Lectio Divina – Lunes I de Adviento

“Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”

1.-Oración introductoria.

                  Señor, con el Centurión del Evangelio, yo también te digo: no soy digno de que entres en mi casa. Mi casa sin Ti está sola, vacía, y necesito que Tú la habites. Voy a limpiarla, a adornarla, para que Tú te encuentres a gusto en ella. Si Tú estás contento en ella, yo también. Más que tener una casa para mí, lo que me importa es tener una casa para ti. En realidad, Tú eres mi casa y mi alegría y mi felicidad. Sin ti no tengo nada; pero contigo lo tengo todo. Ésta es mi experiencia personal. Esto no se razona. No se discute, se vive y nada más.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 8, 5-11

Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace». Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En el evangelio hay muchas personas que se admiran de la actuación de Jesús. Sus palabras, su vida, sus  milagros provocaban estupor y sorpresa. Pero en este evangelio es el propio Jesús el que se admira de la fe del Centurión. Es un pagano que se fía de la palabra de Jesús y cree que puede sanar a su criado desde la distancia. Esta fe no la ha encontrado en Israel. A sus paisanos todos los días les habla, con sus paisanos todos los días hace cosas maravillosas y algunos llegan a la fe a través de sus milagros. Y el Centurión, un pagano, uno que nunca ha estado en contacto con los libros sagrados, ha logrado una fe profunda. De alguna manera Jesús nos está diciendo que el mundo “está sembrado de las semillas del Verbo”. De alguna manera Jesús nos está diciendo que “también de las piedras pueden surgir hijos de Abrahán” Y, de alguna manera, Jesús nos está echando en cara a todos los que escuchamos cada día la palabra de Dios, que no somos capaces de “sorprenderle”  de ofrecerle algo nuevo, algo distinto, algo que rompa nuestra rutina  y  aburrimiento. Dios es sorpresa y novedad. Jesús ha venido a ofrecernos un “vino nuevo”. Quiere que lo  bebamos, que nos embriaguemos con él, Y nosotros nos empeñamos en mantener los “odres viejos”.

Palabra autorizada del Papa

“El Señor, en la palabra que hemos escuchado, se maravilló de este centurión: se maravilló de la fe que él tenía. Él había hecho un camino para encontrarse con el Señor, pero lo había hecho con fe. Por eso no sólo él se ha encontrado con el Señor, sino que ha sentido la alegría de ser encontrado por el Señor. Y este es precisamente el encuentro que nosotros queremos: ¡el encuentro de la fe! Pero más allá de ser nosotros los que encontremos al Señor, es importante dejarnos encontrar por Él”. (Cf. Papa Francisco, homilía en santa Marta, 2 de diciembre de 2013)

4.- Qué me dice ahora a mí este texto que acabo de meditar. Guardo silencio y, con la ayuda del Espíritu, trato de descubrir el significado profundo que tiene para mí.

5.-Propósito: Que la Misa de hoy me sepa a nueva.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, por este tiempo privilegiado para prepararnos a celebrar el acontecimiento que marcó la Historia… y mi historia. Dios mismo se encarna en su Hijo Jesús para curar nuestra herida original: esa desobediencia, esa soberbia que me  aparta del verdadero  amor. Que este Adviento sea mi  gran oportunidad para encontrarme con Cristo en la fe desnuda, sin necesidad de milagros.

Una voz grita en el desierto

En las lecturas de este segundo domingo de Adviento encontramos la presencia y el mensaje de dos profetas: Baruc y Juan Bautista. Con ellos la Palabra de Dios nos invita a mirar hacia el futuro. No obstante, se trata de un futuro cumplido. Si nos fijamos, lo que dice el primero (Baruc), lo actualiza, haciéndolo suyo en su contexto, el segundo (Juan Bautista): “allanad los senderos, rellenad los valles, que los montes se abajen”. En efecto, lo cierto es que Israel regresó del exilio y Juan Bautista preparó y despejó los caminos para que se viera “la salvación de Dios” en Jesucristo. En consecuencia, la secuencia promesa/cumplimiento que plantea la Palabra es la garantía con la que el creyente se ha de abrir confiadamente hacia la segunda venida de Jesucristo. Esta actitud es la que cabe esperar en quienes avanzamos por el camino de la economía de la salvación en este Adviento 2021. ¿Tenemos esta actitud?

Precisamente, la venida definitiva del Señor es el tema que plantea la segunda lectura de este domingo. De este modo se completa el escenario de la vida cristiana que el Adviento propone. Así se refleja en la conversación epistolar de Pablo con los cristianos de Filipos. Leemos: “Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día del Cristo Jesús”. La situación de estos cristianos de hace siglos es parecida a la nuestra. Tras la encarnación y la Pascua salvadora de Jesucristo avanzamos por la historia aguardando que la promesa de la Parusía se cumpla. Y, mientras tanto, intentamos ser fieles y luchar por la causa del Reino y su justicia. Pero las cosas no son fáciles. La cotidianidad de la vida está cargada de problemas (económicos, políticos, sanitarios, sociales), de pérdidas de sentido, de fracasos, de soledades e incomprensiones, que pueden acabar con esa esperanza; es decir, que pueden dinamitar la confianza en el futuro prometido y, por tanto, debilitar la fe en el presente. Ante esta situación, ¿qué se puede hacer?

Conviene fijarse en tres detalles de la Palabra de Dios de este domingo para encontrar respuesta a las preguntas (¿vivimos la actitud de la esperanza?, ¿qué se puede hacer frente a la tentación del desaliento?) que se nos plantean desde el hoy del Adviento 2021.

El primer detalle nos lo entrega el comienzo del evangelio de Lucas. Se trata del deseo de ubicar con precisión el momento histórico en el que la Palabra vino a Juan Bautista para que este comenzara su misión profética. Llama la atención la minuciosidad con la que el autor sagrado quiere señalar ese contacto de la Palabra con la realidad. Su deseo, sin duda, es mostrar que la promesa de Dios no defrauda. Y esto es verdad, más allá de la exactitud de las fechas que Lucas propone. Este realismo de la Palabra de Dios, que confirma la Encarnación, es el que hemos de recibir como lección en este domingo de Adviento. También nosotros podemos (y debemos) describir y presentar nuestro contexto vital en relación con hechos, fechas y personajes concretos. Será un signo claro de inserción en la realidad. En una realidad con la que también tiene que ver la Palabra de Dios que, desde la primera venida del Señor, sabemos que posee una clara tendencia encarnatoria. Es decir, la Palabra de Dios sigue conectando hoy con la historia y continúa teniendo una intención salvadora; entre otras cosas, porque busca vocacionar a alguien para que siga haciéndola resonar en el mundo y, por esta vía, hacer presente, precisamente en nuestra situación, una invitación realista en pro de una conversión humanizadora y salvífica. De aquí podemos extraer dos recetas muy prácticas: a) frecuentemos la Palabra de Dios, meditémosla, dejémosle más espacio en nuestras vidas y b) seamos conscientes de la realidad en la que nos hallamos, no intentemos evadirnos de ella; el Dios cristiano que dibuja el Adviento es “muy realista”.

Y con la conversión tiene que ver el segundo detalle. Juan Bautista recorría las comarcas predicando la conversión para acoger la salvación. Esa predicación sigue siendo necesaria en nuestros días. Por tanto, hemos de volver a convertirnos a la Palabra (a Jesucristo) e invitar a la conversión a los demás. No hemos de decaer o dejarnos llevar ante los conflictos y problemas. Esa es nuestra responsabilidad creyente. Una responsabilidad muy importante porque significa, ni más ni menos, que, si la cumplimos, proyectaremos a nuestro alrededor la esperanza de que otro mundo es posible y de que las cosas pueden ser de otra manera… conforme al plan de Dios.

Y por último, un tercer detalle. Además del contacto de la Palabra de Dios con nuestras existencias y con la realidad; además de la conversión responsable, algo que se puede  hacer o intensificar en este tiempo de Adviento es la oración de los unos por los otros. Orar, sobre todo, por la perseverancia de la Iglesia en este tiempo de difícil esperanza, tal y como Pablo recuerda en la carta a los Filipenses: “Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios”.

          ¡Feliz Adviento para todos!

Fr. Vicente Botella Cubells O.P.

Comentario – Lunes I de Adviento

Mateo 8, 5-11

Los evangelios de Adviento, sacados de varios evangelistas, han sido escogidos para que nos den una especie de cuadro de “la espera”… Muchos hombres, antes de Jesús, han esperado, deseado, anhelado un mesías.

Jesús ha venido a colmar y purificar esta espera.

Nosotros esperamos siempre, hoy también, la plena realización de la salvación, de la felicidad, del Reino y millones de otros hombres están igualmente en esta misma espera, a pesar de no haber encontrado a Cristo, ni saber siquiera que existe, ignorando todo lo que Él podría aportarles. Nuestra plegaria, en este tiempo de Adviento debe ser una plegaria de “deseo”, y una plegaria “misionera”.

Jesús había entrado en Cafarnaum; un centurión del ejército romano salió a su encuentro y le suplicó…

No has sido Tú, Señor, quien ha elegido este encuentro, a la entrada de la ciudad. ¡Este hombre se presenta, inesperado, imprevisto… desconocido! Y sin embargo Dios, por su gracia invisible, ya estaba presente en su corazón, para impulsarle a hacer esta gestión.

¡”Un centurión del ejército de ocupación”! Los romanos eran mal vistos en Palestina. Eran paganos y opresores. Se les volvía la cara a su paso. Ahora bien, este pagano desea y está a la espera… ¡Va hacia Jesús!

Ayúdame, Señor, a contemplar en la fe ese mundo pagano que me rodea y que está a la espera.

“Señor, mi criado está postrado en mi casa, paralítico, y padece muchísimo”.

Los paganos, y los que aún no han descubierto la fe, son a menudo mejores que nosotros: este soldado romano tiene una delicadeza. Lejos de despreciar a su sirviente, le ama y hace una gestión por él.

Señor, ayúdanos a saber descubrir las cualidades humanas, los valores vividos por tantas y diversas personas. Pensando en mi jornada de hoy, y en las personas que voy a encontrar, te doy gracias, Señor, por sus cualidades, fruto de tu gracia.

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado…”

¡Es ésta una actitud de Fe! Jesús lo capta al instante. No es una plegaria orgullosa, que exige, que reclama, que quiere forzar la mano. Como empequeñeciéndose, expone su caso. Dame, Señor, esta humildad del centurión: “Señor, yo no soy digno de que Tú entres en mi casa…”

Ni aún en Israel he hallado fe tan grande… Yo os declaro que vendrán muchos gentiles del Oriente y del Occidente y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Jesús ha pensado en todos los que “vendrán”, en todos los que están aún a la espera. Para Él no hay privilegio de raza ni de cultura. Todos los hombres, de todas partes, están invitados y están en marcha.

¿Tengo un corazón “universal” como Jesús? ¿Un corazón misionero?

Noel Quesson
Evangelios 1

Las dos venidas de Cristo

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.

Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor,diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida.

Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas, en estos términos: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 15, 1-3: PG 33, 870-874

Homilía – Domingo II de Adviento

PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR

DEJARSE LIBERAR

«He venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10), decía el Señor. Vivir en actitud de adviento es aceptar nuevas experiencias que acrecienten la calidad de vida personal y comunitaria. Como el profeta a Jerusalén, el Señor nos invita a «despojarnos del luto y vestirnos de gala, porque se acuerda de nosotros» y ofrece liberación: «Alzad vuestras cabezas, que se acerca vuestra liberación» (Le 21,28).

Con frecuencia escuchamos testimonios de personas y grupos que han iniciado experiencias nuevas de mayor plenitud y calidad de vida; personas que han pasado de una vida más bien individualista a una vida de comunión, de grupo, de amistad, que les reporta alegrías insospechadas; personas que, gracias a la lectura de un libro, de la orientación de algún creyente, por medio de algún curso o de un intercambio grupal, han superado una religiosidad cumplimentera y fría, viven ahora una fe gozosa y oran de uña manera más evangélica; personas que se han reconciliado con las cruces de la vida, con los sufrimientos físicos, con las situaciones dolorosas y viven la experiencia de la conformidad al encontrar en la fe sentido al sufrimiento; personas que se han reconciliado con otras personas de su entorno y han empezado a disfrutar de una convivencia en paz; personas que «hacían su vida» y que han estrenado una vida de solidaridad y experimentan la alegría de sentirse útiles. Todo ello son gestos liberadores de Jesús, el Liberador.

Pablo pide a los miembros de la comunidad de Filipos que no se contenten con la primera conversión, que den un paso adelante, que crezcan, que acojan nuevos dones que el Señor ofrece a manos llenas.

ALLANAR LOS MONTES

Como Juan en el desierto, también ahora, y siempre, el Señor ofrece nuevas liberaciones, llama a la conversión. Son muchos los mensajeros que invitan a acoger al Liberador y sus liberaciones. Entre ellos, está Juan Pablo II, que nos urge a aceptar la nueva evangelización y la gracia de un cristianismo exultante y liberador.

El Bautista señala las condiciones para que la acción liberadora del enviado de Dios sea eficaz. Invita a preparar los caminos para que podamos acogerlo. En primer lugar, allanar los senderos. Toda la Escritura está llena de gritos de alerta contra la autosuficiencia que imposibilita la acción salvadora del Señor. La Iglesia lo cantó categóricamente por boca de María: «A los hambrientos los colma de bienes, pero a los ricos los despide vacíos» (Le 1,53). En almas cerradas a cal y canto no puede entrar el Señor con su liberación. Por eso Jesús ora diciendo: «Bendito seas, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25). La autosuficiencia hace que el fariseo salga del templo peor de lo que entró. Dios no tuvo nada que hacer en aquel espíritu herméticamente cerrado por su orgullo (Le 18,9-14). Se trata de un pobre esclavo que se cree

libre; él no tenía nada de qué ser liberado; y, por eso, salió más esclavo de lo que entró.

Un grupo de matrimonios, la mayoría por complacer a su párroco, acceden a ir de ejercicios un fin de semana: «Bueno, no tenemos cosa importante que corregir, pero siempre es bueno mejorar un poco», comentan algunos. A medida que se suceden las reflexiones, se les van abriendo los ojos y van descubriendo asombrados las numerosas esclavitudes y mediocridades que están padeciendo. Se dan cuenta, como Adán y Eva, de que están desnudos (Gn 3,10). «A partir de ese encuentro, comentan, empezamos una nueva vida».

Advierte el ángel a la Iglesia de Laodicea: «Tú dices: ‘Soy rico, tengo reservas y nada me falta’. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acendrado a fuego, así serás rico; y

un vestido blanco para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez, y colirio para untártelo en los ojos y ver» (Ap 3,17-18).

Dicen los psicólogos que lo que domina hoy no es el miedo a la libertad, sino el miedo a la realidad. Tenemos miedo, sobre todo, a la verdad sobre nosotros mismos, condición imprescindible para que seamos realmente libres, como testifica Jesús (Jn 8,36).

 

RELLENAR LAS HONDONADAS

Otro camino que imposibilita la llegada liberadora del Señor es el camino con hondonadas profundas de pesimismo y desesperanza. Las personas llenas de hondonadas reconocen el mal, sus esclavitudes, pero tienen poca esperanza: «Yo sé que jamás podré con mi temperamento, que seguiré amargando la vida a los demás y a mí mismo», «genio y figura hasta la sepultura», «¿para qué voy a seguir intentando cambiar sí sé que es inútil?», «esto no hay quien lo arregle»… Este derrotismo es una negación radical, la oposición frontal de la esperanza cristiana que proclama la Palabra de Dios en Adviento. Decir: «no hay nada que hacer; esto no tiene remedio» es, en boca de un cristiano, una auténtica blasfemia y, con frecuencia, esconde a un comodón y a un cobarde que no quiere hacer nada ni remediar nada.

¿No conocemos a personas, familias, grupos y comunidades que eran un auténtico desastre y que se han rehabilitado? San Pablo recuerda a los corintios que eran unos auténticos degenerados y que fueron regenerados, resucitados por la fe y la confianza en Jesús de Nazaret. Les recuerda su desastrosa condición de ladrones, mujeriegos, borrachos, pendencieros y cómo han sido rehabilitados por la fe en Jesús (1Co 1,25-28; 6,9-11). ¿No tenemos experiencias de liberación que, quizás, creíamos imposible? Jesús testifica: «Todo es posible para el que tiene fe» (Me 9,23); «la fe mueve montañas» (Mt 17,20).

«Sé realista, decía un eslogan revolucionario, intenta lo imposible». El cristiano, por definición, es una persona audaz,

porque sabe que hay dentro de él potencialidades y fuerzas insospechadas gracias a la acción del Espíritu. Dicen los psicólogos que sólo actualizamos el 10% de nuestra riqueza interior. «En los deseos, aconseja santa Teresa, seamos desmedidos, que el Señor es capaz de realizar aún más de lo que deseamos».

 

ENDEREZAR LO TORCIDO

Jesús atestigua que los sepulcros blanqueados (Mt 23,27), los hipócritas y llenos de doblez, los tramposos e insinceros, los que se mueven en las tinieblas de la noche (Mt 23,1-35) no podrán ver el rostro de Dios. El Señor no puede acceder al hombre por caminos entreverados que se bifurcan o se trifurcan. El Señor no puede liberar a espíritus complicados y complicadores, a espíritus astutos que juegan a la diplomacia, a las segundas intenciones, al enigma… Jesús es categórico: «Os lo aseguro: quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Me 10,15), «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). El Señor no tiene nada que hacer, afirma Teresa de Jesús, en los espíritus llenos de trampas. Sólo puede actuar en los espíritus sencillos que cumplen la consigna del Señor: «Que vuestro sí sea un sí y vuestro no sea un no» (Mt 5,37).

Dice certeramente Bailey: «El primero y el peor de todos los engaños es engañarse a sí mismo. Después de éste, todos los engaños resultan fáciles». En consecuencia, también es verdad el reverso en positivo: El primero y el mejor de todos los aciertos es sincerarse con uno mismo. Después de éste, todos los aciertos resultan fáciles.

Es posible el encuentro liberador con el Señor si abrimos un camino sin altiveces, llano, de humilde reconocimiento de nuestras esclavitudes; recto por la sinceridad y transparencia, y plano por la confianza absoluta en el querer y el poder liberador de Jesús.

Atilano Alaiz

Lc 3, 1-6 (Evangelio Domingo II de Adviento)

La salvación llega a la historia humana

El evangelio de hoy nos ofrece el comienzo de la vida pública de Jesús. El evangelista quiere situar y precisar todo en la historia del imperio romano, que es el tiempo histórico en que tienen lugar los acontecimientos de la vida de Jesús y de la comunidad cristiana primitiva. Los personajes son conocidos: el emperador Tiberio sucesor de Augusto; el prefecto romano en Palestina que era Poncio Pilato; Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, como tetrarca de Galilea, donde comenzó a resonar la buena noticia para los hombres; al igual que Felipe, su hermano, que lo era de Iturea y Traconítide; los sumos sacerdotes fueron Anás y Caifás. De todos ellos tenemos una cronología casi puntual. Es un “sumario” histórico, muy propio de Lucas ¿Y qué?, podemos preguntarnos. Es una forma de poner de manifiesto que lo que ha de narrar no es algo que puede considerarse que ocurriera fuera de la historia de los hombres de carne y hueso. La figura histórica de Jesús de Nazaret es apasionante y no se puede diluir en una piedad desencarnada. Sería una Jesús sin rostro, un credo sin corazón y un evangelio sin humanidad.

El evangelio es absolutamente histórico y llega como mensaje de juicio y salvación para los que lo escuchan. Incluso hubo toda una preparación: Juan el Bautista, un profeta de corte apocalíptico que anuncia, en nombre de Dios, apoyándose en el profeta Isaías, que algo nuevo llega a la historia, a nuestro mundo. Dios siempre cumple sus promesas; lo que se nos ha presentado en el libro de Baruc comienza a ser realidad cuando los hombres se abren al evangelio. Juan el Bautista es presentado bajo el impacto de Is 40,3-5, para llegar a la última expresión “y todo hombre verá la salvación de Dios”. Mt 3,3 no nos ha trasmitida la cita de Isaías más que haciendo referencia a “voz que clama en el desierto: preparad el camino al Señor y haced derechas sus sendas”. Lucas se engolfa, fascinado, en el texto del Deutero-Isaías para poner de manifiesto que ya desde Juan el Bautista la “salvación” está a las puertas. En la tradición cristiana primitiva, Juan el Bautista es el engarce entre el AT y el NT. Eso significa que no viene a cerrar la historia salvífica de Dios en el pasado, sino que quiere hace confluir en el profeta de Nazaret toda la acción salvadora que Dios ya había realizado en momentos puntuales y volvía a prometer por los profetas, en una nueva dimensión, para el futuro.

Efectivamente, para Lucas, la salvación “sôtería”, si cabe, es la clave de su evangelio. Jesús, al nacer, recibirá el título de “salvador” (sôtêr) (Lc 2,11) y su vida no debe ser otra cosa que hacer posible la salvación de Dios. Por eso mismo se encuentra muy a gusto el tercer evangelista cuando, al presentar la figura de Juan el Bautista, que es la de un profeta de juicio, subraye que ese juicio será, con Jesús, un juicio de salvación para toda la humanidad. Para Lucas, Juan el Bautista, que era un profeta de penitencia, quiere entregar el testigo para que el profeta de salvación, Jesús, entre en escena. Todo eso independientemente de si Jesús tuvo algo que ver, alguna vez y por corto tiempo, como discípulo del Bautista. De hecho, Lucas no está muy interesado en la actividad penitencial o bautismal de Juan, sino que más bien le importa su actividad de predicador, de profeta, por eso lo presenta amparado por todo el texto de Is 40,3-5 que Mt se ahorra en parte y en lo más positivo. Juan el Bautista, para Lucas, es pre-anunciador de la salvación de Dios.

Y no podemos menos de poner de manifiesto, al hilo de la cita de Isaías y del término “todo” (pas: todo valle, todo monte y colina, todo hombre –aunque el texto griego diga “toda carne”-), que aparece tres veces, ese carácter universal de la salvación que ahora preanuncia Juan. ¿Qué significa esto? Pues que esa salvación no es para un pueblo, ni está encerrada en una tradición religiosa determinada. Lo que ha de ocurrir rompe todos los esquemas con que se esperaba que Dios actuara. Los oráculos proféticos de salvación, como el de Baruc de hoy, todavía se quedan estrechos, aunque sean muy hermosos y esperanzadores. Jerusalén, aún bajo un simbolismo especial, seguía siendo el centro del judaísmo y de un pueblo que se empeñaba en que él era diferente, por elegido. Ahora el pas del texto isaiano nos descubre un secreto, el verdadero proyecto del Dios de la salvación: todos serán salvados. Todos “verán” es como decir “experimentarán”.

Flp 1, 4-6. 8-11 (2ª lectura Domingo II de Adviento)

Convocados a la alegría

La segunda lectura expresa la alegría de Pablo porque el evangelio los ha unido entrañablemente, de tal manera que así reconocen juntos lo que Dios comenzó en aquella comunidad, mientras el apóstol espera que se mantengan fieles hasta la venida del Señor. El proemio de esta carta resuena, pues, en el Adviento con la energía de quien está orgulloso de una comunidad, sencillamente por una cosa, porque han acogido el “evangelio”. El afecto que Pablo muestra por su comunidad, desde la cárcel, desde las cadenas, es muy elocuente. Es un orgullo que él esté en la cárcel por el evangelio y que la comunidad de Filipos se haya interesado vivamente por él. De esa manera se da cuenta Pablo que su misión de Apóstol, de emisario del evangelio, es su “gloria”; todo ello vale su peso en oro; no hay consuelo como ese. La retórica del texto deja traslucir, sin embargo, la verdad de su vida.

Por otra parte, mantenerse a la espera de la venida del Señor, no es estar pendientes de catástrofes apocalípticas, sino de estar unidos siempre al Señor que ha traído la justicia a este mundo que se pierde en su injusticia. Jesucristo, pues, es el horizonte de la justicia en el mundo; eso por lo que luchan muchos creyentes y también personas que no creen. Y ese, en definitiva, es el “evangelio” del que habla Pablo. El lenguaje escatológico que Pablo usa en estos versos no le hacen desviar su mirada de la historia concreta de los cristianos que tienen que mantenerse fieles hasta el final. Y todo con alegría (chara), un tema verdaderamente recurrente en esta carta (cf 1,4.18.25; 2,2,17-18.28-29; 3,1; 4,1.4), que fue escrita en la cárcel de Éfeso con toda probabilidad. Y porque la alegría es una de las claves del Adviento, es por lo que se ha escogido este texto paulino.

Bar 5, 1-9 (1ª lectura Domingo II de Adviento)

Dios nos conduce con alegría, a la luz de su gloria

La primera lectura está tomada del libro de Baruc, conocido como el secretario de Jeremías (Jr 36). Este libro representa una serie de oráculos que algunos sitúan casi en el s. II a. C. Lo que leemos hoy forma parte de una liturgia de acción de gracias, expresada en un oráculo de restauración de Jerusalén. Aunque se hace referencia al destierro de Babilonia, que es la experiencia más dura que tuvo que vivir el pueblo de Dios, el texto se puede y se debe actualizar en cada momento en que la comunidad pasa por un trance semejante. Es esta una ensoñación, una fascinación profética por llenar Jerusalén de justicia, de paz y de piedad. Si este libro se pudiera garantizar que pertenece al secretario de Jeremías (cf Jr 36), podríamos decir que ahora las penas y las lágrimas que vivió junto al maestro se han convertido en milagro y en utopía, no solamente mesiánica, sino cósmica, como en Is 52.

Por su visión esplendorosa fluyen palabras y conceptos de contraste: frente al luto y la aflicción, la gloria de Dios (la doxa, que el hebreo sería el famoso kabod si el libro se hubiera encontrado en hebreo). Hasta cinco veces se repite este concepto tan germinal de la teología del AT y especialmente de la teología profética. Sabemos que es uno de los términos más densos y que entraña distintos matices. En este caso deberíamos hablar de la acción de Dios en la historia que cambia la suerte de Jerusalén, del pueblo, del mundo, para siempre. Si Dios no actúa, mediante su kabod, entonces todo es aflicción, luto, miseria, llanto. Tener la experiencia de la gloria de Dios es lo contrario de tener la experiencia del “infierno”, es decir, la guerra, el hambre, el destierro.

Paz y justicia, pues, de la gloria de Dios. Están ahí para infundir ánimo y esperanza. Estas dos palabras expresan uno de los conceptos más teológicos y humanos del Adviento cristiano. Y de entre todas las promesas que se hacen a Jerusalén, en este caso a la comunidad cristiana, debemos retener aquello de “paz en la justicia y gloria en la piedad”. Se invita a Jerusalén que crea en su Dios, que espere en su Dios, que siempre tiene una respuesta a las tragedias que los hombres provocamos en el mundo por la injusticia y las opresiones. Sus armas son la misericordia y la fuerza salvadora de Dios que se expresa por el concepto de gloria. Aunque la gloria (kabod) sea la majestad con la que Dios se muestra a los hombres, digamos que expresa el poder que Dios tiene por encima de los poderosos de este mundo. Porque los dioses y los hombres de este mundo quieren gloria para esclavizar, mientras que la gloria de Dios es para liberar y salvar.

Comentario al evangelio- Lunes I de Adviento

Ayer, con el primer domingo de Adviento, hemos comenzado un nuevo Año litúrgico; ¿qué significa esto para nosotros? Cuando llega el 1º de enero o el día de nuestro cumpleaños, caemos en la cuenta del paso del tiempo: agradecemos, evaluamos, replanteamos sueños y tomamos decisiones, pero ¿y cuando empezamos un nuevo Año litúrgico? En realidad, es un regalo de Dios para  sacudirnos de la rutina litúrgica en la que muchas veces caemos y emprender un nuevo camino de contemplación del misterio íntegro de Cristo y que con la fuerza de su Palabra nos vaya “cristificando” cada vez más.

¿Cómo hacer esto? El Evangelio de hoy nos da la clave: Jesús queda admirado de la fe “tan grande” de un centurión romano que le reconoce como Señor y se fía plenamente de su palabra. En contraste con esta actitud, Jesús lamenta la poca fe del Pueblo elegido; quizá, sus altas expectativas mesiánicas y sus muchos conocimientos teológicos se convirtieron en buenas excusas para no reconocer con sencillez a Jesús y no abrirse a la novedad del Evangelio. Jesús termina afirmando: “vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse en el banquete del Reino de los cielos”.

El Adviento es tiempo para renovar nuestra fe. Un nuevo año litúrgico sólo podrá ser fecundo en nosotros si leemos la Palabra de Dios con una fe viva como la del Centurión, que sea capaz de despertarnos para reconocer la presencia del Señor en lo sencillo de cada día y creer en la fuerza curativa y transformadora de su amor. A veces teorizamos tanto nuestra fe en Jesús, que diluimos la fuerza real que ella tiene en la vida del que se abre a ella. Estamos llamados a vivir una fe solidaria, como la del Centurión, que nos saque del estrecho mundo de nuestras propias necesidades para comprometernos con los necesitados que tenesmo cerca. Una fe soñadora y comprometida, que crea de verdad eso que dice la primera lectura: “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor”. ¡Que tengamos un buen inicio del nuevo Año litúrgico!

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes I de Adviento

Hoy es lunes I de Adviento.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 8, 5-11):

En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».

Hoy la comunidad eclesial, mientras se prepara para celebrar el gran misterio de la Encarnación, está invitada a redescrubrir y profundizar su relación personal con Dios. La palabra latina «adventus» se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura y adhesión que apreciamos en el centurión.

Al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esta respuesta a la Virgen María.

—Santa María, tú mejor que nadie puedes guiarnos a conocer, amar y adorar al Hijo de Dios hecho hombre. Acompáñame para que me prepare con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en tu Niño de Belén al Hijo de Dios que vino para salvarnos.

REDACCIÓN evangeli.net