Gozo

Parece claro que Lucas construye este relato -los llamados “relatos de la infancia” son construcciones teológicas- con el objetivo de subrayar, desde el inicio mismo, uno de sus temas preferidos: el gozo. Y lo hace desde una doble perspectiva: Jesús como causa de gozo -incluso antes de nacer, ya hace saltar de alegría a Juan todavía en el vientre de su madre- y la fe como fuente de dicha permanente, según las palabras que Isabel dirige a María.

Al hablar de gozo, en el lenguaje habitual, podemos referirnos a una cualidad relativa a nuestro estado de ánimo, que tiene su polo opuesto en la pena o la tristeza. Y en ese nivel psicológico, es normal que ambos sentimientos se alternen, debido a la impermanencia que caracteriza de modo inexorable el mundo de las formas, donde todo es polar.

Sin embargo, ese mismo término apunta también a otra realidad que trasciende la impermanencia y, por tanto, es transpersonal, estable y no conoce opuesto: es el Gozo-sin-objeto o incondicionado, que experimentamos en nuestra dimensión profunda o espiritual.

Este Gozo no es ya una cualidad que tengamos o podamos perder, así como tampoco depende de alguna circunstancia que pudiera acontecer. Se trata de una realidad transpersonal: no somos, por tanto, sujetos del mismo, sino que es él la realidad que nos sostiene.

En cuanto realidad transpersonal, no conoce opuesto, sino que abraza en su seno tanto el gozo como la pena o tristeza: es no-dual. Y en cuanto tal, trasciende el mundo de las formas y la le ley de polaridad y de la impermanencia.

El Gozo no se apoya en ningún objeto, material o inmaterial -bienes, poder, prestigio, salud, relaciones de diverso tipo, creencias religiosas…-; porque todo objeto es impermanente y, por tanto, incapaz de sostener nada de manera estable.

Más aún, como realidad transpersonal, el Gozo no necesita ser sostenido por otra cosa. Él mismo es autoconsistente. Es uno con el fondo de lo real. Constituye, por tanto, nuestra verdadera identidad. En el nivel profundo, somos Gozo. No tenemos, por tanto, que “fabricarlo” ni sostenerlo, sino únicamente reconocerlo. Eso es lo que nos otorga la comprensión profunda.

En ese camino de reconocimiento ocupa un lugar destacado adiestrarnos a acallar la mente pensante, ya que ella, alejándonos de la comprensión de nuestra verdadera identidad, es la fuente de preocupaciones y de sufrimientos. Silenciada la mente pensante, ¿qué puede quitarnos el Gozo que somos?

En mi día a día, ¿dónde busco la fuente del gozo?

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Al hablar del Gozo-sin-motivo, ¿cómo no recordar las palabras de Francisco de Asís sobre la “verdadera alegría” o la “alegría perfecta”? Tras descartar que la alegría perfecta se halle vinculada al reconocimiento ni al éxito, Francisco cuenta esta narración:

“Vuelvo de Perusa y, en medio de una noche cerrada, llego aquí; es tiempo de invierno, está todo embarrado y hace tanto frío, que en los bordes de la túnica se forman carámbanos de agua fría congelada que golpean continuamente las piernas, y brota sangre de las heridas. Y todo embarrado, aterido y helado, llego a la puerta; y, después de golpear y llamar un buen rato, acude el hermano y pregunta:

– ¿Quién es?

Yo respondo:

– El hermano Francisco.

Y él dice:

– Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino; no entrarás.

Y, al insistir yo de nuevo, responde:

– Largo de aquí. Tú eres un simple y un inculto. Ya no vienes con nosotros.   Nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

Y yo vuelvo a la puerta y digo:

– Por amor de Dios, acogedme por esta noche.

Y él responde:

– No lo haré. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí.

Te digo que, si hubiere tenido paciencia y no me hubiere turbado, en esto está la verdadera alegría, y la verdadera virtud y salud del alma”.

Enrique Martínez Lozano

Discernir entre muchas posibilidades y caminar juntos

Dos cosas quiero resaltar de la visita de María a Isabel, que narra el evangelio de Lucas. La primera es la decisión de María de ponerse en camino. La segunda es la importancia de la alegría celebrada, compartida y que genera una comprensión de la situación concreta y de la historia en clave profética.

El discernimiento acerca de nuestras acciones es una constante sobre todo en momentos especiales de la vida: ¿Qué tenemos que hacer? Y nos encantaría recibir -desde fuera- una respuesta clara, concisa y directa. Pero el discernimiento en el Espíritu no suele ser tan fácil y no suele haber una receta precisa, sino que se presentan incontables posibilidades y cada uno en particular puede elegir diferentes caminos. Además, no siempre sabemos hacia dónde nos conduce cada decisión y no podemos predecir las consecuencias directas e indirectas de nuestros actos. El itinerario no esta diseñado de antemano; está por hacerse y por inventarse. María decide ir a visitar a su prima. Ello implica tiempo de camino, de peregrinación, de estadía fuera de casa y de vuelta al camino. No es una acción sencilla para una mujer embarazada que asume aparentemente sola el reto.

El segundo aspecto es que el encuentro, el camino y sobre todo la alegría celebrada ofrece un modo de comprender la realidad muy específico. Las mujeres, según este relato, se alegran, cantan y recuerdan los textos de sus antepasadas en la fe, según sus escritos sagrados. Cantan juntas, con las voces de sus antepasadas y de este modo la realidad cobra nueva luz para ellas y para todos los demás. Se vuelven profetas para todas las generaciones.

El Adviento es para nosotros un tiempo especial para este discernimiento: ¿Qué hacer? ¿Cómo mejorar? Y nos habla de la conversión como un proceso continuo de atención a la Palabra y a lo que nos pasa y, sobre todo, a las personas que nos rodean.

Pero la conversión no consiste solamente en un proceso individual. Como comunidad reunida, que celebra, como Iglesia que camina en un proceso de conversión continua y estructural, vivimos en una ekklesia semper reformanda, tanto en estilos, en horarios, en estructuras…

En este tiempo, a esta característica de la Iglesia en movimiento, que celebra y que se alegra, se la caracteriza por iniciativa del papa Francisco, con la categoría de sinodalidad. En esta situación, tal vez las palabras proféticas y que invitan a la conversión podrían sonar algo así: ”Aprendamos a caminar juntos”. “Que cada uno discierna su propia vocación y ejerza el ministerio que le ha sido asignado”. “Alegrémonos y hagamos fiestas con los demás”. “Tomemos parte en este proceso de renovación eclesial y no nos mantengamos al margen”. “Escuchemos y demos lugar a los carismas de los otros”. “Construyamos la casa común; seamos partícipes de esta ciudadanía eclesial”.

Paula Depalma

II Vísperas – Domingo IV de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO IV de ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, ven, Señor, no tardes.
Ven, ven, que te esperamos.
Ven, ven, Señor, no tardes,
ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos,
el mundo no tiene amor.

Envuelto en sombría noche,
el mundo, sin paz, no ve;
buscando va una esperanza,
buscando, Señor, tu fe.

Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo,
al mundo le faltas tú. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Contemplad cuán glorioso es el que viene a salvar a todos los pueblos.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Contemplad cuán glorioso es el que viene a salvar a todos los pueblos.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Lo torcido se endereza, lo escabroso se iguala: ven, Señor, y no tardes más. Aleluya.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lo torcido se endereza, lo escabroso se iguala: ven, Señor, y no tardes más. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Se dilatará su principado con una paz sin límites. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Se dilatará su principado con una paz sin límites. Aleluya.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.

PRECES

Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, que viene a salvar a todos los hombres y digámosle confiadamente:

Ven, Señor, Jesús

Señor Jesucristo, que por el misterio de la encarnación manifestaste al mundo la gloria de tu divinidad,
— vivifica al mundo con tu venida.

Tú que participaste de nuestra debilidad,
— concédenos tu misericordia.

Tú que viniste humildemente para salvar al mundo de sus pecados,
— cuando vuelvas de nuevo con gloria y majestad, absuélvenos de todas las culpas.

Tú que lo gobiernas todo con tu poder,
— ayúdanos, por tu bondad, a alcanzar la herencia eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que estás sentado a la derecha del Padre,
— alegra con la visión de tu rostro a nuestros hermanos difuntos.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

María es portadora de la divinidad

Esos textos no podemos tomarlos como si fueran crónicas de sucesos. Son teología narrativa. Que el texto se ajuste más o menos a los hechos, que sea totalmente inventado o que tenga como fundamento mitos ancestrales, no tiene importancia ninguna. Lo importante es descubrir el mensaje que el autor ha querido transmitir. Si fueran noticias de un suceso, nos daríamos por enterados y punto. Si son teología, nos obliga a desentrañar la verdad que sigue siendo válida. Este texto es uno de los más densos y profundos de Lucas.

Hemos leído los textos desde una perspectiva equivocada. Ni María sabía que había engendrado al “Hijo de Dios” ni Isabel que llevaba en su seno la Precursor. No tiene ninguna verosimilitud que noventa años después del suceso, alguien se acuerde de una visita a una prima, mucho menos que recuerde las palabras que se dijeron. No digamos nada si imaginamos a María, arrancándose con el magníficat, recitado palabra por palabra. No, el relato nos está trasmitiendo lo que pensaban los cristianos de finales del siglo primero.

En el texto todo son símbolos. La primera palabra en griego es ‘anastasa’, que significa levantarse, resurgir, que se ha pasado por alto en la traducción oficial. Es el verbo que emplea el mismo Lucas para indicar la resurrección. Significa que María resucita a una nueva vida y sube a la “montaña”, el ámbito de lo divino. Pensamos que la madre da la vida al hijo. Aquí es el Hijo el que da vida a la madre. Inmediatamente, la madre lleva al que le ha dado esa vida, a los demás, es decir da a luz al Hijo. Eckhart decía con gran atrevimiento: todos estamos preñados de Dios y la principal tarea de todo cristiano es darle a luz.

La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. La subida de Galilea a Judá nos está adelantando la trayectoria de la vida pública de Jesús. También el Arca de la alianza recorrió el mismo camino por orden de David. El relato está calcado del libro de Samuel II que narra el traslado del arca de la ciudad de Baalá al monte Sion. David dijo: ¿Quién soy yo para que me visite el arca de mi Señor? El arca permaneció tres meses en casa de Obededón de Gat. En la llegada del arca hubo saltos de alegría. El Señor llenó de bendiciones a la casa de Obededón. Hubo cantos y anuncios de liberación.

Lo sublime se digna visitar a lo pequeño. El Emmanuel se manifiesta en el signo más sencillo. El AT y el nuevo se encuentran y se aceptan, fuera del marco de la religiosidad oficial. Desde ahora Dios lo debemos encontrar en lo cotidiano, en la vida. Jesús, ya desde el vientre de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría. Todo quiere indicar que la verdadera salvación siempre repercutirá en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará. La visita comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que Isabel llevaba en su vientre. Se descubre el empeño por dejar a Juan por debajo de Jesús.

Si leemos con atención, descubriremos que todo el relato se convierte en un gran elogio a María. Y es el mismo Espíritu el que provoca esa alabanza: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” ¿Cuántas veces hemos repetido esta alabanza? “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” “Dichosa tú que has creído”. Creer no significa la aceptación de verdades, sino confianza total en un Dios, que siempre quiere lo mejor para el ser humano. A continuación, María pasa al elogio de Dios con el canto de “el Magníficat”.

Lo que intentan estos relatos de la infancia de Jesús es presentarlo como una persona de carne y hueso, aunque extraordinaria ya desde antes de nacer. Cuando afirmamos que esos relatos no son históricos no queremos decir que Jesús no fue una figura histórica. El NT hace siempre referencia a una historia humana concreta, a una experiencia humana única. Sin esa referencia al hombre Jesús, el evangelio carecería de todo fundamento. Ahora bien, el lenguaje que emplea cada uno de los evangelistas es muy distinto. Basta comparar los relatos de Mateo y Lucas con el prólogo de Juan, para darnos cuenta de la abismal diferencia.

La novedad que se manifiesta en María, no elimina ni desprecia la tradición, si no que la integra y transforma. El relato está haciendo constantes referencias al AT. En ningún orden de la vida, debemos vivir volcados hacia el pasado porque impediríamos el progreso. Pero nunca podremos construir el futuro destruyendo nuestro pasado. El árbol no crece si se cortan las raíces. Lo nuevo, si no integra y perfecciona lo antiguo, nunca prosperará.

A la vivencia de Jesús, hace referencia la carta de Pablo. Jesús no es un extraterrestre, sino un ser humano como nosotros, que supo responder a las exigencias más profundas de su ser. La clave está en esa frase: «Aquí estoy para hacer tu voluntad.» No se trata de ofrecer a Dios “dones” o “sacrificios”. Se trata de darnos a nosotros mismos. Esa actitud es propia de una persona volcada sobre lo divino que hay en ella. Pablo contrapone la encarnación al culto. Dios no acepta holocaustos ni víctimas expiatorias. Solo haciendo su voluntad, damos verdadero culto a Dios. En Juan, dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”.

Los primeros cristianos no llegaron a la conclusión de que Jesús era Hijo de Dios porque descubrieron en Él la “naturaleza” de Dios sino porque descubrieron que Jesús cumplió su voluntad. Hacía presente a Dios en lo que era y lo que hacía. Para el pensamiento semítico, ser hijo no era principalmente haber sido engendrado sino el reflejar lo que era el padre, cumplir su voluntad, imitarle. Esa fidelidad al ser del padre convertía a alguien en verdadero hijo. Descubrir esto en Jesús, les llevó a considerarlo, sin duda alguna, Hijo de Dios.

Esa voluntad no la descubrió Jesús porque tuviera hilo directo con Dios fuera. Como cualquier mortal, tuvo que ir descubriendo lo que Dios esperaba de él. Siempre atento, no solo a las intuiciones internas, sino también a los acontecimien­tos y situaciones de la vida, fue adquiriendo ese conocimiento de lo que Dios era para él, y de lo que él era para Dios. ‘La voluntad de Dios’ no es algo venido de fuera y añadido. Es nuestro ser en cuanto proyecto y posibilidad de alcanzar su plenitud. De ahí que, ser fiel a Dios es ser fiel a sí mismo.

En todas las épocas y todos los seres humanos han intentado hacer la voluntad de Dios, pero era siempre con la intención de que el “Poderoso” hiciera después la voluntad del ser humano. Era la actitud del esclavo que hace lo que su dueño le manda, porque es la única manera de sobrevivir. Es una pena que después del ejemplo que nos dio Jesús, los cristianos sigamos haciendo lo mismo de siempre, intentar comprar la voluntad de Dios a cambio de nuestro servilismo. En esa dirección van todas nuestras oraciones, los sacrifi­cios, las promesas, votos.

Salvación y voluntad de Dios son la misma realidad. Jesús, como ser humano, tuvo que salvarse. Para nuestra manera de entender la encarnación, esta idea resulta desconcertante. Creemos que salvarse consiste en librarse de algo negativo. La salvación de Dios no consiste en quitar sino en poner plenitud, En todo ser humano está ya la plenitud como un proyecto que tiene que ir desarrollando. Jesús llevó ese proyecto al límite. Por eso es el Hijo.

Fray Marcos

¿Cómo vivir la Navidad?

Cuando falta poco para estas fiestas, las lecturas nos ofrecen tres ejemplos excelentes para vivir su sentido y un mensaje de esperanza.

El ejemplo de Isabel: alabanza, asombro, alegría (Lucas 1,39-45)

Aunque en el relato del evangelio la iniciativa es de María, poniéndose en camino hacia un pueblecito de Judá, los verdaderos protagonistas son Isabel, la única que habla, y Juan, el hijo que lleva en su seno. Es este el primero en reaccionar, antes que su madre. En cuanto oye el saludo de María (Lucas no cuenta qué palabras usó para saludar) da un salto en el seno de Isabel. Esta, llena de Espíritu Santo, expresa los sentimientos que debe tener cualquier cristiano ante la presencia de Jesús y María.

Alabanza (“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”). El Antiguo Testamento recoge la alabanza de algunas mujeres, pero por motivos muy distintos. Yael es proclamada “bendita entre las mujeres” por haber asesinado a Sísara, general de los enemigos; Rut, por haber elegido a Booz, a pesar de no ser joven; Abigail, por haber impedido a David que se tomara la justicia por su mano; Judit, por haber matado a Holofernes y liberado a Israel; Sara, la esposa de Tobit, por haber abandonado a sus padres para venir a vivir con la familia de Tobías. ¿Qué ha hecho María para que Isabel la bendiga? El relato de la anunciación lo deja claro: ha aceptado el plan de Dios (“he aquí la esclava del Señor”) y eso la ha convertido en madre de Jesús o, como dirá Isabel, en “la madre de mi Señor”. Motivo más que suficiente de alabanza.

Asombro (“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”). La forma de expresarse Isabel, tan personal, recuerda lo que escribió san Pablo a los Gálatas a propósito de la muerte de Jesús: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Se deja en segundo plano el valor universal de la encarnación y de la muerte para destacar lo que significan para mí. La Navidad, celebrada año tras año durante siglos, corre el peligro de convertirse en algo normal. No nos asombramos de esta venida de Jesús a mí, como si fuera la cosa más lógica del mundo. Buen momento para detenernos y asombrarnos.

Alegría (“la criatura saltó de gozo en mi vientre”). Lucas termina por donde empezó: hablando de la reacción de Juan. Pero ahora añade que el salto en el vientre de su madre lo provocó la alegría de escuchar el saludo. Los domingos anteriores han insistido en el tema de estar siempre alegres. Lo específico de este evangelio es que la alegría la provoca la presencia de María y de Jesús.

Estos tres sentimientos los inspira, según Lucas, el Espíritu Santo; ya que generalmente no lo tenemos tan presente como debiéramos, es este un buen momento para pedirle que los infunda también en nosotros.

El ejemplo de María: fe

Las palabras de Isabel, que comienzan con una alabanza de María y de Jesús, terminan con otra alabanza de María: “¡Dichosa tú que has creído!” Y esto debe hacernos pensar en la grandeza del misterio que celebramos. No es algo que se pueda entender con argumentos filosóficos ni demostrar científicamente. Es un misterio que exige fe. Para muchos, como decía el cardenal Newman, la fe es “la capacidad de soportar dudas”. Para María es fuente de felicidad. Lo será siempre, a pesar de las terribles pruebas por las que debió pasar. En ese camino misterioso de la fe, ella se nos ofrece como modelo.

El ejemplo de Jesús: cumplir la voluntad de Dios (Hebreos 10,5-10)

En la mentalidad del pueblo, y de gran parte del clero de Israel, lo más importante en la relación con Dios era ofrecerle sacrificios de animales y ofrendas. En el fondo latía la idea de que Dios necesita alimentarse como los hombres. Los profetas, y también algunos salmistas, llevaron a cabo una dura crítica a esta mentalidad: lo que Dios quiere no es que le ofrezcan un buey o un cordero, sino que se cumpla su voluntad. Esta idea la recoge el autor de la Carta a los Hebreos y la pone en boca de Jesús (“Aquí estoy para hacer tu voluntad”), completándola con otra idea: los sacrificios de animales no tenían gran valor, había que repetirlos continuamente. En cambio, cuando Jesús se ofrece a sí mismo, su sacrificio es de tal valor que no necesita repetirse. Los sacrificios de animales pretendían establecer la relación con Dios, sin conseguirlo plenamente. El sacrificio de Jesús establece esa relación plena al santificarnos.

Al mismo tiempo, el ejemplo de Jesús nos enseña a poner el cumplimiento de la voluntad de Dios por encima de todo, de acuerdo con lo que repetimos a menudo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Un anuncio (Miqueas 5,1-4)

Este breve oráculo del libro de Miqueas es famoso porque lo cita el evangelio de Mateo cuando los magos de Oriente preguntan dónde debía nacer el Mesías. El texto se dirige a personas que han vivido la terrible experiencia de la derrota a manos de los babilonios, el incendio de Jerusalén y del templo, la deportación, la desaparición de la dinastía davídica. La culpa, pensaban muchos, había sido de los reyes, los pastores, que no se habían comportado dignamente y habían llevado a cabo una política funesta. En medio del desánimo y el escepticismo, el profeta anuncia la aparición de un nuevo jefe, maravilloso, que extenderá su grandeza hasta los confines del mundo y procurará la paz y la tranquilidad a su pueblo. Pero no será como los monarcas anteriores, será un nuevo David. Por eso no nacerá en Jerusalén, sino en Belén.

Resumen

Lo que relaciona las lecturas de este domingo es la misión de Jesús y los frutos que produce. La de Miqueas anuncia que su misión consistirá en ser jefe (pastor) de Israel, procurándole al pueblo la tranquilidad y la paz. En la Carta a los Hebreos, su misión es cumplir la voluntad del Padre; gracias a eso ha restaurado nuestra relación con Dios, nos ha santificado. En el evangelio, la misión no la lleva a cabo Jesús, sino María; su simple presencia provoca una reacción de alabanza, asombro y alegría en Isabel y Juan.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo IV de Adviento

(Lc 1, 39-45)

La Virgen María aparece muy poco en los evangelios; su figura es muy discreta.

De hecho, este es uno de los pocos textos donde podemos encontrar una motivación clara para la devoción a María. Porque aquí no se destaca sólo la servicialidad de María,  que se acerca presurosa a socorrer a su prima Isabel. Lo que más se destaca es la actitud de Isabel ante María, una actitud de profunda veneración: “¿Quién soy yo para que la madre  de mi Señor venga a visitarme?” (v. 43).

Y esta actitud de humilde veneración se expresa también dirigiendo a la madre el mismo elogio que se dirige a su hijo Jesús: “Bendita tú… y bendito él” (v. 42). Finalmente, lo que Isabel destaca de María no es sólo el hecho de su maternidad, sino su fe: “Feliz de ti porque has creído” (v. 45).

Pero hay que destacar que esta actitud y estos elogios no proceden sólo de la sensibilidad de Isabel, no son reacciones meramente “humanas”, sino que proceden de la inspiración del Espíritu Santo en ella, ya que Isabel dijo esas palabras “llena del Espíritu Santo” (v. 41). Por lo tanto, es la acción del Espíritu Santo la que provoca la devoción a María en la Iglesia.

Y destaquemos también la alegría, el inmenso gozo que reina en esta escena. El niño de Isabel salta de alegría en el seno de su madre percibiendo la proximidad del Mesías, y María es declarada “feliz”. Ella, representando a todo el pueblo fiel, es la virgen alegre que había vislumbrado el profeta Sofonías: “Lanza gritos de alegría hija de Sión, alégrate y clama de gozo hija de Jerusalén… Yavé tu Dios está en medio de ti” (Sof 3, 14. 17).

En ella empiezan a cumplirse los antiguos anuncios de un júbilo inmenso.

Oración:

“Espíritu Santo, ilumina mi mente y toca mi corazón para que pueda venerar a la madre de mi Señor y amarla con el amor que Jesús le tiene. Y hazme experimentar ese gozo que llena su corazón santo y feliz”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – 19 de diciembre

Lucas 1, 5-25

Zacarías… Isabel… Ambos eran justos a los ojos de Dios.

Leeremos otra «anunciación», la del nacimiento de Juan Bautista. La vocación de Juan Bautista, el que «caminará delante de Dios» está preparada en el corazón y la vida de sus padres que «eran justos a los ojos de Dios» Responsabilidad de los padres y de las madres. En su modo de vivir, y antes del nacimiento y de la educación de sus hijos, ya están en juego otras vidas.

Te ruego, Señor, por todos los padres de la tierra. Que estén contentos de sus hijos y que sean conscientes de su tarea educativa que se enraíza ante todo en su modo de vida.

Isabel era estéril… A Zacarías le cuesta creer en un posible nacimiento, duda.

Humanamente, se comprende. «Soy un hombre viejo y mi mujer de edad muy avanzada». Normalmente ya no hay esperanza de fecundidad. Será pues un nacimiento excepcional como el de Jesús. Y San Lucas evoca algunos natalicios milagrosos del Antiguo Testamento: Isaac, nacido de Abraham de edad muy avanzada y de Sara, estéril… Samuel, que viene al mundo como un «don de Dios» a una pobre madre sin hijos., y luego José, y Samsón, etc. Un tema bíblico que anuncia el de la maternidad virginal de María: «no hay nada imposible para Dios».

No temas, Isabel te dará un hijo que será para ti objeto de gozo y de júbilo y muchos se regocijarán en su nacimiento.

¡La salvación comienza! Una sarta de alegrías empieza. Los evangelios de la infancia están inmersos en una atmósfera de alegría. Es el ambiente de Navidad y de Año Nuevo.

Caminará delante de Dios revestido del espíritu y de la virtud de Elías.

Recuerdo bíblico; Elías fue el primer profeta… el hombre celoso de la gloria de Dios… cuyo retorno se esperaba para proceder al “mesías”.

Juan Bautista, como sus padres, «caminará delante de Dios». ¿Camino yo en la presencia de Dios?

Para reunir los corazones de los padres con los de los hijos y conducir los incrédulos a la prudencia y fe de los hombres rectos a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto capaz de acogerle.

Maravillosa tarea: trabajar para Dios, preparar a los hombres para que sepan «acoger» a Dios. Recuerdo bíblico: el evangelista cita aquí una fórmula del profeta Malaquías (2, 6).

¿Trabajo yo también para Dios?

En el mundo de hoy hay «preparaciones». Por medio de una contemplación optimista, busco, en las corrientes actuales de la historia, lo que en germen se está preparando. ¿Participo en ello? Señor, Venga a nosotros tu reino.

Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, de quien he sido enviado a hablarte y a traerte esta feliz nueva.

“En la presencia de Dios”, “Delante de Dios”. La fórmula se repite sin parar en este comienzo del evangelio.

Reflexiono en lo que esta fórmula puede significar para mí. «Estoy delante de ti, ante tu mirada… luego, no estoy nunca solo».

«Buena nueva». Lo que viene de Dios ¡es bueno!

Me detengo a pensar en lo que me llega en este momento, y que debería ser una «buena nueva» si yo supiera ver más allá de las apariencias.

Y desde ahora quedarás mudo, por cuanto no has creído… «¡He aquí lo que el Señor ha hecho en mí!» decíase Isabel.

La duda de Zacarías lo condujo al silencio, hasta el día que cantará su «benedictus». Isabel, canta ya su acción de gracias en su corazón.

Noel Quesson
Evangelios 1

Lectio Divina – Domingo IV de Adviento

INTRODUCCIÓN

Hemos ido recorriendo el camino de la espera mesiánica de la mano de los antiguos profetas como Isaías y Miqueas. Y hemos evocado los caminos preparados por el anuncio vigoroso del Bautista, que preparaba los caminos para que llegara la Esperanza.

El cuarto domingo de Adviento ofrece a nuestra contemplación el tercero de los iconos: el de María de Nazaret, la madre de Jesús. Con toda la razón, la antigua liturgia hispana celebraba con solemnidad su fiesta principal el día 18 de diciembre.

Las antífonas mayores que acompañan desde ese día el canto del Magníficat comienzan con un “Oh” de asombro inexplicable ante el Esperado que se acerca. Y la doncella de la esperanza pasó a ser reconocida por el pueblo como la “Virgen de la O”.

El título popular no responde precisamente a la redondez de su vientre enfrutecido, sino a la admiración cósmica y humana que en sí recoge ante el misterio de la vida que lleva dentro. Como escribía San Agustín: «Dios se hizo vida en su vientre, porque antes se había hecho en su mente”.  (José Román Flecha).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Miq. 5,1-4ª.      2ª lectura: Heb.10,5-10.

EVANGELIO

San Lucas 1, 39-45:

En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

REFLEXIÓN

Ante la proximidad de la Navidad, ningún personaje nos puede ayudar tanto a prepararnos como la figura de María. Hoy vamos a detenernos en este bello texto de la Visitación a su prima Isabel. Nos llenaremos de gratas sorpresas.

1.- “En aquellos mismos días” No dice “en aquel día” o “al día siguiente” sino que ha habido unos pocos días en que María ha quedado rumiando, saboreando el misterio. La escena de la Anunciación terminaba así: “Y el Ángel la dejó”. La dejó en paz, la dejó en su mundo. Cuando alguien tiene una experiencia tan grande de Dios como María, hasta los mismos ángeles, estorban.  Nazaret ha sido el lugar privilegiado donde se ha concentrado todo el rumiar de la Palabra a través de los siglos. En el corazón de María se instaló el primer “Monasterio de vida contemplativa”. Pero es esta misma experiencia la que le empuja a ponerse en actitud de servicio.  María se levantó y se puso en camino. El servicio es lo suyo. Sabe que el Verbo se ha encarnado en ella. Es la madre del Hijo de Dios pero no se le han subido los humos a la cabeza. Es la de siempre, la servidora, y por eso va a visitar a su prima que la necesita. Y va con gozo, con prontitud, con garbo…Alguien ha descrito este viaje como “la primera procesión eucarística”. Podemos imaginar a María sumergida en una oración cósmica. Como el primer “Laudato si” de la historia. Como la mejor preparación antes de entonar el Magníficat. Canta con el sol, con la luna, con las estrellas, y también con los pájaros, con los montes, “con la acequia llena de agua, con los pastos del páramo, con las praderas cubiertas de rebaños, con los valles vestidos de mieses” (Sal. 64,13-14). Ella misma salta “con los montes que brincan como carneros y las colinas como corderos” (Sal 113,6). 

2.- Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. ¡Qué abrazo aquel! Son dos mujeres preñadas de historia que simbolizan dos alianzas, dos testamentos, dos pueblos: el antiguo y el nuevo. Y los dos se abrazan en un abrazo íntimo y estrecho.  El A.T. llevaba a Cristo en sus entrañas. Isabel agradece a María el servicio material de ayudarle a fregar unos platos o limpiar la casa, pero ante todo el servicio de la fe. “Dichosa tú, la creyente” la que me da el Espíritu, la que me habla de Dios. Todo servicio que hacemos a nuestros hermanos se quedará a mitad del camino si no le damos también el servicio de la fe.

3.– Los dos saltos de júbilo: el del niño Juan y el de su padre Zacarías.  El salto del niño Juan en el seno de su madre es como el salto de gozo de todo un pueblo que ha vivido con la esperanza puesta en el Mesías. Las mujeres del A.T. tenían una visión profética. Todas querían casarse y tener hijos para tener la posibilidad de que, de su descendencia, vendría el Mesías. Los patriarcas y los profetas desearon ver este día y no lo vieron. Y es ahora este niño el que recogerá las voces, los anhelos, las nostalgias de todo el pueblo y apuntará con su dedo: “Ese es el Cordero de Dios, el Mesías, el que quita el pecado del mundo” Así, con un salto de júbilo, con una cabriola de alegría, recibe Israel al Mesías. ¿Y el salto de Zacarías? No olvidemos que en esa casa de Isabel hay un sacerdote que no puede hablar. Se ha quedado mudo por no haber creído al Ángel. Es una especie de “castigo saludable”. En cambio, María entona el Magníficat como premio a su fe. Pero va a ocurrir algo sorprendente: el mudo, el incrédulo, va a recuperar el habla y lo va a hacer “saltando de gozo” entonando el Benedictus, un cántico paralelo al Magníficat. Nos preguntamos: ¿Quién ha hecho capaz a Zacarías de pasar de un increencia a una fe firme y entusiasta?   Por esa casa ha pasado María, la mejor catequista de todos los tiempos. Ella ha hecho posible que Zacarías diera el gran salto: del increencia a la fe. María no enseña con bonitos catecismos llenos de dibujos. María está llena de Dios y contagia a Dios por todos los poros de su ser. Algo tendrá que decirnos María en este nuestro tiempo de eclipse de Dios, de increencia, de pasotismo religioso.  

PREGUNTAS

1.- ¿Sé guardar el equilibrio de María al unir “contemplación y servicio”; “amor a Dios y a los hermanos”; “inmanencia y trascendencia”?

2.- ¿Caigo en la cuenta de que el verdadero servicio al hermano incluye necesariamente el servicio de la fe?

3.- ¿Estoy convencido de que la “mamá-catequista” es insustituible?

Este evangelio, en verso, suena así:

Dios, a los ojos humanos,
presenta cosas extrañas:
Convierte en madre a una “Virgen”
y a una marginada “anciana”.
Movida por el amor,
La “Virgen” va a la montaña.
Allí se encuentra a la “anciana”
tranquila , en su propia casa.
Son María e Isabel.
Más que primas, son “hermanas”.
Quieren compartir el gozo
de sentirse “embarazadas”.
La visita de María
llena la casa de gracia.
Isabel siente que el niño
salta alegre en sus entrañas.
Las “dos madres” se estremecen
en un canto de alabanza.
Dan gracias al Dios que mira
la humildad de “dos esclavas”.
Dios se acerca a nuestra puerta
y repica con la aldaba.
Sólo los pobres y humildes
responden a su llamada.
Pronto será Navidad.
Jesús buscará “posada”.
¡Ven, Señor! Ven a nacer
en nuestra humilde morada

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

¡Ven, Señor no tardes!

1. – Llegamos al final del Adviento, que termina hoy mismo cuando dentro de unas horas, esta noche, iniciemos la Misa del Gallo. Ahora hemos completado la iluminación del altar con la cuarta vela de nuestra corona. Surge la reflexión de que es –¿qué ha sido?– el Adviento para nosotros. Pero antes deberíamos centrar nuestro interés en ver perfecta secuencia todo el camino litúrgico de la llegada de Jesús.

Los textos de este cuarto domingo de Adviento son muy significativos. La profecía de Miqueas sobre Belén es muy hermosa y centra el lugar del nacimiento del Señor. El Salmo habla de que el Señor nos mire y nos salve. Y es que quedan pocas horas –como decía al principio– para el gran acontecimiento de la Navidad y debemos estar preparados. El evangelio de San Lucas nos cuenta el camino de María hacia las montañas de Judea para ver a su prima Isabel. Su hijo, desde su seno, –el futuro San Juan Bautista— saltará de gozo al escuchar la voz de la Virgen María. Y es que la escena de la Visitación debería ilustrar todas las campañas a favor de la vida y contrarías al aborto. Leyendo este fragmento de San Lucas se hace imposible de todo grado que un cristiano puede aceptar el aborto. El Niño Juan en el seno de Isabel saluda la llegada del Niño Dios en el seno purísimo de la Virgen Maria. Y por supuesto que habrá más razones y argumentos para defender la vida, pero esta, leída hoy es una muy bella. Y, en fin, que todo está preparado ya para el nacimiento de Jesús.

2. – Hemos esperado la llegada del Niño y eso es el Adviento. Pero es cierto que el tiempo se ha agotado y que el nacimiento de Dios hecho hombre ya está ahí. Su cercanía abre nuestros corazones al amor y a la concordia. El gran milagro –repetido anualmente– es que ese Niño ablanda los corazones de hombres y mujeres, y nos prepara para ser mejores, para estar más cercanos de sus semejantes. Los últimos días –las últimas horas– de este Adviento nos deben servir para no poner barreras entre los designios amorosos de Dios y nuestras capacidades para hacer al bien a todos. Estamos en situación de vigilia pacífica esperando la venida de Jesús y hemos de rogar, con toda nuestra fuerza, que cuando Jesús vuelva por segunda vez todos sus seguidores –todos, absolutamente todos los que mencionamos su Nombre– estemos unidos en la caridad.

3. – Es este un mundo de hombres y mujeres libres, abierto por Dios desde el mismo momento de la creación del hombre, la realidad impuesta por el hombre es contradictoria. Muchos no quieren la libertad. A los más les produce miedo. Y ese miedo a la libertad engendra muchos pecados. Pero la libertad es también una de las facultades más nobles del género humano. Su capacidad libre de decisión le hace grande. Será bueno o malo por el uso de su libertad. No podrá responsabilizar de sus pecados a nadie. Pero tampoco nadie podría borrarle el enorme mérito de hacer el bien libremente. Solo la omnipotente justicia de Dios puede haber previsto esa libertad total de su criatura. No debe, pues, asustarnos la libertad y usarla para convencer, no para obligar. En estos tiempos malos, en los que el llamado mundo exterior tiende a «cercar» a los cristianos, es cuando más le debemos pedir a Dios –al Niño Jesús– que la libertad reine y que lo haga para todos. Es la libertad de Maria al aceptar el anuncio del Ángel Gabriel para colaborar en la Redención del Mundo. Es la libertad de Juan para asumir la difícil misión de ser Precursor. Es, en definitiva, la libertad que nos ha traído a todos aquí, al templo, a celebrar en compañía y solidaridad las últimas horas de espera a la llegada del Señor.

4. – El Profeta Miqueas habla de Belén como el lugar destinado al nacimiento del Mesías. Y esta profecía estará muy presente en la historia de Israel, que espera su liberación por medio de ese personaje maravilloso. En tiempos de Jesús la figura del Mesías estaba vista como un jefe político dotado de fuerza sobrehumana que libraría al pueblo judío de su esclavitud. Pero la sabiduría de Dios preveía una libertad no temporal, si no espiritual y eterna. El Mesías que llegó venía a salvar almas y buscar la Gloria futura de los cuerpos. Y para nada pretendía sustituir un imperio por otro. La humildad y pobreza iba a rodear el Nacimiento del Niño Dios. Y sólo unos sencillos pastores verían su Gloria, en el ir y venir de los ángeles es la noche más maravillosa de la Historia. Todavía sigue sorprendiendo –generación tras generación—la humildad de la escena de Belén.

La misión del Mesías la va a prefijar muy bien el autor de la Carta a los Hebreos. Y es bueno que hoy –aquí y ahora—nosotros reflexionemos sobre dicha misión. Jesús es ofrenda permanente al Padre, desde el comienzo de su vida en la tierra y en la –también—consecución de su trabajo de Redentor: es un servicio al Padre como rey, profeta y sacerdote. Pero esas tres dedicaciones no pueden ser vistas con ojos humanos y con limitaciones históricas. Es rey de todo y todos y para siempre. Es profeta único: transmisor exactísimo de la única Verdad y es Sumo Sacerdote y Altar, que oficia como Dios y para Dios en beneficio del genero humano. Es muy oportuno recordar todo eso hoy cuando esperamos, aunque vivamos una espera tan corta.

Abramos nuestros ojos todo lo más que podamos. El prodigio de la Encarnación de Dios está a la vuelta de unas horas. Nuestra preparación ya debe ser total, humilde y esperanzada, apenas queda tiempo. Las lámparas han de tener aceite. El Señor está ahí. Ven Señor Jesús. Ya no tardas. Lo sabemos.

Ángel Gómez Escorial

¡Prepárate! ¡Listo! ¡Ya!

1.- No esperaba Isabel, la llegada de María. Quién sabe, si muchos hombres y mujeres, en esta próxima noche en la que el Señor amanecerá en la tierra, no tendrán interés alguno ni en que llegue, ni en saber el cómo ni porque llegó.

Santa Isabel, nos pregunta ¿Quién eres tú para que el Señor te visite? ¿Qué tiene de especial la tierra, para que Dios se rebaje tanto? ¿Qué encuentra Dios en el hombre, para humillarse de tal manera?

Tiene la necesidad de recuperarlo. De compartir con él su gran amor; de brindar su ser Dios y Padre.

¡Bendita Tú entre las mujeres! Fue el grito espontáneo de Isabel a María. Nosotros, en la antesala de la Navidad, con el “niño de la fe” que se mueve en nuestras entrañas, también hemos de piropear a la Virgen: ¡Bendita tú por siempre, María!

El encuentro de María con Isabel no ha quedado perdido en el espacio, ni en Ein Karem, ni por supuesto en el tiempo. Hoy, aquí y ahora, María se encuentra con nosotros para ayudarnos a descubrir el tesoro de la fe que, por lo que sea, puede estar oscurecido o demasiado escondido.

Hoy, como entonces, María se ha puesto en camino. Y, en este domingo IV de adviento, nos ayuda a alegrarnos por lo que está por venir; por lo que está por pasar; por lo que, Ella, ha sabido guardar y hacer crecer en los entresijos de Madre.

Si dos mujeres celebraron la gloria del Señor ¡cómo no celebrarlo nosotros en estas horas previas al anochecer más divino del año!

Si dos mujeres se abrazaron y se fundieron en un mismo Dios ¡cómo no abrazarnos nosotros y proclamar, con villancicos y con cantos, que el Señor es lo más grande que tenemos! ¡Lo más magnánimo que nos puede ocurrir! ¡Lo más colosal que nos puede pasar!

2.- En el día de la Inmaculada, María era la esclava del Señor. En este IV Domingo de Adviento, se alegra, salta de gozo, irradia alegría, contagia amor de madre porque se siente amada, poseída y….Madre de Dios. ¿Seremos capaces nosotros de manifestar lo que el corazón siente respecto a Dios? ¿Sentimos algo por El? ¿Sale, en voz nítida y franca, una loa sincera a María ¡bendita Tú entre todas las mujeres?

Hermanos. Estamos quemando el último cartucho de este tiempo de adviento. ¡Ojala nuestra vida interior crezca y se sensibilice, de tal manera en estos momentos, que el encuentro con María y con Isabel, nos ponga en movimiento hacia Belén!

No dejemos para el final el encuentro con Jesús. Hoy, nuestro abrazo con María, simboliza la esperanza de un pueblo que espera en Dios, que mira a Dios, que vuelve sus ojos al cielo, que desea salvación, que añora una paz que por nosotros mismos somos incapaces de alcanzar.

Así es, hermanos. Isabel es todo aquel creyente, toda aquella creyente, que sabe que en los que nos visitan viene el mismo Dios.

Isabel es aquel que disfruta cuando, un sexto sentido, percibe que un ALGUIEN llega para dar más esplendor a nuestra existencia.

Isabel es aquella, que con humildad se siente agraciado/a con la mejor lotería que un ser humano puede esperar: el número de la felicidad, el número del amor que nos trae Dios en la apariencia de un niño.

¿Quiénes somos nosotros para que nos visite la Madre del Señor? ¿Qué somos para que Dios haga tanto y arriesgue tanto?

Simplemente que somos importantes para El. Que disfruta con nuestras travesuras y que, una vez más, se desliza por el tobogán de la Navidad para que lo sepamos recoger con los brazos de la fe.

¡Prepárate! ¡Listo! ¡Ya! Dios está a la puerta! ¡Feliz encuentro con María que, en sus entrañas, nos trae tan Buena Noticia!

3.- ¿QUIÉN SOY YO?

Me miro y siento que soy témpano de hielo.
¿Y quieres venir por mí?
Observo mis días y son espinas levantadas
¿Y quieres nacer en mí?
Abro la casa de mi corazón y la encuentro desordenada
¿Y quieres sentarte a mi mesa?
Camino, lucho y busco de todo y por todo, menos a Ti
Y ¿todavía quieres salir a mi encuentro?

¿QUIÉN Y QUÉ SOY YO, SEÑOR?

Me levanto y siento que vivo mejor sólo y sin Ti
¿Y pretendes aún ser mi amigo, Señor?
Hablo y, en mis conversaciones, escasamente hablo de Ti
¿Y aún insistes en acercarte a mí?
Subo y bajo, disfruto y canto, lloro y sueño
¿Y sabes que raras veces lo hago por Ti?

¿QUIÉN Y QUÉ SOY YO, SEÑOR?

¿Qué tengo para que desciendas por una sima desagradecida?
¿Quién soy para que, año tras año, me recuerdes que me amas?
¿Qué soy para que, en la Nochebuena, te empequeñezcas tanto?
No sé, lo que soy, Señor.
Pero, en esta Navidad…ayúdame a descubrirlo
Enséñame el camino de la fe auténtica…para poder adorarte
Guíame con la estrella de los Magos….y pueda caer rostro en tierra
Sácame de mis pastos y valles…..y pueda vivir tu nacimiento

QUE ¿QUÉ SOY, SEÑOR?

Algo bueno debo de tener y, por eso mismo Jesús,
con Santa Isabel, digo y grito: ¡Bendita la Madre de Dios!
Esa Madre que, aún sabiendo de mi frialdad e indiferencia,
se digna visitarme para caldear la morada de mi corazón
para abrir las compuertas de mí conciencia
para ayudarme a descubrir que, Tú, eres el gran regalo de la Navidad.
Sólo sé, Señor, una cosa:
que me quieres..y que tu amor me hace sentir algo insuperable:
que te debo de importar mucho, cuando por mí, tanto haces.
Gracias, amigo y Señor.

Javier Leoz