Comentario – Misa de Medianoche

(Lc 2, 1-14)

El texto de Lucas nos muestra al Hijo de Dios envuelto en pañales y acostado en un establo. Cuando los ángeles anuncian a los pobres pastores la buena Noticia del nacimiento del Salvador, indican como única señal a ese niño acostado en el establo. Si en el evangelio de Marcos Jesús aparece asumiendo la pobreza, y soportando los límites que le imponen los incrédulos de su época, en el evangelio de Mateo, y sobre todo en Lucas, se nos quiere mostrar cómo el Hijo de Dios asumió la sencillez, la pequeñez y la pobreza de nuestra vida terrena cuando fue un niño pequeño, recostado en un pobre establo de Belén. Ese es “el signo” por excelencia, más que sus prodigios y milagros.

Por eso los pobres pastores de Belén no tuvieron temor de acercarse. ¿Cómo podían sentir temor o vergüenza si el que venía a salvarlos se presentaba pobre como ellos, y era un niño que acababa de nacer en uno de esos establos que eran parte de sus vidas?

Así aparece el amor que Dios tiene a los pobres y simples, porque ante todo a ellos se dirige el anuncio de la salvación, y ellos son los que mejor pueden valorar los signos pobres y sencillos, la ternura del asombroso amor divino que se abaja hasta la mayor simplicidad posible.

El canto de los ángeles indica que ese niño, ignorado por el mundo, hace que Dios reciba gloria en las alturas y que llegue a los hombres de la verdadera paz. Él es el príncipe de la paz, esa dulce y amable paz que se anuncia y se ofrece callada y discreta en el establo de Belén.

Oración:

“Abre mis ojos Señor, para contemplar con serena alegría el misterio de la noche de Belén, el espectáculo admirable del Dios infinito hecho niño, del poderoso hecho frágil, del que es inmensamente rico y glorioso, hecho pobre y escondido en el pesebre”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día