El amor efectivo, test de la comprensión

Me parece evidente que todo se ventila en la comprensión. Porque cuando comprendemos de una manera profunda, experiencial o vivencial, se disipan las brumas de nuestra mente y salimos de la ignorancia. El hecho de “ver” orienta -etimológicamente: “lleva hacia la luz”- nuestras actitudes y nuestras acciones.

Sin embargo, todo lo humano es ambiguo y no es extraño que, aun de manera inconsciente -pensemos cómo funciona el mecanismo de la sombra-, se nos cuelen auto-engaños que vuelven a oscurecer nuestra mirada y a torcer nuestro comportamiento.

Frente a ello, hay siempre un test que nos permite verificar la calidad de la comprensión: el amor efectivo a los otros, la compasión de la que hablan todas las tradiciones sapienciales, recogida en la llamada “regla de oro”, que pide tratar a los otros como uno mismo desearía ser tratado por ellos.

Así como el hecho de haber vivido una experiencia de comprensión no libera necesariamente de inercias que vuelven a encerrarnos en la ignorancia de la mente absolutizada -desconociendo lo vivido-, tampoco inmuniza frente al egocentrismo en cualquiera de sus formas. De ahí que, para prevenir cualquier auto-engaño, resulte sumamente útil contrastar la verdad de lo que vivimos, verificando cómo son nuestras relaciones y cómo vivimos el amor hacia los demás.

En esa línea van las respuestas de Juan a las preguntas que le formulan diferentes grupos de gente: trata al otro con compasión y déjate conducir en todo por el amor. La comprensión profunda o espiritual nos ofrece el motivo más profundo: la certeza de que somos no separados y que, por tanto, todo otro es no-otro de mí.

¿Me pregunto con frecuencia cómo vivo el amor y la compasión?

Enrique Martínez Lozano

Sofonías. Versión 2.0

El profeta Sofonías no tenía ni idea de que, con el tiempo, los espacios iban a comprarse y él pensaba que había que conquistarlos con esfuerzo. Se habría asombrado al enterarse de que, al escribir comprar espacio en internet, podría adquirir, desde más almacenamiento en la nube, hasta un trastero de alquiler para guardar sus cachivaches. Tampoco podía imaginarse que una ansiedad angustiada se apoderaría en 2021 de los corazones de millones de habitantes del mundo a causa del retraso de los microchips y el bloqueo de los transportes.

A él lo que le parecía dramático era que unos okupas indeseables (parecidísimos a los poderes depredadores de hoy…) se hubieran apoderado del espacio sagrado de Sión oprimiendo y expulsando a los pequeños y humildes, la niña de los ojos de Dios. Le tocó asistir a un cambio repentino de situación y eso le alegró tanto que se puso a felicitar a la ciudad devastada – “regocíjate, alégrate, canta de gozo…”: había llegado un líder victorioso, huían los enemigos y Sión acogía con júbilo en su centro a Aquel que venía a ella como un amante apasionado. No pretendía ejercer sobre ella ninguna forma de dominio: buscaba estar junto a su amada, recuperar su intimidad, reencontrar su amor, hacerse inseparable de ella. Y al conseguirlo, estalla de alegría y la invita a danzar juntos. “Se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.» (Sof 3,14-18)

Ahí está todo el secreto del Adviento, más allá de coronas de muérdago, velitas de colores y casullas moradas. Sión es el nombre que cada uno de nosotros lleva tatuado en lo más profundo y escuchamos el pregón:

Felicidades, Sión, ¡qué suerte la tuya!
se han soltado las ataduras que te tenían amarrada,
se ha silenciado el ruido que ocupaba tu interior,
has liberado espacio en tu corazón,
está llegando Aquel a quien perteneces.

Alégrate, ensancha tu capacidad,
ábrete a su presencia desde ese vacío silencioso que le hace sitio.
Dichosa tú, porque en tu seno acogedor y cálido
puedes ofrecer hospitalidad y amparo
a tantas vidas ateridas.

Enhorabuena, porque te estás volviendo Adviento.

Dolores Aleixandre

II Vísperas – Domingo III de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO III DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Mirad, vendrá el Señor para sentarse con los príncipes en un trono de gloria.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad, vendrá el Señor para sentarse con los príncipes en un trono de gloria.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llevemos una vida honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos, la venida del Señor.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llevemos una vida honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos, la venida del Señor.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.» Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen,
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José,
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Estás viniendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Mensaje: compasión, empatía, compartir

La primera palabra de la liturgia de este domingo es una invitación a la alegría. Esa alegría, en el AT, está basada siempre en la salvación que va a llegar. Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya porque Dios no tiene que venir de ninguna parte y con su presencia en cada uno de nosotros, nos ha comunicado lo que Él mismo es. No tenemos que estar contentos ‘porque Dios está cerca’, sino porque Dios está ya en nosotros.

La alegría es como el agua de una fuente, la vemos solo cuando aparece en la superficie, pero antes, ha recorrido un largo camino que nadie puede conocer, a través de las entrañas de la tierra. La alegría no es un objetivo a conseguir directamente sino la consecuencia de un estado de ánimo que se alcanza después de un proceso. Ese proceso empieza por la toma de conciencia de mi verdadero ser. Si descubro que Dios forma parte de mí, encontraré la absoluta felicidad.

¿Qué tenemos que hacer? Las respuestas manifiestan la igualdad y la diferencia entre el mensaje de Jesús y el de Juan. El Bautista creía que la salvación que esperaban de Dios iba a depender de su conducta. Esta era también la actitud de los fariseos. Jesús sabe que la salvación de Dios es gratuita e incondicional. Es curioso que los seguidores de Jesús, todos judíos, se encontraran más a gusto con la predicación de Juan que con la suya. Esto queda muy claro en los evangelios.

Por esa misma razón los primeros cristianos, que seguían siendo judíos, cayeron en seguida en una visión del evangelio moralizante. Jesús no predicó ninguna norma moral. Es más, se atrevió a relativizar la Ley de una manera insólita. El hecho de que permanezcan en el evangelio la frase como “las prostitutas os llevan la delantera en el Reino”, indica claramente que para Jesús había algo más importante que el cumplimiento de la Ley. S. Agustín en una de sus genialidades lo expresó con rotundidad: “ama y haz lo que quieras”. No hay un resumen mejor del evangelio.

Todas las respuestas que da Juan van encaminadas a mejorar las relaciones con los demás. Se percibe una preocupación por hacer más humanas esas relaciones, superando todo egoísmo. Está claro que el objetivo no es escapar a la ira de Dios sino imitarle en la actitud de entrega a los demás. El evangelio nos dice, una y otra vez, que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro. La pena es que seguimos esperando que venga a nosotros lo que ya tenemos.

El pueblo estaba en expectación. Una manera de indicar la ansiedad de que alguien les saque de su situación angustiosa. Todos esperaban al Mesías y la pregunta que se hacen tiene pleno sentido. ¿No será Juan el Mesías? Muchos así lo creyeron, no solo cuando predicaba, sino también mucho después de su muerte. La necesidad que tiene de explicar que él no es el Mesías no es más que el reflejo de la preocupación de los evangelistas por poner al Bautista en su sitio; es decir, detrás de Jesús. Para ellos no hay discusión. Jesús es el Mesías. Juan es solo el precursor.

La presencia de Dios en mí no depende de mis acciones u omisiones. Es anterior a mi propia existencia y ni siquiera depende de Él, pues no puede no darse. No tener esto claro nos hunde en la angustia y terminamos creyendo que solo puede ser feliz el perfecto, porque solo él tiene asegurado el amor de Dios. Con esta actitud estamos haciendo un dios a nuestra imagen y semejanza; estamos proyectando sobre Dios nuestra manera de proceder y nos alejamos del evangelio que nos dice lo contrario.

Pero ¡ojo! Dios no forma parte de mi ser para ponerse al servicio de mi contingencia, sino para arrastrar todo lo que soy a la trascendencia. La vida espiritual no puede consistir en poner el poder de Dios a favor de nuestro falso ser, sino en dejarnos invadir por el ser de Dios y que él nos arrastre a lo absoluto. La dinámica de nuestra religiosidad es absurda. Estamos dispuestos a hacer “sacrificios” y “renuncias” que un falso dios nos exige, con tal de que después cumpla él los deseos de nuestro falso yo.

No hemos aceptado la encarnación ni en Jesús ni en nosotros. No nos interesa para nada el “Emmanuel” (Dios-con-nosotros), sino que Jesús sea Dios y que él, con su poder, potencie nuestro ego. Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar, Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que podría esperar. Ésta tendría que ser la causa de nuestra alegría. Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría.

La salvación no está en satisfacer los deseos de nuestro falso ser. Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos, las pasiones, nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria. Hacemos lo imposible para que Dios tenga que darnos la salvación que esperamos. Incluso hemos puesto precio a esa salvación: si haces esto, y dejas de hacer lo otro, tienes asegurada la salvación.

El conocimiento del que hablamos no es discursivo, sino vivencial. Es la mayor dificultad que encontramos en nuestro camino hacia la plenitud. Nuestra estructura mental cartesiana nos impide valorar otro modo de conocer. Estamos aprisionados en la racionalidad que se ha alzado con el santo y la limosna, y nos impide llegar al verdadero conocimiento de nosotros mismos. Permanecemos engañados, creyendo que somos lo que no somos, pidiendo a Dios que potencie ese falso ser.

La alegría de la que habla la liturgia de hoy no tiene nada que ver con la ausencia de problemas o con el placer que me puede dar la satisfacción de los sentidos. La alegría no es lo contrario al dolor o a nuestras limitaciones que tanto nos molestan. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro. Si fundamento mi alegría en que todo me salga a pedir de boca, estoy entrando en un callejón sin salida. Mi parte caduca y contingente termina fallando siempre. Si me apoyo en esa parte de mi ser, fracasaré.

La respuesta que debo dar a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues la realización de las obras puede ser programación. No se trata de hacer o dejar de hacer sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro.

Fray Marcos

Alegría, conversión, buena nueva

 
 

Los textos del domingo pasado dejaban claro el tono alegre del Adviento. Y los de este domingo lo acentúan todavía más. “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén”, comienza la 1ª lectura. Su eco lo recoge el Salmo: “Gritad jubilosos, habitantes de Sión: Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”. La carta a los Filipenses mantiene la misma tónica: “Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres.” Y el evangelio termina hablando de la Buena Noticia; y las buenas noticias siempre producen alegría.

Las lecturas ofrecen materia abundante (¡demasiada!). Quien vaya a comentarlas debe seleccionar lo más importante para su auditorio.

Alegría de Jerusalén y alegría de Dios (Sofonías 3,14-18)

Este breve texto, probablemente del siglo V a.C., aborda dos problemas políticos, con un final religioso. Jerusalén ha sufrido la deportación a Babilonia, el rey y la dinastía de David han desaparecido, los persas son los nuevos dominadores. Jerusalén no tiene libertad ni rey. El profeta anuncia un cambio total: el Señor expulsa a los enemigos y será el rey de Israel. Lo más sorprendente es el motivo de este gran cambio: el amor de Dios. Cuando se recuerda que los profetas consideran la historia del pueblo una historia de pecado, asombra que Dios pueda gozarse y complacerse en él. Las palabras finales se adaptan perfectamente al espíritu del Adviento. La Iglesia, tantas veces pecadora, sigue gozando del amor de Dios. Lo mismo puede decirse de cada uno de nosotros.

Alegría, mesura y oración (Filipenses 4,4-7)

Pablo escribe a su comunidad más querida. En la parte final de la carta, tres cosas le aconseja: alegría, mesura y oración.

Alegría, confiando en la pronta vuelta del Señor. Al principio de su actividad misionera, Pablo estaba convencido de que Cristo volvería pronto. Lo mismo esperaban la mayoría de los cristianos a mediados del siglo I. Aunque esto no se realizó, las palabras “El Señor está cerca” son verdad: no en sentido temporal, sino como realidad profunda en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

Mesura. En el contexto navideño, cabe la tentación de interpretar la mesura como una advertencia contra el consumismo. Sin embargo, el adjetivo que usa Pablo tiene un sentido distinto. Se refiere a la bondad, amabilidad, mansedumbre en el trato humano, que debe ser semejante a la forma amable y bondadosa en que Dios nos trata.

Oración. En pocas palabras, Pablo traza un gran programa a los Filipenses. Una oración continua, “en toda ocasión”; una oración que es súplica pero también acción de gracias; una oración que no se avergüenza de pedir al Señor a propósito de todo lo que nos agobia o interesa.

Una «buena noticia» bastante extraña (Lucas 3,10-18)

En el texto del evangelio podemos distinguir dos partes principales: unos consejos prácticos y un anuncio.

Consejos prácticos (10-14)

El domingo pasado vimos cómo Juan Bautista exigía la conversión. ¿En qué consiste? ¿Cómo manifiesta uno que se ha convertido? La respuesta, en la línea de los antiguos profetas, no se centra en prácticas piadosas sino en el uso de los bienes terrenos. Lucas usa el recurso de plantear las preguntas en boca de la multitud, de los recaudadores de impuestos (los publicanos) y de los soldados.

La respuesta más exigente es la primera, dirigida a todos: compartir el vestido y la comida. Recuerda lo que pide Dios en el libro de Isaías: «partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,7).

La respuesta a los recaudadores se queda en lo negativo: «No exijáis más de lo ordenado». Su actividad abarcaba muchos aspectos: derechos de importación y exportación, portazgos, peaje, impuestos urbanos, etc. En todos ellos podían oprimir y explotar.

La respuesta a los soldados une lo negativo: «no maltratéis ni extorsionéis a nadie» y lo positivo: «contentaos con vuestra paga».

Anuncio (15-17)

La denuncia inicial (leída el domingo pasado) y los consejos prácticos no crean malestar en la gente, animan a preguntarse por la identidad de Juan. Este responde hablando de un personaje con más autoridad (no le da el título de Mesías), que llevará a cabo una misión doble: positiva (bautismo) y ambigua (bieldo).

Dos temas indica Juan a propósito del personaje futuro: la mayor importancia de su persona y el mayor valor de su bautismo. La mayor importancia de la persona la expresa aludiendo a su fuerza, porque del Mesías se espera que la tenga para derrocar a los enemigos, y a la indignidad de Juan respecto a él, ya que no puede cumplir ni siquiera el servicio de un esclavo.

La mayor importancia del bautismo queda clara por la diferencia entre el agua, en uno,  y el Espíritu Santo y el fuego, en el otro. Bautizar significar «lavar», «purificar». Y si se quiere mejorar la conducta del pueblo, nada mejor que el Espíritu de Dios: «Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que cumpláis mis mandamientos» (Ez 36,27). Además, el fuego purifica más que el agua.

Basándose en el Salmo 2, algunos textos concebían al Mesías con un cetro en la mano para triturar a los pueblos rebeldes y desmenuzarlos como cacharros de loza. Juan no lo presenta con un cetro, utiliza una imagen más campesina: lleva un bieldo, con el que separará el trigo de la paja, para quemar ésta en una hoguera inextinguible.

Al comienzo de su intervención, Juan hizo referencia al hacha dispuesta a talar los árboles in­útiles; al final, al bieldo que echa la paja en la hoguera. Dos imágenes potentes para animar a la conversión.

El versículo final (18) resume la actividad de Juan fijándose en su predicación y sin mencionar el bautismo. Las palabras de Juan pueden parecer muy duras, pero constituyen una buena noticia para quien está dispuesto a convertirse.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo III de Adviento

(Lc 3, 10-18)

La gente que se acercaba a Juan el Bautista preguntaba qué debía hacer, porque ellos sentían que debían ofrecer algo a Dios en el camino de purificación que proponía Juan en su predicación.

Y Juan podría haberles respondido que cumplieran la Ley de Dios, que respetaran los mandamientos, que hicieran ayunos y sacrificios. Pero la respuesta de Juan más bien resumía las exigencias de Dios en los deberes para con el prójimo: en la misericordia y la justicia.

Al pueblo en general le hace una invitación a compartir los bienes con el pobre. Pero a los que tienen alguna autoridad en la sociedad les pide además honestidad y justicia en el desempleo de sus funciones públicas.

El testimonio de vida y la enseñanza simple de Juan cautivaban a la gente, y el pueblo estaba esperando que Juan manifestara que él mismo era el Mesías. Por eso Juan aclara que el Mesías es mucho más poderoso que él, que su bautismo es sólo una preparación, pero el Bautismo que traerán el Mesías será una verdadera purificación, porque derramará el Espíritu Santo como fuego.

El Mesías cumplirá aquel anuncio del profeta Ezequiel: “Los purificaré de toda inmundicia y de toda basura, y les daré un corazón nuevo… Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que caminen según mis preceptos” (Ez 36, 25-27). Esto significa que la manifestación del poder del Mesías se realizará sobre todo en los corazones. Y esa obra interior del Mesías hará que los hombres puedan cumplir de verdad los sabios consejos del Bautista. Porque una predicación atractiva no es suficiente, es necesaria la acción secreta de la gracia de Dios en el interior del hombre.

Oración:

“Derrama tu Espíritu en mi interior Jesús, derrámalo como fuego purificador que me limpie de toda inmundicia y de todos mis falsos ídolos. Derrámalo para que me dé un corazón generoso, capaz de compartir con el pobre y de vivir en la justicia”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Normas de un profeta

1.- Lo que decía Juan, el precursor, la avanzadilla del Mesías, lo podía haber dicho en cualquier sitio, pero, para que se entendiera mejor, se le escuchase sin dificultad y fuese posible la comunicación personal en acabando sus discursos y alegatos, él, que había crecido solitario en un desierto, escogió un lugar muy especial: la orilla del río Jordán, cercano ya a la desembocadura en el Mar Muerto. Lugar reposado, silencioso, con buena acústica, a 400m bajo el nivel del Mediterráneo, en el lado que hoy pertenece al reino de Jordania.

Como dije en otra ocasión, el Bautista no era hombre de peroratas lisonjeras, manjares y lenguajes refinados. Más bien, todo lo contrario. ¡Alerta! Que no era tampoco de aquellos que todo lo revientan, pero, en su vida privada, se aprovechan todo lo que pueden de su situación y se dan a la buena vida. Juan era un hombre austero y esta es una cualidad que merece el respeto de todo el mundo, de aquí que fuera un hombre libre, provocador a ratos, sincero siempre. No se vendía a nada, ni a nadie. Era fiel a su vocación, a la llamada de Dios, al proyecto que de él tenía. La fidelidad al Señor no le convierte al hombre en un ser esclavo, muy al contrario, le permite reinar con Él.

Muchos le escuchaban en público, algunos solicitaban, discretamente, su consejo. Los que se le acercaban, eran gentes que vivían de una manera diferente a la nuestra. Eran otros tiempos, otras costumbres, otra cultura. Mis queridos jóvenes lectores, he pensado que, para entender el mensaje de lo que hoy se ha proclamado, tal vez convendría hacer una especie de transposición, como cuando una composición musical para clavecín se convierte en un concierto de guitarra. Espero acertarlo y que el buen Bautista me perdone, si en algún momento me desvío de la melodía que él pronunció.

2.- A nosotros, generalmente, nos sobra ropa. Hasta se agradece que, la parroquia o Caritas, acepte la que ya no cabe en los armarios, de manera que lo de repartirse las túnicas no tiene aplicación entre nosotros. Creo yo que es en otros campos en los que hay que compartir, siguiendo los consejos del Precursor. Puede tratarse de ceder el uso del PC o de la conexión a Internet. Facilitar al compañero que no tiene conexión ADSL (banda ancha) que se valga de la nuestra, para preparar sus trabajos. Invitar a cualquier fiesta que organicemos, nosotros que tenemos casa y costumbre de hacerlo, al compañero ignorado y arrinconado. Presentar al recién llegado a los demás.

3.- Tal vez estos ejemplos sean eco de lo que predicaba Juan. Conoceréis a gente que adora a su coche, o protege su moto, de tal manera que no permite que nadie se los toque. Arriesgarse a que no permanezca encerrado en el parking el segundo vehículo, ofrecerlo, y ofrecerse uno mismo, para utilidad de la parroquia, o de la organización a la que le puede ser útil, sería, otro ejemplo. Acompañar y jugar con un chico o chica que carezca de salud corporal o capacidad mental, es una excelente manera de compartir. Estar alegremente, en los tiempos libres, con aquellos que más que disfrutar de compañía, se sienten arrinconados y marginados de los demás, es otra manera de prepararle al Señor buenos caminos, para que se llegue a nuestro corazón y permanezca en nuestro interior.

A los soldados que enviaba la ciudad de Roma no podremos compararlos con nuestros militares. Ahora bien, una situación privilegiada como la que tenían aquellos, entre nosotros, tal vez sea la que disfrutan los políticos. Juan a ellos, cróeme yo, les diría que sus cargos e influencias estén siempre a disposición de los ciudadanos y que no se aprovechen de su situación privilegiada para enriquecerse, como lamentablemente nos enteramos que con frecuencia, (y parece que en todos los países), ocurre.

Afirmamos alegremente que no somos ni clasistas, ni racistas, pero en la práctica nos comportamos con soberbia y a los que consideramos inferiores o advenedizos, les exigimos más de lo que nos exigimos a nosotros mismos. Sabréis que, lamentablemente, casi siempre, los sueldos de los emigrantes son inferiores a los que reciben los del país. Como es inferior el sueldo que se da a una mujer, respecto al que recibe un varón.

Dejemos los ejemplos y recordemos los fundamentos. Mis queridos jóvenes lectores, no podemos olvidar nunca que estamos sumergidos en un campeonato y que debemos constantemente mantener entrenamiento espiritual, como hacen los deportistas de elite de cualquier afición reglamentada.

Hemos de mantenernos en forma, saber ser modestos, todo esfuerzo, todo don, toda palabra amable, no han de ser más que actividades que abran paso, para que se descubra aquello único que es importante. Porque, más que vanagloriarse de ser bueno o de saber infinidad de cosas. Más que fardar siempre, es preciso estar preparado para recibir el saludo, el abrazo, del Mesías e introducirnos con Él en su Reino.

(Las imágenes agrícolas que nos ofrece el texto del evangelio del presente domingo no os servirán seguramente a vosotros, los que sois jóvenes. Antiguamente se segaban los campos a mano, con una hoz. Después, mediante un trillo –una plataforma pesada de unos tres metros cuadrados, que tenía incrustadas piedras afiladas, que arrastraba un animal, e iba dando vueltas en la era, monótonamente, durante todo el día- se trituraba la mies y, al amanecer de algún día que soplase un suave viento, se lanzaba al aire, mediante esa especie de tenedor grande, que es la horca. El grano caía cerca, la paja lejos. Hoy estas faenas las realizan las cosechadoras y el lenguaje de Juan no se entendería)

Pedrojosé Ynaraja

Lectio Divina – Domingo III de Adviento

¿Qué debemos hacer?

INTRODUCCIÓN

El evangelio continúa con la predicación de Juan Bautista. La conclusión a la que llegan Jesús y el Bautista es la misma: preocuparse por los demás según la situación de cada uno. La motivación cambia radicalmente. Según Juan, hay que hacer todo eso para escapar del juicio de Dios. Para Jesús, hay que obrar así porque debemos responder a Dios que es amor y nos trata con total generosidad. “La fe consiste en saberse amado por Dios y responder al amor con amor”. (O. Clément.). Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos, las pasiones nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria. Se trata de que el centro de mi ser, mi corazón, esté empapado del amor que el Padre me regala. Y, desde ahí, ya puedo enviar amor a todo el organismo de la Iglesia y del mundo.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Sof. 3,14-18ª.         2ª lectura: Fil. 4,4-7.

EVANGELIO

Lucas, 3, 10-18:

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «Entonces, ¿qué debemos hacer?» Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacemos nosotros?» Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer nosotros?» Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

REFLEXIÓN

Al tercer Domingo de Adviento se le denomina “Domingo de la alegría”. Así lo expresa la primera lectura del profeta Sofonías: «Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel”. Y la segunda de Pablo nos invita a “estar siempre alegres”. La alegría es una especie de agua fresca y transparente  de manantial, que inunda toda la liturgia de este día. El evangelista Lucas nos va a señalar el camino de la verdadera y auténtica alegría.

1.– La gente preguntó a Juan: ¿Qué hacemos? El verbo “hacer” es el verbo de la verdad. Muchos se pasan la vida conjugando el verbo “hablar”. Ahí tenemos a los “parlamentarios”. Otros se entretienen con el verbo “pensar”.  Son los filósofos y los sabios. A otros les va bien el verbo “soñar”. Son los poetas. El cristiano opta por el verbo “hacer”. ¿Qué debo hacer? Es la pregunta de Pablo al Señor después de su conversión ¿Qué quieres que haga? (Hechos.9,6) Los que escuchan las palabras y no las ponen en práctica se parecen a unos “necios que edificaron su casa sobre arena”. Toda su vida se arruinó (Mt. 7,26-27).

2.– El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene. No basta con querer hacer cosas buenas, sino que San Lucas es muy concreto: Esto hoy día significa: el que tenga dos vestidos, que dé uno; el que tenga dos coches que dé uno; el que tenga dos casas, que dé una; el que tenga dos puestos de trabajo ceda uno al que no tiene ninguno.  Y, en seguida, vienen las objeciones: ¿Qué pecado es tener dos viviendas, dos coches, etc, si lo he conseguido con un dinero justo?  Todo eso podría estar bien si todo el mundo tuviera cubiertas las necesidades más elementales. El problema está en usar tranquilamente las cosas superfluas sabiendo que otros hermanos míos no tienen las necesarias. Esto es muy difícil de explicar. Lo entendemos los que hemos vivido años en países del “tercer mundo”. El hecho de haber nacido en un país pobre, ¿puede quitar a sus habitantes el derecho de tener una comida, un vestido, unos zapatos, una escuela, una vivienda humilde, un hospital?  Esos, también son hijos del mismo Padre que hace salir el sol y manda la lluvia para todos.  ¿Qué pecado han cometido los que han nacido en un país pobre?  

3.– Con todo, la liturgia de hoy nos invita a la alegría. La alegría llega a este mundo porque viene Dios a reinar. Y el reino de Dios es un reino de fraternidad, de libertad, de solidaridad. Y los seguidores de este Reino son los auténticamente felices. Los pobres no son felices por el hecho de ser pobres. Pueden ser felices porque tienen a Dios como suprema riqueza de su vida y saben que es un Padre que quiere inmensamente a sus hijos y no puede tolerar que nadie se muera de hambre. Jesús ha venido a servir, a crear fraternidad, a sanar, a quitar pesos que oprimen a la gente. Pero para ser felices no basta que sepamos esas bellas enseñanzas. Hay que ponerlas en práctica. Después del lavatorio de los pies, Jesús dice esta frase: «Y sabiendo, como sabéis, estas cosas, seréis felices si las cumplís” (Jn. 13, 17).

PREGUNTAS

1.- ¿Qué verbo uso más en la vida: el verbo pensar, el verbo hablar o el verbo hacer?

2.- ¿Me gusta concretar mis compromisos? ¿O me conformo con decir que tengo que ser bueno?

3.– Todos queremos ser felices. Pero, ¿estoy convencido de que lo voy a ser por el camino que llevo? ¿En qué debo cambiar?

ESTE EVANEGLIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

San Juan nos dice que “el pueblo
estaba a la expectativa”.
Siempre los pobres esperan
sus limosnas de alegría.
También nosotros, Señor,
esperamos tu venida,
fuente de gozo y de paz,
salud de nuestras heridas.
“La esperanza está en un Niño”
recordamos cada día.
Él es nuestro Salvador,
el amor de nuestra vida.
Dando la mano a los pobres
esperamos tu visita.
comprendemos que tu paz
es obra de la justicia.
Lejos, Señor, de nosotros
robos, violencias, mentiras.
Nuestro gozo es compartir
el vestido y la comida.
Estamos, Señor, alegres,
cuando amamos sin medida,
si nos sentimos hermanos,
formando una gran familia.
Señor, que en tu Nacimiento,
resuene la melodía:
“Paz en la tierra a los hombres,
a Dios, la gloria divina”
(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Estemos alegres, el Señor ya está cerca

1. – Hemos escuchado en la antífona de entrada un importante mensaje. Dice: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. La alegría es un síntoma indeleble de la conversión, de la cercanía evidente de Dios. Nadie que haya conocido al Señor –y haya perseverado—puede estar triste. Hemos oído muchas veces, la famosa frase: “un santo triste es un triste santo”. Y así es. Si la tristeza perdura en nuestros corazones es porque no hemos recibido al Señor. No hemos aceptado su llegada. Es verdad que la vida nos puede traer hechos malos y complicados que dispongan el ánimo a la tristeza, pero por encima de ellos, está la alegría que Dios comunica a los que le aman. Ese canto a la alegría está precisamente en el fragmento de la Carta que Pablo dirigía a los fieles de Filipos. De hecho toda la epístola a los Filipenses en una sinfonía alegre motivada por la espera ante la Llegada del Señor.

En otra pieza que casi nunca glosamos en las homilías, en el canto del Aleluya, también hemos escuchado: “El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para dar la Buena Noticia a los Pobres”. ¿No es esa la misión principal del Salvador? ¿Y no es también tarea principal para nosotros que debemos secundar –muy especialmente en estos días, el trabajo del Señor Jesús? Debemos dar la Buena Noticia a los pobres, y junto a esa excelente información que es el Nacimiento de Dios hecho Hombre, hemos de ofrecer a los pobres nuestro aliento y nuestro apoyo, moral y material. Hay mucha tristeza y pobreza en nuestras calles que debemos remediar con nuestra presencia y nuestros dones, dinero, comida, sonrisas, abrazos. También el Salmo de hoy es muy particular. Y lo es porque no es un Salmo, sino unos versos sacados del capítulo 12 del Libro de Isaías. En ese texto se nos pide alegría y júbilo porque Dios está con nosotros. Y si os dais cuenta unas partes breves de la liturgia de hoy nos han marcado el camino. Siempre hemos de apercibirnos de la sabiduría, incluida en los textos –en todos ellos, grandes y pequeños—que leemos cada domingo. Y apreciar la especial inteligencia de quienes, hace muchos años, pusieron las bases de la celebración del Día del Señor.

Asimismo, nuestra tiene unas características especiales. Procede del Libro del Profeta Sofonías. Y en general su relato es muy triste, porque Israel está viviendo muy malos momentos. Los reyes de Israel no defienden lo fundamental y los invasores asirios están muy cerca. Pero, en un momento, se hace un rayo de luz en tanta oscuridad. El Rey Josías se anuncia como un gran reformador y la presión de los ejércitos de Asiria parece que se desvanece. Se espera una nueva etapa y eso produce que el profeta triste exalte de alegría para anunciar un gran gozo. Es como nos ocurre a nosotros. En medio de nuestras dificultades cotidianas está la alegría de la llegada del Señor Jesús, que hará nuestra vida mejor, que cambiará nuestro mundo de injusticia en un mundo de paz y amor.

2. – San Juan Bautista en el texto del Evangelio de San Lucas marca el camino y predica la solidaridad y la justicia. Hay que repartir los bienes y no abusar del poder, como les diría, por ejemplo, a los soldados –representantes del Estado—que escuchan su predicación. Hay otro detalle en el relato de Lucas que nos interesa mucho. Dice que el pueblo estaba expectante ante la llegada del Mesías y por eso preguntan al Bautista si él es a quien esperan. Nos interesa remarcar esa expectación. Y, claro, de ella surge la interrogante de si nosotros llegamos a ese grado de interés por la espera. Y es que no podemos quitar a la Navidad nada de su contenido real: Es decir, la fecha en que el Hijo de Dios llega a salvarnos. Pero tampoco sería ni lícito, ni conveniente, que dejáramos la celebración en —sólo—el interior del templo. Hay que salir a la calle a comunicar esa alegría. Y por ello no hay que poner demasiados peros a la explosión de luces y colores en que nuestras calles se convierten, aunque sean parte del negocio y del consumismo. Es bueno que Dios esté en la calle y no importa –como también dice el Evangelio—que “otros hagan milagros en su nombre”, aunque no los conozcamos.

3. – Hemos superado ya la mitad del Adviento. El próximo domingo, el Cuarto de este tiempo feliz de espera, es ya el último. Después nos encaramos, sin más rodeos, con el prodigioso milagro de Belén, donde un Dios poderosísimo se hace Niño para salvarnos y darnos una alegría que siempre vivirá en nuestro corazón. Hermanos aprovechemos el tiempo que nos queda hasta la llegada del Señor Jesús, enmendemos nuestros caminos y nuestros comportamientos. Juan el Bautista nos dice como. La historia con la llegada de Jesús de Nazaret se va a abrir a un tiempo de paz, de amor, de solidaridad, de alegría, de gozo. Colaboremos con Él en que el mundo y sus habitantes sean mejores y vivan mejor. Es lo que nos va a pedir Jesús cuando llegue.

Ángel Gómez Escorial

Y ¿yo? ¿qué puedo hacer?

1.- Estamos en el ecuador del Adviento. Y, todas las lecturas, son vitaminas que nos levantan en el aire más optimista e ilusionador: ¡Grita de júbilo! ¡Alégrate y gózate de corazón! ¡Estad siempre alegres! Y, Juan, les anunciaba la Buena Noticia. Este domingo es un paréntesis en medio de, la cierta austeridad, que ha marcado este tiempo de adviento.

¡Tenemos tantos motivos para la satisfacción! El Señor viene. Y, si algo proporciona la próxima Navidad, no son precisamente regalos vacíos de cariño, sino pesebres desbordándose de amor de Dios. Y, por eso, amigos, toda la liturgia de este día es una llamada a sonreír, a cantar las alabanzas del Señor, a poner –en el horizonte de los próximos días- la estrella que nos lleva directamente al encuentro personal y comunitario con Dios.

Un cristiano caminaba contento por una calle de una gran ciudad. Se encontró con unos jóvenes de un instituto que iban realizando una encuesta sobre “cómo se sienten los hombres hoy”. Al acercarse a esta persona, alegre y sonriente por fuera, le preguntaron: ¿Es usted feliz? Y, el cristiano les contestó: ¡Totalmente! ¡Acabo de escuchar un mensaje y de estar con Alguien que me hace sentirme bien! Los jóvenes, extrañados de tanta dicha, volvieron a preguntarle: ¿Y dónde podemos localizar a ese sujeto para que nos diga cual es y dónde está el secreto de la felicidad que vd tiene? ¡Ay amigos! No está muy lejos de vosotros. Si buscáis un poco, en el fondo de vuestro corazón, encontraréis la razón de mi felicidad: Dios.

2.- Un cristiano alegre alecciona más que mil palabras. ¿Qué podemos ofrecer en el trabajo? El testimonio de nuestra pertenencia a la Iglesia

–¿Qué pueden ofrecer los padres a sus hijos? El ejemplo de una vida cristiana que es cuidada con la oración, con la bendición de la mesa, con la participación en la eucaristía

–¿Qué ofrecer los sacerdotes a los que nos observan y servimos? Una vida sacerdotal entregada, entusiasta, convencida y sin componendas

–¿Qué podemos ofrecer, los que todos los domingos escuchamos la Palabra del Señor? Un compromiso más activo a favor de las causas de los más pobres; una generosidad que nunca se canse ni exija condiciones; una coherencia, por lo menos en ciertos mínimos, que denoten que vivimos y seguimos a ese Alguien que es Jesús de Nazaret.

–La alegría cristiana (en estos tiempos donde el “laicismo” parece ser “un meteorito destructor” de ideales cristianos, que de repente algunos quieren imponer en el firmamento y en el universo de la sociedad moderna) no la podemos dejar guardada bajo llave en el cofre de los cuatro muros de una iglesia, en la familia, en las aulas de un colegio católico o en el seno de una comunidad que cree y vive en el Señor. Entre otras cosas porque, la alegría, es un bien escaso en nuestra sociedad. ¡Cuánta sonrisa forzada! ¡Cuánta alegría postiza y comprada!

–La alegría de la Navidad no la ofrece el destello de unos adornos que, entre otras cosas, ya ni recuerdan el contenido de lo que celebramos.

–La alegría de la Navidad, no la produce el licor. Eso, más bien, adormece y atonta los sentidos.

–La alegría de la Navidad, la más auténtica y duradera, surge cuando el hombre sabe que hay un Dios que viene; que está cerca; que nos quiere y que sale a nuestro encuentro para salvarnos. ¿Salvarnos? ¡Sí! Observemos el atolladero en el que, en más de una ocasión, nos debatimos y nos hemos metido y…comprobaremos que necesitamos de una presencia superior, que con rostro de Niño nos anime, nos aliente y nos haga despuntar en una alegría natural y sincera.

Y, ya sabéis, si algún regalo podemos ofrecer –caro y difícil de ver en el día a día- es la alegría que llevamos dentro.

3.- ESTOY ALEGRE, SEÑOR

Porque Tú vienes, y yo salgo a tu encuentro
Porque son muchos, los nubarrones en el cielo de mi vida
Porque Tú iluminas las noches más oscuras de la humanidad
Porque, con muy poco y contigo, nos alegras
Porque, tu presencia, es la mayor riqueza que uno puede tener

ESTOY ALEGRE, SEÑOR
Porque, la Navidad, es oxígeno en medio de la asfixia
Porque, la Navidad, es el amor que se desborda
Porque, la Navidad, es regalo del cielo que se vende gratuitamente
Porque, la Navidad, se descubre con las tijeras de la fe

ESTOY ALEGRE, SEÑOR
Porque la estrella la veo al fondo del horizonte del adviento
Porque mi corazón se hace pesebre para tu nacimiento
Porque mis ojos me dicen a quién adorar y ante quien no postrarme
Porque mi razón mi dicta qué caminos elegir para llegar hasta Ti

ESTOY ALEGRE, SEÑOR ¡CÓMO NO ESTARLO!
Si Tú, Señor, eres la Navidad
Si Tú, Señor, eres Navidad
Si Tú, Señor, eres adorno y estrella, dulce y mesa por Navidad
Si Tú, Señor, eres la mejor lotería para la salud del corazón
ESTOY ALEGRE, SEÑOR

Tú, te lo digo ahora, eres la causa de mi felicidad
Tú, te lo decimos ahora, eres la fuente de tanta dicha
Tú, te lo decimos ahora, eres la razón de tanto regocijo
Tú, te lo gritamos ahora, eres el germen de la emoción que yo siento
Amén.

Javier Leoz