Comentario – Lunes II de Adviento

Lunes 5, 17-26

Un día que Jesús enseñaba… llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico… A causa del gentío no hallaron por donde llevarle hasta Jesús, lo subieron al terrado, y por el techo lo bajaron y pusieron con la camilla en medio, ante Jesús…

Es una escena muy concreta. Voy a representármela. Gran expectativa, un deseo muy fuerte y muy humano. Es un deseo de curación corporal el que anima a esas gentes. A mi alrededor, en el mundo de hoy… ¿Cuáles son Tas necesidades? Las que sienten incluso los espiritualmente débiles.

El cual, viendo su fe, dijo: ¡Oh hombre! «Tus pecados te son perdonados»

Los beneficios de Dios no suelen ser precisamente de orden material. Las más importantes maravillas de Dios suceden en los corazones. La liberación del pecado es el gran beneficio divino. Quizá este paralítico, que tan a menudo necesitaba de los demás, que dependía totalmente de los de su entorno, por este hecho precisamente, estaba mejor preparado para aceptar el perdón. Si muchas personas rehúsan el perón de Dios, es que no quieren «recibir» nada de los demás: ello supondría aceptar los propios límites, implorar la misericordia divina…, y un secreto orgullo impide dar este paso… uno cree bastarse a sí mismo, y desea salir del apuro por las propias fuerzas.

Entonces los escribas y fariseos empezaron a pensar: ¿Quién es Este que así blasfema? ¿Quién puede perdonar… sino sólo Dios?»

Más allá del escándalo… precisamente los escribas y fariseos eran a menudo de esos hombres que no estaban dispuestos a «recibir» la salvación. De la rectitud moral hicieron su religión, y se creían capaces de «conquistar» la salvación a fuerza de voluntad. En las dificultades que encuentro para confesarme, ¿no hay algo de esto?

En el fondo me siento vejado, humillado por recaer siempre en las mismas faltas. En lo profundo de mi mismo, ¿no se escondería ese deseo ambiguo de ser justo para no tener necesidad de pedir perdón: de llegar a poder prescindir de Dios?

Mas Jesús que conoció sus pensamientos, les dijo:… ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados… o decir: Levántate y anda?

Jesús revela a Dios.

El verdadero rostro de Dios es «el amor que perdona»… y no, el juez que condena. Este es el gran milagro que Dios realiza continuamente.

Pero, para mostrar que este resultado, aunque invisible, es muy real… Jesús lo refuerza con un resultado visible y confortable.

Te doy gracias, Señor, por esa curación interior que realizas sin cesar en millones de corazones humanos: cada día hombres y mujeres reconocen su pecado en la intimidad de su conciencia, y se «levantan» por la acción invisible de tu gracia… ¡Y recaen y se levantan de nuevo! Gracias, Señor, por esa Sangre que has derramado por mi amor y por haberte comprometido por entero en ese gran combate contra el mal… para salvarnos del pecado.

Todos quedaron pasmados, y glorificaban a Dios: «Hoy sí que hemos visto cosas maravillosas».

Danos, Señor, este sentido de gratitud, de acción de gracias… ¡Recibimos tan a menudo tu perdón! Danos un espíritu de gozo y de alabanza que haga que los beneficios recibidos suban hacia Dios.

Sí, incluso mi pecado puede llegar a ser un camino que me conduzca a Dios. Pero es preciso que yo lo reconozca.

Noel Quesson
Evangelios 1