Comentario – Domingo II de Adviento

(Lc 3, 1-6)

Toda la introducción que hace Lucas nos quiere indicar que estamos verdaderamente ante un hecho histórico; no se trata sólo de un símbolo sino de algo que realmente sucedió en la historia (en líneas generales).

Jesús no fue un ser aislado de lo que sucedía en el mundo, sino que por ser verdaderamente hombre a él también le afectaba lo que le sucedía a su pueblo bajo el pesado dominio del imperio romano.

Pero este texto comienza presentando la figura de el Bautista en el desierto, y esa misión aparece ante todo como una invitación al arrepentimiento, como un llamado a reconocer que la propia vida necesita un cambio.

El cambio que pide Juan no es puramente externo, no es sólo un cambio de costumbres, sino una conversión del corazón que se expresa en el arrepentimiento sincero. Porque es en la intimidad del corazón donde debe prepararse el camino del Señor; sobre todo allí deben rellenarse los barrancos, enderezarse lo torcido y abajar los montes y las colinas.

El hombre debe reconocer entonces lo que está vacío, lo que está necesitado, las carencias de su interior (barrancos); pero también lo que está de más, los sentimientos de orgullo, la vanidad y el odio (montañas), y los distintos comportamientos pecaminosos (caminos torcidos).

Así quedará abierto el paso para el Mesías, de manera que “todo mortal verá la salvación de Dios”.

Cada uno de nosotros necesita invocar la gracia de Dios para poder despejar bien el camino a la acción de Dios, sabiendo que ni siquiera nuestra preparación interior es algo que podemos hacer con nuestras propias fuerzas humanas. Es necesario el auxilio del Espíritu Santo.

Pero también es cierto lo que enseñaba San Agustín: “El Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”.

 

Oración:

“Señor, destruye las montañas de mi orgullo, llena con la luz y la vida de tu gracia todos los vacíos de mi interior y endereza el camino de mis proyectos y de mis acciones para que viva tu voluntad y camine por donde a ti te agrada”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día