Homilía – Domingo II de Adviento

PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR

DEJARSE LIBERAR

«He venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10), decía el Señor. Vivir en actitud de adviento es aceptar nuevas experiencias que acrecienten la calidad de vida personal y comunitaria. Como el profeta a Jerusalén, el Señor nos invita a «despojarnos del luto y vestirnos de gala, porque se acuerda de nosotros» y ofrece liberación: «Alzad vuestras cabezas, que se acerca vuestra liberación» (Le 21,28).

Con frecuencia escuchamos testimonios de personas y grupos que han iniciado experiencias nuevas de mayor plenitud y calidad de vida; personas que han pasado de una vida más bien individualista a una vida de comunión, de grupo, de amistad, que les reporta alegrías insospechadas; personas que, gracias a la lectura de un libro, de la orientación de algún creyente, por medio de algún curso o de un intercambio grupal, han superado una religiosidad cumplimentera y fría, viven ahora una fe gozosa y oran de uña manera más evangélica; personas que se han reconciliado con las cruces de la vida, con los sufrimientos físicos, con las situaciones dolorosas y viven la experiencia de la conformidad al encontrar en la fe sentido al sufrimiento; personas que se han reconciliado con otras personas de su entorno y han empezado a disfrutar de una convivencia en paz; personas que «hacían su vida» y que han estrenado una vida de solidaridad y experimentan la alegría de sentirse útiles. Todo ello son gestos liberadores de Jesús, el Liberador.

Pablo pide a los miembros de la comunidad de Filipos que no se contenten con la primera conversión, que den un paso adelante, que crezcan, que acojan nuevos dones que el Señor ofrece a manos llenas.

ALLANAR LOS MONTES

Como Juan en el desierto, también ahora, y siempre, el Señor ofrece nuevas liberaciones, llama a la conversión. Son muchos los mensajeros que invitan a acoger al Liberador y sus liberaciones. Entre ellos, está Juan Pablo II, que nos urge a aceptar la nueva evangelización y la gracia de un cristianismo exultante y liberador.

El Bautista señala las condiciones para que la acción liberadora del enviado de Dios sea eficaz. Invita a preparar los caminos para que podamos acogerlo. En primer lugar, allanar los senderos. Toda la Escritura está llena de gritos de alerta contra la autosuficiencia que imposibilita la acción salvadora del Señor. La Iglesia lo cantó categóricamente por boca de María: «A los hambrientos los colma de bienes, pero a los ricos los despide vacíos» (Le 1,53). En almas cerradas a cal y canto no puede entrar el Señor con su liberación. Por eso Jesús ora diciendo: «Bendito seas, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25). La autosuficiencia hace que el fariseo salga del templo peor de lo que entró. Dios no tuvo nada que hacer en aquel espíritu herméticamente cerrado por su orgullo (Le 18,9-14). Se trata de un pobre esclavo que se cree

libre; él no tenía nada de qué ser liberado; y, por eso, salió más esclavo de lo que entró.

Un grupo de matrimonios, la mayoría por complacer a su párroco, acceden a ir de ejercicios un fin de semana: «Bueno, no tenemos cosa importante que corregir, pero siempre es bueno mejorar un poco», comentan algunos. A medida que se suceden las reflexiones, se les van abriendo los ojos y van descubriendo asombrados las numerosas esclavitudes y mediocridades que están padeciendo. Se dan cuenta, como Adán y Eva, de que están desnudos (Gn 3,10). «A partir de ese encuentro, comentan, empezamos una nueva vida».

Advierte el ángel a la Iglesia de Laodicea: «Tú dices: ‘Soy rico, tengo reservas y nada me falta’. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acendrado a fuego, así serás rico; y

un vestido blanco para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez, y colirio para untártelo en los ojos y ver» (Ap 3,17-18).

Dicen los psicólogos que lo que domina hoy no es el miedo a la libertad, sino el miedo a la realidad. Tenemos miedo, sobre todo, a la verdad sobre nosotros mismos, condición imprescindible para que seamos realmente libres, como testifica Jesús (Jn 8,36).

 

RELLENAR LAS HONDONADAS

Otro camino que imposibilita la llegada liberadora del Señor es el camino con hondonadas profundas de pesimismo y desesperanza. Las personas llenas de hondonadas reconocen el mal, sus esclavitudes, pero tienen poca esperanza: «Yo sé que jamás podré con mi temperamento, que seguiré amargando la vida a los demás y a mí mismo», «genio y figura hasta la sepultura», «¿para qué voy a seguir intentando cambiar sí sé que es inútil?», «esto no hay quien lo arregle»… Este derrotismo es una negación radical, la oposición frontal de la esperanza cristiana que proclama la Palabra de Dios en Adviento. Decir: «no hay nada que hacer; esto no tiene remedio» es, en boca de un cristiano, una auténtica blasfemia y, con frecuencia, esconde a un comodón y a un cobarde que no quiere hacer nada ni remediar nada.

¿No conocemos a personas, familias, grupos y comunidades que eran un auténtico desastre y que se han rehabilitado? San Pablo recuerda a los corintios que eran unos auténticos degenerados y que fueron regenerados, resucitados por la fe y la confianza en Jesús de Nazaret. Les recuerda su desastrosa condición de ladrones, mujeriegos, borrachos, pendencieros y cómo han sido rehabilitados por la fe en Jesús (1Co 1,25-28; 6,9-11). ¿No tenemos experiencias de liberación que, quizás, creíamos imposible? Jesús testifica: «Todo es posible para el que tiene fe» (Me 9,23); «la fe mueve montañas» (Mt 17,20).

«Sé realista, decía un eslogan revolucionario, intenta lo imposible». El cristiano, por definición, es una persona audaz,

porque sabe que hay dentro de él potencialidades y fuerzas insospechadas gracias a la acción del Espíritu. Dicen los psicólogos que sólo actualizamos el 10% de nuestra riqueza interior. «En los deseos, aconseja santa Teresa, seamos desmedidos, que el Señor es capaz de realizar aún más de lo que deseamos».

 

ENDEREZAR LO TORCIDO

Jesús atestigua que los sepulcros blanqueados (Mt 23,27), los hipócritas y llenos de doblez, los tramposos e insinceros, los que se mueven en las tinieblas de la noche (Mt 23,1-35) no podrán ver el rostro de Dios. El Señor no puede acceder al hombre por caminos entreverados que se bifurcan o se trifurcan. El Señor no puede liberar a espíritus complicados y complicadores, a espíritus astutos que juegan a la diplomacia, a las segundas intenciones, al enigma… Jesús es categórico: «Os lo aseguro: quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Me 10,15), «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). El Señor no tiene nada que hacer, afirma Teresa de Jesús, en los espíritus llenos de trampas. Sólo puede actuar en los espíritus sencillos que cumplen la consigna del Señor: «Que vuestro sí sea un sí y vuestro no sea un no» (Mt 5,37).

Dice certeramente Bailey: «El primero y el peor de todos los engaños es engañarse a sí mismo. Después de éste, todos los engaños resultan fáciles». En consecuencia, también es verdad el reverso en positivo: El primero y el mejor de todos los aciertos es sincerarse con uno mismo. Después de éste, todos los aciertos resultan fáciles.

Es posible el encuentro liberador con el Señor si abrimos un camino sin altiveces, llano, de humilde reconocimiento de nuestras esclavitudes; recto por la sinceridad y transparencia, y plano por la confianza absoluta en el querer y el poder liberador de Jesús.

Atilano Alaiz