Comentario – Domingo III de Adviento

Hoy, la palabra de Dios nos invita a la alegría, más aún, a una alegría desbordante: Regocíjate –nos dice el profeta Sofonías-, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. ¿Por qué tanto alborozo? Porque el Señor ha cancelado tu condena y ha expulsado a tus enemigos; porque el Señor, tu Dios, está en medio de ti, salvándote, gozándose en ti, amándote. Por eso, no temas, Sión, no desfallezcan tus manos. ¿No son estos motivos suficientes de regocijo?

La cancelación de una condena que pesaba sobre nosotros; la expulsión de quienes nos hacían la guerra; la presencia amorosa del Señor que nos trae la salvación de todos los males que nos acechan. Es verdad que todo esto es en gran medida promesa y, por tanto, futuro; pero una promesa que podemos vivir ya ahora en esperanza, es decir, confiados en la fuerza y el poder del Señor, más allá de los temores que nos roban la alegría. Y son tantos y tan diversos estos temores: el temor a perder lo que tenemos (posesiones materiales, salud física o mental, prestigio, etc.), el temor al fracaso o al desprecio, el temor a la soledad o al desamparo, o a la invalidez…, el temor a la muerte.

El mejor antídoto contra el temor es la confianza. Y ésta será resistente si está apoyada en una base firme. Pero ¿qué base puede considerarse firme salvo Dios? Sólo Dios puede dar firmeza a nuestra confianza. Esto es lo que nos hace ver san Pablo cuando dice: Nada os preocupe (y lo dice alguien que tenía buenos motivos para estar preocupado: enemigos al acecho, trabajos apostólicos por concluir, amenazas de encarcelamiento, intentos de linchamiento, viajes arriesgados por tierra y por mar, noticias alarmantes que le llegan de las comunidades fundadas por él…).

Sino que, en toda ocasión, en la oración y súplicas con acción de gracias, presentad a Dios vuestras peticiones. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Si ponéis en Dios vuestras angustias, os sobrevendrá la paz y vuestro corazón se verá libre de toda pesadumbre y preocupación, que es ocuparse dos veces del mismo asunto.

La paz es compañera inseparable de la alegría. Para estar siempre alegres, como quiere san Pablo, es preciso que las preocupaciones no nos roben la paz, porque si lo logran no podremos mantenernos realmente alegres, con esa alegría sostenida y hasta cierto punto inalterable en medio de las vicisitudes de la vida.

Hoy, quizá más que ayer, constatamos una cierta escasez en materia de alegría, a pesar de vivir en la época de mayor bienestar (exceptuando los recortes e incertidumbre generados por la presente crisis económica) y disfrute de bienes materiales. Aun así, vivimos envueltos en temores que nos quitan la paz y nos tienen encogido el corazón, empezando por los que generan los hijos con su conducta y sus situaciones familiares; a estos hay que añadir las malas noticias que nos llegan o pueden llegarnos en cualquier momento y que nos hacen sentirnos personas pendientes de todo tipo de desgracias.

Y mientras tanto, y para combatir este estado de temor e incertidumbre, podemos perdernos buscando ese precioso tesoro, el de la alegría, en yacimientos demasiado explotados. Los jóvenes, en los pozos del placer y la diversión; pero después de mucho fatigarse apenas logran extraer una pequeña y siempre desproporcionada gota de felicidad recubierta por la nube de tristeza que deja lo inconsistente y lo insustancial. Los adultos, en los pozos de nuestras pequeñas o grandes aficiones; pero, tras estas puertas o ventanillas, también nos encontramos con la decepción o el desencanto.

Hay, sin embargo, otros «lugares», que no son los de la diversión, donde es más fácil encontrar la felicidad que buscamos, lugares que proporcionan paz, amistad, ayuda fraterna, armonía, reposo, serenidad, convivencia, sufrimiento compartido, lugares como el propio hogar, una iglesia o una capilla en penumbra, un hospital, un convento, un espacio abierto que permite el contacto directo con la naturaleza, una obra de arte. Se trata de verdaderos yacimientos de alegría muchas veces olvidados o poco explotados.

Es verdad que esta alegría no suele estar en la superficie de las cosas y que hay que ahondar para encontrarla, como el oro o el petróleo; pero ésta es la alegría que merece la pena obtener y que poco tiene que ver con la risa fácil y compulsiva. Tal es la alegría de los que son dichosos en la pobreza y en el sufrimiento; la alegría de los mansos, los sufridos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón; la alegría de los que se sienten ricos por haber entrado en contacto con el Reino de los cielos o por vivir en la esperanza de la vida eterna.

Para dar con esta alegría, sin embargo, hay que tener el coraje de adentrarse por veredas poco frecuentadas, rechazar tentaciones de un mundo hedonista y consumista, vencer repugnancias iniciales, miedos, prevenciones, perezas, etc.

Esto es lo que habría que hacer. Pues si queremos sentir la alegría que brota del contacto con el Señor, no podemos quedarnos en meras intenciones. Hay que llegar al momento de la ‘concretización’. Es el momento en que se encuentran los que, tras haber oído a Juan el Bautista, le preguntan: Entonces, ¿qué hacemos? El convertido que no se hace esta pregunta no está del todo convertido (ni convencido), porque no concreta su conversión en un programa de acción. La conversión a la que falta la concreción del hacer no es plena y, probablemente, sea falsa o engañosa.

La respuesta de Juan es inmediata y directa; no se anda con contemplaciones: El que tenga (dos túnicas, comida…), que reparta con el que no tiene; el que tenga que reclamar algo (como los recaudadores de impuestos) que no exija más de lo establecido, es decir, que se ajuste a lo justo; el que ejerza algún dominio sobre los demás (como los militares), que no hagan extorsión a nadie ni se aprovechen con denuncias para enriquecerse indebidamente, sino que se contenten con la paga recibida.

Compartir lo propio, ser justo, contentarse con lo que se tiene legítimamente, evitar abusos…, tal es el camino de la alegría y de la paz interior. Pero el que basa su vida en el «tener», nunca estará satisfecho porque siempre deseará tener más de lo que tiene y porque siempre vivirá temeroso de perder lo que ya ha conseguido. Mas si lo que nos hace felices es el «dar», siempre tendremos algo que dar, si no de nuestras posesiones materiales, sí de nuestras riquezas espirituales o de nosotros mismos (compañía, cariño, consuelo, esperanza, alegría y tiempo, nuestro tiempo, ese tiempo del que solemos estar tan escasos para darlo a los demás).

Sólo esta alegría que brota de lo más profundo de nosotros mismos nos permitirá hacer frente a los vientos contrarios de la vida. Pero la profundidad no está reñida con la visibilidad. Alegría profunda no significa alegría invisible. La alegría, si es real, debe salir afuera, como la resina de los árboles o las lágrimas de los ojos, debe iluminar el rostro. Y si, como cristianos, proclamamos una «buena noticia» (el evangelio de la salvación), debe notarse que es buena y firme, y que inspira confianza.

Transmitiendo esta buena noticia, serviremos alegría; y si lo hacemos con alegría, serviremos mejor esta buena noticia. Ni siquiera debe preocuparnos sentirnos pobres en materia de alegría. Si regalamos la poca que tenemos, notaremos en seguida su incremento; veremos como se multiplica milagrosamente en nuestras arcas. Porque el que más da de este tesoro, más tendrá. Aquí lo que se da no se pierde en absoluto, se gana en proporción mayor a lo que se da. Pero como la alegría es uno de los «frutos del Espíritu Santo», pidámosla al que vino a bautizar con Espíritu Santo y fuego.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo III de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO III DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Alégrate, Jerusalén, porque viene a ti el Salvador. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alégrate, Jerusalén, porque viene a ti el Salvador. Aleluya.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Yo soy el Señor: mi hora está cerca, mi salvación no tardará.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo soy el Señor: mi hora está cerca, mi salvación no tardará.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Envía, Señor, al Cordero que dominaré la tierra, desde la peña del desierto al monte de Sión.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Envía, Señor, al Cordero que dominaré la tierra, desde la peña del desierto al monte de Sión.

LECTURA: 1Ts 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu Salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No hay otro Dios fuera de mí, ni nadie será mi semejante; ante mí se doblará toda rodilla y por mí jurará toda lengua.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No hay otro Dios fuera de mí, ni nadie será mi semejante; ante mí se doblará toda rodilla y por mí jurará toda lengua.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada, y digámosle:

¡Ven, Señor, y no tardes más!

Esperamos, alegres, tu venida:
— ven, Señor Jesús.

Tú que existes antes de los tiempos,
— ven y salva a los que viven en el tiempo.

Tú que creaste el mundo y a todos los que en él habitan,
— ven a restaurar la obra de tus manos.

Tú que no despreciaste nuestra naturaleza mortal,
— ven y arráncanos del dominio de la muerte.

Tú que viniste para que tuviéramos vida abundante,
— ven y danos tu vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quieres congregar a todos los hombres en tu reino,
— ven y reúne a cuantos desean contemplar tu rostro.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado II de Adviento

Elías ya ha venido…

1.- Ambientación.

Señor, te pido que me envíes tu Santo Espíritu que me prepare interiormente para tu venida en la próxima Navidad. Concédeme dejar de lado todos los caprichos, las distracciones que me hacen sordo a tu voz. Abre mi corazón y dame un espíritu dócil y generoso para hacer vida el Evangelio de este día en mis pensamientos, palabras y acciones.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 17, 10-13

Los discípulos le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?». Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».3Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista. 

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Juan Bautista estuvo encarcelado y fue decapitado. Sus discípulos interrogaron a Jesús sobre la venida de Elías, que debe preceder a la del Mesías. La respuesta de Jesús es clara: Elías ya ha venido, es Juan Bautista. Pero no lo reconocieron. Esta venida no reconocida es una dura lección para nosotros. Podemos perdernos cantidad de “presencias de Dios” que tenemos a nuestro lado y no las vemos. Necesitamos “los ojos de la fe”.

San Pablo, antes de convertirse, estaba ciego. Odiaba a todos los cristianos. Pero cuando se bautiza y “caen las escamas de sus ojos” ve a los cristianos como hermanos. Él comprendió que en cada persona está Dios “debajo de la tienda de su cuerpo”.

Palabra autorizada del Papa.

“El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, que en el siglo IX antes de Cristo defendió valerosamente contra la contaminación de los cultos idólatras la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. […] María, fue la primera que creyó y experimentó, de modo insuperable, que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente su Palabra, «llegó felizmente al santo monte», y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor. A la Reina del Monte Carmelo deseo encomendar hoy a todas las comunidades de vida contemplativa esparcidas por el mundo y, de modo especial, a las de la Orden del Carmen, entre las cuales recuerdo el monasterio de Quart, no muy lejos de aquí, que he visitado en estos días. Que María ayude a todos los cristianos a encontrar a Dios en el silencio de la oración”. Benedicto XVI, 16 de julio de 2006.

4.- Qué me dice a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio).

5.-Propósito. Hoy voy a intentar descubrir a Jesús en el encuentro que tenga con alguno de mis hermanos.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Como bautizado soy como un nuevo Elías o Juan el Bautista, un instrumento para preparar y abrir los corazones de los demás para la venida de su Hijo. María, en este sábado, dedicado a tu memoria, enséñame a reconocer a tu Hijo Jesucristo por medio de la oración. Intercede ante tu Hijo para que aumente mi fe y tenga la confianza que tú siempre tuviste y, sobre todo, la humildad que caracterizó tu vida, para cumplir así con todo lo que me pidas.

¿Qué hemos de hacer?

1.- «Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena; ha expulsado a tus enemigos» (So 3, 14 s.) Hoy es Sofonías, uno de los doce profetas menores, quien nos habla. Vivió hacia los años seiscientos cincuenta antes de Cristo, cuando estaba en el poder Josías, rey creyente y piadoso que llevaría a cabo una gran reforma religiosa en su pueblo. La idolatría había germinado como mala hierba en la tierra de Israel: cultos a dioses extranjeros, que eran como una bofetada a Yahvé, un tremendo insulto al Dios vivo, al Dios de Abrahán y de Jacob.

El profeta ha predicado terribles castigos contra este pueblo de dura cerviz: «Se acerca el gran día de Yahvé; viene presuroso. El estruendo del día de Yahvé es horrible; hasta los fuertes se quejan con gritos amargos. El Día de la ira es aquél; día de angustia y de congoja; día de ruina y desolación; día de tinieblas y de oscuridad; día de sombras y densos nublados; día de trompeta y de alarma en las ciudades fuertes y en las altas torres. Aterraré a los hombres, que andarán como ciegos. Por haber pecado contra Yahvé, su sangre será derramada, como se derrama el polvo, y tirados sus cadáveres como estiércol…».

Pero sus nefastos presagios terminan con palabras de perdón: «Alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén…». Siempre sucede lo mismo. Parece como si Dios fuera incapaz de castigar de modo definitivo en esta vida. Y así, mientras vivimos, tenemos posibilidad de volver nuestros ojos a Dios y pedir humildemente misericordia, convencidos plenamente de su perdón, del perdón total de nuestra deuda… Adviento es época propicia para reformar nuestra vida. Tiempo de penitencia, de conversión, de mirar confiados, quizá entre lágrimas de arrepentimiento, hacia nuestro buen Padre Dios.

“El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta» (So 3, 15) Un fuerte guerrero que decide la victoria en el campo de batalla. Dios, como un soldado valiente que nos defiende del enemigo. Cuando todo está perdido, cuando el cielo y la tierra parecen hundirse, Dios nos salva, nos libra de esa horrible y negra esclavitud que nos amenaza en cada encrucijada: la esclavitud del pecado, del egoísmo, de la pereza, de la carne, del dinero. Toda esclavitud envilece y humilla, rompe las alas para el alto vuelo, degrada, angustia, enferma.

Por eso, Señor, te pedimos que sigas en medio de nosotros como guerrero invencible, arremetiendo inexorable contra todo lo que nos acosa sin cesar; esas fuerzas invisibles y tangibles de nuestro propio modo de ser; esa inclinación a lo malo, que, como triste ley, domina nuestros cuerpos, nuestros espíritus, nuestros deseos.

Queremos que te goces con tu propia victoria en nuestra vida. También para nosotros es un motivo de júbilo el saber que estás contento, que te complaces en nosotros. Sobre todo nos alegra la persuasión íntima e inefable de que nos amas. Qué maravilla, Señor, el ser amados por ti, ser objeto de tu complacencia, constituir para ti algo tan alegre como un día de fiesta.

Gracias por todo esto, por estas palabras inspiradas por ti al profeta Sofonías. Palabras tuyas. Sólo tú podías decir cosas tan bellas; sólo tú podías amarnos hasta esos límites tan desmesurados para nuestro sistema de escasas medidas.

2.- «El Señor es mi Dios y mi Salvador: confiaré y no temeré…» (Is 12, 2) El Señor, el soberano absoluto de cuanto existe, el dominador omnímodo de cuantas fuerzas se dan en el universo. Él lo hizo todo y todo le pertenece. Es el legislador supremo y, por tanto, está sobre toda ley y sobre todo poder o autoridad. De aquí se deriva esa seguridad y ese orgullo que manifiesta el profeta; de ahí su confianza inquebrantable y su valentía sin límites. Ante nada temblará, ni retrocederá. Está seguro de su victoria final y con esa persuasión lucha y se esfuerza en las batallas de cada día, con esa firme esperanza se levanta después de cada posible y momentánea derrota.

Si el Señor está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Es una pregunta que Pablo se formulaba, animado al saber que nada ni nadie se podría interponer en su camino. Apoyado en esa verdad emprendió grandes empresas apostólicas y logró una siembra que todavía hoy sigue produciendo sus frutos de vida eterna… Su ejemplo nos ha de mover a todos los creyentes a vivir con ese talante, con la intrepidez de la fe, con la audacia del que se sabe sostenido por la fortaleza de Dios. Por eso nuestra Madre la Iglesia pone en nuestros labios y en nuestro corazón la plegaria del profeta, para que también nosotros nos sintamos seguros y optimistas en medio de tanta fragilidad y miseria, como a menudo experimentamos en nosotros mismos. No importa, con Dios lo podremos todo. Es cuestión de rectificar siempre, de reemprender la ruta después de cada desviación. Un acto de contrición, una buena confesión, y adelante. Tranquilos, fuertes, esperanzados y alegres.

«Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación » (Is 12, 3) La abundancia de agua era para los israelitas uno de sus sueños dorados, una realidad gozosa que anhelaban cada año como condición imprescindible para que la tierra diera su fruto después de cada siembra. Quizá porque el agua era uno de los elementos naturales que más escaseaban, el pueblo lo consideraba como una bendición especial de Dios. De ahí que muchas veces las oraciones de la Biblia, lo mismo que las promesas divinas, tengan como objeto el agua, esa lluvia oportuna de la que depende la vida en Israel.

Pero el Señor, a través de Isaías, les hace pensar en esas otras aguas que traen al hombre no la riqueza de una buena cosecha, sino el bien inapreciable de la propia salvación. Lo mismo que a la samaritana junto al pozo de Jacob, nos dice Jesús, que él tiene un agua viva que apaga la sed para siempre. Y no la sed de la carne sino la del espíritu. Esa sed profunda de amor y de felicidad que nunca parece saciarse. Que también nosotros, como aquella mujer de Samaría, le digamos a Jesús: Señor, danos de beber esa agua.

3.- «Alegraos siempre en el Señor…» (Fl 4, 4) «De nuevo os digo: alegraos». Y un poco antes, en esta misma carta decía el Apóstol: «Por lo demás, hermanos, alegraos en el Señor. Escribiros siempre lo mismo no es molesto para mí y es para vosotros motivo de seguridad…». Se ve que el tema de la alegría era frecuente en la predicación de san Pablo. Ya Jesús había hablado con amplitud de esa actitud serena y confiada que ha de tener siempre un cristiano, y que es el motivo y la causa de nuestra dicha y alegría. Serenidad y confianza de una fe firme en la paternidad providente del Señor. Un cristiano no puede olvidar nunca que es hijo de Dios, no puede perder de vista que su vida está en manos de ese buen Padre que cuida con cariño de sus criaturas.

En un cristiano toda actitud de angustia o de congoja va en contra de lo que Cristo ha predicado. Y esto no quiere decir que no haya dificultades en la vida de un creyente. Las hay siempre, unas veces más y otras menos. Pero en medio de esa situación, por dolorosa que sea, el cristiano sabe confiar en el Señor, sabe abandonarse tranquilo y alegre en las manos del Padre que todo lo puede y todo lo conoce; sabe creer y sabe esperar en el amor infinito de Dios que todo lo dispone para el bien de sus hijos… De ahí que siga diciendo san Pablo: «Por nada os inquietéis, sino que en todo tiempo, en la oración y en la plegaria, sean presentadas a Dios vuestras peticiones acompañadas de acción de gracias.

«Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo sentimiento, guarde vuestros corazones…» (Fl 4, 7) La paz como uno de los bienes más valiosos que el hombre puede gozar. Paz con Dios, paz consigo mismo, paz con todos los hombres. Concordia y cordialidad siempre en nuestras relaciones con cuantos nos rodean. Sentirse respetado, libre de toda insidia, seguro en cualquier lugar. Paz en la conciencia, sin que ninguna sombra turbe nuestro vivir, sin que ningún mal recuerdo haga de nuestro sueño una pesadilla. Y sobre todo, paz con Dios. Creer que el Señor nos mira con amor y comprensión, creer que está siempre dispuesto al perdón de nuestras faltas, creer que nos quiere ayudar, que tiene tendidas sus manos hacia nuestro caminar, como las tiende una madre cerca del torpe andar de su hijo pequeño.

La paz de Dios, la paz más profunda que jamás podamos soñar. Una paz distinta de la que puede dar el mundo, una paz que sobrepasa a cuanto podamos imaginar. Esa es la paz que el Apóstol pide para los filipenses, y esa misma paz la que pide la Iglesia nuestra Madre para cada uno de nosotros. En todas las misas que se celebran en el mundo entero, antes de la comunión, el sacerdote desea en nombre de Cristo esa paz maravillosa… Ojalá que vivamos conscientes de que Dios nos quiere dar su paz; ojalá vivamos siempre serenos y alegres, siempre fieles a este Señor y Dios nuestro cuyos deseos son siempre de paz y no de aflicción.

4.- «Vinieron también a bautizarse unos publicanos, y le preguntaron: Maestro, ¿qué hacemos nosotros?» (Lc 3, 12) La liturgia de Adviento sigue centrada en la figura austera y vibrante de Juan el Bautista. Una vez más nos llegamos hasta las orillas del Jordán con el deseo de aprender las enseñanzas del Precursor de Cristo, para prepararnos nosotros también a la venida y salir a su encuentro con el corazón encendido y limpio. En el pasaje de hoy la gente va hasta el Bautista con ansias de saber qué es lo que hay que hacer para recibir adecuadamente al Mesías, tan cercano ya que de un momento a otro podrá aparecer.

Esta es la primera lección que hemos de aprender y de practicar, la de tener una sana inquietud, un sincero deseo de encontrar nuestro propio camino, la de consultar a quien puede orientarnos, con gracia de estado, sobre lo que Dios quiere de nosotros en cada etapa de nuestra vida. A veces será una decisión de entregar todo nuestro ser al servicio exclusivo del Señor. En otras ocasiones será sencillamente la solución de un problema de conciencia de poca monta quizá. Pero en todo caso hay que persuadirse de que nunca seremos buenos jueces en nuestra propia causa, ni médicos eficaces de nuestros propios males.

Es verdad que Dios nos ha dado una luz que brilla en el fondo de nuestro ser, una luz que nos va alumbrando, en ocasiones con un remordimiento, para que hagamos en cada circunstancia lo que es mejor. Sin embargo, la propia conciencia no es siempre la más apropiada para resolver de forma correcta una determinada situación. Puede ocurrir que tengamos la conciencia deformada, o que haya en ella ciertas limitaciones que la condicionen. Hay que tener presente que la conciencia es norma de conducta cuando es recta y libre, o cuando no le es posible salir del error, o no puede librarse de esa coacción que la determina.

Por todo esto seamos sinceros y no nos dejemos llevar de una subjetividad exacerbada. Busquemos sin miedo la verdad que nos hará libres, nos liberará de todo atamiento; sigamos el camino recto y alcanzaremos la paz y el gozo para nuestra vida y para la de los demás. Aprovechemos algunos días de este tiempo de penitencia y de conversión para hacer unas jornadas de retiro espiritual, saquemos el propósito de llevar una dirección espiritual seria y constante. Es esta una práctica que no puede estar sujeta a la moda del momento, un medio clásico y eficiente, recomendado por los Sumos Pontífices… Sólo si nos preocupamos de verdad por conocer cuál ha de ser nuestra actuación en cada encrucijada, llegaremos a encontrarnos con el Señor que está para llegar.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado II de Adviento

Mateo 17, 10-13

Tenemos aquí un excelente ejemplo de interpretación de los signos de los tiempos que nos da el mismo Jesús. Hay un modo superficial de mirar la historia y los acontecimientos. Pero hay que saber dar una segunda mirada más profunda. Esta es ía finalidad de la re-visión de vida: en un hecho de vida que tiene el aire, en apariencia, de no ser más que un hecho humano… se trata de ejercitarse a ver a Dios obrando en ello.

Entonces le preguntaron los discípulos: «Pues ¿cómo dicen los escribas que debe venir primero Elías?»

En tiempo de Jesús se esperaba el retorno de Elías. Los escribas, siempre acostumbrados a una interpretación tradicionalista estrecha de la Biblia, se apoyaban en un texto de Malaquias 3-23 tomado en su sentido material: «He aquí que envío mi profeta Elías, antes de que venga el gran y terrible día del Señor.» Estaban convencidos de que Dios enviaría a Elías antes que su Mesías. Y utilizaban este argumento formalista para rechazar a Jesús: «¡no puedes ser el Mesías porque Elías no ha venido!»

Jesús les respondió: «En efecto Elías ha de venir y pondrá todas las cosas en su lugar; pero yo os declaro que Elías ya vino.»

Jesús no niega el texto de Malaquías.

Pero no hay que entenderlo tan estrechamente. «Sí, es verdad. Elías viene a preparar los caminos al Mesías… Malaquías tuvo razón al decir esto… Pero, os lo digo: ¡Elías ha venido ya!» Es Juan Bautista: no se llamaba Elías… pero ha cumplido su papel. Por esto, a través el «hecho de vida» de Juan Bautista, era necesario ver más allá de las apariencias. Es ciertamente Juan Bautista quien «ha venido revestido del espíritu y de la virtud de Elías (Lc. 1-17)…

Es el que ha allanado los senderos y enderezado los caminos» (Juan 1-23)… «Es el que ha preparado los corazones» y anunciado el ‘bautismo en el Espíritu»; es el que ha señalado con el dedo al «Cordero de Dios»…

Pero, en lugar de reconocerle, han hecho con él todo lo que han querido.

He ahí el gran drama de todos los tiempos. Se juzga muy superficialmente. No se acierta a «reconocer» los signos que Dios nos da. Hoy, como siempre, Dios trabaja junto a nosotros, en nuestras vidas y en la vida de los que nos rodean… en particular en las grandes corrientes colectivas que marcan toda una época.

Tenemos aquí un excelente ejemplo de interpretación de los signos de los tiempos que nos da el mismo ¡Señor, ayúdanos a reconocerte!

Señor, ayúdanos a hacer lo que Tú quieres, en lugar de ser como esos ciegos espirituales de tu tiempo, que «han hecho todo lo que han querido.»

Me detengo a observar un acontecimiento…             Ver

En este acontecimiento, trato de reconocerte…       Juzgar

Y actuar contigo, en el sentido que Tú quieres…      Actuar

La revisión de vida es un verdadero ejercicio de vida espiritual.

Así también harán ellos padecer al Hijo del hombre. Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan Bautista.

De este modo, la muerte de Juan Bautista se sitúa en una nueva perspectiva. Era un acontecimiento del cual hablaba todo el mundo. ¡El rey había mandado ejecutar a un profeta! ¡Durante un banquete y un baile! Un suceso escandaloso. Pero, para Jesús, esto anuncia ya su propia muerte: y en esto también, en ésto sobre todo, Juan Bautista precedía y preparaba al Mesías.

Noel Quesson
Evangelios 1

Un pregón de alegría evangélica

1. La liturgia de la palabra constituye hoy, en relación con otros textos litúrgicos de este domingo, un pregón de alegría evangélica, cifrada para el creyente, en el gozo íntimo de ser de Cristo, por vocación predestinada y por el don de la fe. Es, además, la alegría de quien se sabe destinado al encuentro con Jesucristo en su segunda venida.

La próxima Navidad nos proclamará el misterio del Emmanuel –Dios con nosotros– y la posibilidad que el misterio de Cristo nos ofrece: La alegría de vivir ahora en la más entrañable intimidad con Él en su Iglesia a través de su liturgia.

2.- En los días amargos de la cautividad de Babilonia, el Espíritu puso en los labios de Sofonías un mensaje de esperanza para su pueblo: Dios mismo habitará entre sus elegidos.

El profeta subraya la responsabilidad de los dirigentes del pueblo: Sacerdotes y profetas son acusados severamente, pues se les atribuye la corrupción en las diversas clases del pueblo. Pero también el pueblo es culpable. Solo hay, pues, un remedio: La conversión, que se traduce en la observancia de las normas de la ley. Justicia para con todos, que no se oprima a los débiles, sino que se preste ayuda a los pobres, respeto a los extranjeros, puntual cumplimiento de los deberes del culto para con Dios.

De este modo se restablecerá la amorosa relación entre Dios y su pueblo, como en los años más felices de la historia de Israel. El tono de estas palabras hace resaltar más la alegría que Dios prepara a su pueblo elegido. El Señor nos ama infinitamente y nos ayuda en todas nuestras necesidades. El Señor está cerca.

Pues bien, éste es el mismo Salvador que nació en Belén hace unos dos mil años. Es el mismo que esperamos hoy como libertador en su segunda venida, al fin de los tiempos. Es el mismo que «transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa».

Es El, con toda su fuerza, quien se ha decidido a salvarnos. El nos ama y se alegra con el hecho de estar en medio de nosotros. No hay, pues, en este tiempo de Adviento, motivo de temor, de tristeza o de desesperanza, nos dice el profeta.

3.- San Pablo confirma estas ideas: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”. “El Señor está cerca”. “Nada os preocupe”.

Vivir en la cercanía de Dios, en la intimidad del Verbo encarnado, constituye la raíz más profunda de la alegría cristiana y la clave de una vida destinada a la eternidad. Comenta san Agustín: « ¿Qué es gozarse en el mundo? Gozarse en el mal, en la torpeza, en las cosas deshonrosas y deformes. En todas estas cosas encuentra su gozo el mundo… Por lo tanto, hermanos, “alegraos en el Señor”, no en el mundo, es decir, gozaos en la verdad, no en la maldad; gozad con la esperanza de la eternidad, no con la flor de la vanidad. Sea ése vuestro gozo dondequiera, y cuando os halléis así, “el Señor está cerca; no os inquietéis por nada”».

¡Qué bien nos vienen estas palabras cuando se presentan entre nosotros quienes, en nombre de Dios, quieren atemorizarnos con supuestos mensajes alarmistas acerca de este segunda “venida” del Señor! San Pablo añade que la paz de Dios es la que cuidará nuestros corazones y nuestros pensamientos. ¿Quién se atreverá a contradecirlo?

4.- La alegría de ser de Cristo nos da a todos una actitud de sinceridad para adaptar nuestra vida incondicionalmente a la voluntad amorosa de Dios: ¿Qué tenemos que hacer?

El Adviento, en cuanto tiempo de preparación para Navidad, es decir, para el encuentro salvífico con Cristo, entraña profundas actitudes penitenciales: Disponibilidad por la renuncia, disponibilidad por la esperanza, disponibilidad por la alegría.

La Virgen María es el modelo perfecto. Su “fiat” decisivo y total es la actitud de conversión más perfecta alcanzada por una criatura humana en la historia de la salvación.

« ¡Alegraos en el Señor!» Él purificará y elevará vuestros pensamientos, curará vuestra desmedida afición a lo terreno y orientará hacia Dios vuestros afanes, vuestras preocupaciones, vuestro amor y toda vuestra vida. «Olvidad vuestras preocupaciones». No os angustie el tener que renunciar a las cosas terrenas y caducas. Depositad en Dios todas vuestras inquietudes. Abrid de par en par las puertas de vuestro corazón al Señor, que viene, que está en medio de nosotros, y decidle: « ¡Muestra, Señor, tu poder y ven a salvarnos!»

Bien claramente dice Juan Bautista que el bautismo de agua es el suyo, y que el bautismo de Jesús es el bautismo (baño) de fuego y Espíritu. Sólo a fines del siglo primero se unieron las dos comunidades (la de discípulos de Juan y la de seguidores de Jesús) en una sola comunidad y se unieron los dos bautismos en un solo rito de iniciación cristiana; ese rito tenía el sentido completo: perdonar los pecados y llenar del Espíritu de Dios.

Agua y fuego, los dos cataclismos-baños que, según la tradición popular de la antigüedad, debían purificar al mundo de sus pecados para que llegara el tiempo final, para que llegara la plenitud de los tiempos, el reinado de Dios.

5.- El relato del Evangelio tiene la finalidad de engrandecer a Jesús. Juan Bautista, dice el evangelista, por muy profeta que fuera, por muy importante que fuera, es únicamente un sirviente de Jesús, por eso no es digno, comparado con Jesús, ni de desatarle las sandalias. Es Jesús, no Juan Bautista, quien comunicará la salvación de Dios.

El derecho de aventar su parva, de reunir su trigo en el granero, el derecho de quemar la paja en la hoguera, es un derecho que compete sólo a Dios, dice el Evangelio que leemos en este domingo. El derecho a decidir quién es trigo y quién es cizaña sólo a Cristo le corresponde, solamente El puede decidirlo y solamente El lo hará.

La admiración franca y el afecto entrañable de Jesús por este profeta genuino —eslabón último de la Antigua Alianza, a la vez que puente y nexo de continuidad entre la historia de Israel y la historia de la Iglesia— la mejor razón para hacer presente la memoria del Bautista como tradición central del tiempo del Adviento: estímulo a la responsabilidad que los cristianos tenemos de preparar el camino del Señor como servicio a este mundo tan amado por Dios inspirados en una de las palabras más impresionantes que del Bautista se recuerde: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya”.

Antonio Díaz Tortajada

Del dicho al hecho

1.- “En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan: ¿Entonces qué hacemos? El contestó: El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene. Y el que tenga comida, haga lo mismo”. San Lucas, Cáp. 3. Cuando la fe resuena en el área de nuestros sentimientos se producen variados fenómenos, no del todo ajenos a los planes de Dios. Porque todos los creyentes necesitamos paz, alegría, seguridad, confianza. Sin embargo puede darse una adhesión a Dios madura y profunda, desde una sequedad interior, desde una torturante penumbra. De lo cual dan fe los grandes santos.

Pero a la vez, esa alianza con el Señor exige un cambio en nuestra conducta personal. Así lo predicaba el Bautista, en la ribera del Jordán: Cuando le preguntan: Si el Mesías está cerca y tú nos invitas a convertirnos, ¿entonces qué hacemos? Juan les contesta: “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene. Y el que tenga comida, haga lo mismo”. A quienes recaudaban el tributo para los romanos les dice: “No exijáis más de lo establecido”. Igualmente advierte a los soldados que a nadie extorsionen, contentándose con su paga.

2.- Aplicando esta enseñanza del Precursor a nuestra vida, comprendemos que celebrar la Navidad es algo más allá de lo emotivo y romántico. No ha de quedarse únicamente en sentidas liturgias y vistosos signos. Debe producir un cambio interior, reflejado luego en actitudes concretas.

Dios hubiera podido asomarse a las ventanas del cielo, para declarar que nos ama infinitamente. Se habría estremecido entonces el Tabor, la llanura de Sarón habría saltado de gozo. Más limpia estaría la nieve del Hermón y las aguas del Genesaret más trasparentes. Pero no. El Hijo de Dios hizo cosas más simples, cercanas a nuestra pequeñez: Escogió a una Virgen nazarena y nació en Palestina en tiempos del rey Herodes, como un niño más entre un pueblo humillado. Luego empleó toda su vida haciendo el bien y curando a los afligidos por diversas dolencias. Nos enseñó a amar a Dios como a un Padre y a servir generosamente a nuestros hermanos.

Vale entonces la pena examinar la proyección práctica de nuestra Navidad, que a los discípulos de Cristo ha de hacernos trasparentes, justos y comprometidos con el bienestar de todos. El arcángel Rigel, agobiado de cansancio, se durmió aquella tarde sobre un rizado cúmulo. Demasiado fatigosos habían sido los ensayos del “Gloria in Excelsis” por los ejidos de Belén, mientras un serafín ubicaba los sitios donde velarían los pastores. Dos ángeles se quedaron afónicos y otro más extravió su flauta entre los espinos. Entonces Rigel tuvo un sueño: Apenas María acunó al Niño sobre el pesebre, todo el universo comenzó a ser distinto: “La tierra estará llena de Dios, como cubren las aguas el mar”, había escrito Isaías.

Y el arcángel contempló desde la altura algo insólito: Ningún mortal, a excepción de los historiadores, conocía la palabra violencia. Sobre las minas que antes acechaban los caminos, habían germinado rosales. Los guerreros entregaban sus armas a los museos. Los potentados recortaban gustosamente sus lujos, para compartir con todos, educación, techo y pan. Ningún niño se quedaba sin cariño y sin juguetes. Y el bienestar se había vuelto un clima obligatorio sobre todos los horizontes.

Gustavo Vélez, mxy

Estad siempre alegres

1.- ¡Gritad jubilosos! Es el domingo «laetare», domingo de la alegría. ¿Cuál es el motivo de nuestra alegría? Pablo en la carta a los Filipenses nos da la respuesta: «El Señor está cerca». Y el salmo nos invita a la confianza y a evitar el temor porque el Señor es «nuestra salvación».

La alegría que sentimos se fundamenta en nuestra esperanza de que otro mundo va a nacer porque Jesús va a hacer posible lo imposible. Su mensaje es de reconciliación y de paz, un regalo de Dios que nos ama hasta el punto de compartir nuestra suerte y hacerse uno de nosotros para elevarnos hacia El. Dejemos la tristeza y las caras largas y escuchemos el consejo del Apóstol: «Estad siempre alegres»

2.- Juan es el último profeta del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo, es el precursor del salvador. Nos invita a la conversión, al cambio de mente y de corazón, de pensamiento y sentimiento. Nos invita a tomar postura, de ella depende la diferencia que separará a unos de otros. Nosotros preguntamos también: ¿entonces, qué hacemos? El nos indica un camino: compartir nuestros bienes, servir al necesitado, no aprovecharse de los demás, dar de comer al hambriento… ¿Qué me respondería a mí en este momento de mi vida Juan Bautista? Si quiero preparar de verdad mi interior para la venida de Jesús no debo eludir esta pregunta. Sólo si estoy dispuesto a dar una respuesta adecuada estaré en condiciones de que el Evangelio sea de verdad una Buena Noticia.

3.- En este domingo yo quiero ser otro Juan Bautista, quiero que el Señor me ayude a ser consecuente hasta el extremo como lo fue él, quiero ser profeta de la esperanza, quiero ser instrumento de Dios para generar ilusión y alegría en mi entorno. Tengo motivos para la esperanza y para vivir con alegría desbordante porque me siento amado por Dios, ¿por que no colaboro a que sea posible la esperanza para todos aquellos que no conocen la alegría de sentirse queridos y salvados por Dios y viven sumergidos en el mundo de las tinieblas o de la desilusión? «Hagamos posible la esperanza», un buen lema y un buen propósito para preparar el camino al Señor en este adviento.

José María Martín OSA

¿Nos atreveremos a compartir?

Los medios de comunicación nos informan cada vez con más rapidez de lo que acontece en el mundo. Conocemos cada vez mejor las injusticias, miserias y abusos que se cometen diariamente en todos los países.

Esta información crea fácilmente en nosotros un cierto sentimiento de solidaridad con tantos hombres y mujeres, víctimas de un mundo egoísta e injusto. Incluso puede despertar un sentimiento de vaga culpabilidad. Pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestra sensación de impotencia.

Nuestras posibilidades de actuación son muy exiguas. Todos conocemos más miseria e injusticia que la que podemos remediar con nuestras fuerzas. Por eso es difícil evitar una pregunta en el fondo de nuestra conciencia ante una sociedad tan deshumanizada: «¿Qué podemos hacer?».

Juan Bautista nos ofrece una respuesta terrible en medio de su simplicidad. Una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo».

No es fácil escuchar estas palabras sin sentir cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Se necesita tiempo para dejarnos interpelar. Son palabras que hacen sufrir. Aquí termina nuestra falsa «buena voluntad». Aquí se revela la verdad de nuestra solidaridad. Aquí se diluye nuestro sentimentalismo religioso. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente compartir lo que tenemos con los que lo necesitan.

Muchas de nuestras discusiones sociales y políticas, muchas de nuestras protestas y gritos, que con frecuencia nos dispensan de una actuación más responsable, quedan reducidas de pronto a una pregunta muy sencilla. ¿Nos atreveremos a compartir lo nuestro con los necesitados?

De manera ingenua creemos casi siempre que nuestra sociedad será más justa y humana cuando cambien los demás, y cuando se transformen las estructuras sociales y políticas que nos impiden ser más humanos.

Y, sin embargo, las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nosotros. Las estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a casi todos. Reproducen con fidelidad la ambición, el egoísmo y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado II de Adviento

No podía faltar en este Adviento, como en todo tiempo litúrgico, una referencia martirial; es decir, un recordatorio no agradable, pero no por ello irreal, de que a todo seguidor de Jesús, le sucederán incomprensiones, cruces, persecuciones… Le sucedió al profeta por excelencia de la Antigua Alianza: Elías, como hoy nos recuerda la liturgia en labios de Jesús. El propio Jesús también advierte que eso le pasará a Juan el Bautista y le pasará a Él, aunque en ese momento sus discípulos no lo comprenden. Así le ha pasado también a muchos hombres y mujeres, testigos de Jesús, que han dado su vida por Él.

Ser seguidor de Jesús, también tiene sus incomprensiones. Comprende que no te comprendan; acepta que no te reconozcan. No por ello pierdas la alegría de vivir y la fuerza y motivación para hacer lo que crees que tienes que hacer. Hay veces que encontrarás aceptación y reconocimiento y otras veces no. Mirar a esta realidad martirial nos ayuda a aceptar esos momentos en los que no somos reconocidos ni comprendidos, porque no somos los únicos y porque no por ello debemos de dejar de hacer lo que sentimos que Dios nos pide.

Ciudad Redonda