Lectio Divina – 24 de diciembre

¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel!

1.-Oración introductoria.

Bendito seas, Señor, porque siendo Dios que estás en las alturas, no te importa bajar hasta nosotros iniciando una verdadera escalada de descenso. De la altura de los cielos a las chozas de la tierra; de la fuerza de tu poder, a la humildad de un niño que llora y necesita del cuidado de una mujer; de tu Soberanía divina a la humillación de siervo que viene no para ser servido sino para servir. Tanta humildad me sobrecoge.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 1, 67-79

En aquel tiempo, Zacarias, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha hecho surgir en favor nuestro un poderoso salvador en la casa de David, su siervo. Así lo había anunciado desde antiguo, por boca de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos aborrecen, para mostrar su misericordia a nuestros padres y acordarse de su santa alianza. El Señor juró a nuestro padre Abraham concedernos que, libres ya de nuestros enemigos, lo sirvamos sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos y a anunciar a su pueblo la salvación, mediante el perdón de los pecados. Y por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en las tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Está claro que, en la intención del evangelista Lucas, el Benedictus es un himno en paralelo al Magníficat de la Virgen. En María es el premio de su fe, el premio de haberse fiado de Dios cuando el ángel le anunciaba algo humanamente imposible y que nunca se había dado en la historia de la humanidad: ser madre sin intervención de varón. Lo difícil de entender es que el Benedictus sea respuesta a la incredulidad de Zacarías. ¿Qué ha pasado en este tiempo de silencio para que Zacarías pase del  “no-creer a la fe entusiasta” una fe parecida a la de María? Pues ha pasado una cosa tan sencilla como ésta: María, en aquellos tres meses en casa de Isabel, no ha estado ociosa. Zacarías está mudo, pero no está sordo. Por eso puede  escuchar las bellas catequesis de María sin necesidad de ningún catecismo. María transmite a Zacarías la fe por “contagio”. Ella así se convierte en la primera misionera y en la mejor catequista de todos los tiempos. Sólo aquel que  vive puede contagiar. Sólo el entusiasmado, puede entusiasmar; sólo el enamorado de Dios está capacitado para enamorar a los demás. Esta es la fe que transmitió María a Zacarías, un sacerdote incrédulo.

Palabra autorizada del Papa

“En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. […]Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz.» (Papa Francisco, 24 de diciembre de 2013)

4.- Qué me dice a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Si me dedico a hablar de Dios, antes me comprometo a estar con Él y dejar que sea Él el que me hable a mí.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Hoy 24 de diciembre, me he preocupado de que esté lista y preparada la fiesta de convivencia familiar, pero ¿me he preparado espiritualmente para recibirte en la intimidad de mi corazón? Señor, esta Nochebuena quiero humildemente darte el regalo de mi  memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Sólo necesito tu amor.

Comentario – Misa de Medianoche

(Lc 2, 1-14)

El texto de Lucas nos muestra al Hijo de Dios envuelto en pañales y acostado en un establo. Cuando los ángeles anuncian a los pobres pastores la buena Noticia del nacimiento del Salvador, indican como única señal a ese niño acostado en el establo. Si en el evangelio de Marcos Jesús aparece asumiendo la pobreza, y soportando los límites que le imponen los incrédulos de su época, en el evangelio de Mateo, y sobre todo en Lucas, se nos quiere mostrar cómo el Hijo de Dios asumió la sencillez, la pequeñez y la pobreza de nuestra vida terrena cuando fue un niño pequeño, recostado en un pobre establo de Belén. Ese es “el signo” por excelencia, más que sus prodigios y milagros.

Por eso los pobres pastores de Belén no tuvieron temor de acercarse. ¿Cómo podían sentir temor o vergüenza si el que venía a salvarlos se presentaba pobre como ellos, y era un niño que acababa de nacer en uno de esos establos que eran parte de sus vidas?

Así aparece el amor que Dios tiene a los pobres y simples, porque ante todo a ellos se dirige el anuncio de la salvación, y ellos son los que mejor pueden valorar los signos pobres y sencillos, la ternura del asombroso amor divino que se abaja hasta la mayor simplicidad posible.

El canto de los ángeles indica que ese niño, ignorado por el mundo, hace que Dios reciba gloria en las alturas y que llegue a los hombres de la verdadera paz. Él es el príncipe de la paz, esa dulce y amable paz que se anuncia y se ofrece callada y discreta en el establo de Belén.

Oración:

“Abre mis ojos Señor, para contemplar con serena alegría el misterio de la noche de Belén, el espectáculo admirable del Dios infinito hecho niño, del poderoso hecho frágil, del que es inmensamente rico y glorioso, hecho pobre y escondido en el pesebre”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – 24 de diciembre

Lucas 1, 67-79

En el nacimiento de Juan Bautista, Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo… 

Aquí tenemos a un padre feliz. Su alegría es desbordante: ¡Tiene un hijo inesperado!

Pero, es también la afirmación profética del «sentido de la historia», enteramente dirigida por el amor de Dios.

Sería suficiente dejar que resonase en nosotros ese maravilloso cántico parándonos en cada frase, para que nuestros corazones se desentumecieran de esa rutina que se une desgraciadamente a los textos demasiado conocidos y a las plegarias repetidas muy a menudo.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel… 

Habla bien del Señor. Es una fórmula tradicional de bendición que se encuentra a lo largo de toda la Escritura; Mi oración, ¿se acopla a menudo a ese molde? bendito seas, Señor, por esto… bendito seas, Señor, por aquello…»

Porque ha visitado a su pueblo… 

Dios está en el centro de la vida. El es quien ha tomado la iniciativa de toda esa aventura. Se ha acercado, ha visitado a la humanidad…

Y la ha redimido, la ha liberado. 

Para salvar. Para salir de la desgracia y de toda esclavitud.

Y nos ha suscitado un Poderoso salvador… 

¡Oh, sí! ¡Haznos más fuertes, sálvanos!

Para librarnos de nuestros adversarios y de las manos de nuestros enemigos. 

Mis adversarios. No principalmente de los hombres, de las fuerzas contrarias, sino de mis pecados, de mis malos hábitos.

Líbranos, Señor del mal.

Ejerciendo su misericordia con nuestros padres.

El «amor misericordioso».

Esto lo explica todo.

Dios ama. Cualquier miseria le atrae.

Un día, cuando su plan estará terminado, ya no habrá «ni lágrimas, ni gritos, ni dolor ni sufrimiento (Ap 21, 4) 

Y teniendo presente su alianza santa: Conforme al juramento a nuestro padre Abraham que seríamos liberados de las manos de nuestros enemigos. 

La fidelidad de Dios a sus promesas, a su Alianza.

Incluso si nosotros, por nuestra parte no somos fieles.

Gracias, Señor. Cuento con esta fidelidad tuya.

Ayúdame a corresponderte con la mía.

Y nos otorgaría servirle sin temor, con santidad y justicia ante su acatamiento, rindiéndole culto. 

Mi vida, un culto delante de Dios… en su presencia, bajo su mirada.

Todo lo que hago… ofrecido.

Todos los días de mi vida. 

Sin paros, sin negligencias.

Y tú, niño, irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Ciertamente es esta la liberación esencial. Un corazón libre.

Un corazón sin pecado.

Tal es la ternura de corazón de nuestro Dios…

Un astro guiará nuestros pasos por el camino de la paz…

¿Cuál es mi alegría? ¿Exulta y canta mi alma?

Noel Quesson
Evangelios 1

La misa del domingo

La primera lectura está tomada de un libro sapiencial. El pasaje elegido para este Domingo habla de las actitudes que los hijos han de observar para con sus padres. Es deber del hijo honrar a su padre y a su madre. El hijo que así obra experimentará el favor divino, recibirá grandes recompensas.

En la segunda lectura San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a revestirse de sentimientos de misericordia entrañable, es decir, a tener la misma misericordia y caridad que viene de Dios. A este empeño antecede un don: haber sido ellos mismos amados y elegidos por Dios y haber sido santificados por Él. Una vez concedido el don y la gracia, Dios espera de parte del creyente una respuesta generosa y una esforzada cooperación, para que el don y la gracia recibidas se expresen en una vida nueva así como en nuevas relaciones interpersonales, que han de estar regidas por la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, la paciencia y el mutuo perdón.

De este esfuerzo por revestirse de entrañas de misericordia derivan también la sumisión y obediencia de las esposas con respecto a sus maridos, así como el amor de los maridos a sus mujeres, expresado en un trato digno, amable y respetuoso. En cuanto a los hijos, ha de expresarse en la obediencia de éstos a sus padres, quienes por su parte no han de exasperar a sus hijos.

En un hogar en el que Cristo habita, en el que el amor es vínculo de perfección y causa de unidad, la sumisión o la obediencia no es causa de complejos, no hay dominadores ni dominados, no hay maltratos, no hay abusos e imposición de unos sobre otros. Hay, en cambio, unidad de mente, de corazón y de acción en el amor de Cristo. Donde la caridad tiene la primacía, la relación que prima entre los miembros de la familia —empezando por los esposos de quienes los hijos han de aprender— es de respeto y mutuo servicio. Cada cual buscará en primer lugar el bien del otro antes que el propio, venciendo de este modo todo egoísmo e individualismo corrosivo. En el esfuerzo personal por revestirse interiormente de la caridad de Cristo se va construyendo la verdadera y profunda comunión entre los esposos e hijos, comunión que trae paz y alegría a la casa.

Esta unión en el amor se vivía ejemplarmente en la familia de Nazaret. Mas en el Evangelio de este Domingo, en el que aparecen en escena los tres miembros de esta familia, llama la atención lo que acaso podríamos juzgar como un acto de desconsideración de Jesús frente a sus padres cuando en el contexto de la anual peregrinación al Templo con ocasión de la celebración de la pascua judía, Él decide quedarse en Jerusalén sin avisar a sus padres. Sin advertir su ausencia, María y José emprenden el retorno a Nazaret en la caravana en la que iban acompañados de sus parientes y amigos, confiados en que Jesús estaría entre ellos. Ciertamente no esperaban que hiciera algo semejante sin consultarles o avisarles. Avanzada ya la caravana se percatan de su ausencia. ¿Dónde está Jesús?

De inmediato José y María se lanzan a la búsqueda, regresan presurosos a Jerusalén y lo encuentran finalmente después de tres días, tranquilo y sereno en el Templo, participando de las discusiones de los maestros de la ley, arrancando alabanzas de los mismos por su precoz sabiduría. La Madre entonces expresa una justa y comprensible queja: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así?» El niño Jesús responde algo que en ese momento les resulta difícil comprender: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Es como si les dijera: “al notar mi ausencia, el primer lugar en el que tenían que haberme buscado es en el Templo. Además, no tenían por qué pasar angustias, sabiendo que yo estaría aquí.”

Cabe destacar que si el niño Jesús ha abandonado momentáneamente a su familia humana, incluso haciéndoles pasar un mal rato por no comunicarles nada, ha sido en virtud de la única razón capaz de inducirle a tal abandono: el amor supremo a su Padre y la profunda necesidad de responder a su propia vocación y misión en el mundo. Para el Señor Jesús el amor a Dios y la obediencia a sus designios está en primer lugar, es de un grado superior a la debida sumisión a su madre y a su padre putativo. No establece el Señor una oposición, sino una prioridad y supremacía. El primer mandamiento es el de amar a Dios sobre todo, de modo que el amor a Dios está por encima de todo otro amor humano, también el amor debido a los padres humanos.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La Iglesia está segura de que la familias cristianas, al contemplar y descubrir en la Sagrada Familia las características del auténtico amor, tal y como debe ser vivido entre los esposos y sus hijos, serán ellos mismos firmemente alentados y rectamente orientados a seguir ese específico sendero de santidad y de plena realización humana.

¿Cuáles son algunas de esas orientaciones que la paradigmática familia de Nazaret brinda a las familias cristianas?

«Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de sentimientos de misericordia entrañable». La voz del Apóstol les recuerda principalmente a los padres, aunque también a todo otro miembro de la familia cristiana, que ante todo deben tener siempre una clara conciencia de su identidad y “estado de elección”: los esposos son elegidos de Dios, amados suyos, santificados por el Señor Jesús. Respondiendo a su altísima dignidad y a la gratuidad de su elección, don del amor de Dios, su primera y principal tarea es la de trabajar esforzadamente por ser santos (ver Lumen gentium, 40), procurando vivir en amorosa obediencia a Dios y a sus planes de amor. Los esposos son elegidos de Dios (ver Ef 1, 5-6) para una misión de paternidad o maternidad, misión que sólo podrán realizar si trabajan por hacer de su matrimonio un ámbito de comunión que se nutre del amor que viene de Dios.

En efecto, la familia cristiana se construye y edifica sobre el amor de los esposos, amor que ante todo es un don de Dios derramado en sus corazones (ver Rom 5, 5) y que han de vivir entre sí “como Cristo nos ha enseñado” (ver Jn 15, 12), amor por el que «se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”» (S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 11). Este amor, «que hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo», significa «dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente», y ese amor, que realiza la entrega de la persona «exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable» (lug. cit.).

La fidelidad de los padres a su identidad y vocación fundamental como hijos de Dios les permitirá, como discípulos de Cristo, revestirse de «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3, 12), haciendo del amor y de la caridad el vínculo de comunión de esta pequeña iglesia doméstica. Por ello, cuando «la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor» (S.S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 17), el hogar cumple su función de ser la primera escuela de vida cristiana, «escuela del más rico humanismo» (Gaudium et spes, 52) en donde los hijos aprenden a vivir el amor en la entrega de sí mismos y en la respetuosa acogida del otro.

Como colaboradores de Dios en su obra creadora (ver S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 43), los padres han de recordar siempre con alegría y gratitud su específica vocación de servir a la vida que brota del don de Dios, vida que es el fruto precioso de su unión en el amor. En este sentido, ser padre o madre implica ser portador de una hermosísima misión de la que el Señor les ha hecho partícipes: viviendo un amor maduro deberán estar abiertos a la bendición de la vida, han de cuidar y proteger a sus hijos porque son un don de Dios y han de educarlos, con la palabra y el ejemplo, «en la auténtica libertad, (aquella) que se realiza en la entrega sincera de sí». De este modo cumplen fielmente su misión, cuando buscan cultivar en sus hijos «el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don» (S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 92).

Recuerden vivamente que por el ejercicio constante de su fe los esposos cristianos están llamados a colaborar primera y principalmente con la gracia del Señor en la tarea de traer a sus hogares la presencia del Emmanuel: como María, acogiendo, concibiendo y dando a luz la Palabra, y como José, protegiendo diligentemente al Niño de la persecución que sufre en el mundo por los modernos “Herodes”. En este sentido, toda familia cristiana «recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa» (Familiaris consortio 17). Tras las huellas de María y José, los hogares cristianos están llamados a convertir «su vocación al amor doméstico —con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad—, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa» (S.S. Pablo VI). De ese modo, al esforzarse los padres en ser para sus hijos un vivo ejemplo y testimonio de amor y caridad cristiana, los hijos estarán en condiciones de vivir, a su vez, en amorosa y respetuosa actitud para con sus padres y con todos sus semejantes.

Por último, los padres cristianos tienen como deber más sagrado el fomentar en sus hijos la obediencia de la fe prestada a Dios (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 142-144), por la que los guían y orientan en el camino de su propia realización, según la propia vocación y misión con la que Dios los bendice. Son justamente los padres quienes han de educar a sus hijos que «en primer lugar es necesario hacer la voluntad de Dios», y que «el vínculo espiritual vale más que el vínculo de la sangre» (S.S. Benedicto XVI). Así el Evangelio «revela la más auténtica y profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en el camino de descubrimiento de Dios y del designio que Él ha dispuesto para cada uno» (S.S. Benedicto XVI).

Tomo la palabra

Tras tanto tiempo de silencio,
a veces impuesto
por la costumbre
de quienes se creen con derecho,
y otras muchas aceptado
complacientemente,
con resignación,
miedo
o buscando algún beneficio…

Tras tanto tiempo de sordera,
a veces elegida,
para no escuchar reclamaciones
ni gritos hirientes,
y otras, impuesta
por quienes se creen dueños
de la palabra, de las personas y de la historia…

Tras tanto tiempo sin gestos,
viviendo con los sentidos dormidos,
sin gozo, sin dignidad,
sin espíritu,
y siendo mero objeto
para quienes se hicieron con las bridas
de tus sueños
y los nuestros…

Hoy, tomo la palabra,
desentumezco los sentidos y el rostro,
pienso, opino y proclamo
que existo, sueño y creo.

Tomo la palabra
a tu ejemplo, en el templo,
aunque haya quien me ponga en aprieto
o quiera llevarme donde no quiero.

Tomo la palabra
y rompo lo políticamente correcto
para compartir con quienes lo perdieron todo
y sólo conservan silencios, heridas y huecos.

Tomo la palabra
y dejo que mi espíritu y gestos
anuncien esperanzas
a quienes sufren en silencio y lloran sin consuelo.

Tomo la palabra.
Doy la palabra.
Pregunto.
Escucho y callo.

Y oigo voces de esperanza,
de protesta,
de afecto,
de proyectos…
salidas de las entrañas,
y gestos humanos
que van encarnando
nuestros sueños navideños
y tus sueños evangélicos.

Y pienso, siento y creo
que te estoy siguiendo
y haciéndome hijo
en el templo, en la calle y en casa.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – 24 de diciembre

Cada día, los que rezamos la Liturgia de las horas repetimos las palabras de Zacarías. El cántico de Zacarías, desde la mañana, nos recuerda lo mucho que hizo Dios por la humanidad, a lo largo de la historia. Es un buen repaso y, sobre todo, un recordatorio del motivo por el que Dios hizo todo eso: “para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días”.

Podemos ir orando, poco a poco, con estas palabras. “Libres de temor”. En las relaciones del hombre con la divinidad, ya no hay nada que temer. Dios se hace uno de nosotros, para que sepamos relacionarnos con Él. Y no nos va a mirar con ira, sino con amor. Porque Él es así.

“Arrancados de la mano de los enemigos”. Vivimos rodeados de problemas, a veces, pequeños, a veces muy serios. Algunos de nuestros hermanos en la fe sufren persecución por ser creyentes. Cada Navidad hay atentados contra las iglesias católicas, en algunos países. Y, a pesar de todo, Dios nos sigue librando de nuestros enemigos. “No tengáis miedo de los que matan el cuerpo”. Ser fieles a Dios, para que podamos sentir cómo nos protege y da fuerzas en la lucha. Decía san Juan Crisóstomo que, “mientras somos ovejas, vencemos a los lobos; pero, si nos convertimos en lobos, entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del Pastor”.

“Le sirvamos, con santidad y justicia”. Ser santos y ser justos. Parecen palabras gastadas, inaccesibles. No hay mucha gente que se crea que puede ser santa. Algunos, quizá, sí se esfuerzan por ser justos. Si nos liberamos del temor, de los miedos, con la ayuda de Dios, podemos mirar la vida de otra forma. Y vivir cada día con paz, con tranquilidad, intentado sembrar el bien a nuestro alrededor. Ser justo, porque ayuda a vivir con paz. Ser santo, porque es ser feliz. Es vivir contento consigo mismo y con los demás.

“En su presencia, todos nuestros días”. Aquí sí que me he acordado de las palabras que me dijo un reverendo padre claretiano, el p. Manuel Jiménez, C.M.F., que en paz descanse, el día de nuestra profesión perpetua. Al darme el abrazo de acogida, me dijo: “hasta la muerte”. Cuando lo asimilas, puede asustar. Pero si Dios está con nosotros, se puede. Nada es imposible, con la ayuda de Dios. Cantar eternamente las misericordias del Señor.

Alejandro Carbajo, cmf

Meditación – 24 de diciembre

Hoy es 24 de diciembre, feria mayor de Adviento.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 2, 1-14):

Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

Hoy 24 de diciembre ya estamos palpitando la Navidad. Es el último día. Es el día de la espera, es el día en que nosotros queremos también de alguna manera preparar el corazón para poder celebrar con alegría, con dignidad, con esperanza lo que va ocurrir mañana, que es el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo a veces tengo la sensación de que, -será por el mes de diciembre, será por la fecha en la que nosotros estamos viviendo-, que andamos medio las corridas. Parece que corremos para todos lados. Especialmente el 24. Corremos para comprar los últimos regalos. Corremos para preparar la cena, para hacer las invitaciones a todos los familiares, para comunicarnos por diferentes modos con aquellas personas a las que queremos saludar y todavía no lo hemos hecho. Pareciera ser que queremos concentrar todo lo que no hicimos en el año en un solo mes: diciembre. Y que todo lo no que hicimos en diciembre, en un solo día: el 24.Y la sociedad, el mundo en que nosotros vivimos cotidianamente mucho no nos ayuda a esto. Uno camina por la calle y lo que ves el cansancio de la gente, el exceso de ruido, el exceso muchas veces de violencia y sobre todo mucha gente indiferente. Mucha gente que va caminando ensimismada, a mucha gente que va caminando pensando en otras cosas. Muchos jóvenes que van con los auriculares como aislados de alguna manera de todo lo que está pasando alrededor. Mucha indiferencia. Mucha gente que nos cuesta pensar que el tenemos al lado es nuestro hermano. Y pensar que el que está tirado en la calle también lo es. Esta sociedad que vive en permanente vértigo y vorágine de alguna manera no nos ayuda a hacer silencio. Porque es en el silencio, no sólo que Dios se nos revela, sino que es en silencio donde acontece la Navidad. Uno si quiere mirar el sentido hondo esta fiesta lo que tiene que hacer es silencio. Silencio y ponerse, postrarse y arrodillarse para contemplar con ojos limpios, con corazón renovado el misterio de lo que está pasando. Incluso las imágenes nos hablan de eso. Una muchachita de unos 15 años de la Palestina del siglo I que recibe el anuncio del ángel de que va ser madre del Salvador; de San José, varón justo, varón recto, que hace compañía, que acompaña la vida naciente. Y después todo lo que pasa en el pesebre pasa en el silencio y en la contemplación. Entonces yo creo que el día de hoy es una linda invitación que podemos sentir nosotros en nuestro corazón: Hacer silencio. A parar un poco con esta Cultura del Consumo, del regalo por el regalo mismo, del saludo multitudinario sea por WhatsApp, sea por Facebook, sea por Twitter, sea por lo que sea. El tener que invitar compulsivamente las personas y pensar que lo que no hicimos en todo el mes vamos hacer hoy. Hoy me parece que lindo día para para hacer silencio. No silencio callando la boca, sino silencio para poder preparar el corazón contemplando esas figuras del pesebre para que nuestro corazón también sea un pesebre en el que Jesús pueda volver a nacer. Y que si Jesús nace en mi corazón también nace en el corazón de todos nuestros hermanos. Si Jesús nace en mi corazón significa que no me lo guardo y eso lo puedo compartir. Si Jesús nace mi corazón renace la esperanza no sólo para mí sino que se hace anuncio para que renazca la esperanza de muchos que la perdieron Hermano y hermana Te deseo en este día desde ya una muy, pero muy feliz Navidad Qué Jesús reine en tu corazón. Que vuelva a nacer en tu vida para que renazcas a la esperanza y seas signo de esperanza para muchos que sienten la vida y la fe amenazada. Hermano y hermana Desde lo más profundo de mi corazón te abrazo, vuelvo desearte una muy feliz Navidad y será hasta el próximo Evangelio si Dios quiere.

P. Sebastián García