Comentario – Martes I de Adviento

Lucas 10, 21-24

Jesús manifestó un extraordinario gozo al impulso del Espíritu Santo y dijo:…

Esto sucedió en presencia de sus discípulos que regresaban de una misión apostólica y querían hablarle sobre el trabajo que habían hecho. Trato de imaginar a Jesús “en un gozo exultante”… a Jesús dichoso, radiante. Todo ello aparece en su rostro, en sus gestos, en el tono de su voz.

Proviene del interior, es profundo… procede del Espíritu Santo que habita en Él. Ese Espíritu que nos ha sido dado también a nosotros, que Jesús nos ha dado.

Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra.

Hubiera sido mejor traducirlo por “yo te bendigo, o Padre…”. De hecho Jesús ha utilizado una fórmula de “bendición” que es familiar a los judíos. A lo largo de la jornada se invitaba a los judíos piadosos a dar gracias a Dios por todo diciéndole: “Bendito eres Tú por… Bendito Tú eres por…”

Tenemos pues ahí un tipo de plegaria que Jesús hacía a menudo. Habla a su Padre. Le da gracias. Era el sentimiento dominante de su alma.

Danos, Señor, el sentido de la acción de gracias, de la alegría de decir “gracias Señor por… y gracias de nuevo por…” Recoger cada día las alegráis recibidas para agradecérselas al Señor.

Lo que has encubierto a los sabios y prudentes, lo has revelado a los pequeñuelos.

La acción de gracias, la plegaria de Jesús surge de la contemplación del trabajo que el Padre está haciendo en el corazón de los hombres. Los apóstoles habían predicado, habían trabajado con denuedo: tal era la apariencia, la cara visible de las cosas. Y Jesús, Él, ve el trabajo del Padre en el interior: “Tú has encubierto… Tú has revelado…” Dios trabaja en el corazón de cada hombre, incluso en el de los paganos.

He de aprender a contemplar este trabajo de Dios: a descubrir lo que está haciendo, actualmente, en los que me rodena, y en mí… para corresponder, para facilitarle, para cooperar. Cada vez que una persona se supera, hace el bien, sigue la llamada de su conciencia… debemos pensar que Dios está allí.

Ayudar a esta persona a dar “este paso” adelante es trabajar con Dios, acompañarle.

Los sabios, los prudentes… los pequeñuelos…

Ahí hay una clara oposición. Jesús se pone de parte de los pequeños, de los pobres, de los ignorantes… frente al desprecio de los doctores de la ley.

Conocer a Dios no es primordialmente una operación intelectual, reservada a una élite: los “pequeños” pueden descubrir cosas sobre Dios que los sabios no alcanzan a comprender.

Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelarle.

Es el misterio de la vida cristiana que está entreabierto; la vida del bautizado es la extensión, a personas humanas, de la vida de relación, de amor y de conocimiento recíproco que existe entre las Personas divinas.

 Todo me ha sido confiado por mi Padre…

Esto evoca la transparencia de dos personas que no se ocultan nada la una de la otra: es el “modelo” de todas nuestras relaciones humanas, y de nuestras relaciones con Dios. ¿Qué llamada hay aquí, para mí, para mis equipos de trabajo o de apostolado?

Noel Quesson
Evangelios 1