Comentario – Natividad del Señor

Un pueblo entero esperaba a su Mesías, a su Salvador.

Que venga a nosotros y nos libre de nuestros opresores. Siglos y siglos de espera, de esperanzas perdidas.
¡Oh, sí! Su día llegaba, el «día de Yahvé» se aproximaba. Aparecería súbitamente, fulgurante, en medio del trueno, de los relámpagos, de una nube luminosa. Y morirían de terror todos sus enemigos.

La primera lectura de la Misa de medianoche puede darnos una idea de esa espera en una victoria de Dios.

«El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz… Tú has prodigado la alegría por doquier… Se regocijan como en una buena cosecha, como exultan los que se reparten los despojos de los vencidos…

Pues el yugo que pesaba sobre ellos, el palo que hería sus espaldas, el látigo del que vigilaba los trabajos serviles tú los has roto, como sucedió el día de la victoria sobre Madián…

Todas las botas de los soldados, que pisoteaban ruidosamente el suelo, todos los abrigos empapados de sangre, helos aquí ardiendo.

En lugar de esta escena victoriosa de acentos guerreros, he aquí que ha sido un «niño» el que ha venido. Dios ha aparecido como un niño recién nacido, tan pobre y desvalido como los demás niños.

Dios no se ha hecho «trueno», sino «hombre», entre los hombres, es uno más entre nosotros.
Evidentemente podía habernos deslumbrado con su Gloria, su poder y su grandeza. Pero ha querido manifestarnos solamente su amor. Y para ello, ha preferido hacerse «débil», estar en medio de nosotros «como el que sirve»…

«Sin dejar de ser la imagen misma de Dios, ha venido a ser la imagen misma del siervo.»

Todo el misterio de la Encarnación, y de la Redención, el misterio de un Amor-Servidor está ya contenido en el evangelio de Navidad:

“No temáis, pues he aquí que vengo a anunciaros una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo.

Hoy os ha nacido un Salvador…

Y he ahí el signo que os ha sido dado: Encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre…

La revelación que Dios ha hecho de Sí mismo, está ahí. Y ¿no es, para nosotros, una invitación inaudita a amar y a servir?

Noel Quesson
Evangelios 1