Comentario – 24 de diciembre

Lucas 1, 67-79

En el nacimiento de Juan Bautista, Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo… 

Aquí tenemos a un padre feliz. Su alegría es desbordante: ¡Tiene un hijo inesperado!

Pero, es también la afirmación profética del «sentido de la historia», enteramente dirigida por el amor de Dios.

Sería suficiente dejar que resonase en nosotros ese maravilloso cántico parándonos en cada frase, para que nuestros corazones se desentumecieran de esa rutina que se une desgraciadamente a los textos demasiado conocidos y a las plegarias repetidas muy a menudo.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel… 

Habla bien del Señor. Es una fórmula tradicional de bendición que se encuentra a lo largo de toda la Escritura; Mi oración, ¿se acopla a menudo a ese molde? bendito seas, Señor, por esto… bendito seas, Señor, por aquello…»

Porque ha visitado a su pueblo… 

Dios está en el centro de la vida. El es quien ha tomado la iniciativa de toda esa aventura. Se ha acercado, ha visitado a la humanidad…

Y la ha redimido, la ha liberado. 

Para salvar. Para salir de la desgracia y de toda esclavitud.

Y nos ha suscitado un Poderoso salvador… 

¡Oh, sí! ¡Haznos más fuertes, sálvanos!

Para librarnos de nuestros adversarios y de las manos de nuestros enemigos. 

Mis adversarios. No principalmente de los hombres, de las fuerzas contrarias, sino de mis pecados, de mis malos hábitos.

Líbranos, Señor del mal.

Ejerciendo su misericordia con nuestros padres.

El «amor misericordioso».

Esto lo explica todo.

Dios ama. Cualquier miseria le atrae.

Un día, cuando su plan estará terminado, ya no habrá «ni lágrimas, ni gritos, ni dolor ni sufrimiento (Ap 21, 4) 

Y teniendo presente su alianza santa: Conforme al juramento a nuestro padre Abraham que seríamos liberados de las manos de nuestros enemigos. 

La fidelidad de Dios a sus promesas, a su Alianza.

Incluso si nosotros, por nuestra parte no somos fieles.

Gracias, Señor. Cuento con esta fidelidad tuya.

Ayúdame a corresponderte con la mía.

Y nos otorgaría servirle sin temor, con santidad y justicia ante su acatamiento, rindiéndole culto. 

Mi vida, un culto delante de Dios… en su presencia, bajo su mirada.

Todo lo que hago… ofrecido.

Todos los días de mi vida. 

Sin paros, sin negligencias.

Y tú, niño, irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Ciertamente es esta la liberación esencial. Un corazón libre.

Un corazón sin pecado.

Tal es la ternura de corazón de nuestro Dios…

Un astro guiará nuestros pasos por el camino de la paz…

¿Cuál es mi alegría? ¿Exulta y canta mi alma?

Noel Quesson
Evangelios 1