El arte de vivir despiertos

A lo largo de la historia, no ha sido extraño que grupos religiosos, más o menos sectarios, hayan hablado, con tono de amenaza, de un final inminente de la historia, en el que solo los “elegidos” quedarían a salvo.

Como trasfondo, no es difícil adivinar una actitud recurrente en ese tipo de sectas: el rechazo del mundo presente y el sueño de un “mundo nuevo” ideal, en el que “los justos” serían completamente resarcidos.

Pues bien, esta creencia fue común en los ambientes de aquellos primeros grupos de seguidores de Jesús, no sabemos con seguridad si alimentada por el propio Maestro, tal como se recoge en las palabras que el evangelio de Mateo pone en su boca: “Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda” (Mt 24,34).

Con todo, en medio de todo ese discurso apocalíptico, resalta con fuerza una llamada de atención: “Estad siempre despiertos”. Nadie sabe qué futuro nos espera, nadie conoce el desarrollo de los acontecimientos que están por venir. Sin embargo, hay algo a nuestro alcance: vivir despiertos para que, ocurra lo que ocurra, podamos “mantenernos en pie”, como dice el propio texto.

Vivir despiertos significa salir del sopor del sueño de la ignorancia y venir a la luz de la comprensión. Es un arte y un camino, lo cual significa que es la misma práctica la que nos va haciendo diestros en esa nueva forma de vivirnos.

El arte de vivir despiertos se ejercita en la medida en que disminuye o cesa la identificación con la mente, gracias al silencio y a la toma de distancia con respecto a los contenidos mentales. Ahí encuentra su lugar la práctica meditativa, en la que nos entrenamos para acceder a “otro lugar”, más allá de la mente, que abre la puerta a la comprensión.

Ese otro lugar es el Testigo y aprender a vivir en él constituye un momento y un paso decisivo en el camino espiritual -o despertar- de la persona. Se sale de la “jaula” de la mente -y de todo su griterío- y se percibe todo desde la ecuanimidad del “observador”. Tal práctica, no solo nos otorga una radical libertad interior frente a la mente que nos esclaviza con sus mensajes, sino que nos alinea con la vida, generando paz, gozo, creatividad y entregaamorosa y comprometida.

¿Qué me ayuda a vivir en el Testigo?

Enrique Martínez Lozano

Se acerca vuestra liberación

El Adviento coincide con el final del otoño y el comienzo del invierno. En este tiempo la naturaleza se sumerge en un letargo de descanso y de silencio. Quizá, también a nosotros nos vendría bien despojarnos de todo lo superficial, lo que ya ha cumplido su función y está seco, creencias caducas, dudas que nos bloquean, dogmas encorsetados, protagonismos, egos, miedos, vanidades… Mas, en nuestro interior, en la tierra oscura y cálida, habita y se gesta un nuevo germen de vida que brotará cuando sea llegado el tiempo… Tiempo de descubrir que nuestra vida pende de unas promesas de libertad, de justicia, de fraternidad todavía sin cumplir; tiempo de cuidar eso que llevamos dentro y a veces olvidamos, ese embarazo de lo divino en mí y que he de dar a luz…; tiempo para vivir en profundidad el rítmico latir de cada momento, sin prisas, sin ruidos; darnos cuenta de que lo más sencillo e insignificante es lo que va haciendo grande nuestra existencia, es la savia que, aun dormida, sigue nutriéndonos.

De la mano de los grandes profetas y, ante todo, de Jesús, nos ponemos en camino para dar a luz una humanidad transida del Espíritu de Dios y reconciliada con la nueva tierra transformada. El Dios del Adviento nos empuja siempre hacia algo que se acerca, hacia lo por venir. Es una promesa de presencia. Anuncio de una realidad que no está aún ahí, al alcance de la mano. Por eso saca al ser humano de su ahora hacia el futuro al que le vincula. El pueblo de Israel comprendió, como ningún otro, el sentido de la itinerancia, de la emigración, de la historia. Vivió de cara a lo porvenir como sentido último de su propio devenir.

Por eso, los acontecimientos de nuestra historia de pueblo de Dios tienen siempre ese carácter de provisionalidad. Son estaciones de un itinerario, de un proceso, grávidas de un encargo o tarea de futuro. Así, hasta que se produzca la venida definitiva, el adviento pleno, la parusía.

El hecho de oír el anuncio de nuestra liberación (“levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”), suscita un poderoso sentimiento de esperanza. Nuestra generación, nuestro momento histórico, vive transido de una expectación de futuro, un futuro liberador. Sin olvidar lo que el Apocalipsis nos desvela: no se trata de un dualismo en el que lo porvenir, el cielo, se impone sobre la tierra, sino que la Nueva Jerusalén ya existe (Ap 21,2-4). No sería tanto el argumento recibido del “ya pero todavía no” cuanto el “ya aquí a pesar de nosotros”; es el llamamiento a la participación de lo que era, está siendo y será. Precisamente la tarea profética del pueblo de Dios consiste en encender la llama de la esperanza, esa llama frágil que cualquier soplo, en cualquier instante, puede apagar. Si pensamos en la interminable historia de genocidios ocurridos sobre la tierra, sentimos que es un milagro o una utopía mantener una esperanza de futuro.

Se nos invita, pues, a aceptar lo que Dios siembra en silencio, acoger lo que viene de Dios, lo que trae la vida, lo agradable y lo que no lo es tanto; tomar una decisión, afrontar un cambio, arriesgarse, confiar en Él, que sigue trabajando en lo escondido de tu tierra fecunda.

En la primera lectura (Jer 33,14-16) leemos que el anhelado descendiente de David está viniendo y revelando a Dios en su verdadero rostro de Señor-nuestra-justicia. En la carta de Pablo (1Tes 3,12-4,2) la esperanza se confunde prácticamente con el amor, entendido en su dimensión universal, más allá de toda frontera, de toda discriminación y de cualquier condicionamiento. Algo que la Iglesia católica debería tener en cuenta en la consulta sobre el Sínodo de la Sinodalidad para que se haga realidad el “caminar juntos” que todos/as anhelamos y aún no se nos reconoce. Y, añade Pablo, “el Señor os fortalecerá internamente, para cuando Jesús vuelva”.

El evangelio (Lc 21,25-28) proclama con alegría, “Se acerca vuestra liberación”. La esperanza cristiana sobrevuela por encima de todas las tragedias humanas y todos los dramas personales. Se nos invita a interpretar los períodos más oscuros de la historia como signos de liberación. No para olvidarlos, sino para buscar la manera concreta de insertarse en el más eficaz y honesto proceso de liberación humana. Ni victimismos, ni derrotismos, ni pasotismos.

Enfocar el Adviento como tiempo de acoger lo bueno que Dios deja en cada uno/a, agradeciéndolo, creando un espacio de acogida y aceptación, de amor, para que así se produzca el milagro del alumbramiento. Darnos cuenta de los sencillos regalos cotidianos: tu capacidad de ver la belleza a tu alrededor, el encuentro con los vecinos, con los amigos, con la familia, el café de la sobremesa; valorar los alimentos provenientes de la tierra, del mar, en definitiva, del Creador; el acompañamiento en la sala de un hospital, ante la pérdida de un ser querido o en el módulo de la cárcel; el silencio ante lo que nos resulta insoportable y desolador; el trabajo bien hecho, el estudio para seguir avanzando en humanidad.

Adviento, tiempo de oración para ser conscientes de los regalos que Abbá Dios nos deja en el corazón y cada día le agradecemos.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

II Vísperas – Domingo I de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven, Señor!»
Quien lo oiga, diga: «¡Ven, Señor!»

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

  • Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen,
    — ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.
  • Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
    — ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.
  • Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José,
    — ven a salvar al pueblo de sus pecados.
  • Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
    — ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

  • Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
    — ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo.
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

El hombre intenta liberarse de su angustia

Hoy primer domingo de Adviento, os propongo unos apuntes sobre cómo debemos entender las Escrituras, que son la base de toda liturgia. Es la ciencia la que nos obliga a salir de nuestra ceguera. A Galileo casi le cuesta la vida decir que la tierra se mueve. El argumento de la Iglesia era: la Biblia dice lo contrario. La Biblia no tenía razón pero sí Galileo. Hoy el problema es más grave, porque atañe a la manera de interpretar la biblia. Ni una sola frase debemos entenderla literalmente. Toda ella es teología narrativa.

Es la ciencia la que nos obliga a dar el cambio. Los medios con que contamos hoy son increíbles. Podemos descubrir lo que hay varios metros por debajo de la tierra sin tocarla. Podemos datar con increíble precisión una mínima parte de materia orgánica o de roca. Muchas otras ciencias están al servicio de la arqueología. La sociología nos permite comprender las circunstancias en que vivían sociedades de las que no sabíamos nada. La historia es capaz de ir más allá de lo que podíamos imaginar hace solo unas décadas.

También el mejor conocimiento de las primeras lenguas escritas nos permite aquilatar el significado de los textos de manera mucho más precisa. La exégesis nos permite interpretar esos mismos textos más de acuerdo con la manera de pensar de cada época. Todos estos avances científicos nos obligan a repensar lo que hasta ahora creíamos de los textos bíblicos. El resultado es que los relatos que han llegado a nosotros no quieren decir lo que durante mucho tiempo estábamos convencidos que nos decían.

Lo primero que llama la atención es que todo el AT se escribió entre el s. VII y el IV antes de Cristo. En el siglo séptimo no podían tener ni idea de lo que pasó en tiempo de Noé. Los grandes patriarcas son personajes míticos y todo lo que se dice de ellos no son más que relatos fantásticos utilizando los mitos y leyendas que circulaban en las culturas del entorno. Haber metido a Dios en los relatos no significa que haya intervenido en la historia para dirigirla y condicionarla. Dios no pudo elegir a un pueblo y hacer maravillas en su favor, sobre todo, si, como pasa casi siempre es en contra de los demás pueblos.

David no fundó ningún imperio. La arqueología no ha encontrado ni rastro de ese poderío. Si existió realmente, no pasó de ser un jefe de bandoleros que se hizo con el mando de una tribu. Entonces Sión no era más que un pueblucho sin ninguna capacidad organizativa, menos aún como centro de un imperio. En toda Judea no había más de 2.000 habitantes; mal podía tener un ejército de 30.000. La fastuosidad de Salomón no fue más que una leyenda fantástica. Puede ser que construyera el primer templo, pero ahí acabaría todo.

Los análisis genéticos han demostrado que los judíos no son una raza especial, que llegaron de otra parte. Son de la misma estirpe que los demás habitantes de Palestina. Tampoco se ha encontrado rastro de una emigración del pueblo judío a Egipto. Los egipcios llevaban las anotaciones de los acontecimientos importantes. No hay ni rastro de una población judía en su territorio. En tiempos del Éxodo, los egipcios tenían vigiladlas todas las fronteras con militares que les permitían controlar todo flujo de personas.

Es imposible que salieran de Egipto unos 600.000 varones sin que eso quedase reflejado como un peligro. Es imposible que un número tan descomunal de personas pasaran cuarenta años en el desierto sin dejar el más mínimo rastro. No hubo ninguna teofanía en el Sinaí ni Moisés recibió ninguna tabla con los mandamientos. No hubo ninguna conquista de las tierras de Canaán, porque los judíos siempre estuvieron allí. No pudieron derrumbarse las murallas de Jericó, porque no era más que una aldea insignificante.

Pero, entonces ¿por qué se escribieron todos esos relatos fantásticos que no hacen más que ponderar la intervención de Dios a favor de un pueblo, casi siempre, machacando a otros pueblos? Todos los relatos tuvieron un objetivo muy claro: intentar mantener la esperanza de un pueblo que se sentía zarandeado por todas partes y con muy pocas posibilidades de subsistir. A la vuelta del destierro, el pueblo judío quedó reducido a un puñado de personas de los más bajos estamentos sociales. Lo que consiguieron los escritores fue mantener la esperanza y la energía necesaria para superar la dificultad.

Esto nos tiene que hacernos pensar y aceptar que hemos estado leyendo la Escritura de una manera demasiado simplista. Aunque lo que cuentan no concuerde con lo que pasó, sigue teniendo su valor porque nos invita a buscar una salvación en Dios más allá de las que podemos encontrar por nuestra cuenta. Pero las dificultades que encontraron y cómo fueron capaces de superarlas, eso sí es un hecho histórico. Esto es lo que nos debía preparar a aceptar la lección que aquella actitud puede darnos hoy y buscar una salvación no venida de fuera sino descubierta en lo profundo de todo ser humano.

Todo el año litúrgico es un montaje que hemos construido. Dios no está sometido a este artificio. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está siempre ahí esperando que lo descubramos. Nosotros sí necesitamos esos artificios para aprovechar el tiempo y el lugar oportunos para ese encuentro. Se trata de un intento de armonizar el presente con el pasado y el final. Empezamos el Adviento con lecturas apocalípticas que nos recuerdan los domingos últimos. El pasado y el futuro debemos afrontarlos desde el presente.

El evangelio que hemos leído refleja el ambiente apocalíptico que se vivía en las primeras comunidades cristianas. Están escritos desde una visión mítica del mundo, del hombre y de Dios. Desde esa perspectiva Dios había creado toda la realidad visible quedándose al margen de ella pero gobernándola desde las alturas. El hombre había envenenado la creación con su conducta, pero no tenía capacidad de enderezarla. Dios perdonaría a los humanos y con el mismo poder que creó, recrearía el mundo malogrado eliminado el mal.

Nuestro universo conceptual es muy distinto. La creación no es un acto de la potencia de Dios que ‘hace’ algo fuera de Él, sino que todo lo que existe es la manifestación de lo divino que permanece escondido en lo hondo de toda realidad. Como reflejo de lo divino todo es esencialmente bueno. El maniqueísmo nos empuja a dividir la realidad en opuestos irreconciliables, pero para Dios todo está en una eterna armonía. Nuestra falta de perspectiva nos hace ver el mal que solo está en nuestra cabeza.

Meditación

No tienes que esperar ninguna salvación venida de fuera.
Todo lo que puedes llegar a ser ya lo eres.
Tu tarea es descubrir tu verdadero ser
y simplemente serlo.
La oferta oficial va dirigida a satisfacer tu falso yo.

Fray Marcos

Justicia, paz y liberación

Comenzamos un nuevo año litúrgico, preparándonos, como siempre, para celebrar la Navidad. La primera lectura promete la venida de un descendiente de David que reinará practicando el derecho y la justicia y traerá para Judá una época de paz y seguridad. El evangelio anuncia la vuelta de Jesús con pleno poder y gloria, el momento de nuestra liberación. ¿Cómo se explica la unión de estas dos venidas tan distintas? Lo intentaré con la siguiente historia.

La esposa del astronauta y la Iglesia

Un día la NASA decidió una misión espacial fuera de los límites de nuestro sistema solar. Una empresa arriesgada y larga que encomendaron al comandante más experimentado que poseía. Cuando se despidió de su mujer y sus hijos, la familia pasó horas ante el televisor viendo como la nave se alejaba de la tierra.

Los niños, pequeños todos ellos, preguntaban continuamente: “¿Cuándo vuelve papá?” Y la madre les respondía: “Vuelve pronto, no os preocupéis”. Al cabo de unos meses, cansada de escuchar siempre la misma pregunta, decidió organizar una fiesta para celebrar la vuelta de papá. Fue la fiesta más grande que los niños recordaban. Tanto que la repitieron con frecuencia. La llamaban “la fiesta de la vuelta de papá”. Pero la inconsciencia de los niños creaba una sensación de angustia en la madre. ¿Cuándo volvería su marido? ¿El mes próximo? ¿Dentro de un año? “La fiesta de papá”, que podía celebrarse en cualquier día del mes y en cualquier mes del año, se le convirtió en una tortura. Hasta que se le ocurrió una idea: “En vez de celebrar la vuelta de papá ‒dijo a los niños‒ vamos a celebrar su cumpleaños. Sabéis qué día nació, así que no me preguntéis más cuándo vamos a celebrar su fiesta.

A la iglesia le ocurrió algo parecido. Al principio hablaba de la pronta vuelta de Jesús, la que menciona el evangelio de este domingo. Pero esa esperanza no se cumplía, y la iglesia pasó de celebrar su última venida a celebrar la primera, el nacimiento. Sin embargo, no ha querido olvidar la estrecha relación entre ambas venidas, y así se explica que encontremos textos tan distintos.

De reyes inútiles y canallas a un rey justo (Jeremías 33, 14-16)

Para comprender esta lectura hay que recordar la trágica historia de los últimos reyes judíos. Josías, del que tanto se esperaba a nivel religioso y político, murió en la batalla de Meguido luchando contra los egipcios (609). Su hijo, Joacaz, fue deportado a Egipto al cabo de tres meses de reinado. Le sucede Yoyaquim/Joaquin (608-598), al que el profeta Jeremías condena por sus terribles injusticias. Mientras tanto, el dominio internacional ha pasado de Egipto a Babilonia. Nabucodonosor deporta a Joaquín/Jeconías (598-597) y nombra rey a Matanías, cambiándole el nombre por el de Sedecías, que significa “Yahvé es mi justicia”. Este nombre parece una broma, un insulto. ¿De qué justicia habla Nabucodonosor? ¿Qué se puede esperar de un fantoche impuesto por el babilonio? Y la gente se preguntaría: ¿de qué sirve la promesa hecha por Dios a David de una dinastía eterna? ¿Para qué queremos un descendiente de David, si todos los reyes son inútiles o sinvergüenzas?

En este contexto se entiende la promesa hecha por Dios a Jeremías de un rey que se llamará “Yahvé es nuestra justicia”. Un monarca cuyo mismo nombre expresa la estrecha relación de Dios con todo el pueblo, y que salvará a Judá y Jerusalén mediante un gobierno justo. Frente a la angustia y la incertidumbre, implantará la tranquilidad.

Lo fundamental es la idea de un monarca que procura el bienestar del pueblo. En el contexto del Adviento, esta lectura nos recuerda que Dios no se desentiende de los graves problemas políticos y sociales de la humanidad.

El amor como preparación a la Navidad (1 Tesalonicenses 3, 12- 4,2)

Lectura brevísima, pero muy importante: indica con qué espíritu debemos vivir siempre la vida cristiana, en especial estas semanas del Adviento: amor mutuo entre los cristianos y amor a todo el mundo.

Esperar y preparar nuestra liberación (Lucas 21, 25-28. 34-36)

El evangelio comienza con las señales típicas de la literatura apocalíptica a propósito del fin del mundo (portentos en el sol, la luna y las estrellas) que provocan en las gentes angustia, terror y ansiedad. Pero el evangelio sustituye el fin del mundo con algo muy distinto: la venida de Jesús con gran poder y gloria; y esto no debe suscitar en nosotros una reacción de miedo, sino todo lo contrario: “cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”.

A continuación, nos dice el evangelio cómo debemos esperar esta venida de Jesús. Negativamente, no permitiendo que nos dominen el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida. Positivamente, con una actitud de vigilancia y oración.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo I de Adviento

(Lc 21, 25-28. 34-36)

Cuando Lucas describe la segunda venida de Jesús, su objetivo no es satisfacer nuestra curiosidad haciéndonos conocer los detalles del fin del mundo, sino destacar la figura de Jesús, el Hijo del hombre, que vendrá glorioso. La descripción de los fenómenos llamativos solo sirve para destacar la gloria de su venida. Esa venida será causa de temor para los que no le han dado un sentido a sus vidas, y por eso “desfallecerán de miedo”. Pero para los verdaderos cristianos será un alivio y un regalo: “Ustedes levanten la cabeza, porque se acerca su liberación”.

Y el evangelio nos habla a todos nosotros para que estemos atentos, vigilantes. No atentos para ver los fenómenos aterradores, sino para no dejarnos esclavizar por los vicios y las preocupaciones de la vida. Estas cosas no pueden atar de tal manera que nuestra mente y nuestro corazón pueden llegar a embotarse, a “embriagarse”, a atontarse por el consumismo o las preocupaciones, a hacerse indiferentes ante el amor de Dios, olvidando su presencia, dejando morir el ideal del amor que debería iluminar todos nuestros actos.

La Palabra de Dios no nos invita a despreciar las alegrías y todos los placeres de la vida que son un don del amor de Dios, ya que Dios “hizo todas las cosas para que las disfrutemos” (1Tim 6, 17). Pero esta invitación a estar atentos nos recuerda que no son esos placeres el sentido de esta vida caduca, y que no tenemos que permitir que el consumismo triste e insatisfecho nos domine el corazón.

El corazón humano debería estar ante todo en las cosas que no se acaban, que no se gastan, que no se terminan. Pensar en el fin nos ayuda a descubrir que algunas opciones de nuestra vida presente no tienen sentido, nos ayuda a ver que a veces le damos demasiado valor a cosas que finalmente tendremos que abandonar.

Oración:

“Señor, ayúdame a recordar que todo se acaba, que debo gozar de las cosas sabiendo que no son eternas y que no son ellas el centro de mi corazón, porque fui creado para ti, y mi corazón sólo estará satisfecho cuando descanse en ti”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Lectio Divina – Domingo I de Adviento

Se acerca vuestra liberación

INTRODUCCIÓN

La primera parte del evangelio nos presenta una situación caótica: con la caída del sol, la luna y las estrellas; con naciones asustadas por el mar y el tumulto de las olas, con gentes llenas de espanto.  Pero esto es sólo aparentemente, ya que en las tres lecturas se nos dan razones para la esperanza. En la primera se nos dice que Dios mandará “un vástago que hará justicia”. Y donde hay justicia hay orden y paz. En la segunda San Pablo nos habla de unos corazones “rebosantes de amor”. Y es el mejor equipamiento para vencer todas las dudas y todos los miedos. Y Jesús, en la segunda parte del evangelio nos invita a “levantar la cabeza”. No quiere el Señor que vivamos con miedos, con humillaciones, con complejos, con tristeza. Precisamente este tiempo de Adviento se caracteriza por la alegría y la esperanza ante la venida de Jesús nuestro Salvador.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Jer. 33,14-16           2ª lectura: 1Tes. 3,12-4,2

EVANGELIO

San Lucas 21, 25-28. 34-36:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre»

REFLEXIÓN

En este Primer Domingo de Adviento, el Señor nos invita a una cosa: A LEVANTAD LA CABEZA. No podemos ir por la vida con la “cabeza baja”. No quiere nuestro Señor que vivamos humillados, despreciados, sin derechos ni dignidad.  Es verdad que, como humanos, no podemos presumir de nada. Pero ese Hijo del Hombre que aparece en una nube, allá en lo más alto, ha bajado de la nube a compartir con nosotros esta existencia tan frágil, tan caduca, tan deleznable. Y nos ha devuelto “la imagen” que habíamos perdido. Por eso nos preguntamos: ¿Por qué debemos ir con la cabeza levantada?

1.– Levantamos la cabeza para mirar la vida tal y como es. Hay mucha gente que se escapa de esta vida: no quiere ver tanta violencia, tantas guerras, tantas filas de gente huyendo de sus países, tanto atropello, tanta corrupción. Y dicen: con los ojos cerrados, se vive mejor. Pero, por mucho que cierren los ojos, la miseria no dejará de existir. Jesús pasó por la vida con los ojos bien abiertos:  Veía la soberbia y avaricia de los jefes; la corrupción de los poderosos, la ambición instalada en el mismo corazón de sus discípulos. Y porque vio el mal con todas sus secuelas, quiso luchar contra él.  Si Jesús no hubiera tomado partido por los pobres, si hubiera sido más prudente a la hora de denunciar el mal, si hubiera cuidado un poco las formas y hubiera sido más condescendiente, hubiera vivido muchos años y hubiera muerto tranquilamente en su cama. Pero miró el mal del mundo y ya no pudo vivir tranquilo. Y se comprometió hasta el final.

2.– Levantamos la cabeza para poder mirar el cielo. Uno de los grandes males de nuestra época es que la gente, ya no mira al cielo. El hombre de hoy quiere ser feliz en la “inmanencia”.  Lo decía muy bien el Papa San Juan Pablo II:.»Una especie de ateísmo práctico y existencial que coincide con una visión secularizada de la vida…Un hombre lleno de sí que no sólo se pone como centro de su interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de toda la realidad… Ya no hay necesidad de combatir a Dios. Se piensa que basta simplemente con prescindir de Él.» (P.D.V. 7).  Se están cumpliendo las palabras del poeta: “Bueno es saber que los vasos nos sirven para beber. Lo peor es que no sabemos para qué sirve la sed” (A. Machado). La sed de infinito, de verdad, de felicidad, que el mismo Creador puso en nuestro corazón, ya no sabemos para qué sirven. Hoy, más que nunca, necesitamos levantar la cabeza y mirar al cielo con un sentido de “trascendencia”. El hombre, como el árbol, necesita de la profundidad de las raíces y de la inmensidad de los cielos para mantenerse en pie. Raíces, sí; pero también lluvia, aire, viento, sol, sobre sus ramas.

3.– Levantamos la cabeza para vivir de esperanza y poder todavía soñar.  La vida humana está lanzada hacia el futuro. Somos lo que no somos y estamos llamados a ser. Y para esto necesitamos de la “esperanza”. En realidad, uno no muere cuando acaba de respirar sino mucho antes, desde el momento que ya “no espera nada de la vida”. Sin esperanza no se puede vivir. Y matamos a una persona cuando le decimos: “Yo de ti ya no espero nada”.  Los sueños más bonitos de los profetas coinciden con la época más trágica del pueblo judío: el destierro de Babilonia. Vendrán días en que los “huesos secos se llenarán de carne y de vida” (Ez. 35). Días en que “un agua que baja del Templo convertirá el desierto en vergel y las aguas salobres del Mar Muerto en un mar de agua dulce donde acudirán los pescadores” (Ez. 47).  A los cristianos que creemos en Cristo Resucitado, se nos podrá quitar la piel, pero no los sueños. Adviento es tiempo propicio para soñar.

PREGUNTAS

1.- ¿Miro la vida como es, con todo su realismo?  Y esto ¿Me obliga a cambiar y luchar por un mundo más humano?

2.–¿Doy a mi vida un toque de fe, de amor, de esperanza? Y esto ¿Lo nota la gente?

3.- ¿Estoy convencido de que, si pierdo la esperanza lo he perdido todo?  Además de dormir, ¿me gusta soñar?

Este evangelio, en verso, suena así:

En este tiempo de Adviento,
nos invitan los profetas
a cultivar la “esperanza”,
porque “el Señor está cerca”.
El Adviento es “esperanza”
tensa y vigilante espera.
Esperamos a Jesús,
al “Salvador de la tierra”.
La “esperanza” no se duerme,
vigila y está “despierta”.
Ante el miedo reacciona
“levantando la cabeza”.
La “esperanza” siempre canta,
aunque tropiece con piedras.
Cuando todos se acobardan,
ella redobla sus fuerzas.
La “esperanza” siempre es niña,
una flor de ilusión nueva.
“Nuestra esperanza es Jesús,
Que está llamando a la puerta.”
Quiere “nacer en nosotros”,
alejar nuestras tinieblas,
regar nuestro corazón
con una lluvia de estrellas.
Ven, Señor, que te esperamos.
Hace frío, eres “hoguera”.
Es de noche, Tú eres “día”.
Somos pobres, Tú “riqueza”

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

¡Ven Señor Jesús!

1.- Comienza un año litúrgico. El Evangelio de San Lucas enlaza con el del domingo pasado y que nos sitúa el inicio del Reino de Jesucristo. Hay mensaje escatológico en las palabras de Jesús. Anuncia un final de un mundo. Pero queda su promesa: fehaciente: la apertura de otro mundo más venturoso con su Segunda Venida, con la Parusía. No es fácil dejar de pensar –muchas veces, muchos días– en su Vuelta y no tanto por ningún principio finalista o mágico. Solo porque es difícil no tener ganas de ver al Señor. Así es, sin más. Son entrañables los testimonios de San Pablo cuando creía que la llegada del Jesús acontecería antes de su muerte y da cumplida explicación del salto necesario para acompañar al Señor Jesús ya desde ese momento.

2.- Si por un lado es completamente absurdo estar esperando al adviento de los últimos días como única razón para vivir o esperar –algunos grupos basan sus creencias en la divinización de esos momentos–, es igual considerar que sería imposible su llegada, porque está anunciada y a algunos les tocará vivir esos días difíciles; pero, para gozar de esa idea, hay que trabajar con alegría a todas las horas, asegurar que el mundo no se está acabando y comprender que los adoradores de lo apocalíptico no van por buen camino. Alguien los ha engañado. Amanece todas las mañanas y el fresco de las primeras horas es el mensaje de la oferta que Dios hace cotidianamente a los hombres. En su trabajo, en el servicio a los demás, en la esperanza y en la alegría está el mejor seguimiento de Cristo. Y hablamos de esto porque abundan, en los últimos tiempos, los mensajes de algunos finalistas sin causa, ni conocimiento.

3.- Sin embargo, todos deseamos la venida del Señor Jesús. Ahora, al iniciar el Adviento le esperamos como Niño, que viene a salvarnos. Pero tenemos además la esperanza de su Segunda Venida. No sabemos cuando será, pero tampoco nos importa. Mientras tanto –como decía—hay mucho trabajo en la tierra y con los hermanos. Anhelamos que venga el Señor. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Marana tha! La frase aramea se repite en la cristiandad desde los tiempos inmediatamente posteriores a la Ascensión a los cielos de Jesús. No ha cambiado. ¡Ven, Señor Jesús! Le esperamos, aunque siempre estamos con él. Día a día, en la Eucaristía. Hora a hora en la oración. El ambiente de este Primer Domingo de Adviento ya nos anuncia su venida. Pero será, como decía su Segunda Venida, la que esperamos, llena de Majestad y Gloria. Y en la que se condensan todas nuestras esperanzas. La primera, su Nacimiento en Belén, sus consecuencias cotidianas, están junto a nosotros y en nuestras manos.

No podríamos vivir nuestro camino de cristianos si Él no estuviera cerca y sintiéramos su presencia. El Adviento significa venida, advenimiento. Permitidme la siguiente idea: Jesús llega cada Navidad «un poco más» a nuestras vidas. No podemos desaprovechar la ocasión. Y así aprovechemos este Primer Domingo de Adviento para limpiar nuestro corazón y para poner más calor en nuestra alma. Esperamos a un Niño que cambiará nuestras vidas. Le Esperamos. Marana Tha. Ven Señor Jesús.

Ángel Gómez Escorial

El diverso color de la utopía

1.- «Dijo Jesús: Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder todo esto, alzad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación». Lucas, Cáp. 21.

Una escena frecuente en las películas: El protagonista ha planeado el feliz encuentro con su amada. Y cuando el tren se aproxima a la estación, quisiera escaparse por la ventana. Inspecciona entre el tumulto del andén. ¿Será ella? No es. ¿Habrá entendido mal la fecha, o la hora? ¿Se habrá olvidado de la cita? Todos los pasajeros se disgregan y el amante burlado se queda solo. Las cámaras registran su amargo desconsuelo, cuando recoge las maletas para dirigirse al hotel. En un lenguaje actual, ésta sería la historia de Dios cuando vino por primera vez a la tierra. Ya el Antiguo Testamento había señalado al pueblo judío como una amante veleidosa. Y san Juan añadió apenado: «Vino Dios a su casa y los suyos no le recibieron».

2.- Los cristianos distinguimos que Dios llega a nosotros de tres maneras. La primera, cuando se hizo hombre en las entrañas de María. Un hecho que cada año celebramos, con gozo y reconocimiento. La segunda consiste en aquellos encuentros personales, que el Señor realiza con cada creyente. Se llamarán teofanías, signos, favores, experiencias religiosas. Muchos de ellos tienen lugar en la intimidad de la conciencia, pero no por ello, son menos constructivos y gratificantes. A la última venida de Dios la hemos llamado, según la tradición, juicio final. Pero éste no será un acontecimiento masivo, sino el encuentro con el Señor de cada uno de nosotros, al término de nuestra vida mortal.

Los evangelistas, de acuerdo a la mentalidad de su época, dibujaron la llegada del Señor con muy cargadas tintas: «Habrá signos en el sol, la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes. Entonces verán al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria». Una página donde San Lucas colecciona imágenes, símbolos y creencias de su tiempo. Pero invitándonos a alejarnos de toda actitud destructiva y a mantener viva nuestra amistad con el Señor: «No se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero. Estad siempre despiertos».

3.- Comprendemos entonces que Dios vino, viene a cada momento y vendrá pasado mañana, cuando nos visite la muerte. El encuentro entre Dios y los hombres es la utopía religiosa de todos los grupos humanos y de todos los tiempos. Decimos utopía, no por calificar este hecho de imposible, sino por presentarlo como algo que supera nuestras pequeñas expectativas.

Sin embargo este sueño fundamental de los creyentes lo empañamos a veces con otras utopías de menor validez, de todos los tamaños y colores: El soldado sueña ser general, el obrero gerente, el monaguillo santo padre de Roma y la enfermera ministra de salud.

Valdría preguntarnos: ¿Cuál es nuestra ambición central por estas fechas? ¿Qué deseamos alcanzar en este diciembre? ¿De qué color será nuestra utopía? Pero conviene recordar: Cuando Dios se hizo hombre, garantizó nuestro derecho a soñar que la felicidad es posible. Pero certificó, a la vez el deber, de cada creyente por hacer real, en el corazón, en la familia, en todo el mundo, la utopía de Dios.

Gustavo Vélez, mxy

La última esperanza

Es muy frecuente, en películas sobre catástrofes, que el o la protagonista sean “la última esperanza” para salvar a un grupo de personas o a la humanidad entera, porque todo lo demás ha fracasado. En ocasiones, el o la protagonista, además de salvar a los demás, también se salva a sí mismo, pero otras veces sacrifica su propia vida por el bien de los demás, lo que da más emoción a la película.

Desde hace varias décadas estamos asistiendo al deterioro progresivo de nuestro planeta y de nuestra sociedad, que presentan un escenario apocalíptico, del cual la crisis del coronavirus ha sido el último exponente: el cambio climático y sus consecuencias resultan alarmantes; se producen lluvias torrenciales e inundaciones cada vez más violentas, a la vez que aumenta la sequía y la desertización; la amenaza del terrorismo y de las guerras está siempre presente; el hambre sigue afectando a millones de personas en todo el mundo; el aumento del precio de la electricidad y otros productos afecta a cada vez más a más gente; hay una sensación de que las leyes no tienen efectividad real, porque se incumplen empezando por quienes deberían dar ejemplo; en muchos casos se privilegia el derecho del delincuente por encima del de la víctima; crece el individualismo, se tiene un sentimiento de impunidad y se pasan por alto leyes, normas y valores; no se valora el trabajo ni el esfuerzo, porque al final, “va a dar lo mismo”… Y se podrían poner muchos más ejemplos.

Todo esto provoca angustia de las gentes, como decía Jesús en el Evangelio, desfalleciendo por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo; muchos no quieren pensar en ello y, como también decía Jesús, embotan sus corazones con juergas y borracheras, porque el futuro se presenta muy negro y no se ve una vía de solución.

Sin embargo, como también hemos escuchado en el Evangelio, cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación. Nos queda la última esperanza: Entonces verán al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria. El tiempo de Adviento, que hoy comenzamos, es el tiempo de la espera y el tiempo de la esperanza: y nuestra esperanza es Cristo.

Precisamente porque todo está como está, se nos ofrece el Adviento para preparar el camino del Señor, nuestra última esperanza, porque todo lo demás que estamos intentando, sin contar con Él, ha fracasado. Él ha entregado su vida por nosotros pero, a diferencia de los protagonistas de las películas, Él ha resucitado para mostrarse como vencedor de la muerte y, por eso, es la verdadera y última esperanza de salvación para toda la humanidad.

Por eso, desde hoy, hemos de estar despiertos, como nos pedía Jesús, porque corremos el peligro de que se emboten nuestros corazones con los preparativos externos de la Navidad y con las inquietudes de la vida. Necesitamos estar despiertos para descubrir los signos de la presencia y acción de Cristo, nuestra última esperanza, porque “el mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria, viene ahora a nuestro encuentro, en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio de la espera dichosa de su Reino” (Prefacio III de Adviento). ¿Qué sentimientos me produce la situación actual del mundo, de la sociedad, de las personas? ¿Pienso que hay alguna salida? ¿Es Cristo mi última esperanza? ¿Cómo voy a aprovechar el Adviento para descubrir los signos de su presencia en las personas y en los acontecimientos?

El Señor nos ofrece un nuevo ciclo litúrgico, un nuevo Adviento. Y tenemos todo lo necesario para aprovecharlo, como recordaba san Pablo en la 2ª lectura: Ya habéis aprendido cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos… No necesitamos inventar nada ni hacer grandes proyectos, sino cuidar la oración, la Eucaristía, la reconciliación, la formación y, como consecuencia, el compromiso por los demás. Como dice el Prefacio, cada persona y cada acontecimiento es una oportunidad para encontrarnos con Cristo y, por el amor, dar testimonio de nuestra esperanza, llevando a la práctica todas las implicaciones que la fe en Cristo tiene en lo personal y familiar, en lo social, en lo eclesial, en lo laboral, en lo político, en lo económico… Eso nos hará levantar la cabeza, porque así estaremos preparando el camino del Señor, la última esperanza de salvación, para nosotros y para toda la humanidad.