Lectio Divina – Día VII dentro de la Octava de Navidad

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

1.-Oración introductoria.

Gracias, Señor, por la Navidad. Creo que te hiciste niño para redimirnos y mostrarnos el amor de Dios Padre. Hoy, como lo hiciste un día a los pastores de Belén, nos anuncias la gran noticia: «Os  ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor». Haz que ni la rutina, ni la indiferencia, ni el paso del tiempo, logren desdibujar  este  maravilloso misterio de amor. Haz que tu Palabra siga viva y eficaz entre nosotros.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Juan 1, 1-18

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

“En el principio existía la Palabra”. Y esa Palabra era Dios. Un Dios que se comunicaba internamente a través de tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se trata de un diálogo eterno, inefable y maravilloso. Un “éxtasis de amor”. Para explicar esta realidad los griegos acuden a una  palabra muy sugestiva. “perijoresis”, que significa “danza”. Hay un libro que yo me lo compré sin ojearlo, sólo por el título: “DIOS ES MUSICA” En definitiva, quiere decir lo mismo: Dios es música, danza, gozo, fiesta. Y este Dios tan bueno y tan alegre quiso un día compartir esta fiesta con nosotros, pobres hombres perdidos en un pequeño e insignificante planeta. Y esto lo realizó a través de su Palabra. Y desde entonces este mundo se convirtió en un Paraíso.

Después vino la insensatez humana al decir NO a este Proyecto maravilloso. Pero Dios, terco en su comunicación de amor, llevó adelante su plan de salvación. Y reanudó su diálogo roto por el pecado, a través de su Palabra. Esta maravilla de amor lo expresó bellísimamente el Concilio Vaticano II. “En los libros sagrados, el Padre que está en los cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (D.V. 21). “Esa misma Palabra que existía desde el principio, se hace presente hoy en nuestras vidas para entablar con nosotros un “diálogo de amor”.

Palabra autorizada por el Papa

“La Palabra de Dios, precede y excede a la Biblia. Es por ello que nuestra fe no tiene en el centro sólo un libro, sino una historia de salvación y sobre todo a una Per­sona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne. Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la Escri­tura, para comprenderla adecuadamente es necesaria la constante presencia del Espíritu Santo que nos «guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13). (Pontificia Comisión Bíblica. 12-4-13).

4.- Qué me dice a mí este texto ya meditado.  (Guardo silencio)

5.- Propósito: En un momento del día o de la noche, tomo este texto del prólogo de Juan y, en silencio, me dejo desbordar por el Misterio de la Encarnación.

5.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Jesús, contemplando el misterio de la Navidad caigo en la cuenta del  gran amor que nos  tienes a cada uno de nosotros. Has dejado el trono del cielo y has puesto en nuestro mundo “tu tienda de campaña”. Estás a nuestro lado, tan cerca de nosotros que hasta te oímos respirar. Si te pregunto por qué has hecho esto, me respondes: El amor hace verdaderas locuras. Ama y haz tú lo mismo.

Comentario – Día VII dentro de la Octava de Navidad

Jn 1, 1-18

Esta página de san Juan esta tan llena de plenitud que no se debería añadir nada. Estas sujeciones de abajo no quieren encuadrar ni reducir la meditación, que, más que nunca, no puede ser tan personal.

Al principio…

La primera palabra del evangelio nos hace recordar el origen de todas las cosas. De un golpe de ala vigoroso, el águila de san Juan sube, sube… tan alto que no existe el horizonte, y, con los ojos penetrantes, ve encima de todo límite, antes del comienzo de los tiempos.

Era…

Este verbo sencillo, «ser», llena el poema…

Es la palabra más sencilla y la más esencial: la existencia, la razón de todo lo demás. Y este verbo, al pretérito, invoca inmediatamente un «tiempo inmutable», indefinido. En mi rezo, podría emplear estas dos palabras: «al principio… era…» saboreando su densidad, dejándome ir a su infinita evocación.

El verbo… El «logos»… La «palabra»… La «comunicación»… La «expresión»… La sabiduría… La acción.

Juan, en seguida, llama a Cristo el «Logos», en griego. Es una palabra difícil de traducir. Por eso, hemos buscado otras palabras, cercanas, para comprender el sentido más allá de la palabra.

La palabra Logos era ya empleado en la reflexión filosófica Griega (la Palabra es una de las maravillas del hombre, la expresión propia de la persona, la posibilidad de relación, la manifestación de la inteligencia). Pero, san Juan probablemente ha usado esta expresión para incorporarse a la gran corriente de la literatura bíblica que veía en la Sapiencia o Sabiduría algo así como la expresión misma de Dios: Proverbios, 8-23.36. “Yo, la Sabiduría, desde los orígenes fui establecida desde el principio, antes del origen de la Tierra. Cuando aún no existían los abismos, yo fui concebida… cuando trazó los fundamentos de la tierra, yo estaba a su lado como el arquitecto, él tenía en mí sus delicias, expansionándome en su presencia, sobre la superficie de la tierra y encontrando mis delicias entre los hijos de los hombres.” (Cf. Eclesiástico, 24, 1-22). el principio era el Verbo. Hijo eterno venido del Padre, el Cristo es ‘la expresión perfecta del Padre, «la imagen misma del Dios invisible» (Filipenses, 2-6) el «resplandor» de la gloria del Padre» (Hebreos, 1-3) Jesús es la «manifestación suprema de Dios a la humanidad» (l Epístola de san Juan, 1-2).

Verbo = expresión + acción… palabra activa…

Y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.

Dos veces solamente en el evangelio de san Juan, Jesús es designado explícitamente como «Dios»: aquí, en la primera frase… y en boca de Tomás, en el último capítulo (Juan, 20, 28) “¡Señor mío y Dios mío!”. Todo su evangelio está entre ambas frases.

Por Él, todo ha sido hecho. En Él estaba la «vida».

La creación universal es el primer «acto», el primer «gesto», la primera «expresión» de Dios. La maravillosa creación es lo que primero revela al Dios invisible.

Todo. Todo.                           Soberanía universal…

Y sin Él, nada se hizo.           Influencia universal…

Nada. Nada.                           Nada existe fuera de Cristo.

En el mundo estaba…Vino a su propia casa… El Verbo se hizo carne…

Dios entre los hombres, Dios en nuestros caminos. Dios en la esquina de la calle. Dios por todas partes.

Luz verdadera, alumbra a todo hombre que viene a este mundo… Pero el mundo no le conoció… Los suyos no le recibieron… A todos los que le recibieron, les dio poder de llegar a ser «hijos de Dios».

Noel Quesson
Evangelios 1

De la mano con Jesús y María

1. – Cuando una flor nace el universo entero se hace primavera y a María le nació la primavera en sus brazos. Con un niño todo se hace maravilloso, cambia la vida entera, se hace todo nuevo. Por eso quizás al principio del año, en el año nuevo nos encontramos con María y en sus brazos su recién estrenado niño de ocho días.

Dejamos atrás un año y no sabemos si tenemos un año más o nos queda un año menos y todo depende de si hemos añadido años a nuestra vida o hemos añadido vida a nuestros años; es decir si hemos vivido este año que se nos escapa o nos lo han vivido, nos han forzado a vivirlo, llenos de tubos de “gota gota”, máquinas que han mantenido en nosotros una vida que no es es vida.

Depende de si nos hemos movido arrastrados por la corriente como cantos rodados sin vida, aunque se mueven, o si luchando con la corriente hemos subido río arriba como los salmones. Si hemos vivido para la vida o hemos despachado la vida como un aburrido asunto más administrativo.

2. – Nos enfrentamos con un nuevo año y en la bruma de este 2005 no sabemos lo que nos espera. En el 2004 hemos asistido a muchos acontecimientos variados. Parecía que la economía se tambaleaba y que las buenas previsiones del 2004 se transformaban en otra cosa. Y entre todo, el salvaje atentado de Madrid del 11 de Marzo, que nos rompió por dentro. No sabemos si el 2005 nos traerá una crisis más fuerte e, incluso, dicho a la antigua usanza, algún imperio podría caer, porque todos esos imperios tienen pies de barro si se fundan en pura economía, en el poder de las armas y si, de verdad, no buscan el bien de todos y cada uno de los hombres y mujeres de este planeta.

Habrá, sin duda, futurólogos ansiosos de predecir las gracias o desgracias de este 2005, como ya lo hicieron con el tan cacareado 2004. Pero lo importante no es preguntar sobre lo que nos espera, sino preguntarnos cada uno de nosotros que pensamos hacer con este Año Nuevo. ¿Vamos a hacer de él una cada vez más desvaída fotocopia de los años anteriores?

Como al mirar por el retrovisor el año 2004 que dejamos atrás, lo importante no es lo que ha sucedido, sino lo que hemos vivido. Así al enfrentarnos con el 2005, que se nos echa encima, lo importante es constatar si estamos dispuestos a enfrentarnos con él, con sinceridad, con coherencia humana y espiritual, con vitalidad. Si estamos dispuestos a luchar por una vida plena o nos vamos a contentar de nuevo con que nos mantengan artificialmente en la UVI.

3. – Miremos cada uno nuestras recién estrenadas agendas y miremos cada día con veneración, porque cada día no está marcado por una fecha, por un número, sino por una doble esperanza. Dios quiere encontrarnos cada día, nos espera cada día, espera algo de nosotros ese día, cada fecha es la fecha del reencuentro con el Señor.

Pero también los hombres nos esperan en la encrucijada de cada día. También nos esperan y esperan de nosotros. No los decepcionemos. Como hombres y como cristianos estamos llamados a pasar por el calendario haciendo el bien, como paso haciendo el bien Jesús de Nazaret. Pues eso espera Dios de nosotros cada día y en eso confían los hombres que nos necesitan.

4.- Comenzamos el año con María, la única que jamás defraudó ni a Dios ni a los hombres, que pasó por el mundo no sólo haciendo el bien, sino comunicando a todos el Bien que lleva en sus brazos.

Como niños de andar vacilante empezamos el año de la mano de Maria, que lleva de la otra mano de Jesús Niño, para que nuestros pasos se acompañen con los pasos también vacilantes de Jesús.

José Maria Maruri SJ

María, Madre de Dios

Hoy es el primer día del año. Comenzamos el año poniendo en el punto de mira a María, la madre de Dios, madre nuestra y madre de la Iglesia, para que, su ejemplo y su asistencia, nos ayuden a ser fieles a Dios, a ser fieles a su hijo, y así poder avanzar por camino de esa paz universal que todos anhelamos.

Dejamos atrás un año muy duro, muy difícil y encaramos uno nuevo, insospechado, pero que queremos llenar de esperanza. Para ello debemos ser sencillos y humildes, para acoger la gracia y la providencia de Dios Padre. Nos ponemos bajo la protección de la Virgen María, acudimos a su intercesión materna para que Dios conceda a la humanidad un año dichoso, un año de paz.

La primera lectura del año contiene la bendición que Dios da a Moisés para que bendiga al pueblo. El mensaje del Papa Francisco para la jornada Mundial de la Paz 2022 es: “Educación, trabajo, diálogo entre generaciones: herramientas para construir una paz duradera”. Para que la humanidad pueda progresar por el camino de la fraternidad, la justicia y la paz entre las personas, las comunidades, los pueblos y los Estados. Que mejor cosa que pedir que el Señor nos bendiga, nos acompañe y nos guíe a nosotros y a nuestros dirigentes, en este nuevo año, en el que tenemos tantas esperanzas, para que entre todos podamos superar tantos problemas que ahora nos envuelven.

Si en la primera lectura hemos señalado la importancia de recibir la bendición de parte de Dios para comenzar el año nuevo, en la segunda, el apóstol Pablo nos recuerda la bendición que hemos recibido por mediación de Cristo. Una bendición que nos plantea comenzar el año recordando nuestra condición de hijos de Dios. Llenos del Espíritu Santo y libres para vivir en el amor de Dios. Para que en este año nuevo estemos más abiertos a la gracia de Dios y el espíritu pueda hacer de nosotros dignos portadores de la luz, la paz y del amor de Cristo hacia los demás. Recordando siempre que estamos llamados a no abandonar a los que sufren, a los que lo están pasando mal. Para que seamos solidarios, misericordiosos y busquemos la justicia. Denunciando todo aquello que atenta contra la vida y la dignidad de la persona.

La escena del evangelio de la adoración de los pastores nos presenta a María como una mujer contemplativa, reservada, sorprendida, pero al mismo tiempo decidida y valiente, pues reconociéndose pequeña ante Dios nos enseña a todos como debemos acoger el proyecto de Dios en nuestra vida y así aprender a reconocer en la trama de la vida diaria, la intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría y amor. Su aceptación del designio de Dios, pronta y lúcida, da la talla de la personalidad humana y espiritual. Dios la colmó con sus dones. Pero ella continuó siendo libre y cooperó generosamente.

Como cristianos, debemos fijar nuestra mirada en la Virgen María, ella es Estrella, guía y Madre de la Esperanza, y nos enseña que no podemos avanzar en la vida sin la ayuda de Dios. Y nos insta para que meditemos el misterio de Navidad en profundidad, y nos haga colaboradores de esta obra salvadora de Dios: no sólo contempladores del don de Dios y disfrutadores de una paz interior, sino agentes activos en nuestra convivencia diaria.

María nos insta a que trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. Y no cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles. Y no nos acostumbremos a desviar la mirada, sino que nos comprometamos cada día.

Hoy la liturgia nos recuerda que María ejerce su maternidad como Madre de la Iglesia no sólo orando para obtener los dones del Espíritu Santo, sino también educándonos en la comunión constante con Dios.

María es modelo, ejemplo, madre solicita de sus hijos, abogada y auxiliadora y por ello, cuando la invocamos sabemos que por su condición de madre de Dios puede hacer que nuestras peticiones lleguen a Jesús. pidámosle en este día, que nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a nuestros hogares y a todos los hombres. Ella nos bendiga y proteja, por eso le pedimos hoy que nos acompañe durante este año nuevo para que la gracia de Dios esté siempre con nosotros y podamos afrontar con valentía todos los retos que nos presenta este nuevo año.

Roberto Juárez

¿Me invitas a mi cumpleaños?

1.- «La Palabra era vida y la vida es la luz de los hombres». El evangelista se dirige a una comunidad de cultura griega, que conoce muy bien lo que significa en la filosofía el término «logos», palabra. Es el origen y culmen del universo, es lo que da sentido a todo. El logos es Jesús, que se encarna por nosotros. Pero vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz. Hoy día sigue viniendo a nosotros, ¿por qué no sabemos reconocerlo? Es verdad que celebramos la Navidad, pero más que Navidad son «navidades» en las que es muy difícil identificar la presencia del Niño-Dios. Porque las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica «luz», porque estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra. Hace poco recibí por correo esta «carta» de Jesús:

«Como sabrás, se ha celebrado de nuevo mi cumpleaños. Todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y este año ha sucedido lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, en la televisión y en todas partes no se habla de otra cosa que de la fiesta de mi cumpleaños. La verdad, es agradable pensar que, al menos un día al año, algunas personas piensan un poco en mí. Como tú sabes hace muchos años que empezaron a festejar mi cumpleaños. Al principio era una forma de comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero me da la impresión de que hoy día pocos saben para qué lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho, pero no sabe de qué se trata. Recuerdo que este año, al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor. Había cosas muy deliciosas en la mesa, todo estaba decorado y recuerdo que había también muchos regalos; pero, ¿sabes una cosa? Ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme. La fiesta era para mí, y cuando llegó el gran día me dejaron fuera, me cerraron la puerta… y yo quería compartir la mesa con ellos. La verdad es que no me sorprendí porque en los últimos años casi todos me cierran la puerta. Yo quiero celebrarlo, todavía hay tiempo, ¿me abrirás tu la puerta para que entre? Estás todavía a tiempo»

2. – La revelación fundamental del evangelio de este domingo, el prólogo de San Juan, es que a todos aquellos que le reciben «Dios les da poder para ser hijos suyos». A todos aquellos que son capaces de acogerlo en su corazón, Dios les regala su gracia, que se desborda generosamente. Dios ha querido estar dentro del mundo, no fuera. La gráfica imagen que el evangelista utiliza para describir la encarnación de Dios en el hombre es la de «acampó entre nosotros». No hay derecho a echar a Dios de nuestro mundo, El esta presente en nuestra vida. Es absurdo decir Dios sólo habita en el cielo, pues El ha querido encarnarse en nosotros. ¿Para qué? No tengo ninguna duda: para enseñarnos a amar. Dios se humaniza, como dice San Agustín, para hacernos a nosotros divinos.

3.- Una amiga me envió un mensaje de Navidad, que es sobre todo una súplica. Creo que aclara la manera en que tenemos que acoger al Dios que se encarna en nuestras vidas: «En breve va a nacer un niño y será huérfano si no lo adoptas. Me gustaría que lo acogieses en tu hogar junto con tu familia. Tendrá que hacer una limpieza general y quitar trastos para hacerle sitio. Retirar el egoísmo, el consumismo, la comodidad, la soberbia, el encerrarse en uno mismo, el orgullo, la mentira, la indiferencia ante los problemas y alegrías de los demás, la envidia, la cizaña, la rutina, las excusas… Necesitará que creas en El y en lo que puede hacer a través de ti. Con este frío no se te olvide con un tejido muy cálido llamado AMOR, que cuanto más lo repartas a quienes te rodean, más calentito estará. Por cierto, sólo te dejará dormir si siembras PAZ cada día, pues si se te olvida llorará mucho. Pero en el fondo, ya verás como será la alegría de la casa. Gracias por ayudar a que este niño tenga un hogar en tu corazón. ¡Su vida depende de ti!».

José María Martín OSA

Dios nos ha tomado la delantera

Hay que tener confianza en Dios, hermano/a,
pues Él ha confiado en nosotros.
Hay que tener fe en Dios,
pues Él ha creído en nosotros.
Hay que dar crédito a Dios,
que nos ha dado crédito a nosotros.
¡Y qué crédito! ¡Todo el crédito!
Hay que poner nuestra esperanza en Dios
puesto que Él la ha puesto en nosotros.

Singular misterio, el más misterioso:
¡Dios nos ha cogido la delantera!

Así es Él, hermano/a, así es Él.
Se le desborda la ternura por los poros,
nos alza hasta sus ojos, nos besa,
nos hace mimos, cosquillas y guiños,
y sueña utopías para nosotros
más que las madres más buenas y apasionadas.

Dios ha puesto su esperanza en nosotros.
Él comenzó, ya en los orígenes, y no se cansa.
Él espera que el más pecador de nosotros
trabaje, al menos un poco, por sus hermanos.
Él espera en nosotros más que nosotros mismos,
¿y nosotros no vamos a esperar en Él?

Dios nos dio su Palabra,
nos confió a su Hijo amado
que vino a nuestro mundo y casa;
nos confió su hacienda,
su Buena Noticia,
y aún su esperanza misma,
¿y no vamos a poner nosotros
nuestra esperanza en Él?

Hay que tener confianza en la vida
a pesar de lo mal que dicen que está todo.
Hay que tener esperanza en las personas, ¡en todas!
Sólo en algunas hasta los fariseos y necios la tienen…
Hay que confiar más en Dios
y echarnos en sus brazos y descansar en su regazo.

Hay que esperar en Dios.
Mejor: hay que esperar a Dios.
Y si todo esto ya lo hacemos,
una cosa nos falta todavía:
Hay que esperar con Dios
a que su Palabra se haga buena nueva
en nuestras entrañas,
en su casa, que es nuestra casa.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Día VII dentro de la Octava de Navidad

En el último día del año, terminando la octava de Navidad, se nos recuerda el prólogo de Juan, que condensa esa historia del Dios-con-nosotros que recordamos y actualizamos en estos días.

Terminar un año es tiempo de balances y de esperanzas.

Miramos atrás para ver lo que fue, desde la distancia que dan los días, en perspectiva. Y en esa mirada, podemos descubrir lo que realmente fue importante de lo que no dejó de ser intranscendente, por mucho que pareciera otra cosa. Y se puede abrir el corazón para dar gracias, profundamente, por todo lo recibido en esos días vividos. Quizá primero por conservar la vida, que no conviene dar por supuesta. Y por la fe. Y por las personas queridas. Y por las dificultades que nos pueden ayudar a crecer…

Miramos adelante para esperar lo que está por venir. Con una espera activa, que se predispone a hacer algo bueno con lo que se nos regale de ahora en adelante. ¿Qué será? ¿Cómo vendrá? ¿Qué podré hacer con esto… o con aquello…? Quizá hoy es un buen día para pedir, y para confiar.

Gracias, Señor, por este año que termina.
Gracias porque, en medio de la vida de cada día,
Tú te has hecho presente…
Dame tu mirada para agradecer todo lo recibido…
Y sobre todo, gracias por ser Dios-con-nosotros,
de quien recibimos “gracia tras gracia”.

Ciudad Redonda

Meditación – Día VII dentro de la Octava de Navidad

Hoy es 31 de diciembre, día VII dentro de la Octava de Navidad.

La lectura de hoy es del evangelio de san Juan (Jn 1, 1-18):

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

La lectura que proclamamos hoy en la liturgia es la del prólogo de Juan, el primer capítulo, donde es un lindo himno donde se hablaba de la Palabra y de la Sabiduría de parte de Dios, donde se hace un elogio de la Sabiduría: cómo ha creado el universo, cómo estuvo desde el primer momento en la creación del mundo. Es un hermoso fragmento también del Evangelio que se enraíza profundamente en todo lo que es la tradición del Antiguo Testamento: como palabra como sabiduría, como obra de Dios. Sin embargo lo determinante nosotros lo encontramos en el versículo 14, donde dice que la “Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” Uno puede pensar que esto está puesto así al azar y que no hay ninguna intención. En realidad sí la hay. No dice que Jesús, que es la Palabra, se hace persona humana, o que se hace ser humano, o que comparte nuestra naturaleza, o que se hace uno de nosotros usa especialmente el término “carne”. Cuando uno lee el evangelio de Juan y se encuentra con esta expresión, este concepto, que es profundamente teológico, de lo que es la “carne” en realidad, a lo que se refiere es a todo lo que tiene que ver con el hombre que está separado de Dios. Es decir todo aquello que hay como consecuencia del pecado en la vida del hombre. La “carne” es el ser humano alejado de Dios; separado ese proyecto original que Dios soñó para todos y cada uno de los hombres. Enemistado con ese proyecto de amor que Dios tiene para todos y cada uno de nosotros. Entonces el hecho de que Jesús sea “carne” es mucho más que sea un mero ser humano. Es decir la encarnación de Jesús va hasta las últimas consecuencias. Jesús va a encarnarse y va a ir al lugar más periférico, por decirlo de alguna manera. Va a ser una opción preferencial no solamente por todos los hombres sino por esa parte del hombre, por esa parte de la humanidad y por eso parte del corazón de cada uno de nosotros, que de alguna manera está alejada de Dios, que de alguna manera se enemista con Dios, que de alguna manera no responde -por diversos motivos- a ese llamado que Dios nos hace en nuestra vocación primera a amarnos unos a los otros. Jesús se hace “carne”. Jesús toma lo peor del mundo, lo peor de mí, y lo carga sobre su propia naturaleza, lo carga sobre sus propios hombros, lo mete bien adentro de su propio corazón. Esto tiene implicancias increíbles. Porque tenemos que dejar de pensar entonces en un Jesús que solamente pasaba haciendo el bien sin involucrarse absolutamente nada. Es falso. Y eso tampoco responde a nuestra tradición de nuestra fe católica: Jesucristo es uno de nosotros en toda su totalidad y -aún no habiendo cometido pecado- carga con nuestros pecados. Carga con todo aquello que no tiene que ver con Dios. Carga con todo aquello que nos aleja de nosotros mismos, de Dios y de los otros hermanos. Por eso Jesús es reconciliación. Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre. Jesús es el que va a ir hasta las últimas consecuencias asumiendo la sombra de mi vida y de mi corazón. Por eso me parece un lindo ejercicio en este tiempo de navidad poder decirle: “Señor, te ofrezco todo lo que soy, especialmente mi carne, mi no responder con generosidad a ese llamado que vos me hacés a la vida, me hacés al amor, me hacés a ser hermano de mis hermanos…” Hermano y hermana, en este tiempo de navidad te mando un fuerte abrazo en el Corazón de Jesús y será hasta el próximo Evangelio si Dios quiere.

P. Sebastían García