fidelidad exquisita lo que a su vez recibió: el depósito de la fe. En este hecho tenemos una muestra clara de lo que es la Tradición, ese saber entregar lo que se recibió, con toda su integridad, con toda su pureza. Al mismo tiempo se trata de recibir ese depósito de la fe con un respeto santo, como lo es, el contenido de la Revelación, el tesoro de la fe, aquello en que creyeron nuestros mayores, algo divino e intocable. Nosotros también hemos recibido ese depósito de verdades salvadoras. Ojalá lo sepamos guardar íntegramente, y transmitir con fidelidad, con toda su grandeza, leales a lo que Cristo, a través de la Iglesia, nos ha enseñado y nos enseña.

«Bien sabéis los preceptos que os hemos dado en nombre del Señor Jesús…» (1 Ts 4, 2) Vuelve Pablo a decir que esos preceptos los ha transmitido en nombre de Cristo. No se trata de una doctrina humana, de algo que a uno se le ocurrió sin más. En ese caso lo recibido podría ser objeto de revisión, de reforma, de enmienda, de cambio radical incluso. Lo humano siempre es susceptible de mejora, pero lo divino no. El cielo y la tierra pasarán -dijo el Señor-, pero mis palabras no pasarán. Y san Pablo llega a decir en otro pasaje que si alguien predica otra cosa de lo que él predicó al inicio, que ese tal sea anatema, aun cuando fuera un ángel de Dios.

No, las verdades de la fe no pueden cambiar. Por ello, todo ‘aggiornamento’, toda puesta al día, requiere una fidelidad exquisita al contenido de la Revelación, la doctrina que la Iglesia ha enseñado siempre. Y todo cambio en lo fundamental es un pecado de incredulidad, una herejía -así se llama- que nos separa de la comunión con la Iglesia. Separación que pudiera darse aunque no haya una declaración explícita de la Jerarquía que, en ocasiones, no puede actuar con la precisión y prontitud que quisiéramos.

4.- «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes…” (Lc 21, 25) De nuevo la Iglesia nos transmite uno de los discursos escatológicos del Señor. Las estrofas del Dies irae, el canto del Día de la ira, vuelven a tronar con sus terribles y cósmicos acentos en estas palabras del Señor. En ese día los hombres se llenarán de angustia ante el anuncio del final apocalíptico del gran teatro del mundo. Todas las explosiones atómicas, habidas y por haber, serán una pálida sombra en comparación con la hecatombe de aquel día. La gente, sigue diciendo el Maestro, enloquecerá ante el estruendo del mar y su oleaje, quedarán sin aliento a causa del miedo.

Son palabras escuetas en las que no hay retórica alguna, ni afán por cargar las tintas. Son expresiones lacónicas que sólo pretenden ponernos en guardia y sobre aviso, para que vivamos vigilantes y siempre preparados por si el Señor llega. Adviento es lo mismo que advenimiento, acción de venir, preludio de una llegada. Es tiempo de espera, son momentos en los que preparar los caminos interiores, para dar paso al Gran Rey. Son, pues, días de conversión y de penitencia, de mortificación, de plegaria, en los que prepararnos para recibir dignamente al Señor.

Tened cuidado y que no se os embote la mente con el vicio, o con la preocupación por el dinero, y se nos eche de repente aquel día. Con estas palabras el Señor pone el dedo en la llaga. Ese es nuestro mal, olvidarnos de lo más importante y decisivo, vivir inmersos en cuatro tonterías. A veces nos ocurre que sólo pensamos en lo más inmediato, en lo que resulta placentero, en nuestro bienestar presente. Sin pensar que no todo termina ahí, sin darnos cuenta de que la meta final nos espera después de la muerte. Caminamos entonces con torpeza, dando tumbos y acercándonos a nuestra perdición.

Despertemos de nuestro absurdo sueño, sacudamos con energía la modorra que nos embota y entorpece. Dejemos de una vez esa vida ramplona que nos hace insensibles y ciegos para las cosas de Dios, incapaces de avanzar hacia el puerto de la salvación. Pidamos al Señor que nos ayude, que nos dé fuerzas para luchar con denuedo en esta batalla, quizá la última, en la que estamos metidos. Roguemos que nos abra los ojos para ver el peligro que se avecina, que cure nuestra sordera y podamos escuchar el grito de alerta que da la alarma y nos avisa para que nos preparemos, con la debida antelación, a la venida del Señor.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

(Lc 21, 34-36)

El evangelio nos habla a todos nosotros diciéndonos que la llegada del último día es una posibilidad real. Por eso debemos estar atentos, vigilantes.

No se trata de estar atentos para ver los fenómenos aterradores, sino para no dejarnos esclavizar por los vicios y las preocupaciones de la vida. Estas cosas nos pueden atar de tal manera que nuestra mente y nuestro corazón pueden llegar a embotarse, a «embriagarse», a atontarse por el consumismo o las preocupaciones, indiferentes ante el amor de Dios, olvidando su presencia y el ideal del amor que debería iluminar todos nuestros actos.

La Palabra de Dios no nos invita a despreciar las alegrías y todos los placeres de la vida que son un don del amor de Dios, ya que Dios «hizo todas las cosas para que las disfrutemos» (1 Tim 6, 17).

Pero esta invitación a estar atentos nos recuerda que no son esos placeres el sentido de esta vida caduca, y que no tenemos que permitir que el consumismo triste e insatisfecho nos domine el corazón.

Todo lo que enseña el capítulo 21 de Lucas nos invita a mirar el futuro, para recordar que todo se acaba, pero que estamos llamados a una vida sin fin junto a un Señor que nos ama. Esa convicción debería iluminar nuestro presente. Porque no es lo mismo el presente si pensamos que nada se va a terminar, o si creemos que al final no hay nada, o si creemos que todo se termina para que al final nos encontremos con Alguien que nos espera y nos ama.

Oración:

«Señor, ayúdame a recordar que todo se acaba, que debo gozar de las cosas sabiendo que no son eternas y que no son ellas el centro de mi corazón, porque fui creado para ti, y mi corazón sólo estará satisfecho cuando descanse en ti».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Oración familiar ante la Corona de Adviento

PRIMER DOMINGO

Se reúnen todos en familia, se coloca la corona al centro hace la señal de la cruz y el jefe de familia hace la bendición diciendo:

Bendición de la Corona de Adviento

JEFE DE FAMILIA: Señor Dios bendice nuestra Corona de Adviento, llenándonos de tus divinas gracias y de tu amor, para que, al encenderla, despierte en nosotros el deseo de esperar la venida del niño Jesús, ayúdanos a construir juntos tu Reino de Paz, Fe, Amor, y Esperanza. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

NIÑO O NIÑA MÁS PEQUEÑO: Enciendo la Vela de la PAZ, (un niño o niña enciende con precaución la primera vela).

JEFE DE FAMILIA: Cerremos los ojos. Pensemos que tenemos que hacer para que haya paz en nuestro hogar, trabajo y colegio. La paz sea con ustedes.

TODOS: amén

Invocación al Espíritu Santo Espíritu santo Fuente de Luz Ilumíname (3 veces) …
Con la vela encendida, se ponen de pie y alguien lee el Evangelio, y en familia hacen brevemente la Lectio Divina, si es posible cada uno lee un número de la reflexión.

EVANGELIO Lucas 21:25-28, 34-36

25«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas,26muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas.27Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.28Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.»34«Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre ustedes,35como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra.36Estar en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza y escapen a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre.»

MEDITACIÓN: es común tener miedo por todo lo que pasa en el mundo, por esta pandemia que parece no acabarse, a veces nos espantan con estas señales, pero aun en medio de las dificultades debemos descubrir las señales del amor de Dios en nuestras vidas, Dios no manda las calamidades, pero nos acompaña en nuestro dolor y angustia, en navidad celebramos la venida del Salvador en medio de muchas dificultades, hoy pensemos ¿que necesitamos para tener paz en nuestro corazón? ¿Qué necesitamos para que haya paz en nuestra familia?

ORACIÓN: Señor ayúdanos a tener paz en nuestra familia y nuestro corazón. Amén.

CONTEMPLACIÓN: Cierra los ojos y contempla las señales del amor de Dios en tu vida.

https://www.youtube.com/watch?v=uMZ_BROoKvM  (Ven señor no tardes)

Padre nuestro.

Dios te salve.

APAGAR LA VELITA

En medio del caos… Jesús es la esperanza

1.- Comenzamos el adviento. Un espacio que nos arregla, nos hace más permeables para celebrar de verdad y en profundidad la próxima Navidad.

-¿Deseamos salvación?

-¿La necesitamos?

-¿Siente el súper-hombre actual, necesidad de ser salvado por alguien?

Miremos un poco alrededor de nosotros. Reflexionemos sobre el momento presente. ¿Acaso –en muchas situaciones que contemplamos y sabemos por los medios de comunicación social- o que vivimos en propia carne, no son reflejo de esa angustia, falta de aliento o de miedo por lo que se nos avecina?

Nos hallamos en un momento incierto. Nunca, como hoy, el hombre ha tenido tantas posibilidades de ser feliz y, nunca como hoy, se encuentra eternamente insatisfecho, se tambalea o se enloquece, porque concluye que, en el fondo, la felicidad no está fuera sino dentro de cada uno, en cada corazón, en el interior de cada persona.

2.- El mundo necesita una palabra de esperanza. Pero, sobre todo, requiere de un ALGUIEN que reoriente su existencia o que dinamice su vivir. Los cristianos nos tenemos que poner en pie y estar atentos a la llegada del Señor. No podemos permitir que, Jesús, pase de largo. No podemos consentir que, el Señor, cuando nazca, nos encuentre tan desalentados por los acontecimientos que nos acosan, que no apreciemos que nace, precisamente, para colocar delante de nosotros un horizonte de paz y de optimismo, de salvación y de esperanza.

¿Nos ponemos de pie? ¿Nos ponemos de pie para ver por dónde llega Jesús? ¿Queréis que nos pongamos de pie para percibir por dónde nunca vendrá el Señor?

¡Adviento! Necesitamos alejarnos un poco, de aquello que fascina nuestros sentidos pero que crea ansiedad en el corazón. No hay peor cosa que relajar de tal manera nuestra vida cristiana que (volviendo a lo de antes) pase el Señor, nazca el Señor y nos encuentre tan embobados por las apariencias que seamos insensibles a su llegada.

3.- ¡Adviento! No tenemos miedo a que el sol se venga sobre nuestras cabezas. No nos infunde temor, que la luna se resquebraje en dos. No temblamos por el hecho de que, las estrellas, olviden un día su fulgor….

Nuestras desconfianzas son distintas pero iguales en el fondo. La economía, la inseguridad ciudadana, la moral a la carta, el terrorismo, la frágil situación del mundo, la apatía ante lo religioso, los conflictos sociales. ¿Acaso, todo esto, no necesita de una mano que nos ayude a reconducirlo? Jesús no nos soluciona, de golpe y porrazo, la suerte que nos ha tocado en feliz o desventurada lotería. Jesús, nos da fuerzas para afrontarla. Nos invita a verle compartiendo nuestras luchas y dudas, incertidumbres y fracasos, desasosiegos y tristezas.

No podemos vivir colapsados por las situaciones que nos toca vivir. No podemos cohibirnos por las dificultades o por los vicios a los que estamos enganchados. El Señor, en este primer domingo de adviento, nos invita a ponernos en pie. En marcha. En vigilancia activa.

4.- ¡Viene el Señor! Y, si el Señor llega, es porque quiere compartir nuestra condición. Porque desea poner una luz en el fondo del túnel oscuro en el que se encuentra perdida gran parte de la humanidad.

¡Viene el Señor! Y, si el Señor se presenta, es porque nos ve agobiados. A veces sin esperanza. Otras tantas… sin ilusión.

¡Viene el Señor! Y, si el Señor se manifiesta, que por lo menos nos encuentre divisando (con la oración, la contemplación y la fe) el horizonte por donde El sale a nuestro encuentro.

Frente al caos no caben los lamentos. Ante la dura realidad, Jesús es nuestra respuesta y nuestra esperanza.

Merece estar en pie por El y en El.

5.- SI ESTOY SENTADO, LEVÁNTAME, SEÑOR

Si dudo de tus promesas; levanta mi fe, Señor
Si aumentan mis pesares; levanta mi ánimo, Señor
Si me acosan mil dificultades; levanta mi fortaleza, Señor
Si mi interior se acobarda; levanta mi espíritu, Señor
Si me ciegan los ídolos; levanta mi vista hacia Ti, Señor
Si me enloquece la apariencia; levanta mi corazón a Ti, Señor
Si mi cabeza se inclina; levántala para poder verte
Si me encuentro esclavo; levanta mis cadenas para caminar
Si me encierro en mí mismo; levanta mi alma hacia Ti, Señor
Si me conformo con lo que veo; levanta mi afán de buscarte
Si sufro por la ansiedad; levanta en mí la conformidad
Si prefiero la comodidad; levántame y ponme en pie, Señor
Si duermo y no te espero; levántame y despiértame, Señor
Si me despisto y no te busco; levántame y condúceme, Señor
Si me equivoco de dirección; levántame y reoriéntame, Señor
Si prefiero otros señores; levántame y hazme ver tu grandeza
Si no tengo miedo a nada; levántame y dame tu santo temor
Si me creo único e invencible; levántame y dame humildad.
Si pasa el tiempo y desespero; levántame y ven a mi encuentro en Navidad
Amén.

Javier Leoz

Adviento, tiempo de gracia

1. – Al hombre de hoy le cuesta cada vez más esperar. El hombre moderno, con todos sus recursos de la ciencia y de la técnica, prácticamente está perdiendo la experiencia de la espera. Parecería que ya ni tiene expectativas. Más bien parece que hoy no sabemos esperar sino sólo prever, pues nos hemos apropiado de tantas cosas que nos sentimos prácticamente dueños de todo; todo parece estar bajo el dominio del conocimiento y de la organización.

Las sorpresas parecen cada vez más raras.

Esta actitud del ser humano postmoderno no sólo se da frente al mundo y sus misterios. Es de tal manera tan generalizada que también afecta el ámbito de la religión, al grado de que ya no se hace necesaria y se va teniendo como algo propio de otra época.

Para nosotros los creyentes, que partimos de la experiencia real de que no lo sabemos todo ni podemos dominarlo todo; que sabemos que la realidad no se agota en el mundo material; nosotros los que creemos en realidades que van más allá de este mundo que pasa, miramos hacia otro que se nos ha prometido y esperamos confiadamente alcanzar.

El adviento es el tiempo de la espera del Señor que viene a todos y a cada uno de los que estamos abiertos a su obra. Este tiempo es “tiempo de gracia” que Dios nos concede recorrer en la Iglesia para hacer cada vez más actual, en la vida de todos los que la formamos, los misterios por los cuales la misericordia divina ha querido mostrarnos su amor.

2. – En la primera lectura, el profeta Jeremías nos hace ver y experimentar la fidelidad de un Dios que promete y cumple a pesar de las múltiples infidelidades de quienes formamos su pueblo.

A pesar del exilio al que está condenado el reino de Judá, por esa fidelidad divina a David, hará surgir un retoño tal que la suerte y el futuro de Jerusalén se verá positivamente afectada, pues recibirá como nombre el mismo de su salvador: “El Señor-es-nuestra-justicia” en el que “justicia” equivale a salvación.

Jesús, anuncia Jeremías, viene a salvar a su gente, a hacerle justicia, hasta conseguir que los miembros del pueblo de Dios puedan vivir tranquilos.

San Pablo nos reporta, en la segunda lectura, el deseo y su exhortación a los cristianos de Tesalónica, a mantenerse en la práctica de una fe operante, mediante la práctica de la caridad en la espera de la venida del Señor. Mantenernos en este ritmo de amor y solidaridad fraterna es para nosotros la garantía de un crecimiento permanente en la práctica del bien. Es ésta la manera como los cristianos somos signo inequívoco de seguimiento y de fidelidad a Cristo en la fe, la esperanza y el amor.

3. – Finalmente, san Lucas nos presenta un relato apocalíptico. Jesús mismo nos da la interpretación cristiana de todos esos pasajes bíblicos que, como todo el género apocalíptico, no eran para asustar, sino para dar esperanza. Así dice: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.

En Jesús, por medio de Jesús, Dios interviene en nuestra historia para liberar, para redimir, para salvar. En Jesús, Dios nos revela que Él, Dios, es salvación; no juicio o condenación, sino salvación. En Jesús, Dios nos dice que Él nos ama hasta dar su vida por nosotros, siendo nosotros pecadores, es decir: Que su amor es incondicional.

San Lucas nos hace ver que la segunda venida del Señor traerá una clara distinción entre los que son fieles de Cristo y los que se oponen a Él. Éstos se llenarán de terror y desesperación, mientras aquellos se mantendrán en calma y serenidad esperando la venida como una victoria propia, pues verán en Cristo la venida de la salvación definitiva, esta es nuestra gran esperanza fundada en la fe en el Resucitado, vencedor del mal y de la muerte que ilumina el horizonte de nuestra existencia y nos hace vivir con una esperanza que no engaña, y que debemos ir consolidando con una fe viva, con una oración confiada, con una fidelidad que nos prepara para el encuentro definitivo con el Señor que animan nuestras pequeñas esperanzas, las de aquí, las de cada día, las de nuestro mundo: Un mundo de hambre y guerra, de globalización desequilibrada, de riqueza creciente de algunos y pobreza galopante de muchos, de descontento y de exclusión social…

4. – Las actitudes que exige este tiempo de adviento son la vigilancia en la fe, mediante la oración y la apertura de mente y de corazón para descubrir los signos de la venida de Jesús en las diversas circunstancias de la vida individual y comunitaria. Otra actitud propia del adviento es la de mantenernos en el camino trazado por Dios, es decir, entrar en el camino de la conversión permanente para seguir a Jesús hacia el Reino del Padre.

La alegría es otra condición en la que debemos mantenernos para vivir plenamente el adviento, pues ella es la manifestación más clara de la esperanza mediante la práctica de la caridad y la paciencia en el trato con todos, construyendo el Reino de Dios que viene y no tendrá fin.

Y, en fin, el adviento pide de nosotros una actitud de pobreza, para esperar con María, con José y Juan el Bautista la oferta de Dios con un corazón humilde y confiado en su misericordia, compartiendo lo que somos, sabemos y tenemos con los más pobres.

Antonio Díaz Tortajada

Se acerca vuestra liberación

1.- Hoy comienza el Adviento. Es tiempo de esperanza, porque es posible un mundo nuevo. Para que esto sea posible se nos pide una actitud de vigilancia y de atención. No debemos permitir que se embote nuestra mente con las realidades mundanas. Debemos levantar la cabeza para poder observar la liberación que se nos ofrece. Los signos que se nos ofrecen alientan nuestra esperanza. Algunos interpretan estos signos negativamente, anunciando catástrofes sin fin por nuestros pecados. Pero Dios nos ofrece la liberación total. Sus sendas, nos dice el salmo, son misericordia y lealtad. El Señor es bueno y es recto y enseña el camino a los pecadores.

2.- Nuestro mundo necesita una buena dosis de esperanza. Contamos con la providencia de Dios que vela por nosotros, pero espera nuestra colaboración. Hagamos posible la esperanza a los que viven desesperados porque su vida ha dejado de tener sentido. Hay muchos cristianos desanimados porque no ven a los jóvenes participando en la Eucaristía, otros se sienten desconcertados ante la falta de valores y la desintegración de muchas familias, hay quien está decepcionado porque ve una Iglesia demasiado instalada y alejada del Evangelio. Ante esto optan por la pasividad o resignación y niegan cualquier posibilidad de cambio. Hoy la Palabra de Dios nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras dudas e incertidumbres. El es nuestra justicia y nuestra salvación.

3.- Tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida. El tren de la esperanza va a pasar por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vamos encontrando en nuestro camino. Siendo nosotros también liberadores, justos, alegres y solidarios podremos hacer que todos los que en él viajamos podamos construir la nueva humanidad que tanto anhelamos. Pero seamos profetas de la esperanza, no del desaliento, pues ya estamos cansados de agoreros y necesitamos hombres y mujeres, esperanzados y esperanzadores.

José María Martín OSA

¿Qué es vivir despiertos?

Jesús no se dedicó a explicar una doctrina religiosa para que sus discípulos la aprendieran correctamente y la difundieran luego por todas partes. No era este su objetivo. Él les hablaba de un «acontecimiento» que estaba ya sucediendo: «Dios se está introduciendo en el mundo. Quiere que las cosas cambien. Solo busca que la vida sea más digna y feliz para todos».

Jesús llamaba a esto el «reino de Dios». Hemos de estar muy atentos a su venida. Hemos de vivir despiertos: abrir bien los ojos del corazón; desear ardientemente que el mundo cambie; creer en esta buena noticia que tarda tanto en hacerse realidad plena; cambiar de manera de pensar y de actuar; vivir buscando y acogiendo el «reino de Dios».

No es extraño que, a lo largo del evangelio, escuchemos tantas veces su llamada insistente: «vigilad», «estad atentos a su venida», «vivid despiertos». Es la primera actitud del que se decide a vivir la vida como la vivió Jesús. Lo primero que hemos de cuidar para seguir sus pasos.

«Vivir despiertos» significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos solo en quejas, críticas y condenas. Despertar activamente la esperanza.

«Vivir despiertos» significa vivir de manera más lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que a veces parece invadirlo todo. Atrevernos a ser diferentes. No dejar que se apague en nosotros el deseo de buscar el bien para todos.

«Vivir despiertos» significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos «pequeños gestos» que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la esperanza de las personas y hacen la vida un poco más amable.

«Vivir despiertos» significa despertar nuestra fe. Buscar a Dios en la vida y desde la vida. Intuirlo muy cerca de cada persona. Descubrirlo atrayéndonos a todos hacia la felicidad. Vivir no solo de nuestros pequeños proyectos, sino atentos al proyecto de Dios.

José Antonio Pagola