Comentario – Lunes I de Adviento

Mateo 8, 5-11

Los evangelios de Adviento, sacados de varios evangelistas, han sido escogidos para que nos den una especie de cuadro de “la espera”… Muchos hombres, antes de Jesús, han esperado, deseado, anhelado un mesías.

Jesús ha venido a colmar y purificar esta espera.

Nosotros esperamos siempre, hoy también, la plena realización de la salvación, de la felicidad, del Reino y millones de otros hombres están igualmente en esta misma espera, a pesar de no haber encontrado a Cristo, ni saber siquiera que existe, ignorando todo lo que Él podría aportarles. Nuestra plegaria, en este tiempo de Adviento debe ser una plegaria de “deseo”, y una plegaria “misionera”.

Jesús había entrado en Cafarnaum; un centurión del ejército romano salió a su encuentro y le suplicó…

No has sido Tú, Señor, quien ha elegido este encuentro, a la entrada de la ciudad. ¡Este hombre se presenta, inesperado, imprevisto… desconocido! Y sin embargo Dios, por su gracia invisible, ya estaba presente en su corazón, para impulsarle a hacer esta gestión.

¡”Un centurión del ejército de ocupación”! Los romanos eran mal vistos en Palestina. Eran paganos y opresores. Se les volvía la cara a su paso. Ahora bien, este pagano desea y está a la espera… ¡Va hacia Jesús!

Ayúdame, Señor, a contemplar en la fe ese mundo pagano que me rodea y que está a la espera.

“Señor, mi criado está postrado en mi casa, paralítico, y padece muchísimo”.

Los paganos, y los que aún no han descubierto la fe, son a menudo mejores que nosotros: este soldado romano tiene una delicadeza. Lejos de despreciar a su sirviente, le ama y hace una gestión por él.

Señor, ayúdanos a saber descubrir las cualidades humanas, los valores vividos por tantas y diversas personas. Pensando en mi jornada de hoy, y en las personas que voy a encontrar, te doy gracias, Señor, por sus cualidades, fruto de tu gracia.

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado…”

¡Es ésta una actitud de Fe! Jesús lo capta al instante. No es una plegaria orgullosa, que exige, que reclama, que quiere forzar la mano. Como empequeñeciéndose, expone su caso. Dame, Señor, esta humildad del centurión: “Señor, yo no soy digno de que Tú entres en mi casa…”

Ni aún en Israel he hallado fe tan grande… Yo os declaro que vendrán muchos gentiles del Oriente y del Occidente y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.

Jesús ha pensado en todos los que “vendrán”, en todos los que están aún a la espera. Para Él no hay privilegio de raza ni de cultura. Todos los hombres, de todas partes, están invitados y están en marcha.

¿Tengo un corazón “universal” como Jesús? ¿Un corazón misionero?

Noel Quesson
Evangelios 1