Lectio Divina – Miércoles III de Adviento

Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído”

1.- Oración introductoria.

Señor, yo sé que te caía muy bien tu primo Juan. Era sincero, auténtico, austero, comprometido. Tú le regalaste el mejor de los piropos: “Nadie de los nacidos de mujer es mayor que Juan”. Pero Juan pertenecía al Antiguo Testamento que era sólo preparación para el Nuevo. Por eso dijiste: “El último en el Reino es mayor que Juan”. (Mt. 11,11). Tú traías la novedad, la sorpresa, el regalo, la caricia de tu Padre Dios. Por eso iniciaste un camino nuevo. Y en este camino lo decisivo no es la soledad, la austeridad, el rigor, sino el amor. Gracias, Señor, por vivir en esta etapa final.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 7, 19-23

Juan envió a sus discípulos a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Llegando donde él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no se halle defraudado en mí!»

3.-Qué dice la palabra de Dios.

Meditación-reflexión

Juan el Bautista está a caballo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En él todavía se albergan ideas del Mesías que no corresponden con la manera de obrar de Jesús. Según la mentalidad del A.T. el Mesías sería gracia y bondad para los buenos, pero venganza y desquite para los que no cumplen la ley. Las  palabras de Juan, encaminadas a la conversión son duras: “Raza de víboras…ya toca el hacha la raíz de los árboles y todo árbol que no dé fruto será talado” (Mt. 3, 7-10). El Bautista está en la cárcel. Desde su calabozo ha oído de Jesús  que habla de gracia, de perdón, de amor…y sufre una crisis de fe. Por eso Juan envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir?» Jesús se limita a contestar: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no se sienta  defraudado por mí!» Jesús dice que los pobres reciben Buenas Noticias. ¿Y hay alguien más pobre que él, que está en la cárcel? Es una invitación a la esperanza tan necesaria para él en esas circunstancias. Y Jesús invita a Juan a que no se sienta defraudado por un Mesías que es todo amor, ternura y misericordia.

Palabra autorizada del Papa

“Su vida [la de Juan el Bautista] comenzó a abajarse, a disminuir para que creciera el Señor, hasta anularse a sí mismo. Esta ha sido la etapa difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no había imaginado, hasta tal punto que en el cárcel -porque estaba en la cárcel en este momento- sufrió no solo la oscuridad de la celda, sino la oscuridad del corazón: ‘Pero, ¿será Éste? ¿No me habré equivocado? Porque el Mesías tiene un estilo tan a mano… No se entiende…’ Y como era hombre de Dios, pide a sus discípulos ir donde Él a preguntar: ‘Pero, ¿eres Tú realmente o debemos esperar a otro?’»La humillación de Juan es doble: la humillación de su muerte como precio de un capricho pero también la humillación de la oscuridad del alma. Juan ha sabido esperar a Jesús, que ha sabido discernir, ahora ve a Jesús lejos. Esa promesa se ha alejado. Y termina solo. En la oscuridad, en la humillación. Se queda solo porque se ha destruido mucho para que el Señor creciera. Juan ve que el Señor está lejos y él humillado, pero con el corazón en paz. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 24 de junio de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice ahora a mí este texto que acabo de meditar. Guardo silencio.

5.- Propósito:  No decepcionarme nunca de Jesús, aunque, como Juan, a veces no lo entienda.

6.- Dios me ha hablado hoy a m í a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero darte gracias porque, a pesar de los lazos familiares, no te dejaste guiar por la doctrina de Juan: dura, ascética, condenatoria. Tú tuviste como Maestro al Padre celestial. Tu doctrina la aprendiste cerca de su corazón de Padre cariñoso. Todo lo que decían tus labios era expresión de las vivencias íntimas que tenías con Él. Tú eres su mejor “icono”, su “parábola viviente”. ¡Gracias, Señor!