Meditación – Jueves II de Adviento

Hoy es jueves II de Adviento.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 11, 11-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga».

Jesús dialoga con los discípulos de Juan el Bautista que habían ido a verlo para tratar de dilucidar un poco más acerca de la persona de Jesús, acerca de su mesianismo. Pero en el medio aprovecha también para narrar algo que fundamental para que podamos entender en definitiva completamente el sentido del mensaje de la salvación de Jesús.

Jesús dice que el Reino de Dios es combatido, que sufre violencia y que es combatido justamente también por los violentos. Uno podría pensar en cierta medida quiénes son estos violentos ¿no…?

Si eso lo miramos y analizamos, la realidad nos cuenta que el violento que persigue el Reino de Dios es aquel que tiene el corazón enquistado, encerrado; aquel que perdió la capacidad de amar o solamente desarrolló la capacidad de amarse en exceso a sí mismo. Entonces nosotros los podemos conocer: esto se ve a diario. Son aquellas personas que no pueden entender la misericordia de Dios, son aquellos que no la quieren vivir tampoco para su vida. Es el mercader de la muerte; ese que piensa que la vida se compra y se vende. Son los narcotraficantes. Son los que venden droga en los baños de los colegios, en la esquina de los barrios, en las plazas. Son los que tienen que transnacionales y que al precio de cualquier precio son capaces de dejar familias enteras en la calle. Son aquellos que están pensando solamente en su propia seguridad, cuidando su propio metro cuadrado, mirándose permanentemente el ombligo pensando que ahí está la única salvación.

Explotación del hombre por el hombre, la cultura del egoísmo del “sálvese quien pueda”, de hecho solo me basto y no preciso nadie más. Los hay dentro de la Iglesia y también los allá fuera. Sin embargo también hay otra parte importante del Evangelio.

Otro rasgo que hace pensar que los violentos también somos un poco nosotros. ¿En qué sentido? En el sentido de que hay una parte de nuestro corazón que muchas veces no termina de adaptarse plenamente al mensaje de salvación y de conversión que nos predica Jesucristo en el Evangelio. Si uno mira su vida, analiza, hace un lindo examen de conciencia no en el sentido de ver qué pecado cometió sino como están andando en definitiva nuestra capacidad de amar y dejarnos tocar por la misericordia y brindar misericordia nuestros hermanos.

Uno va a hacer esta experiencia: hay una parte de mi propia vida una parte de mi yo que sigue reclamando como derecho de autor, derechos personales y como esa parte de mí que le dice a Dios: “Esto te lo entrego todo, pero esta es mío …. “Todo, sí; todo-todo, no…” Es esa parte muchas veces que tiene que ver con la sombra, con aquello que muchas veces no nos animamos a ver. Tiene que ver también con esa parte del corazón que sigue aferrada a viejas tradiciones, viejas costumbres y que le cuesta dar ese paso final de encuentro definitivo y redentor, salvador por parte de Jesús. Es ese instante de nuestra vida en que nosotros decimos: “Señor: te confío todo. Pero esto me lo guardo para mí…”

Entonces queriendo poder aprovechar este tiempo de Adviento de la mano de un personaje como Juan el Bautista y de la mano de Jesús, Nuestro Rey, Nuestro Salvador, para también seguir haciendo este camino de conversión y decir: “Señor: en mi vida todo es tuyo y te entrego todo lo que soy, todo lo que siento, todo lo que me pasa, todo lo que vivo en mi vida; incluso aquellas zonas, aquellas sombras, o aquella parte de mi vida, de mi corazón o de mi historia que tantas veces me cuesta reconocer que en definitiva es tuya.

Señor curame. Señor purificame. Señor lavame de todas mis culpas, de todos los pecados. Dame siempre un corazón semejante el tuyo para poder amar a todos mis hermanos sin excluir nunca a nadie…”

Padre Sebastián García