¡Ven, Señor no tardes!

1. – Llegamos al final del Adviento, que termina hoy mismo cuando dentro de unas horas, esta noche, iniciemos la Misa del Gallo. Ahora hemos completado la iluminación del altar con la cuarta vela de nuestra corona. Surge la reflexión de que es –¿qué ha sido?– el Adviento para nosotros. Pero antes deberíamos centrar nuestro interés en ver perfecta secuencia todo el camino litúrgico de la llegada de Jesús.

Los textos de este cuarto domingo de Adviento son muy significativos. La profecía de Miqueas sobre Belén es muy hermosa y centra el lugar del nacimiento del Señor. El Salmo habla de que el Señor nos mire y nos salve. Y es que quedan pocas horas –como decía al principio– para el gran acontecimiento de la Navidad y debemos estar preparados. El evangelio de San Lucas nos cuenta el camino de María hacia las montañas de Judea para ver a su prima Isabel. Su hijo, desde su seno, –el futuro San Juan Bautista— saltará de gozo al escuchar la voz de la Virgen María. Y es que la escena de la Visitación debería ilustrar todas las campañas a favor de la vida y contrarías al aborto. Leyendo este fragmento de San Lucas se hace imposible de todo grado que un cristiano puede aceptar el aborto. El Niño Juan en el seno de Isabel saluda la llegada del Niño Dios en el seno purísimo de la Virgen Maria. Y por supuesto que habrá más razones y argumentos para defender la vida, pero esta, leída hoy es una muy bella. Y, en fin, que todo está preparado ya para el nacimiento de Jesús.

2. – Hemos esperado la llegada del Niño y eso es el Adviento. Pero es cierto que el tiempo se ha agotado y que el nacimiento de Dios hecho hombre ya está ahí. Su cercanía abre nuestros corazones al amor y a la concordia. El gran milagro –repetido anualmente– es que ese Niño ablanda los corazones de hombres y mujeres, y nos prepara para ser mejores, para estar más cercanos de sus semejantes. Los últimos días –las últimas horas– de este Adviento nos deben servir para no poner barreras entre los designios amorosos de Dios y nuestras capacidades para hacer al bien a todos. Estamos en situación de vigilia pacífica esperando la venida de Jesús y hemos de rogar, con toda nuestra fuerza, que cuando Jesús vuelva por segunda vez todos sus seguidores –todos, absolutamente todos los que mencionamos su Nombre– estemos unidos en la caridad.

3. – Es este un mundo de hombres y mujeres libres, abierto por Dios desde el mismo momento de la creación del hombre, la realidad impuesta por el hombre es contradictoria. Muchos no quieren la libertad. A los más les produce miedo. Y ese miedo a la libertad engendra muchos pecados. Pero la libertad es también una de las facultades más nobles del género humano. Su capacidad libre de decisión le hace grande. Será bueno o malo por el uso de su libertad. No podrá responsabilizar de sus pecados a nadie. Pero tampoco nadie podría borrarle el enorme mérito de hacer el bien libremente. Solo la omnipotente justicia de Dios puede haber previsto esa libertad total de su criatura. No debe, pues, asustarnos la libertad y usarla para convencer, no para obligar. En estos tiempos malos, en los que el llamado mundo exterior tiende a «cercar» a los cristianos, es cuando más le debemos pedir a Dios –al Niño Jesús– que la libertad reine y que lo haga para todos. Es la libertad de Maria al aceptar el anuncio del Ángel Gabriel para colaborar en la Redención del Mundo. Es la libertad de Juan para asumir la difícil misión de ser Precursor. Es, en definitiva, la libertad que nos ha traído a todos aquí, al templo, a celebrar en compañía y solidaridad las últimas horas de espera a la llegada del Señor.

4. – El Profeta Miqueas habla de Belén como el lugar destinado al nacimiento del Mesías. Y esta profecía estará muy presente en la historia de Israel, que espera su liberación por medio de ese personaje maravilloso. En tiempos de Jesús la figura del Mesías estaba vista como un jefe político dotado de fuerza sobrehumana que libraría al pueblo judío de su esclavitud. Pero la sabiduría de Dios preveía una libertad no temporal, si no espiritual y eterna. El Mesías que llegó venía a salvar almas y buscar la Gloria futura de los cuerpos. Y para nada pretendía sustituir un imperio por otro. La humildad y pobreza iba a rodear el Nacimiento del Niño Dios. Y sólo unos sencillos pastores verían su Gloria, en el ir y venir de los ángeles es la noche más maravillosa de la Historia. Todavía sigue sorprendiendo –generación tras generación—la humildad de la escena de Belén.

La misión del Mesías la va a prefijar muy bien el autor de la Carta a los Hebreos. Y es bueno que hoy –aquí y ahora—nosotros reflexionemos sobre dicha misión. Jesús es ofrenda permanente al Padre, desde el comienzo de su vida en la tierra y en la –también—consecución de su trabajo de Redentor: es un servicio al Padre como rey, profeta y sacerdote. Pero esas tres dedicaciones no pueden ser vistas con ojos humanos y con limitaciones históricas. Es rey de todo y todos y para siempre. Es profeta único: transmisor exactísimo de la única Verdad y es Sumo Sacerdote y Altar, que oficia como Dios y para Dios en beneficio del genero humano. Es muy oportuno recordar todo eso hoy cuando esperamos, aunque vivamos una espera tan corta.

Abramos nuestros ojos todo lo más que podamos. El prodigio de la Encarnación de Dios está a la vuelta de unas horas. Nuestra preparación ya debe ser total, humilde y esperanzada, apenas queda tiempo. Las lámparas han de tener aceite. El Señor está ahí. Ven Señor Jesús. Ya no tardas. Lo sabemos.

Ángel Gómez Escorial