De persona a persona

A mediados de noviembre se habló de un anteproyecto de ley para que los clientes de las empresas sean atendidos por una persona física y no por un robot. Una norma con la que se pretende acabar con los contestadores automáticos cuando llamamos a servicios públicos, consultas, etc., y que tan molestos resultan, porque somos personas y necesitamos sentirnos escuchados y atendidos personalmente: ningún robot, ningún servicio de mensajería instantánea, puede sustituir el diálogo personal, sobre todo cuando necesitamos tratar determinados temas personales.

El Evangelio de este cuarto domingo de Adviento nos ha presentado la escena de la “Visitación” de María a Isabel. Una escena muy conocida pero ante la que siempre debemos detenernos:

María ha recibido el anuncio del Ángel sobre su futura maternidad y la noticia del embarazo de Isabel, y se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña. María tiene una buena noticia para compartir pero no envía una carta o mensajero a Isabel: es Ella en persona quien quiere contárselo. ¿Qué hago cuando tengo algo bueno para compartir? ¿Cómo lo comparto: hablando personalmente, o realizando una llamada, o enviando un mensaje?

En cuanto Isabel oyó el saludo de María… se llenó Isabel de Espíritu Santo. El Espíritu que llena a María se “contagia” a Isabel, con lo que la alegría es compartida. ¿He tenido esta experiencia de que otra persona se haya llenado de alegría por compartir con ella algo bueno que me ha pasado?

Todo esto, a las puertas de la celebración de la Navidad, adquiere una mayor relevancia. La Navidad es celebrar que Dios se ha hecho hombre y ha nacido entre nosotros por nuestra salvación, es el comienzo de la Buena Noticia que culminará con su Pasión y Resurrección. Y, con motivo de la Navidad, en estos días se van a enviar millones de mensajes, correos, tarjetas… pero, si de verdad estamos celebrando lo que da sentido a estos días, si también sentimos la presencia del Espíritu, como la sintió Isabel, el Evangelio de hoy nos recuerda que no debemos recurrir a felicitaciones “hechas” e impersonales, por muy piadosas que sean, como si las realizara un robot. Como escribió san Pablo VI en “Evangelii nuntiandi”: “La Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio (21). Las técnicas de evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu”. (75)

Como María, debemos “levantarnos y ponernos en camino”, anunciar de persona a persona nuestro gozo por el nacimiento del Hijo de Dios. Así lo expresó el Papa Francisco en “Evangelii gaudium”: “Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino (127). El primer momento es un diálogo personal, siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad” (128). El amor de Dios manifestado en su Hijo hecho hombre es algo demasiado importante, es algo tan “personal”, que debemos llevarlo de persona a persona, como hizo María con Isabel, para que también puedan llenarse de ese amor y “saltar” de alegría.

¿Qué siento cuando llamo a una empresa o compañía de servicios y me responde un contestador automático? ¿He pedido que me atienda una persona? ¿Cómo suelo comunicarme con los demás?

Vamos a celebrar la Navidad. Si sentimos la presencia del Espíritu, como María e Isabel, preguntémonos cómo felicitamos la Navidad, partiendo desde lo más impersonal hasta llegar a lo más personal: No lo hago. Mando un mensaje, que quizá me han reenviado a mí. Publico unas palabras en una red social, quizá también copiadas de otro lugar. Envío una tarjeta por correo postal. Llamo por teléfono. Realizo una visita.

Dios se hizo hombre, persona, para comunicarse con nosotros personalmente, y por eso nos felicitamos la Navidad. No lo hagamos de un modo “robotizado”, impersonal. La mejor felicitación será nuestro testimonio de persona a persona, que manifieste que nos sentimos, como dijo Isabel a María, bienaventurados por haber creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá.