Lectio Divina – Viernes I de Adviento

¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy necesito que me enseñes a saber “gritar en mi oración”. Y no es que crea que estás sordo, ni que estás tan lejos que no me puedas oír. Necesito poner delante de tus ojos “mi vida desgarrada, mi corazón lacerado, mi alma dolorida”. A veces, la vida pesa demasiado, nos duele el alma; y cuando duele el alma es que duele todo. Quisiera en esos momentos duros de la vida, que vinieras a mí como médico y tocaras mis heridas sangrantes.

2.- Lectura reposada del evangelio: Mateo 9, 27-31

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!»Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les preguntó: «¿Creen que puedo hacerlo?» Ellos le contestaron: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.». Y se les abrieron sus ojos.Jesús les ordenó severamente: «¡Que nadie lo sepa!» Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella región.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Siempre me han impresionado los gritos en la oración. Aparecen con frecuencia en los salmos. También Jesús gritó en la Cruz. Es verdad que Dios Padre no necesita ni de gritos ni siquiera de palabras. “Él sabe lo que necesitamos antes incluso de que lo pidamos”. (Mt. 6,8). Pero el grito es la mejor expresión de un corazón dolorido que, en medio del dolor, busca la cercanía de “una presencia”. Estos dos ciegos tenían necesidad de acercarse y encontrarse con Jesús. El Señor “les tocó los ojos”. Tenían suficiente fe como para que Jesús, como hizo con el Centurión, hiciera el milagro desde la distancia. Pero quiso “tocar sus ojos enfermos”. Es Jesús ese médico maravilloso que quiere acecharse, ver, tocar la enfermedad y curarla. Así queda bien manifiesto que Jesús “curaba con la cercanía de su amor”. En realidad, podemos estar cojos, ciegos, sordos, mudos… pero nuestra  enfermedad más profunda es la “lejanía de Dios”. Esos ciegos no tenían vista, pero tenían fe. Y Jesús los curó “conforme a su fe”. Y les dio una extraña recomendación: ¡Que nadie lo sepa! Pero ellos no hicieron caso y lo divulgaron por toda la región. Probablemente nosotros hubiéramos hecho lo mismo. ¿Cómo podemos ocultar las maravillas que Dios hace en nosotros? ¿Acaso no nos ha mandado el mismo Señor que publiquemos desde las azoteas lo que nos ha dicho en lo oculto? (Mt. 10,27). Con todo, hoy me parece  también bonita la frase: ¡que nadie lo sepa!… Hay muchas cosas maravillosas en nuestra vida que deben permanecer  ocultas para que las disfrutemos en soledad, sin testigos, sólo  ¡entre Él y nosotros! Es estupendo conservar en nuestro solitario corazón experiencias que han sucedido en nuestra vida “sin saber cómo” (Mc. 4,27).

Palabra del Papa

“Al final el ciego curado llega a la fe, y ésta es la gracia más grande que le viene dada por Jesús: no sólo poder ver, sino conocerle a Él, ver a Él, como ‘la luz del mundo’”. Este es un relato del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de tanta gente: también nuestra gente ¿eh?, -también nosotros- porque nosotros tenemos, algunas veces, momentos de ceguera interior”. Nuestra vida es parecida a aquella del ciego que se ha abierto a la luz, que se ha abierto a Dios y a la gracia. A veces, lamentablemente, es un poco como aquella de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás, y ¡hasta al Señor! “Y debemos  caminar decididamente sobre el camino de la santidad, que tiene su inicio en el Bautismo, y en el Bautismo hemos sido iluminados, para que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como ‘hijos de la luz’, con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad ni paciencia ni misericordia”. (Papa Francisco. Angelus.30-marzo-2014)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio).

5.- Propósito. Me acercaré a la Eucaristía como un ciego que necesita ser curado por Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi silencio.

Al acabar esta oración quiero darte las gracias por la riqueza de tus palabras. Nos podemos acercar a ti con nuestras palabras y con nuestros gritos; y podemos agradarte unas veces “divulgando” lo que haces con nosotros y otras veces “silenciándolo” y rumiándolo a solas contigo. Tú eres “presencia y ausencia”, “palabra y silencio”, “prosa y poesía”. “viento y brisa”. ¡Qué grande eres, Dios mío! ¡Envuélvenos en un misterio de amor!

Comentario – Viernes I de Adviento

Mateo 9, 27-31

Jesús iba de camino…

Dos ciegos le salieron al encuentro gritando….

Me paro un instante a imaginar esta escena concreta como si yo asistiera también. ¿Que tipo de plegaria me sugiere esta escena? Me pone de nuevo en el tema de la espera, del adviento. Hombres, mujeres, jóvenes, niños… a mi alrededor esperan algo de mí. Todos no gritan, pero su grito es quizá interno.

El «grito» es un signo. Signo de una necesidad muy fuerte, de un sufrimiento muy intenso, signo de una sensibilidad afectada a lo vivo.

Una necesidad fuertemente sentida, ni que sea sólo de tipo humano, (sufrimiento físico o moral, ansia de pan o de amistad, aspiración a una vida mejor), puede ser el punto de partida, el inicio, de una búsqueda de Dios.

«¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!»

Su plegaria es muy simple: es su grito, grito que brota de su sufrimiento. Mi plegaria, también debería ser a veces simplemente esto: la expresión sincera de que algo no marcha bien en mí, alrededor de mí… mi sufrimiento… los sufrimientos de los que yo soy el testigo…

Ten compasión de nosotros, Señor. Kyrie eleison.» En cada misa, se nos sugiere a menudo este tipo de plegaria. Sabemos darle un contenido concreto: plegaria de intercesión. Al decir «Hijo de David», los dos ciegos reconocen a Jesús un título mesiánico. Tú eres aquel que ha de venir, aquel que ha sido prometido por los profetas.

Luego que llegó a su casa, se le presentaron los ciegos.

Jesús parece haber querido poner a prueba su plegaria: de momento no les contesta. A menudo, Señor, nos da la impresión de que Tú no nos oyes.

Imagino la escena que se prolonga: los dos ciegos que se apegan a El, que continúan siguiendo a Jesús por la calle, que continúan gritando, rogando… hasta la casa, y entran con El.

Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacer eso que me pedís?»— «Si, Señor».

Jesús interroga. Quiere asegurarse de la autenticidad de su Fe. Desea purificar esta Fe. La necesidad humana que está en el origen de su plegaria podría no ser sino el deseo de un milagro… para sí mismos, para ellos dos. Y esto tiene ya su importancia, lo hemos visto. Y Dios lo escucha. Es un punto de partida, ambiguo, pero tan natural… Jesús, con su pregunta, trata de hacerles progresar hacia una fe más pura: ellos pensaban en «sí mismos»… Jesús les orienta hacia su propia persona, hacia El. «¿Creéis que yo puedo hacer esto?»

Jesús les pregunta si tienen Fe. Don de Dios; el milagro que se dispone a nacer no es una cosa automática ni mágica. Los sacramentos no son actos mágicos: los sacramentos requieren Fe.
Lo que me llama la atención Señor, es el respeto que tienes a la libertad del hombre: Suscitas en ellos la espera, el deseo, la fe… No quieres forzar., hace falta una cierta correspondencia, en el nombre, para que Tú le colmes.

Entonces les tocó los ojos diciendo: Según vuestra fe, así os sea hecho.

Sí, Tú no has obligado. Has esperado y has suscitado su Fe. «Así se haga, según vuestra Fe.» Señor, aumenta en nosotros la Fe.

Se les abrieron los ojos, mas Jesús les conminó diciendo: Mirad que nadie lo sepa. Ellos, sin embargo, al salir de allí, lo publicaron por toda la comarca.

Ese secreto que Jesús les pide pone de manifiesto que no desea levantar un entusiasmo superficial. No es lo sensacional ni lo prodigioso lo que cuenta.

Noel Quesson
Evangelios 1

Vigilad, pues vendrá de nuevo

Para atajar toda pregunta de sus discípulos sobre el momento de su venida, Cristo dijo: Esa hora nadie la sabe, ni los ángeles ni el Hijo. No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas. Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que ese acontecimiento se producirá durante su vida. Si el tiempo de su venida hubiera sido revelado, vano sería su advenimiento, y las naciones y siglos en que se producirá ya no lo desearían. Ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y todas las épocas lo esperan ardientemente.

Aunque el Señor haya dado a conocer las señales de su venida, no se advierte con claridad el término de las mismas, pues, sometidas a un cambio constante, estas señales han aparecido y han pasado ya; más aún, continúan todavía. La última venida del Señor, en efecto, será semejante a la primera. Pues, del mismo modo que los justos y los profetas lo deseaban, porque creían que aparecería en su tiempo, así también cada uno de los fieles de hoy desea recibirlo en su propio tiempo, por cuanto que Cristo no ha revelado el día de su aparición. Y no lo ha revelado para que nadie piense que él, dominador de la duración y del tiempo, está sometido a alguna necesidad o a alguna hora. Lo que el mismo Señor ha establecido, ¿cómo podría ocultársele, siendo así que él mismo ha detallado las señales de su venida? Ha puesto de relieve esas señales para que, desde entonces, todos los pueblos y todas las épocas pensaran que el advenimiento de Cristo se realizaría en su propio tiempo.

Velad, pues cuando el cuerpo duerme, es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad entonces no está dirigida por la voluntad, sino por los impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma un pesado sopor -por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía-, es el enemigo quien domina al alma y la conduce contra su propio gusto. Se adueña del cuerpo la fuerza de la naturaleza, y del alma el enemigo.

Por eso ha hablado nuestro Señor de la vigilancia del alma y del cuerpo, para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento y el temor, como dice la Escritura: Sacudíos la modorra, como es razón; y también: Me he levantado y estoy contigo; y todavía: No os acobardéis. Por todo ello, nosotros, encargados de este ministerio, no nos acobardamos.

Del comentario de san Efrén, diácono, sobre el Diatésaron
(Cap. 18,15-17: SC 121, 325-328)

Misa de la familia

«Vístete de gala para siempre con la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte como corona la gloria del Eterno». Con esta exhortación el profeta Baruc invitaba a sus compatriotas a cambiar la tristeza en gozo y a recorrer el sendero de la santidad, pues estaba ya próximo el acontecimiento del retorno del exilio babilónico. Dios habría de mostrar su esplendor «a cuantos viven bajo el cielo» trayendo a sus hijos de vuelta a Jerusalén.

El retorno a Jerusalén aparece como un acto salvífico: Dios rescata y reúne de nuevo a su pueblo disperso. Dios manda asimismo «que se abaje todo monte elevado y toda colina encumbrada, ha mandado rellenar los barrancos hasta aplanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios». Esta figura refleja la antigua costumbre oriental de preparar los caminos y hacerlos transitables para el rey cada vez que volvía victorioso de una campaña militar, o cuando iba de visita a algún pueblo.

Esta misma invitación se encuentra en una antigua profecía de Isaías, que San Lucas aplica al Bautista y a su misión: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (Evangelio). San Juan Bautista es aquella voz que exhorta al pueblo de Israel a prepararse ante la llegada inminente de aquel a quien Dios había prometido enviar para la salvación de su pueblo.

La invitación a preparar el camino es un llamado a la conversión. Esta expresión encuentra su correspondencia en la palabra griega metánoia. El Bautista, usando como figura la costumbre de “allanar los caminos” al rey, invita a un cambio interior, a disponer las mentes y los corazones para recibir adecuadamente al Mesías que está próximo a llegar. Por “camino” se entiende metafóricamente la conducta del ser humano, sus opciones éticas. Los senderos que deben ser allanados son los caminos de la propia vida moral. Como signo visible de un compromiso al cambio de vida el Bautista ofrece «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados».

La salvación que Dios trae a su pueblo se sitúa en un momento preciso dentro del devenir del tiempo y de la historia, de allí que San Lucas comience situando históricamente el momento en el que Dios llama a Juan a cumplir su misión.

A quienes ya han sido alcanzados y ganados por Cristo el apóstol Pablo los invita a progresar más aún, para ser hallados puros y sin tacha el Día en que Cristo vuelva glorioso (ver 2ª. lectura). Los bautizados son aquellos en quienes Dios ha iniciado ya la buena obra de la salvación y reconciliación, obra que aún aguarda su consumación. Esta buena obra no debe detenerse. Es necesaria una continua conversión, un enderezar cada día más los senderos y revestirse más de la justicia que viene de Dios. Es necesario seguir creciendo en el amor, así como en conocimiento perfecto y todo discernimiento.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El eco de la predicación del Bautista llega hasta nosotros en este segundo Domingo de Adviento. El Precursor, que recibió de Dios la misión de preparar al pueblo elegido para la venida del Salvador prometido, nos renueva también hoy el llamado a la conversión, a disponer los corazones para salir al encuentro del Señor que viene.

Para acoger al Señor es necesario enderezar las sendas torcidas y allanar los caminos. La buena obra de nuestra reconciliación, iniciada por Dios en cada uno de nosotros, no debe detenerse ni descuidarse ningún día. Debe avanzar y progresar hasta que alcancemos la plena madurez de Cristo, de tal modo que cada cual pueda repetir con el Apóstol: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).

La necesaria preparación consiste en “abajar los montes y colinas”, es decir, quitar todo obstáculo del camino que conduce a la santidad, despojarnos de todo lo que retarda o impide la llegada del Señor a nuestros corazones. Por otro lado, consiste asimismo en “rellenar los valles y abismos”, es decir, en revestirnos de las virtudes que apresuran la llegada del Señor a nuestra casa.

¿De qué debemos despojarnos y de qué debemos revestirnos? Debo despojarme de la impaciencia con que suelo tratar a algunas personas y revestirme de paciencia y de un trato más afable; debo despojarme del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirme de actitudes de generosidad y desprendimiento; debo despojarme de la búsqueda desordenada de mi propia satisfacción sensual para revestirme de actitudes que custodien la pureza y castidad; debo despojarme de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revestirme de la solidaridad concreta; debo despojarme de los chismes, de la difamación, de palabras desedificantes o groseras para revestirme de un silencio reverente y de palabras que busquen siempre la edificación del prójimo; debo despojarme de resentimientos y rencores para revestirme de sentimientos de perdón y misericordia con quien me ha ofendido.

Si de verdad quieres que el Señor venga a ti y permanezca en tu casa, limpia tu corazón de todo aquello que es obstáculo para que Él venga y permanezca en ti, revístete de Cristo mismo cada día, de su justicia, de su caridad, de su paciencia, de todas las virtudes que ves brillar en Él.

Enséñame, Señor, tus caminos

Son tantos los lugares recorridos
y tantos los sueños tenidos
creyendo y afirmando
que no hay más caminos
que aquellos que marca el caminante
con sus pasos y sus decisiones…
que hoy mi palabra duda y teme alzarse.

Pero desde este lugar en que me encuentro,
a veces sin rumbo y perdido,
a veces cansado y roto,
a veces triste y desilusionado,
a veces como al inicio,
te susurro y suplico:

Enséñame, Señor, tus caminos;
tus caminos verdaderos,
tus caminos desvelados y ofrecidos,
seguros, limpios y fraternos,
tus caminos de gracia, brisa y vida,
tus caminos más queridos,
tus caminos de «obligado recorrido»,
a contracorriente de lo que más propaganda ofrece,
que se recorren en compañía
y nos dejan a la puerta de tu casa solariega.

Llévame por tus avenidas de paz y justicia,
por tus rotondas solidarias y humanas,
por tus autopistas de libertad y dignidad,
por tus cañadas de austeridad y pobreza,
por tus sendas de utopía y novedad
y, si es preciso, campo a través siguiendo tus huellas
y por la calle real de la compasión y misericordia.

Y que, al llegar a la puerta de tu casa,
pueda lavarme y descansar en el umbral,
oír tu voz que me llama, y entrar
para comer y beber contigo
y sentirme hijo y hermano en el banquete
preparado por ti y tus amigos.
Y, después, salir,
con enrgía y esperanza redobladas,
a preparar tus caminos.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes I de Adviento

El encuentro de Jesús con los dos ciegos del Evangelio de hoy puede traernos un poco de luz para vivir este tiempo de Adviento. Parece ser que no fue un encuentro fácil y cómodo. Jesús estaba caminando y se dirigía a una casa, no sabemos a qué distancia, pero sí sabemos que durante el camino los dos ciegos le seguían y le gritaban: “¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!”. No se dejaban intimidar por su ceguera, seguían a tientas al que es la Luz del mundo y le suplicaban su compasión. Jesús no les hizo caso, pero ellos seguían insistiendo e incluso se acercaron a la casa a la que habían ingresado. Una vez junto a Él, no fueron curados de inmediato, sino que Jesús les confrontó de forma directa y les interrogó acerca de su fe. Ellos no se intimidaron, respondieron que sí creían en la acción salvadora de Jesús y que se abandonaban en sus manos para ser curados. Recién en ese momento, Jesús tocó sus ojos, sus vidas,  y quedaron abiertos a una mirada nueva.

El Adviento es un tiempo de camino para encontrarnos con Jesús, la Luz del mundo. En algunos momentos de nuestra vida podemos sentir, como los ciegos del evangelio, que Jesús no nos hace caso, que no percibimos su cercanía como nos gustaría y que nuestras cegueras y oscuridades nos llenan de dudas y temores. Como los ciegos, no debemos detenernos, ni dejarnos intimidar; hay que seguir caminando con esperanza, insistiendo a tientas, gritando, anhelando la proximidad y la compasión de Jesús.

En otras ocasiones quisiéramos ver acciones milagrosas inmediatas que nos garanticen el poderío del Hijo de David, que nos eviten las incomodidades que trae consigo el vivir la fe como continuo proceso de encuentro y conversión. Como los ciegos debemos escuchar las preguntas que nos confrontan con nuestra verdad profunda y nos hacen caer en la cuenta en dónde están puestas nuestras falsas seguridades. Y cuando, menos lo esperemos, descubriremos que Él está a nuestro lado tocando con su cercanía amorosa nuestros ojos y curando nuestras cegueras. La luz de la fe nos abre a una mirada más serena, lúcida y confiada de nosotros mismos y de la realidad; entonces, volvemos a los caminos de la vida para dar testimonio de la Luz del mundo.

Ciudad Redonda

Meditación – San Francisco Javier

Hoy celebramos la memoria de san Francisco Javier.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 16, 15-20):

En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Hoy contemplamos las últimas palabras de Jesús antes de volver al Padre. Es el momento anterior a la Ascensión. Son por tanto, las últimas palabras que los apóstoles escucharan de Jesucristo, así de viva voz. 

¡Qué importantes son las últimas palabras de una persona antes de partir a otro lugar! Se guardan en el corazón en un lugar preferente. Más aún cuando aquella persona es el mismo Dios hecho hombre que viene al mundo y se entrega hasta la muerte, para liberarnos del mal, del pecado y de la misma muerte, dándonos Vida por su Resurrección. ¡Qué importantes son esas palabras! Importantes por quien las dice: Dios mismo. Importantes por su mensaje: el Evangelio. Importantes por el destinatario: el mundo entero.

¡Qué bien entendió estas palabras san Francisco Javier! Este gran misionero recorrió grandes distancias en la India, Japón y otras naciones, con el corazón encendido de celo misionero. Él, cumpliendo fielmente el mandato de Jesús, experimentó los signos que Cristo dice que acompañarán a sus verdaderos apóstoles: «En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,17-18).

En efecto, su predicación y testimonio se veía acompañado por numerosas curaciones de enfermos. También se acercaban a él multitudes para ser bautizadas. En ocasiones, al llegar la noche, no podía mover la mano derecha debido al dolor, porque se había pasado todo el día bautizando. Además, junto con muchas dificultades, tuvo que aprender idiomas nuevos. Se cumple, así, lo que hoy nos cuenta el Evangelio.

También tú y yo, por el Bautismo, recibimos ese mensaje de Jesús que nos convierte en mensajeros de Dios, en apóstoles misioneros, portadores de la Buena Noticia. Guarda en tu corazón las palabras de Jesús y lánzate sin miedo a la aventura de llevar el Evangelio a todo lugar.

P. Eduard MARTÍNEZ Quinto

Liturgia – San Francisco Javier

SAN FRANCISCO JAVIER, presbítero, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio I o III de Adviento o de la memoria.

Leccionario: Vol. II

  • Is 29, 17-24. Aquel día verán los ojos de los ciegos.
  • Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
  • Mt 9, 27-31. Jesús cura a dos ciegos que creen en él.

O bien: cf. vol. IV:

  • Mc 16, 15-20.

Antífona de entrada Sal 17, 50; 21. 23
Te alabaré entre las naciones, Señor; contaré tu fama a mis hermanos.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, con la esperanza de que el Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna, comencemos la celebración de la Eucaristía, venerando la memoria de san Francisco Javier, el apóstol del lejano Oriente y patrono universal de las misiones, pidiendo perdón a Dios por nuestros pecados.

• Tú que vienes con gran poder. Señor, ten piedad.
• Tú que purificas el mundo con el fuego de tu Espíritu. Cristo, ten piedad.
• Tú que vienes para crear un cielo nuevo y una tierra nueva. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios,
adquiriste para ti pueblos numerosos
por la predicación de san Francisco Javier,
haz que os fieles se apasionen con su mismo celo por la fe,
y que la santa Iglesia se alegre de ver crecer en todas partes
el número de sus hijos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Imploremos a Dios, luz y salvación de su pueblo, y pidámosle que nos dé luz de una fe viva, ardiente y luminosa.

1.- Para que la Iglesia sea luz de los pueblos y de todos los hombres que buscan la salvación. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Señor suscite en nuestra diócesis abundantes vocaciones al ministerio sacerdotal. Roguemos al Señor.

3.- Para que todas las naciones de la tierra, especialmente las más pobres, avancen hacia el verdadero progreso. Roguemos al Señor.

4.- Para que los pobres y oprimidos gocen del consuelo de Dios y de la fraternidad de los cristianos. Roguemos al Señor.

5.- Para que el ejemplo de san Francisco Javier avive el celo de los misioneros y acreciente nuestro interés en el anuncio del Evangelio. Roguemos al Señor.

Despierta tu poder y ven, Señor, para que merezcamos ser protegidos por ti y nos veamos libres de los peligros que nos acechan a causa de nuestros pecados. Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR, recibe los dones que te presentamos
en la memoria de San Francisco Javier,
y concédenos que, así como él llegó a tierras lejanas
impulsado por el deseo de la salvación de los hombres,
también nosotros, dando testimonio eficaz del Evangelio,
sintamos la urgencia de llegar a ti con todos los hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Mt 10, 27
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, dice el Señor; y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

Oración después de la comunión
OH, Dios, que tus sacramentos enciendan en nosotros aquella ardiente caridad
que inflamó a san Francisco Javier por la salvación de las almas,
concédenos que, viviendo más dignamente nuestra vocación,
consigamos con él la recompensa prometida a los buenos servidores.
Por Jesucristo, nuestro Señor.