¡Prepárate! ¡Listo! ¡Ya!

1.- No esperaba Isabel, la llegada de María. Quién sabe, si muchos hombres y mujeres, en esta próxima noche en la que el Señor amanecerá en la tierra, no tendrán interés alguno ni en que llegue, ni en saber el cómo ni porque llegó.

Santa Isabel, nos pregunta ¿Quién eres tú para que el Señor te visite? ¿Qué tiene de especial la tierra, para que Dios se rebaje tanto? ¿Qué encuentra Dios en el hombre, para humillarse de tal manera?

Tiene la necesidad de recuperarlo. De compartir con él su gran amor; de brindar su ser Dios y Padre.

¡Bendita Tú entre las mujeres! Fue el grito espontáneo de Isabel a María. Nosotros, en la antesala de la Navidad, con el “niño de la fe” que se mueve en nuestras entrañas, también hemos de piropear a la Virgen: ¡Bendita tú por siempre, María!

El encuentro de María con Isabel no ha quedado perdido en el espacio, ni en Ein Karem, ni por supuesto en el tiempo. Hoy, aquí y ahora, María se encuentra con nosotros para ayudarnos a descubrir el tesoro de la fe que, por lo que sea, puede estar oscurecido o demasiado escondido.

Hoy, como entonces, María se ha puesto en camino. Y, en este domingo IV de adviento, nos ayuda a alegrarnos por lo que está por venir; por lo que está por pasar; por lo que, Ella, ha sabido guardar y hacer crecer en los entresijos de Madre.

Si dos mujeres celebraron la gloria del Señor ¡cómo no celebrarlo nosotros en estas horas previas al anochecer más divino del año!

Si dos mujeres se abrazaron y se fundieron en un mismo Dios ¡cómo no abrazarnos nosotros y proclamar, con villancicos y con cantos, que el Señor es lo más grande que tenemos! ¡Lo más magnánimo que nos puede ocurrir! ¡Lo más colosal que nos puede pasar!

2.- En el día de la Inmaculada, María era la esclava del Señor. En este IV Domingo de Adviento, se alegra, salta de gozo, irradia alegría, contagia amor de madre porque se siente amada, poseída y….Madre de Dios. ¿Seremos capaces nosotros de manifestar lo que el corazón siente respecto a Dios? ¿Sentimos algo por El? ¿Sale, en voz nítida y franca, una loa sincera a María ¡bendita Tú entre todas las mujeres?

Hermanos. Estamos quemando el último cartucho de este tiempo de adviento. ¡Ojala nuestra vida interior crezca y se sensibilice, de tal manera en estos momentos, que el encuentro con María y con Isabel, nos ponga en movimiento hacia Belén!

No dejemos para el final el encuentro con Jesús. Hoy, nuestro abrazo con María, simboliza la esperanza de un pueblo que espera en Dios, que mira a Dios, que vuelve sus ojos al cielo, que desea salvación, que añora una paz que por nosotros mismos somos incapaces de alcanzar.

Así es, hermanos. Isabel es todo aquel creyente, toda aquella creyente, que sabe que en los que nos visitan viene el mismo Dios.

Isabel es aquel que disfruta cuando, un sexto sentido, percibe que un ALGUIEN llega para dar más esplendor a nuestra existencia.

Isabel es aquella, que con humildad se siente agraciado/a con la mejor lotería que un ser humano puede esperar: el número de la felicidad, el número del amor que nos trae Dios en la apariencia de un niño.

¿Quiénes somos nosotros para que nos visite la Madre del Señor? ¿Qué somos para que Dios haga tanto y arriesgue tanto?

Simplemente que somos importantes para El. Que disfruta con nuestras travesuras y que, una vez más, se desliza por el tobogán de la Navidad para que lo sepamos recoger con los brazos de la fe.

¡Prepárate! ¡Listo! ¡Ya! Dios está a la puerta! ¡Feliz encuentro con María que, en sus entrañas, nos trae tan Buena Noticia!

3.- ¿QUIÉN SOY YO?

Me miro y siento que soy témpano de hielo.
¿Y quieres venir por mí?
Observo mis días y son espinas levantadas
¿Y quieres nacer en mí?
Abro la casa de mi corazón y la encuentro desordenada
¿Y quieres sentarte a mi mesa?
Camino, lucho y busco de todo y por todo, menos a Ti
Y ¿todavía quieres salir a mi encuentro?

¿QUIÉN Y QUÉ SOY YO, SEÑOR?

Me levanto y siento que vivo mejor sólo y sin Ti
¿Y pretendes aún ser mi amigo, Señor?
Hablo y, en mis conversaciones, escasamente hablo de Ti
¿Y aún insistes en acercarte a mí?
Subo y bajo, disfruto y canto, lloro y sueño
¿Y sabes que raras veces lo hago por Ti?

¿QUIÉN Y QUÉ SOY YO, SEÑOR?

¿Qué tengo para que desciendas por una sima desagradecida?
¿Quién soy para que, año tras año, me recuerdes que me amas?
¿Qué soy para que, en la Nochebuena, te empequeñezcas tanto?
No sé, lo que soy, Señor.
Pero, en esta Navidad…ayúdame a descubrirlo
Enséñame el camino de la fe auténtica…para poder adorarte
Guíame con la estrella de los Magos….y pueda caer rostro en tierra
Sácame de mis pastos y valles…..y pueda vivir tu nacimiento

QUE ¿QUÉ SOY, SEÑOR?

Algo bueno debo de tener y, por eso mismo Jesús,
con Santa Isabel, digo y grito: ¡Bendita la Madre de Dios!
Esa Madre que, aún sabiendo de mi frialdad e indiferencia,
se digna visitarme para caldear la morada de mi corazón
para abrir las compuertas de mí conciencia
para ayudarme a descubrir que, Tú, eres el gran regalo de la Navidad.
Sólo sé, Señor, una cosa:
que me quieres..y que tu amor me hace sentir algo insuperable:
que te debo de importar mucho, cuando por mí, tanto haces.
Gracias, amigo y Señor.

Javier Leoz