Virgen de la O

1.- «Esto dice el Señor: Pero tú Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel» (Mi 5, 1) Belén, la ciudad de David. Belén de Judá: la ciudad señalada con el dedo de Dios. Perdida en la historia de los patriarcas y renacida luego por ser cuna del rey David, el de palabras encendidas y de nobles sentimientos; también asesino y adúltero, pero profundamente arrepentido… El profeta Miqueas contempla extasiado cómo en este pueblo, cuyo nombre significa «Casa del pan», nacerá el Mesías, ese Pan bajado del cielo, ese Niño de ojos grandes, con luz de estrellas en la mirada y alegría de Dios en su reír.

Belén, Navidad, Nochebuena. Palabras mágicas que despiertan en el alma mil recuerdos entrañables. Navidad, dulce nostalgia. Fuego de hogar, comidas y cenas con toda la familia presente, con huecos disimulados para los que se fueron ya; con la sensación, alegre y triste al mismo tiempo, de una noche fría en la calle y tibia dentro de casa.

Paz, paz en la tierra. Esta noche las armas están dormidas; esta Manuel noche ha despertado el Amor. Sí, más aún: ha nacido Dios, el que es Amor. Su nombre Manuel-Jesús, Dios-con-nosotros y Salvador… Una música, compuesta en mil idiomas distintos, canta, alegra y ensalza la aventura de este Dios-Amor, hecho un niño pequeño… Gracias por todo. Toma cuanto tengo. Yo quiero ser -díselo tú también- un pastor de Belén. Llevar mis manos cargadas de cosas bonitas para el Niño. Quiero llenar de canciones el corazón, quiero colmar de versos la vida entera. Llegar hasta Belén, alegre y jubiloso, para hacerte reír, mi Niño pequeño, para acallar tu llanto, para que tu nos mires y tu mirada llene de luz nuestra oscura tierra.

«Los entrega hasta que la madre dé a luz y el resto de sus hermanos retornarán a los hijos de Israel» (Mi 5, 2) Hace tiempo que María sintió en su seno el primer latido de su Hijo. Momento inolvidable, emoción serena de la maternidad. Dios en su cuerpo. Nueva Arca de la Alianza que guarda el Maná llovido de lo alto. En el silencio de la historia, lejos de los grandes hechos que ocupaban los anales de los cronistas de la época. En el secreto del corazón joven de una dulce muchacha hebrea.

Ahora falta menos. La espiga está ya granada. La granada está ya abierta. Y María camina con paso cansado por las calles de Belén, apoyada en José. La noche vendrá luego, cargada de frío y de miedos. Allá en la ladera de una colina, en la cueva de los pastores, nacerá su Hijo. El Hijo del Altísimo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios.

María, la Virgen Madre, la mujer coronada de estrellas, la nueva Eva, la bendita entre todas las mujeres: Dios te salve… Ella ha sido la escogida, la predilecta, escondida como estaba, humilde como era, tan amiga del silencio, tan sencilla como una aldeana, tan limpia como el agua clara. La Madre de Dios. ¡Qué más decir!, ¡qué más imaginar! Sólo nos queda mirar absortos, rendidos, orgullosos y agradecidos por tenerte como algo muy nuestro, hija, y también madre de esta humanidad; tan grande y tan pequeña… Navidad: la noche en que María dio a luz, trayendo al mundo la luz del cielo. Navidad: la noche de la paz y del recuerdo. Navidad…

2.- «Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades» (Sal 88, 2) Cantar llenos de gratitud, prorrumpir en alegres canciones. Esta es la reacción lógica de quien percibe, aunque sólo sea por unos momentos, la magnanimidad de Dios, su compasión honda, su misericordia incansable. Y si no percibimos, ni siquiera por un momento, esa magnanimidad de modo que nos haga temblar de veneración y de agradecimiento, creamos al menos, con una fe fría y desnuda quizá, en ese amor tantas veces demostrado de este Dios y Padre nuestro que, en el colmo de su amor por el hombre, le ha entregado a su Hijo, el Amado, para que sea uno de nosotros y nazca pobre como el más pobre, y muera desgraciado como el más desgraciado…

En estos días, cuando tan próxima está ya la presencia de ese Niño de Belén, su recuerdo vivo nos ha de suscitar de nuevo sentimientos de paz honda, movimientos de amor rendido, deseos de cantar villancicos ante la riqueza de amor de quien quiso nacer en la pobreza de un pesebre, en el silencio y la oscuridad de una noche cualquiera.

«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: te fundaré un linaje perpetuó”’ (Sal 88, 4-5) Después de la muerte del rey David, las promesas de una dinastía perenne comienzan a cumplirse en su hijo Salomón. Pero pronto la sabiduría de este rey se tornó en necedad al soplo de sus pasiones y de su ambición. Pero Dios había dado su palabra y él no fallaría, a pesar de todo. Y tras aquellos reyezuelos que se suceden entre intrigas y odios, tras muchos siglos y acontecimientos, entre guerras y cismas, nació el Esperado, llegó el que había de venir, el Mesías, Cristo Jesús.

Sobre Sión, mi monte santo, yo he constituido a mi Rey, dice el salmista en otro lugar. Y continúa: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Y así, tras la apariencia conmovedora de un niño se esconde el Rey de Israel, el Rey de reyes. Ojalá lo sepamos descubrir como lo descubrieron los pastores de los campos de Belén. Sigamos presurosos sus pasos y corramos hasta el portal a ofrecerle nuestros dones, nuestro arrepentimiento, nuestros deseos y propósitos de enmienda, nuestra pequeñez y nuestra miseria.

3.- «No quisiste sacrificios ni oblaciones; pero me has preparado un cuerpo…» (Hb 10, 5) Dios ha rechazado los sacrificios que Israel le ofrecía en el templo. Ante todo porque, a veces, no eran sacrificios sinceros, nacidos de una auténtica religiosidad. Ofrecían aquellos sacrificios con la idea de que así aplacarían a Dios, y podrían seguir sus vidas de espaldas a los Mandamientos de la Ley divina. Pero además ocurría que aquellos sacrificios eran provisionales, sacrificios que habían de pasar y quedar sin vigencia ante el sacrificio definitivo de Cristo en la cruz.

Jesucristo es la víctima perfecta que lleva a cabo el sacrificio que redime a la humanidad entera. Su cuerpo fue un día sacrificado sobre el Monte Calvario. Y ese sacrificio, voluntariamente aceptado por Cristo, es el que libera a los hombres de las cadenas del pecado… Después ya no habrá más sacrificios ante Dios. El mismo sacrificio de la cruz se renueva en cada Misa que el sacerdote celebra «in persona Christi», en la persona de Cristo. Y es que aunque la Redención se realizó en el Calvario, la aplicación de esa salvación se lleva a cabo a través de los sacramentos, y especialmente con el de la Eucaristía, fuente y origen de todos los demás.

«En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados por la oblación de Jesucristo… “(Hb 10, 10) El sacrificio de Cristo borró nuestra culpa. De ser enemigos de Dios hemos pasado a ser hijos suyos. Estábamos manchados y Cristo nos lavó con su sangre, y de ser hombres impuros, hemos sido hechos hombres santos, sellados con la marca de lo divino. En efecto, después de nuestro bautismo hemos sido incorporados al pueblo santo, a la familia de Dios. Y esta santificación tiene que repercutir en nuestra vida, ha de notarse en nuestra manera de comportarnos. No quiere esto decir que hayamos de separarnos de los hombres, que todos tengamos que abandonar el mundo. Ni mucho menos. De lo que se trata es de estar en el mundo sin ser del mundo; de vivir todos los afanes de los hombres y de extirpar lo que pueda haber de menos noble, dando a todas las actividades humanas el tinte de nuestra vida cristiana.

Hacer que todo sea limpio y bello a los ojos de Dios. Hacer de cada profesión un camino de santidad; hacer de cada momento una oblación grata al Señor, un trabajo bien hecho que redunde en provecho de cuantos conviven con nosotros. Hacer del vivir cotidiano un sacrificio que, unido al sacrificio definitivo de Cristo, contribuya eficazmente al bien y la felicidad de todos.

4.- «En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá…» (Lc 1, 39)

El evangelio de hoy nos sumerge de lleno en el gran acontecimiento de todos los tiempos: la Navidad. Ya había comenzado la emocionante epopeya del amor divino, el misterio insondable de la Encarnación. En efecto, en las entrañas de Santa María, la siempre Virgen, había comenzado a latir un germen de vida que un día llegaría a ser el Mesías y Redentor del mundo. Como todo hombre que comienza su gestación en el seno materno, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, había iniciado su bella historia en el tiempo.

Otro hombre latía también en estado de gestación en el seno de otra mujer, Isabel, la de Zacarías. Otra vida comenzaba su propia singladura, cortada un día, tiempo después, por el capricho de una danzarina y la crueldad de un rey adúltero. Pero antes el Bautista cumpliría su gloriosa misión, la de preparar los caminos al Rey mesiánico, el Rey de reyes y Señor de señores. La vida de un niño que empieza en el seno materno, esas circunstancias tan maternales y hogareñas, nos han de recordar el valor de esos seres vivos ya en su fase embrional, y. que es inconcebible la crueldad de una madre desnaturalizada, capaz de matar a su propio hijo y hacerlo en su propio vientre. Emboscada de muerte cuando lo que tenía que ser recoveco entrañable y cálido de vida.

La emoción y la ternura de la madre que espera ilusionada a su querido hijo ha sido sacralizada, por decirlo así, en la devoción popular que la Iglesia ratificó con su liturgia. En efecto, los días que preceden a la Navidad son los días de la Virgen de la O. ¡Oh!, exclamación gozosa y llena de admiración ante la grandeza de ese Niño que va a nacer, y que a partir del día diecisiete de diciembre, el oficio de Vísperas va repitiendo en sus antífonas al «magnificat», al tiempo que aclama al Mesías como Sabiduría divina, Dios y Jefe de la casa de Israel, Raíz de Jesé y llave de David, Sol naciente y Rey de los pueblos, el Emmanuel prometido y deseado.

Días entrañables se acercan, días de amor y de hogar, días para renovar nuestros deseos de querer más y mejor a todos, especialmente a los que forman parte de nuestra propia familia de sangre y de espíritu, días de gozo limpio y sereno, de acción de gracias a este Dios y Señor nuestro que, siendo tan alto, tan bajo ha descendido para estar con nosotros. Que la llegada del Niño nos anime en nuestra lucha por corresponder con amor, cuajado en obras, a tan grande y profundo amor como Dios nos ha demostrado, al dejar la mansión de la Luz y bajar al oscuro valle de las lágrimas, para iluminarlo y hacer nacer con él la más alegre y firme esperanza.

Antonio García Moreno