Y la Palabra se hizo carne

¡Feliz Navidad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad en todo el mundo!

La noche se cerraba entre el asombro y la expectación que nos regalaba el contemplar a un Dios que se acercaba con tal premura, sencillez y ternura al ser humano. Un Dios que buscaba encontrarse con el hombre de ayer y de hoy, simplemente en lo humano, en lo histórico, en lo cotidiano del vivir, para desde ahí, llevarnos a comprender más y mejor a Dios y a ser parte de Él con más conciencia de hijos. El acontecimiento desborda la expectativa de quien ejercitaba la espera y la esperanza. Redención y salvación empiezan a trabar el buen fin del propositum vitae emanado por Dios desde la creación del mundo para cada hombre y para cada mujer. Contemplábamos un misterio. Contemplábamos la Vida haciéndose hermana nuestra en un recién nacido. La luz del nacimiento del Redentor iluminaba nuestros ojos y educaba nuestra mirada en ese ser capaces de acoger el misterio.

La experiencia más bella que podemos tener es la de lo misterioso. Se trata de un sentimiento fundamental que es, como si dijéramos, la cuna del arte y de la ciencia verdadera. Quien no lo conoce ya no puede maravillarse ni admirarse de nada, ya está muerto, podríamos decir, y su ojo está debilitado (Albert Einstein).

Hoy, en este día santo de Navidad, nos sorprende la liturgia de la Palabra de la Iglesia con un texto, no muy del regusto humano, apegado a lo entrañable o a lo romántico de lo “esperable por Navidad”. Hoy la Palabra ya no busca endulzar unos oídos primerizos o que simplemente atiendan al primer rumor.  En este día santo de Navidad, que la Iglesia prolongará durante toda una octava, porque el hecho es de tal envergadura que así lo requiere la fe y la razón humanas para asumirlo, se nos ofrece a la consideración el prólogo del cuarto evangelio. Compendio de toda la Buena Noticia, sumario de la voluntad de Dios, recapitulación de la inconsistencia humana que se debate, a lo largo de la historia, entre vivir, acoger y ser luz, o cerrar la puerta del corazón a la luz de la Vida.

La condición de filiación – pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre (Jn 1,12) – o dicho con palabras más coloquiales, la fuerza de la posibilidad de vivirse en la relación con Dios y en la existencia humana como hijos, supone un desafío al eterno anhelo de lo humano. Vivir como regalo, sabiéndose acompañado, custodiado… en relación condicionada por el amor incondicional, en fraternidad con los demás hombres y mujeres del mundo, que hoy y siempre, han acogido la luz.

Las palabras toman cuerpo. La Palabra se encarna. Ya no hay quimera, ilusión o fantasía. De Dios nunca podremos decir que su Palabra fuera campana hueca o címbalo que aturde. La Palabra-Promesa traspasa su misma definición y límite, se excede en el intento… Dios no se quiere lejos de aquello que ama. Dios se quiere en la historia. Dios se quiere encontrar y dejarse encontrar en sus propios hijos. Dios se hace historia entrelazando lo humano y lo divino en ese punto de sutura que es el Hijo del hombre, el Cristo, el Ungido de Dios.

Ha nacido y está en medio de nosotros. Es Dios—con todo su poder y majestad—, que se ha hecho Niño, para que, viéndole, nos elevemos a las cosas divinas. Por tanto, nos toca a nosotros, a cada uno aquí y ahora, creer en su amor. Ya que como dice san Agustín: ¿Por qué razón sobre toda razón, se encarnó el Verbo, sino para manifestarnos su amor?

En definitiva, Dios se ha encarnado, se ha hecho Niño para estar junto a nosotros. Y lo ha hecho por puro amor al ser humano; y porque el amor tiende siempre, de natural, a la unión con lo amado. Bien lo cantaba san Juan de la Cruz:

¿Adónde te escondiste,                  

Amado, y me dejaste con gemido?               

Como el ciervo huiste,                   

habiéndome herido;                       

salí tras ti clamando, y eras ido.

Descubre tu presencia,                  

y máteme tu vista y hermosura;                   

mira que la dolencia                      

de amor que no se cura                  

sino con la presencia y la figura.

¡Oh, noche que guiaste!

¡Oh, noche amable más que la alborada!

¡Oh, noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

De ahí que nuestro mejor tributo en este día de Navidad sea creer en su amor, tal y como en una de las cartas lo señalará el propio evangelista del cuarto evangelio: Hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene (1Jn 4,16). Además, será esta fe, esta inclinación de nuestra mente, corazón y voluntad al amor de Dios, el principio de nuestra propia felicidad. Santa Teresita sonreía porque se llamaba del Niño Jesús. El rostro de la Virgen es el símbolo de la felicidad, porque ha mirado al Niño y ha visto en sus ojos todo el misterio del amor de Cristo. Contemplemos con María el misterio. Y si adoración es el postrer esfuerzo del alma que rebosa y ya no puede articular palabra (Lacordaire), postrados ante Él, adorémosle en silencio, dejémonos mirar por el Amor…

Fr. Ismael González Rojas