El año quince de Tiberio

1.- «Vino la palabra de Dios sobre Juan, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión. Y decía: Preparad los caminos del Señor». San Lucas, Cáp. 3.

No faltaron en la iglesia primitiva quienes señalaron a Jesús como un personaje mítico, al estilo de los dioses del Olimpo. Otros lo creyeron un mago, educado quizás en Oriente, donde aprendió sabiduría y el arte de hacer prodigios. Convenía entonces presentar, como lo hizo san Lucas, fechas concretas de la vida del Señor, correspondientes a la cronología romana: «El año quince del reinado del emperador Tiberio, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías en el desierto».

Otro tanto hace el evangelista cuando nos cuenta el nacimiento de Cristo: «Por aquellos días salió un decreto de César Augusto, ordenando que se empadronase todo el mundo». Pero entendemos que el Señor no apareció de improviso en alguna sinagoga, proclamándose el Mesías. Quiso primero preparar a sus futuros discípulos y para ello destinó a su pariente Juan, el hijo de Isabel y Zacarías, el cual entra en escena, anunciando en el desierto que el Salvador está ya está próximo. Invita a sus oyentes a una conversión personal, que él traducía mediante un baño el río Jordán.

Bajo la opresión romana de entonces, el ambiente transpiraba una angustiosa esperanza. Varios profetas además habían desencantado al pueblo con sus falsas promesas. Sin embargo el vestido montaraz de Juan y su limpia conducta convencían a muchos. Más tarde, el mismo Jesús abandonando su vida de artesano, vendría a buscarlo.

2.- ¿Pero qué predicaba el Bautista? Ante todo, la conversión del corazón, frente al legalismo de los rabinos. Más allá de las bondadosas apariencias con que los fariseos se escudaban. El evangelista pone en boca de Juan, mensajes pronunciados por Isaías muchos siglos atrás, aunque en parecidas circunstancias: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas». No se trata de mejorar la red vial de Palestina, aporreada por las lluvias. El profeta señala los obstáculos que impiden, sobre la geografía del alma, la llegada de Dios hasta nosotros. Tales impedimentos, en el lenguaje tradicional de los cristianos, se han llamado pecado. Una palabra que continúan guardando nuestros diccionarios, quizás con otro sentido y diferentes resonancias.

3.- Antes nos motivaban a la conversión desde severos códigos, que incluían además un buen repertorio de amenazas. Actualmente, si nos acercamos al evangelio, se diluyen ciertos esquemas moralistas, pero resplandece el amor de Dios manifestado en Jesús de Nazaret, quien nos atrae, relativizando además nuestras culpas. Comprendemos entonces el pecado ante todo como una lejanía. Distancia que el Señor ha borrado haciéndose hombre: «El menor de los hijos -quizás el preferido en su hogar- se marchó a un país lejano», leemos en san Lucas. Pero después de muchas soledades, se dijo para sí: «Me levantaré, e iré donde mi padre».

La conversión cristiana se condensaba además en los llamados actos de contrición, donde quienes pecamos pero deseamos volver a Dios, resumíamos nuestros sentimientos y propósitos. Me gustaría que los manuales de hoy incluyeran aquella fórmula maravillosa que inventó san Pedro, luego de haber negado a su Maestro: «Señor, tú lo sabes todo, pero tú sabes que te amo».

Gustavo Vélez, mxy