Comentario – Miércoles III de Adviento

Lucas 7, 18-23

Juan Bautista, llamando a dos de sus discípulos, los envió a Jesús para que le hiciesen esta pregunta: «¿Eres tú aquel que ha de venir, o debemos esperar a otro?»

Es necesario captar primero el drama profundo que encierra esta pregunta. Juan Bautista es un hombre que, como todos sus contemporáneos, esperaba con ardiente intensidad un Mesías triunfador y purificador por el fuego. Decía: «El os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego; tomará en su mano el bieldo, y limpiará su era, guardará después el trigo en su granero, y quemará la paja con fuego que no se apaga”. (Luc 3, 16.7). Estas eran las palabras llenas de ardor con las que Juan Bautista había anunciado anteriormente al Mesías. Ahora bien, Señor, ¿qué esperas? ¿Eres Tú éste?

A menudo, ¿no es ésta también nuestra pregunta y nuestra extrañeza? ¿Por qué Dios no se manifiesta mejor? ¿Por qué no nos da signos más claros de su poder?

La respuesta de Jesús, para ser mejor recibida, requiere haber pasado un tiempo de prueba y de experiencia de esta especie ele escándalo.

En la misma hora curó Jesús a muchos de sus enfermedades y llagas, y de espíritus malignos, y dio vista a muchos ciegos.

¡Tales son los signos!

Ante todo son signos de amor para la humanidad pobre y aplastada, signos de liberación de la desgracia. Tal es Dios. No es ante todo, aquel que hace gala de su poder, sino «aquel que ha venido para servir», es el que salva… porque ama.

¿De qué modo colaboro en el trabajo de Dios?

Respondióles pues diciendo: «Id y contad a Juan las cosas que habéis visto y oído…»

Jesús, no ha comenzado por contestar; ha comenzado por actuar.

Me paro a contemplar esta actitud.

Jesús no tiene prisa en aportar argumentos, en discutir, en demostrar intelectualmente.
Silenciosamente, «pasa haciendo el bien», «potente en la acción… en la palabra» (Hechos 10-3S). Procuro imaginar a Jesús en medio de estos enfermos, tratando de hacerles bien… sus gestos, las breves palabras que les dirige.

Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan…»
Jesús cita al profeta Isaías (29, 18. 19 – 35, 5-6)

Así se inserta en la gran tradición de Israel, en la espera que. le ha precedido.

Adviento nos hace revivir este tiempo de espera. Son tantos los hombres que hoy también esperan la liberación de todo lo que pesa sobre sus vidas.

En mi plegaria, expreso a Dios lo que percibo concretamente a mi alrededor de esta inmensa aspiración de la humanidad.

A los pobres… se les anuncia la Buena Nueva.

Es el resumen de todos los otros beneficios.

Hablar a los pobres, decirles alguna cosa «buena» para ellos. Hablar al corazón de los pobres para darles una noticia, la buena nueva de su liberación.

Está claro el por qué; en un tal asunto, hay que actuar primero antes que hablar.

Y yo, ¿soy quizá de los que a menudo me contento con sólo mis buenas intenciones?

Y bienaventurado aquel que no se escandalizare por causa mía.

Una bienaventuranza nueva: No escandalizarse por las preferencias divinas.

Noel Quesson
Evangelios 1