La fuerza del precursor

1. – No puede entenderse el Adviento sin invocar la conversión de todos y cada uno de nosotros. Y por tanto la figura de Juan Bautista se presenta como algo muy importante. Y es que la fuerza humana casi inconmensurable que desplegaba, Juan, el hijo de Zacarías, de estirpe sacerdotal, cuando anunciaba la necesidad de convertirse ante la inmediata llegada del Reino de Dios, subyuga a todos. Si el silencio del Evangelio respecto a la infancia y adolescencia de Jesús de Nazaret ha llamado siempre mucho la atención, no menos lo hace en el tiempo que va desde el viaje apresurado de la Virgen Maria a la montaña de Judea para saludar a su prima Isabel, hasta la aparición de Juan en la turbulenta escena palestina de los tiempos de Jesús. Él, Juan, en el seno de su madre, había saltado de gozo al apercibirse de la presencia del Salvador, también “recién llegado” al seno virginal de Maria de Nazaret.

¿Cómo fueron los años posteriores de Juan? Pues no sabemos. Pero la clase sacerdotal en Israel formaba parte de un sector distinguido y casi aristocrático. El pequeño Juan tendría que haber seguido los pasos de su padre, Zacarías, y prepararse para el sacerdocio. Pero se aleja de esa “vida importante” y marcha al desierto. Allí vive como un autentico eremita. Come saltamontes y se viste con pieles de camello, sin curtir. El desierto es lugar de conversión fuerte. Es, asimismo, un librarse de todo lo que de bueno o cómodo ofrece la civilización, para enfrentarse a la soledad absoluta, con la sola compañía de Dios. El mismo Cristo, tras su bautizo por Juan, inició su travesía del desierto, para mejor prepararse para su trabajo de sacudir el conformismo del pueblo de Israel y prepararle para la Redención.

El éxito de Juan tuvo que ser enorme. Se le consideraba profeta en todo Israel y su estela influía la vida cotidiana de los judíos, aun de muertos. No se olvide que en los últimos días del cerco farisaico sobre Jesús, cuando le preguntan que, de una vez, se defina públicamente como Mesías, él les hace la pregunta sobre si el bautismo de Juan era cosa de Dios o de los hombres. Y los fariseos, ante la ira popular que produciría la negativa sobre la misión divina del Bautista, optan por callarse y dejar en paz, por el momento, a Jesús.

2. – No podemos desaprovechar el tiempo de Adviento sin profundizar en nuestra conversión. Es cierto que la vida del cristiano es un camino permanente dentro del trabajo de ser más de Jesús, de convertirse más y más. Pero en la espera de la venida del Niño Dios hemos de estar más limpios que nunca. Y en nuestros corazones han de residir virtudes y dones como la paz, el amor, la entrega a los demás, la mansedumbre, la austeridad. San Pablo en su Carta a los Filipenses lo ha expresado muy bien: “Así llegareis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios”. Y así debemos estar el día que animosos y llenos de júbilo, doblemos nuestras rodillas ante el portal de Belén.

No podemos, tampoco, convertir la espera en un tiempo de preparación de una gran fiesta. Ni siquiera limitarla a mejorar momentáneamente con nuestros familiares, amigos y conocidos. Y aunque dotados de un muy encomiable planteamiento filantrópico por el cual nos dedicáramos a socorrer a todos los pobres y abandonados, no fuéramos capaces de convertirnos a Jesús, nos habríamos equivocado. De todas formas, tampoco es convertirse, ni responde a la fuerza precursora de Juan, hacer de la Navidad sólo una fiesta piadosa, refugiada en la tranquilidad del templo. Es un compromiso fuerte, radical, de ser siervos del Salvador y de los hermanos, sin excepciones, ni amenguamientos.

3. – Hemos encendido la segunda vela de la Corona de Adviento. Hemos dado un paso más para el encuentro con Jesús. Este símbolo hermoso es un recuerdo más para la totalidad de nuestra misión. La ayuda para nuestro trabajo de cambio se expresa muy bien en el fragmento del Libro de Baruc que acabamos de proclamar. Dice: “Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios; ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia.” La ayuda del Señor no va a faltar si nos abrimos a Él con espíritu humilde y corazón contrito. Hemos de reaccionar y recibir en nuestras almas estas palabras y no solo escucharlas dentro de la rutina habitual que, muchas veces, dan nuestros oídos a la Palabra de Dios. Sigamos a Juan el Bautista. Metamos en nuestro corazón tanta fuerza y reciedumbre, como él expresaba en su predicación. Y entonces podremos decir, tal como termina el Evangelio de Lucas que hemos proclamado hoy: “Y todos verán la salvación de Dios. “

Ángel Gómez Escorial