Comentario – Domingo II de Adviento

En nuestro recorrido por el adviento hay un personaje que nos fuerza a detenernos. Él también hizo su recorrido por la comarca del Jordán, empujado por la Palabra de Dios que vino sobre él en el desierto. Sólo en el desierto, es decir, en la soledad, en el silencio, en la ausencia de distracciones y de interferencias, puede oírse con nitidez la palabra de Dios que, como cualquier otra palabra, o más incluso que cualquier otra, necesita de un espacio adecuado de audición y de acogida.

Fue la palabra de Dios la que hizo de Juan «el Bautista», la voz que grita en el desierto, el predicador de un bautismo de conversión. Juan es un personaje singular, como todo lo que toca Dios: un profeta austero y consagrado por entero a su misión que era fundamentalmente la de gritar en el desierto, como un pregonero, la conversión requerida para preparar el camino del Señor. Aquí hemos de encontrar una de las claves de nuestro adviento y de nuestra vida.

Para preparar el camino del Señor no hay nada mejor que la conversión al Señor que viene. Y convertirse a él es, en primer lugar, volverse a él apartando los ojos de lo que no es él o no tiene relación con él. Y apartar los ojos es apartar el corazón; porque solemos quedar prendados (y prendidos) de las cosas que vemos con complacencia. De ahí la importancia de poner nuestra mirada complaciente en él como principio o renovación de nuestra conversión.

El punto de referencia de nuestra conversión es el mismo Cristo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Cristo-hombre es el modelo al que hemos de conformarnos, la imagen cuyos rasgos hemos de reproducir en nuestras vidas. Por eso el límite de nuestra conversión es la santidad tal como aparece reflejada en Cristo Jesús, en su bondad, generosidad, obediencia, amor.

Centrando nuestra mirada en él nos daremos cuenta de los aspectos de nuestra personalidad que están todavía sin convertirse (faltos de espíritu cristiano): ideas, criterios, opiniones sobre la vida, la amistad, el trabajo, las relaciones familiares, la enfermedad, la muerte. ¿Coinciden con los de Cristo? ¿Y nuestros sentimientos, temores, deseos, gustos? ¿Son realmente los sentimientos de Cristo? ¿No tendríamos que transformar nuestros momentos de soberbia en humildad, o de ira en mansedumbre, o de pereza en diligencia, o de cobardía en fortaleza, o de temor al mundo en temor al pecado, o de incredulidad en fe, o de rencor en capacidad para el perdón, a fin de parecernos a él? La imitatio Christi es elemento imprescindible en nuestra conversión cristiana.

Aún no hemos llegado hasta el final en nuestro camino de conversión. Pero para seguir progresando necesitamos examinar nuestra conciencia, arrepentirnos de nuestros fallos, hacer propósito de enmienda, recibir la gracia de la reconciliación. San Pablo nos hace saber que en este empeño no estamos solos: Esta es nuestra confianzaque el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante. Y no hay empresa buena más querida por Dios que la de nuestra conversión a imagen de su Hijo. Y su oración, que es también su deseo, es que la comunidad de amor que forman los cristianos de Filipos siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.

El aprecio de los valores evangélicos (es decir, de todo aquello que aprecia Jesús como valioso) será una buena medida del crecimiento logrado en esta penetración y sensibilidad. Por eso también hemos de preguntarnos por los aprecios y los desprecios de Jesús. Eso nos permitirá descubrir su jerarquía de valores. Jesús despreciaba la hipocresía y la falsedad, y el lujo, y la ostentación, y el dinero como instrumento de envilecimiento o como idolatría, y la jactancia, y el orgullo.

En cambio, apreciaba la inocencia de los niños, y la sinceridad, y la misericordia con los pobres e indigentes, y la mansedumbre de los sufridos, y la limpieza de corazón, y el trabajo por la paz, y la humildad. Éste tendría que ser también nuestro criterio de estimación de las cosas del mundo y nuestra escala de valores. Sólo por este camino podremos llegar al día de Cristo limpios e irreprochables.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo II de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: «Mirad, nuestro Rey viene en persona y nos salvará.» Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: «Mirad, nuestro Rey viene en persona y nos salvará.» Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

LECTURA: 1Ts 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ven, Señor, y danos tu paz; tu visita nos retornará a la rectitud y podremos alegrarnos en tu presencia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ven, Señor, y danos tu paz; tu visita nos retornará a la rectitud y podremos alegrarnos en tu presencia.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, que nació de la Virgen María, y digámosle:

Ven, Señor Jesús.

Hijo unigénito de Dios, que has de venir al mundo como mensajero de la alianza,
— haz que el mundo te reciba y te reconozca.

Tú que, engendrado en el seno del Padre, quisiste hacerte hombre en el seno de María,
— líbranos de la corrupción de la carne.

Tú que, siendo la vida, quisiste experimentar la muerte,
— no permitas que la muerte pueda dañar a tu pueblo.

Tú que, en el día del juicio, traerás contigo la recompensa,
— haz que tu amor sea entonces nuestro premio.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor Jesucristo, que por tu muerte socorriste a los muertos,
— escucha las súplicas que te dirigimos por nuestros difuntos.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado I de Adviento

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… sanando toda enfermedad y toda dolencia

1.- Ambientación.

Señor Jesús, porque mi fe es débil, ante los problemas cotidianos de la vida frecuentemente me siento como oveja sin pastor. Ilumina este rato de oración para que sepa ser fiel a las innumerables gracias que Tú me ofreces generosamente. Haz Jesús, que Tú seas todo para mí y que viva con la inquietud y el ansia de proclamar tu Buena Nueva a todas las personas.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 9, 35. 10, 1. 6-8

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Les dijo: «Id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y proclamad en que el Reino de los Cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, purificad a los leprosos, echad  fuera a los demonios. Gratuitamente lo habéis recibido dadlo gratis”

3.- Qué dice el texto.


Meditación-reflexión

“Id a las ovejas perdidas”.

En la parábola de Jesús, la oveja perdida era una y las otras noventa y nueve estaban en el aprisco. Y, sin embargo, el pastor deja las noventa y nueve y va a buscar la única que se le había perdido. Y uno se pregunta: ¿Qué hubiera hecho ese pastor si se le hubieran perdido las noventa y nueve? ¿Se hubiera quedado tranquilo cuidando la única que le quedaba? ¿Y hubiera dormido tranquilo sabiendo que las otras 99 las tenía perdidas? Pensemos en nuestra situación actual: Metemos horas en cuidar los pocos que nos vienen y apenas hacemos nada por recuperar los que están fuera. Y seguimos durmiendo a pierna suelta.

“Proclamad  que el reino de Dios está cerca”. Esta es la noticia que tenemos que dar: Que Dios siempre está cerca, que no nos abandona nunca, que no se cansa de nosotros, que nos sigue queriendo aunque nosotros no le respondamos con amor. Nos tenemos que preguntar seriamente si el motivo de que se nos haya ido tanta gente de la Iglesia no estará en que no hemos sabido presentar el verdadero rostro de Dios, tal y como nos lo presenta Jesús.

“Dad el evangelio gratis”. Dios no tiene precio y no se puede comprar con nada; ni con Misas, ni con rosarios, ni con novenas. Él se nos da gratis. Y sólo cuando nos reconocemos “regalo de Dios” podemos hacer de nuestra vida un regalo para los demás.

Palabra autorizada del Papa

“Tomen el Evangelio. ¡Tómenlo, tómenlo con ustedes y léanlo cada día! ¡Es el mismo Jesús el que les habla allí! ¡Es la palabra de Jesús! ¡Esta es la Palabra de Jesús! Hoy se puede leer el Evangelio también con muchos instrumentos tecnológicos. Se puede llevar encima la Biblia entera en un teléfono móvil, en una Tablet. Lo importante es leer la Palabra de Dios, con todos los medios, pero leer la Palabra de Dios, ¡Es Jesús que nos habla allí!, y acogerla con el corazón abierto: ¡entonces la buena semilla da fruto!” (Papa Francisco, 6 de abril de 2014)

4.- Qué me dice ahora a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.-Propósito:   La vocación no sólo se acepta sino que se celebra. Hoy doy gracias a Dios por haberme llamado.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Padre y Señor mío, cuántas personas hay que no te conocen y por ello su vida carece de sentido. No puedo ni debo cerrar mi corazón ante esta abrumadora realidad. Ayúdame a que sepa abrir mi corazón  y llenar mi vida del celo por la causa de Cristo, No dejes que me olvide que soy un enviado tuyo. Ayúdame a que mi testimonio de vida sea el medio para que otras personas te amen y te sigan.

El fundamento histórico del cristianismo

1. La fe cristiana está fundada en la historia. Esto, dicho de otra manera, significa que se apoya en experiencias que parten de la intervención de Dios en la historia del hombre; en tiempos y lugares bien precisos. Los mitos, por el contrario, tienen la característica de describir hechos sucedidos en un mundo sin tiempo ni lugar definidos. Éste no es el caso de la fe cristiana. La Palabra de Dios es un acontecimiento histórico. Llama a la existencia toda la creación y la mantiene hasta el día de hoy. En la plenitud de los tiempos la Palabra se hizo carne, es decir se hizo historia. Es lo que celebramos en la Navidad.

Hoy los textos bíblicos nos lo hacen entender de una manera muy clara. Especialmente el profeta Baruc y el evangelista san Lucas. Veamos, un poco más de cerca estos textos en nuestra reflexión, a fin de dejar que la Palabra produzca sus efectos en nosotros.

2. En la antigüedad, cuando el rey llegaba a un lugar, previamente todo el mundo se ponía a preparar los caminos hacia la población que el rey iba a visitar, todas las vías torcidas se enderezaban, todos los montículos eran allanados, todos los huecos de la carretera eran rellenados.

Los cristianos decimos que estamos a la espera de esa llegada del Rey.

El profeta Baruc, después de invitar al llanto y a la penitencia por los pecados cometidos y que han sido la causa del castigo mediante el destierro en Babilonia, lleva al pueblo de Israel, en el pasaje que acabamos de escuchar, al júbilo por el anuncio de la salvación futura. Jerusalén es invitada a levantarse para contemplar desde la altura el regreso de sus hijos que vienen de oriente y de occidente traídos por la voz de Dios… El Señor ordena que se eliminen las asperezas del camino, manda a los árboles que den sombra y perfume y él mismo les sirve de guía… Los signos liberadores que se perciben en la historia dejan entrever el futuro que Dios prepara para su pueblo.

3. San Lucas, por su parte, queridos hermanos, como buen historiador y al mismo tiempo como escritor sagrado, nos remite a la historia concreta, señalando fechas y lugares precisos para informarnos acerca del inicio del ministerio de Juan el Bautista. Notemos que todo se desencadena con la venida de la Palabra de Dios sobre el último profeta del Antiguo Testamento, el mismo que abre el Nuevo. No pasemos por alto la irrupción de Dios, por su Palabra en la historia. El encuentro de Juan con la Palabra de Dios es un acontecimiento; en un momento y en un lugar (el desierto) muy precisos.

El evangelista tiene cuidado de señalar detalles no sólo de la historia del pueblo de Dios, sino también del pagano: el año decimoquinto del César Tiberio… ¡Dios es Señor de la historia! Nada escapa a su domino y a su poder. Para Él no hay historia profana e historia sagrada. ¡Todo es gracia! Es oportunidad de encuentro y gozo.

Y a partir de esa experiencia, Juan comienza a predicar el bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Este nuevo profeta está en continuidad con los de la antigua etapa de la salvación. ¡La historia es la misma para Dios! Sobresalen entre ellos especialmente Isaías y Baruc. La referencia del evangelio al Antiguo Testamento se encuentra en la segunda parte del libro de Isaías en el que se refiere el anuncio de la liberación de la esclavitud que el pueblo de Dios sufre en Babilonia. Este anuncio es también una promesa que incita al pueblo a ponerse en camino de regreso.

4. Dios promete y cumple lo que promete porque, como ya hemos señalado, es dueño de la historia. Pero caigamos en la cuenta de que la historia no está sólo en el pasado, sino que, como algo que transcurre, tiende al futuro. La promesa pertenece al presente porque se recibe ahora, pero en realidad pertenece al futuro porque nos lleva hacia delante. No somos naturalmente dueños del futuro, pero los cristianos lo poseemos en la medida en que aceptamos la promesa. Ésta la alcanzamos en la esperanza.

Pero la esperanza parte de nuestro momento presente y se alimenta del futuro que Dios nos promete. Esto quiere decir, en palabras muy concretas, que, para alcanzar la salvación que Dios nos promete, hemos de partir de nuestra realidad personal, es decir, de nuestra propia historia tal como es y dejar que Dios la transforme, según su promesa, en historia de salvación.

El Señor viene. Ésta es la promesa. Nosotros le creemos. Creer es saber esperar lo que se nos promete. El Adviento es la oportunidad de vivir y experimentar la esperanza en la salvación que el Padre nos ofrece en su amado Hijo. Esta esperanza nos hace vivir intensamente el presente en conversión continua, como nos lo pide el Señor, por medio del Bautista.

Antonio Díaz Tortajada

Comentario – Sábado I de Adviento

Mateo 9, 35-10, 8

Jesús recorría todas las ciudades y villas, enseñando en sus sinagogas.

Jesús gustaba de hablar al aire libre, según las circunstancias, Pero se acomodaba también a los usos tradicionales de su país. El modo oficial de enseñar consistía en tomar la palabra y hacer una exposición del tema en el interior de una Sinagoga, en el cuadro de una asamblea litúrgica del sábado.

Predicando la «buena» nueva del reino de Dios y curando toda dolencia.

Jesús «enseña»… Algo que es… ¡»bueno»! Una “buena” nueva. Jesús «cura»… ¡Es una cosa «buena»!

Una «buena» acción. El Reino de Dios es a la vez una liberación del error, un progreso del hombre a la luz de la verdad que le libera… Pero es también una liberación del mal y de todo lo que oprime al

hombre, es una progresión de felicidad. Venga a nosotros Tu reino. Prolongo esta oración, aplicándola a casos concretos que conozco a mi alrededor.

Y al ver aquellas gentes, se apiadó entrañablemente de ellas, porque estaban malparadas, y decaídas como ovejas sin pastor.

Así ve Jesús la humanidad: una muchedumbre desencantada, desfallecida… sin verdaderos guías ni buenos pastores que la conduzcan a verdes pastos. El profeta Ezequiel había acusado a los pastores oficiales, a todos los que desempeñan cargos de responsabilidad, de no apacentar el pueblo, sino a sí mismos… de no ejercer su cargo en beneficio de los demás, sino para su propia conveniencia…

La humanidad, en todos los tiempos y en todos los países está siempre esperando. ¿Quién se levantará para servir a lo demás? ¿Quién llegará a ser un buen guía, un buen responsable?

La mies es abundante, mas los obreros pocos.

Jesús ve la humanidad como un campo de trigo en sazón ondulante al soplo del viento. La cosecha está ahí, a punto. La alegría de una buena cosecha.

Pero los obreros son pocos, Jesús constata con dolor la inmensidad del trabajo, ¡su trabajo! Él quisiera colaboradores. ¿Quién se ofrecerá?

Rogad, pues, al dueño de la mies… ¿Por qué Cristo nos pide rezar? ¿Por qué pides esto? Esto prueba que, para Jesús, la «vocación» no es solamente una cosa humana… Dios mismo es su origen, es Él quien llama. ¿Hago yo esta plegaria?

A los doce apóstoles, que Jesús había convocado, les dijo: «Id en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel…

Hay aquí una especie de limitación. Esto debió ser un sufrimiento para Jesús. No puede hacerse todo a la vez… Pero hay que empezar. Y para Dios es importante que la salvación sea primero ofrecida a los judíos, a la «casa de Israel». Entre nuestros numerosos quehaceres, es importante no olvidar esto. Lo que cuenta no es la cantidad de nuestros trabajos… sino el nacer lo que el Padre tiene previsto para nosotros… según los límites que nos sean impuestos, incluso si esta limitación es molesta.

Te ofrezco, Señor, todas mis ansias misioneras, todo lo que quisiera hacer por tu Reino, y que no llego a realizar.

Proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios.

Es necesario que los apóstoles hagan lo mismo que hizo el Señor.

Noel Quesson
Evangelios 1

El deseo de contemplar a Dios

Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: «Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro».

Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mio; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.

Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

Del libro Proslógion de san Anselmo, obispo
(Cap. 1: Opera omnia, edición Schmitt, Seckau [Austria] 1938, 1, 97-100)

Veracidad histórica

1.- «Él Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 125, 3) En varias ocasiones este salmo sirve como canto interleccional para la liturgia de la Santa Misa. Esto no es óbice para que siempre nos traiga luces de lo alto sobre nuestra vida de cada día. Las mismas palabras adquieren el sabor de lo nuevo cuando quien las considera con espíritu de fe tiene el alma enamorada, y nosotros, los cristianos, hemos de ser hombres con el corazón siempre encendido en amor hacia Dios nuestro Señor, y hacia todas sus criaturas.

Renovemos, pues, esos sentimientos de gozo que el salmo nos sugiere. Ahora, durante el Adviento, el motivo de esa alegría profunda y serena ha de ser el recuerdo de que Jesús vino a salvarnos, a colmar con su venida los anhelos de cuantos a lo largo de los siglos le esperaban con ansiedad. Avivemos, por tanto, una vez más la esperanza, tengamos la certeza de que el Señor vendrá a salvarnos también a nosotros. Así podremos cantar como aquellos israelitas: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares…

«Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” (Sal 125, 5) El Adviento, estos cuatro domingos que preceden a la Navidad, son también tiempo de contrición y de penitencia, de arrepentimiento y conversión sincera hacia Dios. Y el primer paso de una conversión auténtica es el arrepentimiento, es decir, reconocimiento humilde y pesaroso de nuestras propias faltas y pecados, reconocimiento que nos ha de llevar al dolor de amor, a la compunción de un corazón contrito y humillado, a las lágrimas por haber ofendido, nosotros, a este Jesús del alma que nació en una noche fría de Belén y murió crucificado por nuestra salvación en una cruz.

Además de ese dolor de corazón, hemos de tener deseos de expiar nuestros pecados con obras de penitencia, hacer pequeñas o grandes mortificaciones, castigar nuestro cuerpo tan rebelde a veces. Todo eso será como esa siembra entre lágrimas de que habla el salmo, como el llevar la semilla con esfuerzo y empeño. Sólo de este modo podremos luego cosechar entre cantares, volver alegres y cargados de gavillas de trigo bueno, pletóricos de amor y de gozo.

2.- «Tengo confianza de que el que comenzó en vosotros la buena obra la llevará a cabo…» (Fl 1, 6) San Pablo está encarcelado. Y lo está sólo por confesar su fe en Cristo y proclamarla con fidelidad. No ha sido una acusación de los romanos que entonces dominaban, sino una calumnia de aquellos judíos que le acusaron de ir contra la ley de Moisés, y de alborotar al pueblo. Mentiras semejantes a las que inventaron cuando dijeron que Jesús iba contra el César, a pesar de que bien claro dejó el Señor que estaba al margen de toda intriga contra el poder constituido.

Desde su prisión Pablo escribe gozoso a los cristianos de Filipos. Y les dice que tiene confianza en que el Señor llevará a buen término la obra que él comenzó con su predicación. Eso es lo que le preocupa, eso lo que intenta. Por ello al saber que los filipenses se mantienen firmes en la fe, su corazón de apóstol rebosa de júbilo tal que, parece olvidarse de las cadenas que le sujetan al cepo en la prisión.

Vamos hoy a pedir al Señor que todos seamos constantes en vivir nuestra fe, unidos siempre al Papa y a los obispos, perseverantes en medio de las dificultades que se puedan presentar. Seamos para nuestros pastores motivo de gozo, motivo de consuelo. Que sus corazones, tantas veces angustiados por la grave carga que llevan, se llenen de alegría como se llenó el corazón de Pablo.

«Testigo me es Dios de cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús» (Fl 1, 8) Amor profundo y sincero de san Pablo por los cristianos que ha convertido con su predicación. Amor grande y auténtico que brilla ante Dios y ante los hombres. Amor semejante, por no decir idéntico, al de Cristo mismo. De hecho, Pablo dirá que les ama en las entrañas de Cristo. Está tan unido al Señor que su corazón se llena del mismo amor que late en el corazón de Jesús. Ojalá sepamos también nosotros amar de la misma forma, ojalá lleguemos a una unión tal con Dios, que la vida divina sea nuestra vida, sin dejar por eso de ser nosotros mismos.

«Y por esto os ruego -sigue el Apóstol- que vuestra caridad crezca más y más en conocimiento y en toda discreción, para que sepáis discernir lo mejor y seáis puros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de santidad por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios…». Palabras estas que constituyen todo un programa de vida. Palabras que hemos de plasmar en la realidad concreta de cada día, sin desaliento, sin descanso, con esfuerzo, con empeño continuo. Hacer de nuestra existencia ordinaria una maravillosa sinfonía que cante gozosa la gloria de Dios.

3.- «En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea…» (Lc 3, 1) Todos los evangelistas nos transcriben los hechos ocurridos con fidelidad, sin faltar en lo más mínimo a la verdad. La historicidad de los Evangelios es una doctrina que siempre ha sostenido la Iglesia, a pesar de los ataques que a lo largo de los siglos se ha venido haciendo contra los textos sagrados. En el pasaje de este domingo tenemos una prueba suficientemente clara de esa preocupación por narrar los acontecimientos, tal como ocurrieron.

Es cierto que los autores inspirados trataban ante todo de despertar la fe en sus lectores y oyentes, exhortarles para que creyesen en Jesucristo, mejorasen sus vidas y alcanzaran así la salvación. Por eso precisamente los primeros evangelizadores expusieron lo que ocurrió como testigos directos que sabían que era verdad cuanto contaban. Y cuando el que narra los hechos sobre la vida de Jesús no era un testigo presencial, como en el caso de san Lucas, trata de informarse cuidadosamente indagando y preguntando a los que vivieron con el Señor. En efecto, así nos lo dice con toda claridad el evangelista en el prólogo de su evangelio. Y así lo vemos en este pasaje que contemplamos, en el que da una serie de datos concernientes al tiempo preciso en que el Bautista comienza su predicación.

Los personajes que nombra, el emperador Tiberio, el gobernador de Judea Poncio Pilato, los tetrarcas o virreyes Herodes Antipas, Filipo o Felipe y Lisanias o Lisanio, son todos personajes que existieron y que fueron coetáneos a Jesucristo. De este modo, el hecho de la Redención se sitúa con exactitud en el tiempo, haciéndonos entender la veracidad histórica del Evangelio.

También el Bautista es un personaje que, lo mismo que los anteriores, está atestiguado por otros autores ajenos al cristianismo. Así Flavio Josefo nos refiere el ministerio del Precursor y la veneración de que fue objeto por parte del pueblo judío de entonces. Un dato más que nos ha de confirmar y fortalecer en nuestra fe acerca de cuanto nos narran los Evangelios. Al mismo tiempo, esas palabras que nos permiten conocer mejor a Jesucristo, han de despertar en nosotros un amor más profundo y comprometido, una fidelidad cada día más delicada en el cumplimiento de la voluntad divina.

Eso es, en último término, lo que interesa: conocer mejor a Dios y amarle sinceramente con una entrega total y gozosa a sus planes de salvación. Recordemos que estamos en Adviento, con una actitud de espera activa que se esfuerza por tenerlo todo a punto para cuando llegue el Señor. Es tiempo de purificación en el que hemos de intensificar el espíritu de oración y penitencia. Supliquemos, por tanto, a Dios que nos envíe al que ha de venir y que abra de nuevo el cielo y descienda hasta nosotros el Salvador.

Antonio García Moreno

El año quince de Tiberio

1.- «Vino la palabra de Dios sobre Juan, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión. Y decía: Preparad los caminos del Señor». San Lucas, Cáp. 3.

No faltaron en la iglesia primitiva quienes señalaron a Jesús como un personaje mítico, al estilo de los dioses del Olimpo. Otros lo creyeron un mago, educado quizás en Oriente, donde aprendió sabiduría y el arte de hacer prodigios. Convenía entonces presentar, como lo hizo san Lucas, fechas concretas de la vida del Señor, correspondientes a la cronología romana: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías en el desierto».

Otro tanto hace el evangelista cuando nos cuenta el nacimiento de Cristo: «Por aquellos días salió un decreto de César Augusto, ordenando que se empadronase todo el mundo». Pero entendemos que el Señor no apareció de improviso en alguna sinagoga, proclamándose el Mesías. Quiso primero preparar a sus futuros discípulos y para ello destinó a su pariente Juan, el hijo de Isabel y Zacarías, el cual entra en escena, anunciando en el desierto que el Salvador está ya está próximo. Invita a sus oyentes a una conversión personal, que él traducía mediante un baño el río Jordán.

Bajo la opresión romana de entonces, el ambiente transpiraba una angustiosa esperanza. Varios profetas además habían desencantado al pueblo con sus falsas promesas. Sin embargo el vestido montaraz de Juan y su limpia conducta convencían a muchos. Más tarde, el mismo Jesús abandonando su vida de artesano, vendría a buscarlo.

2.- ¿Pero qué predicaba el Bautista? Ante todo, la conversión del corazón, frente al legalismo de los rabinos. Más allá de las bondadosas apariencias con que los fariseos se escudaban. El evangelista pone en boca de Juan, mensajes pronunciados por Isaías muchos siglos atrás, aunque en parecidas circunstancias: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas». No se trata de mejorar la red vial de Palestina, aporreada por las lluvias. El profeta señala los obstáculos que impiden, sobre la geografía del alma, la llegada de Dios hasta nosotros. Tales impedimentos, en el lenguaje tradicional de los cristianos, se han llamado pecado. Una palabra que continúan guardando nuestros diccionarios, quizás con otro sentido y diferentes resonancias.

3.- Antes nos motivaban a la conversión desde severos códigos, que incluían además un buen repertorio de amenazas. Actualmente, si nos acercamos al evangelio, se diluyen ciertos esquemas moralistas, pero resplandece el amor de Dios manifestado en Jesús de Nazaret, quien nos atrae, relativizando además nuestras culpas. Comprendemos entonces el pecado ante todo como una lejanía. Distancia que el Señor ha borrado haciéndose hombre: «El menor de los hijos -quizás el preferido en su hogar- se marchó a un país lejano», leemos en san Lucas. Pero después de muchas soledades, se dijo para sí: «Me levantaré, e iré donde mi padre».

La conversión cristiana se condensaba además en los llamados actos de contrición, donde quienes pecamos pero deseamos volver a Dios, resumíamos nuestros sentimientos y propósitos. Me gustaría que los manuales de hoy incluyeran aquella fórmula maravillosa que inventó san Pedro, luego de haber negado a su Maestro: «Señor, tú lo sabes todo, pero tú sabes que te amo».

Gustavo Vélez, mxy

Dejémonos convertir por el amor del Señor

1.- San Lucas nos enmarca la sociedad en la que se va a incardinar el Verbo de Dios hecho carne, porque Dios nunca prescinde de la Historia para hacer sus obras.

Es el “Quien es Quien” de la época de Jesús:

–El poder político y militar lo sustenta en el mundo el emperador Tiberio, y en Judea su gobernador Poncio Pilato.
–La jet-set y el mundo económico están representados por Herodes, Felipe y Lisanías.
–El poder religioso esta en manos de Anás y Caifás.

Estos son los importantes, los que van a pasar a los anales de la Historia, los que se reparten las influencias, el mundo y el dinero.

2.- ¿Qué opinión le merecían a Juan el Bautista estos importantes de su tiempo? Nos lo ha velado piadosamente el evangelio de hoy que acaba en el versículo sexto, cuando en el séptimo proclama Juan su opinión gritando “Raza de Víboras”…

*como víboras falaces, mentirosos, siempre escondidos para saltar sobre la presa por la espalda

*como víboras trepando, mordiéndose unos a otros, pisando a los que se ponen en su camino hacia el poder.

3.- Y la Palabra de Dios no se manifiesta en las grandes ciudades, llenas de palacios, ni en roma, ni en Jerusalén, ni en Cesarea de Filipo

-allí hay demasiado ruido para que se escuche la susurrante palabra de Dios.
-allí los medios de comunicación social falsearían la gran noticia de que todos verán la salvación de Dios. Ese TODOS quedaría recortado A LOS NUESTROS, los del lado del poder, del dinero, de la influencia.

La Palabra de Dios vino sobre Juan en la soledad del desierto.

Dios habló a Juan y nos habla a nosotros a cada uno de nosotros en la soledad de lo más hondo del corazón. Y nos habla trayendo una palabra de gozo y paz.

–que Dios se acuerda con cariño de mí.
–que aunque no esté en la lista de los importantes, para Dios no soy un número.
–que Dios me busca y sale a mi encuentro
–que no soy yo quien le busca a Él.
–que no es lo importante lo que yo pienso de Dios, sino lo que Dios piensa y siente de mi.

4.- Y Juan, y Dios, nos pide conversión. ¿Y que es conversión?

Abrir el corazón para que la sonrisa del rostro de Dios nos ilumine y nos haga caer en la cuenta de que a pesar de todo, de que por muy lejos que yo esté de Él, Dios nunca me ha dejado de querer. Caer en la cuenta del amor inconmovible de Dios y obrar en consecuencia.

Y cuando este milagro de la experiencia interna de la sonrisa cariñosa de Dios se realiza, toda la orografía de nuestro mundo interior se transforma

*desaparecen los montes rocosos y empinados.
*se deshacen como agua las colinas que cortan la llanura
*todo se convierte en llanura llena del sol de Dios y llena de paz.
Solo entonces está preparado el camino del Señor.
Dejémonos convertir por el inmutable amor del Señor.

José María Maruri, SJ

De oídas

 
 

Hay personas que más que creer en Dios creen en aquellos que hablan de él. Solo conocen a Dios «de oídas». Les falta experiencia personal. Asisten tal vez a celebraciones religiosas, pero nunca abren su corazón a Dios. Jamás se detienen a percibir su presencia en el interior de su ser.

Es un fenómeno frecuente: vivimos girando en torno a nosotros mismos, pero fuera de nosotros; trabajamos y disfrutamos, amamos y sufrimos, vivimos y envejecemos, pero nuestra vida transcurre sin misterio y sin horizonte último.

Incluso los que nos decimos creyentes no sabemos muchas veces «estar ante Dios». Se nos hace difícil reconocernos como seres frágiles, pero amados infinitamente por él. No sabemos admirar su grandeza insondable ni gustar su presencia cercana. No sabemos invocar ni alabar.

Qué pena da ver cómo se discute de Dios en ciertos programas de televisión. Se habla «de oídas». Se debate lo que no se conoce. Los invitados se acaloran hablando del papa, pero a nadie se le oye hablar con un poco de hondura de ese Misterio que los creyentes llamamos «Dios».

Para descubrir a Dios no sirven las discusiones sobre religión ni los argumentos de otros. Cada uno ha de hacer su propio recorrido y vivir su propia experiencia. No basta criticar la religión en sus aspectos más deformados. Es necesario buscar personalmente el rostro de Dios. Abrirle caminos en nuestra propia vida.

Cuando durante años se ha vivido la religión como un deber o como un peso, solo esta experiencia personal puede desbloquear el camino hacia Dios: poder comprobar, aunque solo sea de forma germinal y humilde, que es bueno creer, que Dios hace bien.

Este encuentro con Dios no siempre es fácil. Lo importante es buscar. No cerrar ninguna puerta; no desechar ninguna llamada. Seguir buscando, tal vez con el último resto de nuestras fuerzas. Muchas veces, lo único que podemos ofrecer a Dios es nuestro deseo de encontrarnos con él.

Dios no se esconde de los que lo buscan y preguntan por él. Tarde o temprano recibimos su «visita» inconfundible. Entonces todo cambia. Lo creíamos lejano, y está cerca. Lo sentíamos amenazador, y es el mejor amigo. Podemos decir las mismas palabras que Job: «Hasta ahora hablaba de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos».

José Antonio Pagola