¡Alegría, alegría!

1.- Una doble fila de cipreses unen el pueblo y el cementerio en lo alto de la colina. Mujeres enlutadas con pañuelos negros en la cabeza acompañan el ataúd, que llevan, a hombros, hombres también vestidos de negro. A la cabeza del entierro la cruz y el cura murmurando latines. Y envolviendo todo en tristes lamentos llega desde el lejano campanario el doblar de las campanas.

Cuantas veces se ha ridiculizado así al catolicismo español en películas o en la televisión. Un catolicismo triste, de lutos y de muerte. Y la Iglesia una filial de Pompas Fúnebres.

¿No hemos dado motivo de ello? ¿No hay católicos que cuentan las misas asistidas por el número de funerales que asisten? ¿No somos muchas veces aguafiestas entre la bullanga de los jóvenes porque no son como éramos nosotros en nuestros tiempos?

2.- La liturgia de hoy tiene sonido de pandereta y castañuelas y nos exige dejar nuestras caras largas, no admite tristones y cabizbajos… porque el Señor está cerca. El Señor está a la puerta y llama, ¿lo recibiremos con cara del Greco? Cuando un amigo muy íntimo llega a casa se nos abre el corazón en sonrisas, ¿será menos el Señor para nosotros?

3.- ¡Estad siempre alegres! ¡Otra vez os lo digo: estad alegres!

En la misma raíz de la alegría está Dios, porque la alegría es el resplandor de la Fe. Si la llama de la Fe arde en nuestro corazón, el resplandor de esa llama es la alegría de nuestros rostros. ¡Muéstranos, Señor, la alegría de tu Rostro!

¿Creemos en el Evangelio, en la Buena Nueva, la Buena Noticia, el gran notición de que Dios está entre nosotros? Sí, pues no podemos por menos que estar alegres.

El mismo Juan el Bautista, austero, mal vestido y mal comido, lo que anuncia es la Buena Nueva. Juan es la mecha retorcida y renegrida pero que arde resplandeciente con la Buena Noticia de que Dios está ahí al alcance de la mano.

Qué sensato es el pueblo sencillo que oye al Bautista predicar la alegría de la Buena Nueva. No pregunta que tenemos que creer, sino “que tenemos que hacer”, porque la alegría que es una con la Fe, se alimenta como ella de obras. Fe sin obras es una fe muerta. Alegría sin obras es carcajada de corazón vacío:

–alegría de dar lo que uno tiene y otro necesita
–alegría de dar lo que une tiene y otro necesita
–alegría de una amistad hasta dar la vida por el amigo
–alegría de pasar como Jesús haciendo el bien
–la alegría de ser libre sin ataduras de las propias pasiones o de qué dirán los demás.
–la alegría de tener un corazón tan grande que se pueda amar hasta los enemigos.
–y con esto, la alegría de sentirse en paz con Dios, consigo mismo y con los demás.

Acabamos con las palabras de San Pablo. Estad siempre alegres. Y os lo vuelvo a decir, estad alegres porque el Señor está cerca.

José María Maruri, SJ