Comentario – Jueves III de Adviento

(Lc 7, 24-30)

Otra vez aparece la figura fuerte de Juan el Bautista. Llama mucho la atención el espacio importante que él ocupa en los evangelios. Y sabemos que en aquella época era un personaje admirado y respetado. Jesús destaca su austeridad, su sencillez y la grandeza de su misión. Juan no es una caña débil, agitada por el viento de un lugar para el otro (v. 24), sino un hombre grande y firme, un mensajero fiel; no es un amante de la opulencia, preocupado por los bienes, porque su vida está enteramente consagrada a su misión de mensajero (v. 25), ya que está dispuesto a desaparecer para que brille Jesús (Jn 3, 30).

Y Juan era más que cualquier profeta del Antiguo Testamento, porque no anunciaba de lejos la llegada del Mesías, sino que debía presentarlo al mundo como el mensajero que pasa antes de su señor para indicar que ya está llegando.

Sin embargo, justamente porque Juan era muy admirado, podía pensarse que él mismo era el Mesías esperado. De hecho, en el siglo primero surgió un grupo de seguidores de Juan el Bautista que lo consideraba más perfecto que Jesús.

Por eso es importante que en este texto aparezca Jesús aclarando que en el Reino que él trae, el más pequeño es superior a Juan el Bautista. Sólo Jesús, con el Reino que él trae, nos permite pasar a otro nivel, al Reino prometido. Juan el Bautista es sólo el que indica una nueva dimensión a la que debemos pasar, un mundo de vida nueva donde él también desea entrar para alcanzar la vida verdadera.

Y también hoy ningún instrumento, por más importante que sea, tiene el poder que sólo Cristo tiene: el poder de darnos la salvación.

Oración:

“Mi Señor, concédeme valentía y entrega para saber indicar a los demás que tú estás presente, que tú traes otra vida, que tú nos ofreces un Reino que lo supera todo. Y dame la gracia de ser un simple mensajero, que renuncie a ocupar el centro para que seas tú el que se destaque, el que reine glorioso en este mundo”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día