Comentario – La Sagrada Familia

El episodio evangélico de hoy nos presenta a la Sagrada Familia cumpliendo una costumbre religiosa: la de subir a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Jesús, ya un niño de doce años, acompaña a sus padres; pero un incidente rompe la normalidad de la peregrinación. Se produce el extravío (voluntario) del niño, al que sigue la búsqueda intensa y angustiosa por parte de los padres y, finalmente, el hallazgo entre gozoso y asombroso del hijo en el templo, en medio de los doctores de la ley, quizá sorprendidos por la agudeza y el ingenio de que daba muestras este adolescente recién salido de la infancia.

Y si asombrosas eran las preguntas del niño «prodigio», más asombrosa y desconcertante fue aún para sus padres la respuesta que les dio al transmitirle su preocupación y angustia paternas por creerle irremediablemente perdido, una respuesta realmente desconcertante en un niño que hasta el momento, con toda probabilidad, no les había dado muestras más que de docilidad y obediencia: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en la casa de mi Padre?

El interrogante escondía un reproche: ¿No sabíais? «Pues deberíais saberlo». Ellos no entienden, pero ante una expresión tan cargada de autoridad, callan. En esta frase afloraba, no obstante, la singular conciencia filial de este niño de apenas doce años que se sentía hijo de otro Padre y tenía que estar, por tanto, en su casa.

Aquel incidente, sin embargo, quedó como un hecho aislado, pues no pareció alterar las relaciones habituales de este hijo con sus padres, dado que Jesús, según narra el evangelista, bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad, quizá más tiempo de lo que sus padres podían sospechar tras esta muestra de independencia, hasta que llegó su hora mesiánica, que no fue precisamente pocos años después, sino a una edad ya madura.

Mientras tanto, Jesús crecía en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres. Es el progreso en la vida del «hecho hombre», en todo semejante a nosotros, hasta en el crecimiento.

He aquí a la familia de Nazaret viviendo en autoridad y en obediencia, en cotidianeidad y en sobresalto: una autoridad que sabe apartarse con discreción cuando se manifiesta una autoridad superior, la de Dios; una obediencia que sabe esperar pacientemente el momento de la madurez o de la emancipación, que se sabe dependiente de una voluntad superior a la de sus padres y a la suya propia. Pero tanto la autoridad como la obediencia ejercidas desde el amor y el respeto. Una autoridad que no impide, sino que estimula el crecimiento, y una obediencia que no obstaculiza, sino que guía ese mismo crecimiento.

Tanto la autoridad de los padres como la obediencia de los hijos deben estar al servicio del crecimiento de estos. Si fuesen un impedimento para ese acrecentamiento en edad, sabiduría y gracia, no serían buenas ni adecuadas. Pero sin autoridad y obediencia la familia no podría subsistir, y con su destrucción desaparecerían valores muy útiles, necesarios, para el crecimiento personal.

De tales valores ya eran muy conscientes los antiguos cuando afirmaban la respetabilidad del padre y la autoridad de la madre sobre los hijos y cuando prometía larga vida al que respetaba a su padre y honraba a su madre. Y no solo larga vida, sino una promesa de expiación de los propios pecados: la piedad para con el padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar sus pecados. En esta piedad de que habla el libro del Eclesiástico hay amor, dedicación, cuidado, atención, respeto, gratitud…

La familia podrá cambiar de estilo, de miembros, de ritmos de trabajo y diversión, de indumentaria, de espacio, etc., pero para ser una familia en regla tendrá que seguir apoyada en el cimiento de unos valores imperecederos que proporcionarán base al edificio, una estructura paterno-filial, donde haya un padre, una madre, unos hijos, unos hermanos y unas relaciones basadas en el respeto, en la autoridad compartida (o corresponsable), en la obediencia razonable, en la búsqueda del bien y la verdad.

La familia es nuestra primera escuela o lugar de aprendizaje. En ella aprendemos a ser personas en sociedad, no sólo a vivir, sino a convivir y a compartir; porque no nos es posible vivir sin con-vivir, pues en ningún caso vivimos solos. En el seno de la familia aprendemos a compartir espacios, comida, impresiones, juegos, responsabilidades, dinero y hasta ropa o libros.

Aprendemos a respetarnos y a amarnos, a valorar a las personas por lo que son y no por lo que tienen (cultura, dinero, belleza, popularidad); aprendemos, por tanto, cosas demasiado importantes para no tenerlas en cuenta. En la escuela de la familia aprendemos fundamentalmente valores, esos valores que mantienen en pie no sólo la estructura familiar, sino también la personal, porque sin tales valores, sin fidelidad, sin sinceridad, sin respeto, sin paciencia, sin comprensión, sin amor, se tambalea no sólo el matrimonio, sino también la paternidad, la fraternidad, la entera estructura familiar.

Hoy ya nadie duda de las duras condiciones que rodean la vida familiar, de las dificultades que encuentran muchas familias para su subsistencia. Desprotegida por leyes estatales y laborales, abandonada por gobiernos que no aprecian suficientemente sus valores, confundida por uniones que pretenden equipararse a ella, minada por el egoísmo que busca su espacio y reclama su libertad o autonomía, la institución familiar se ve hoy gravemente acosada, herida, desestabilizada y, en muchos casos, arruinada.

Son muchos los ataques que tiene que resistir, las intromisiones y agresiones procedentes de una sociedad permisiva y consumista que pone en la satisfacción del propio apetito su supremo valor, de modo que a este objetivo se supedita todo lo demás.

Cuando esto sucede, la familia puede verse zarandeada en sus mismos cimientos, incapaz de resistir los embates del apetito de cada uno de sus miembros. Cuando prevalece el deseo egoísta de cada uno, la comunidad familiar se desintegra como se desintegraría cualquier proyecto de vida comunitaria. Por eso necesitamos de la ayuda de Dios y de sus sacramentos, fuentes de gracia. En ellos recibimos la energía (amor) necesaria para hacer frente a nuestros desvaríos y debilidad congénitos.

Pidamos al que se dignó nacer en el seno de una familia y nos proporcionó este espacio vital para nuestro armónico crecimiento que proteja a nuestras familias y nos de coraje para luchar por ellas.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lectio Divina – Sagrada Familia

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…

UNA HISTORIA LLENA DE SORPRESAS

“Sorprendente es que dos ancianos reconozcan y proclamen que Jesús, aquel niño de padres pobres del que no han oído hablar, sea el Mesías esperado. Simeón, estrechándolo entre sus brazos, se siente tan feliz que ya no le importa morir; y entona un cántico lleno de ternura y de fuerza poética. Ana da gracias y habla del niño a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. Con razón dice el evangelista que el padre y la madre de Jesús estaban sorprendidos por lo que decían del niño. Qué sorpresa tuvo que ser para María escuchar que una espada traspasaría su corazón… La historia de esta familia es decididamente la historia de las sorpresas de Dios” (F. Ulibarri).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Eclo. 3, 3-17.            2ª lectura: Col. 3, 12-21.

EVANGELIO

Lc. 2,22-40

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él. 

REFLEXIÓN

Personajes importantes en este relato.

1.- Simeón y Ana. En este día de la Sagrada Familia son los representantes de los ancianos. Y, como ellos, están también sometidos a las flaquezas, limitaciones, achaques, incluso soledad. Pero hay algo que les mantiene con esperanza e ilusión: su fe en Dios. Los ancianos son acosados por muchas carencias; pero todas se pueden superan si Dios está presente en sus vidas. Lo que no se puede aguantar en esa edad de frustraciones es la ausencia de Dios. Simeón es el hombre de fe que, al tener al Niño en brazos, se estremece, se llena de gozo y dice que ya no le importa morir. Este Niño ha pasado por otros brazos: las de los sacerdotes de turno. Ha pasado como un niño cualquiera, sin experimentar alguna vibración religiosa. ¡Qué bonito es tener fe! La necesitamos todos, pero especialmente los que ya están en la etapa final de la vida. Ana ha pasado por distintos estados de la vida: soltera, casada y viuda. Y en todos los distintos estados ha habido algo permanente: su total adhesión a la voluntad del Señor.

2.- María y José. Son los esposos ideales. En ellos se ha cumplido plenamente la recomendación del apóstol Pablo a todos los esposos: “Revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia”. Sería interesante sorprender a María cuando habla de San José: Es maravilloso, trabajador, alegre, feliz con su esposa y el niño. Sólo piensa en hacernos felices a los dos. Lo mismo diría José de la Virgen cuando alguien entraba en su taller: María es un encanto de mujer, tan sencilla, tan cariñosa, tan dulce, tan entrañable…En realidad, tengo una esposa que no me merezco, es demasiado para mí.    El comportamiento de José y María se puede ver en el episodio de la pérdida del Niño en el Templo. No se culpabilizan el uno al otro, al contrario, se defienden. Después de un reproche cariñoso de María a Jesús: ¿Por qué has hecho esto con nosotros?  La Virgen tiene interés en meter a José como protagonista: “Tu padre y yo” te buscábamos angustiados”.  Y esta frase había que ponerla en admiración ¡TU PADRE Y YO! Tu padre y yo nunca discutimos, sólo tenemos ojos para mirarte y oídos para escucharte, y brazos para abrazarte, y corazón para amarte. Tú eres la razón de nuestra vida.

3.- El Niño. La ley suprema del niño es “crecer”. Si no crece nunca dejará de ser niño, nunca podrá ser hombre. Pero este crecimiento tiene que ser integral. No es suficiente crecer sólo biológicamente. Normalmente todos los padres se preocupan de que a sus hijos no les falte comida ni vestidos.  También deben preocupase del crecimiento “intelectual”. De eso también se suelen preocupar los padres.  Pero todavía hace falta el crecimiento espiritual, debe crecer en gracia. Ese niño debe alimentar su alma descubriendo que Dios es su padre y que todos nosotros somos hermanos.

PREGUNTAS

1.- ¿Qué trato suelo dar a los abuelos? ¿les ayudo cuando me necesitan? ¿Los acompaño cuando están solos?

2.- Hoy día los matrimonios están en crisis. ¿Qué podemos hacer para que los esposos permanezcan unidos y mantengan siempre vivo el amor primero?

3.- En estos tiempos tan difíciles. ¿Cómo estoy abordando el tema de los hijos? ¿Les consiento todo, les doy todo lo que piden? ¿O trato de hacerlos responsables?

Las lecturas de este día, en verso, suenan así:

Celebramos la gran Fiesta
de «LA SAGRADA FAMILIA».
Tres soles resplandecientes:
JOSÉ, JESÚS Y MARÍA.
Jesús, como todo niño,
integró su propia vida
al calor de una familia
trabajadora y sencilla.
Jesús fue creciendo en gracia,
edad y sabiduría,
junto a unos padres, pendientes
de la voluntad divina.
¡Qué feliz y qué dichosa
aquella familia unida
por la fe, la comprensión,
el respeto y la caricia!
Modelo para las nuestras
que sangran por las heridas
del desamor, los enfados
y las relaciones frías …
No hay regalo más precioso
ni bendición más querida
que padres, hijos y nietos
viviendo en paz y armonía.
En la familia encontramos
una fuente de alegría.
Nada hay tan dulce, Señor,
que vivir en compañía.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Vivir en casa

Parece probable que Lucas construyera este relato con un objetivo preciso: presentar a Jesús como alguien que vivía permanentemente “en el Padre”, en una actitud marcada por la confianza y la docilidad completa. Lo cual se percibe nítidamente en las últimas palabras que el propio Lucas pone en boca del Crucificado: “Padre, a tus manos confío mi espíritu” (Lc 23,46). De ese modo, el evangelista hace que “Padre” sea la primera y la última palabra que pronuncia el Jesús de su evangelio.

¿Qué significa exactamente la expresión “estar en casa de mi Padre”? Una es la lectura teísta, según la cual la persona religiosa se entrega a la divinidad, pensada como un Ser separado, en quien cree encontrar fuerza, apoyo y confianza.

Pero, superado el teísmo, cabe también otra lectura -simbólica, mística y laica a la vez-, según la cual, el término “Padre” es una metáfora para referirse al Fondo último de lo real y, por tanto, a nuestra verdadera identidad. “Padre” alude a la Realidad transpersonal -lo realmente real-, fuente, fundamento y “sustancia” última de todo lo que es, que se despliega constantemente en infinidad de “formas” que pueblan nuestra experiencia.

Ahí queda expresada la paradoja de lo real -también nuestra-: somos esa misma y única Realidad (“Padre”) expresándose en una forma concreta (yo). Y Eso que somos no puede ser pensado ni nombrado; únicamente podemos serlo y es entonces cuando lo conocemos de manera experiencial. No solo no se halla al alcance de la razón -siendo totalmente “razonable”, es transracional-, sino que el camino para experimentarlo pasa por el silencio de la mente. Silencio que nos introduce en lo que los místicos llamaron la “sabiduría del no saber” y nos pone en contacto con “Aquello” que es previo a todo pensamiento, el “Fondo lúcido”, un saber previo a la razón, que se verifica en la propia persona del buscador.

Desde esta lectura, “estar en casa del Padre” significa vivir anclados, en conexión consciente, con “Eso” que somos en profundidad, fuente de vida, de amor, de creatividad y de acción, en una actitud sostenida de confianza y de docilidad a la vida. “Estar en la casa del Padre” es vivir diciendo sí a lo que la vida nos trae y en la dirección que la vida nos mueve.

¿Vivo, de manera consciente, en casa?

Enrique Martínez Lozano

Comentario – Sagrada Familia

(Lc 2, 41-52)

La familia de Jesús era ciertamente una familia piadosa, eran símbolo de los pobres de Yavé, ese resto fiel que Dios usa como instrumento para hacer llegar la salvación a su pueblo. Ellos iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Pero este texto nos presenta una situación conflictiva.

Después de un día de camino de regreso se dan cuenta de que Jesús no estaba en la caravana, entre los parientes y conocidos. Este detalle nos muestra a una familia plenamente integrada, en la cual el niño podía pasarse un día entero entre la multitud de la caravana, paseando entre los parientes y conocidos. Así se nos invita a preguntarnos si nuestra vida en familia está abierta a la sociedad, o es sólo una pequeña isla que nos aleja y nos separa del mundo.

Pero después de un día sin verlo, sus padres comienzan a buscarlo, y a los tres días lo encuentran en el templo, dialogando con los maestro judíos. De esta manera se manifiesta la sabiduría que Jesús recibía de su Padre celestial.

María dirige a Jesús su reproche y le expresa su angustia, donde se revela como una mujer completamente normal, lo cual no contradice el profundo espíritu de fe que se manifiesta en 1, 39-55. Ella no necesita reprimir sus preguntas para ser una mujer de fe, de adoración y de obediencia.

La respuesta de Jesús: “yo debía estar en la casa de mi Padre”, muestra que Jesús debe cumplir una misión del Padre, con el cual tiene una relación única, aunque María todavía no pueda comprender todo lo que implica esa misión. Por eso mismo” una espada atravesará su corazón” (2, 35). Sin embargo, hecha esta aclaración, Jesús no reniega de sus deberes de hijo, de miembro de una familia, de manera que “volvió a Nazaret y vivía sujeto a ellos” (2, 51).

Y su madre, lejos de vivir superficialmente todo lo que iba sucediendo, “conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”.

Oración:

“Enséñame, Jesús a vivir en profundidad mi vida familiar, a guardar cuidadosamente en el corazón los acontecimientos de mi familia como lo hacía María. Ayúdame a darles un significado y un valor trascendente a las cosas que nos sucedan”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La Sagrada Familia

El papa Francisco nos propone este año, poner la mirada en la Sagrada Familia, y rezar para que cada familia sienta en su propia casa, pequeñas comunidades domésticas de amor sincero y generoso, fuente de alegría incluso en las pruebas y dificultades. Nos invita a que este año sea «un renovado y creativo impulso pastoral para poner a la familia en el centro de la atención de la Iglesia y de la sociedad. Para que sea posible el amor familiar como vocación y camino de santidad.

Hoy, bajo el lema «Anunciar el Evangelio de la familia hoy», somos invitados a entrar al Hogar de Nazaret, porque en ella se ofrece un auténtico modelo de familia unida, alegre, siempre dispuesta para hacer la voluntad de Dios.

La Iglesia ve en la Sagrada Familia, una particular expresión de la cercanía de Dios y al mismo tiempo un signo particular de elevación de toda familia humana, de su dignidad, según el proyecto del Creador. Dios está presente en esta comunión como Creador y Padre, dador de la vida humana y de la sobrenatural, de la vida divina.

La familia es cuna de la educación a pesar del desprestigio de algunas instituciones políticas. La familia está considerada como una de las fuerzas más poderosas en la educación y formación de la personalidad. La familia es el primer contexto en el que un niño es educado, es escuela de amor y aprendizaje, por tanto, los padres son los primeros y principales responsables de su educación.

De hecho, los valores familiares fortalecen los lazos de unión, respeto y confianza. Cuidar uno del otro, respetar a las personas mayores, colaborar con las labores del hogar, ser bondadosos y honestos, hace que las personas actúen como buenos ciudadanos en cada uno de los grupos sociales de los que forma parte.

La familia humana es la comunidad en la que nace el hombre a fin de vivir para Dios y para los hombres. Dios bendice al que honra a sus padres, y escucha sus oraciones En la autoridad que Dios les ha confiado los padres deben asumir su responsabilidad educativa. A veces deberán contradecir los caprichos de sus hijos para que aprendan el sacrificio, la renuncia, el dominio propio, el respeto. Sin valores como estos, la convivencia familiar y social se deteriora gravemente. Los padres son los primeros educadores de sus hijos y deben ir con el ejemplo por delante y tener tiempo para estar con ellos, jugar, reír y orar juntos.

Hay un dicho que dice: “La educación es el principal vestido para la fiesta de la vida”. Las virtudes que deben caracterizar la vida de la familia cristiana son la unión en el amor, la oración y el perdón. El amor mutuo debe ser la base de las relaciones familiares. Y la oración de la familia, debe asentarlo todo en Dios, por ello nos invita a cantar a Dios, darle gracias de corazón con salmos y cantos. Y terminamos con el perdón, recordando que “el Señor nos ha perdonado”, por consiguiente, también hemos de hacer lo mismo, en definitiva, invita a que el perdón y el amor sean el ceñidor en las relaciones familiares, de manera que sea posible la paz en ella. Una familia que crece en los valores del amor, el respeto, la empatía, la honestidad, la autonomía y el perdón, es la bendición de Dios que la Iglesia pide y desea para todos los hombres.

En esta escena del evangelio, “el niño perdido”, tiene mucho que enseñar. Hoy el niño deja en evidencia al pobre san José y a María, ellos nos enseñan a ser humildes y ante poner el seguimiento de su Hijo a todo lo demás.

Esta es la última escena del evangelio de la infancia de Lucas y este relato, en principio, debe más a su simbología de la pascua que a la anécdota histórica de la infancia de Jesús.

En la primera parte del evangelio Jesús está entre maestros de la ley, porque debe discutir con ellos las cosas que se refieren a los preceptos que ellos interpretan y que sin duda son los que, al final, le llevarán a la muerte y de la muerte a la resurrección.

Es como algo premonitorio de lo que va a acontecer en su vida, un anuncio que manifiesta que ya desde los doce años, debe prepararse porque al final de su vida va a padecer el juicio y la condenación de estos mismos doctores de la ley. De ahí que Lucas insista en que el niño, ni se ha perdido, ni se ha escapado de casa, sino que se ha entregado a una causa que ni siquiera “sus padres” pueden comprender totalmente.

Por otra parte, Lucas resalta a través del relato del evangelio, tanto la humanidad de Jesús, que nace, crece, se desarrolla como persona creyente en familia y en sociedad. Como su divinidad, manifestada en su temprana conciencia de su relación filial única con Dios Padre. Al mismo tiempo los tres días perdidos, representan los mismos días acontecidos antes de la resurrección. Señalando que, hasta la resurrección ni María, ni los apóstoles entendieron, que Jesús tenía razón, que Dios estaba de su parte.

La familia de Nazaret se nos presenta hoy como modelo hacia lo que Dios nos ofrece a cada uno, su gracia, su perdón, su infinita misericordia que debe ser acogida en nuestros corazones, para intentar de forma personal, responder a la llamada que nos hace todos los días, y que no es otra que aceptar su voluntad de forma humilde y sencilla. Saber que Dios padre está a cargo de todo lo que sucede debe llenarnos de paz y seguridad. Al mismo tiempo nos recuerda que Dios tiene un proyecto particular para cada familia: quiere que sea un gran medio de evangelización en el mundo. La familia cristiana tiene que ser luz en un mundo donde la familia está sufriendo los golpes del paganismo por medio del divorcio, de la infidelidad, de la negativa a tener hijos, del aborto, de la eutanasia y muchos otros males.

El evangelio de hoy termina diciendo que la familia vuelve a Nazaret, y allí «el niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba». Los vecinos no notaban nada. Sólo José y María sabían del misterio. Pero Dios ya estaba entre nosotros y actuaba. Por eso vamos a pedirle a José, a María y a Jesús que nos ayuden a crecer continuamente en sabiduría y que la gracia de Dios nos acompañe siempre.

Roberto Juárez

La familia de Nazaret

(Lc 2, 41-52) Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad

En tiempos de Jesús la familia patriarcal o clan estaba formada por los padres, abuelos, hermanos, primos, tíos, esclavos. La autoridad principal la ostentaba el varón de mayor edad. Este modelo ha estado vigente en la zona mediterránea durante siglos. La categoría que cohesionaba a todos los miembros era el honor, la honra y se comprometían a mantenerlo a toda costa. Era una cuestión social y económica de vital importancia para preservar la seguridad y el bienestar familiar.

Todo esto nos ayuda a interpretar adecuadamente algunos pasajes de los evangelios como el de hoy. Aunque es poco probable que sea un relato histórico, ya que está escrito mucho después, contiene un significado teológico enorme.

Lucas nos dice que el clan familiar de Jesús solía ir a Jerusalén por las fiestas de Pascua, es decir, un grupo numeroso de treinta, cuarenta o más personas; probablemente los hombres se juntarían, también las mujeres, y los más jóvenes irían de acá para allá sin preocuparse demasiado unos de otros. Era una familia absolutamente normal. Es, además, una experiencia que se ha vivido en muchos pueblos en las fiestas patronales.

Jesús ha cumplido doce años, un número simbólico de madurez que encontramos en otros pasajes de los evangelios. Señala un grado de adultez y conocimiento que poco tiene que ver con la imagen ingenua de un Jesús tierno y dócil. Es la edad en que se toma contacto con la realidad, se amplía el entorno del círculo familiar, se comienza a tomar decisiones, a ser responsable de sus propios actos.

La curiosidad de Jesús, o quizá, la intuición del vínculo con su yo interior, le hace acercarse al Templo, centro de la ciudad y del saber religioso de los judíos. Pero centro también, de un proceso que ya está gestándose  y desarrollándose en su interior. Y opta por quedarse entre los maestros escuchándoles y preguntándoles. Su interés manifiesta ya un criterio propio y cierta autonomía. Jesús deja claro que su misión va más allá de los intereses de su familia y de lo que dictan las normas sociales. De hecho, no se incorpora a la caravana de regreso a Nazaret. El niño ha salido respondón.

Lucas va preparando el significado de la vida pública de Jesús. Es ahí en el hondón del corazón, en lo oculto e íntimo donde se descubre la naturaleza esencial de la persona entre el ser humano y la Divinidad, que llamamos Unidad (Cf. Hch 17,28). Todo lo demás, es la trama de la vida con sus necesidades, anhelos, intereses, condicionamientos o distracciones. Jesús elige entrar en el corazón de “su templo” y ponerse a la escucha de la Palabra.

La búsqueda de María y José entre parientes y conocidos no da el resultado esperado y deciden volver a Jerusalén. Es una forma de decir que en esa parada interior de “tres días” descubres en el fondo de tu Ser, en la intimidad del corazón, esa chispa de Luz divina que te habita y te acompaña hasta el momento del encuentro definitivo con Dios. Más que una fecha precisa indica un breve lapso de tiempo en el cual has dado la adhesión a Jesús. Ese viaje existencial hace que el alma “progrese en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.

Jesús, finalmente, regresa con sus padres a Nazaret. Al igual que nosotros, tras haber experimentado la presencia del Espíritu en la interioridad del corazón, se incorpora a la vida cotidiana con todas sus posibilidades, capacidades y fortalezas. Es la vida insertada en un espacio y tiempo concreto. Se trata de saber conjugar su libertad esencial, esto es, hacer la voluntad del Padre y, al tiempo, vivir las relaciones humanas que vamos tejiendo con un corazón sencillo y alegre. Lucas lo expresa diciendo que “Jesús siguió bajo su autoridad”.

El evangelio no idealiza ni consagra ningún tipo de familia en especial. La de Jesús, tan diferente a la del mundo moderno, es bastante atípica. De hecho Mateo comienza su evangelio con la genealogía de Jesús, con una historia de infancia. Algo no cuadraba. Jesús es para él el término hacia el que miran el anuncio profético y el cumplimiento. Las credenciales de Jesús están en la Escritura que se cumple en él.

La familia sigue siendo el marco indispensable para el desarrollo de la persona en todas sus dimensiones. Es ahí donde adquiere el aprendizaje necesario para crecer y establecer relaciones humanas a lo largo de toda su vida. En cualquier modelo de familia lo esencial es el amor, que Jesús predicó poniendo a la persona en el centro por encima de convencionalismos sociales o culturales. Los lazos de sangre y las relaciones que vamos estableciendo nos ayudan a salir de nosotros mismos, de nuestros egos, para construir fraternidad, tolerancia, respeto, humildad, entrega, servicio. Eso es lo que nos acerca a la plenitud humana. ¿Es la familia, hoy, cualquiera que sea el modelo, germen y sostén de vínculos solidarios, educadora de compromisos frente al relativismo e individualismo que impera en la sociedad y continuadora de la vivencia de la fe? ¿Es la pedagogía de la Iglesia acorde con los tiempos que estamos viviendo?

Finalmente se nos dice que María lo guardaba todo en su corazón. Ella recuerda las palabras del ángel en la Anunciación: “será grande, santo, Altísimo…” que parecen no coincidir con la pobreza y el desamparo del alumbramiento en la soledad de una cueva. Una Novedad que irrumpe frente a todas las grandezas que escuchó sobre Dios. Un Dios que se presenta casi siempre de incógnito, sin artificios ni relumbrones. María necesitó meditar ese misterio y nos invita a vivir en alerta permanente para descubrir la novedad del Dios-con-nosotros hasta que la fe nos haga capaces de integrarlo y acogerlo.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

El Evangelio no sacraliza ningún modelo de familia

Solo si conocemos lo que era la familia en tiempo de Jesús, estaremos en condiciones de comprender lo que nos dice el evangelio. En aquel tiempo no existía la familia nuclear, formada por el padre la madre y los hijos. En su lugar encontramos el clan o familia patriarcal. El control absoluto pertenecía al varón más anciano. Todos los demás miembros: hijos, hermanos, tíos, primos, esclavos formaban una unidad sociológica. Este modelo ha persistido en toda el área mediterránea durante milenios. La esposa entraba a formar parte de la familia del varón, olvidándose de la suya propia.

Todos los miembros de la familia formaban una unidad de producción y de consumo. Pero la riqueza básica del clan era el honor. Sus miembros estaban obligados a mantenerlo por encima de todo. No era solo una cuestión social sino también económica. Las relaciones económicas eran inconcebibles al margen de la honorabilidad y el prestigio. Era vital para el clan que ningún miembro se desmandara y malograra el bienestar de toda la familia. Esto no quiere decir que no tuvieran los esposos relaciones especiales entre ellos y con los hijos. Incluso podían tener su casa propia, pero nunca gozaban de independencia.

Esta perspectiva nos permite comprender mejor algunos episodios de los evangelios. El que acabamos de leer es un ejemplo. Desde la idea de una familia formada por José, María y Jesús, es incomprensible que se volvieran de Jerusalén sin darse cuenta de que faltaba Jesús. Si todo el clan (treinta – cincuenta personas) sube a Jerusalén como familia, los varones irían juntos, las mujeres también y los jóvenes andarían por su lado, sin preocuparse demasiado los unos de los otros, porque la seguridad la daba el grupo.

Otros pasajes que se explican mejor desde esta perspectiva: (Mc 3, 20-21) “Al enterarse ‘los suyos’ se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio”. Lo que pretendía su familia era evitar una catástrofe para él y para todo el clan. El tiempo les dio la razón. Más adelante (Mc 3, 31-34): “Una mujer dice a Jesús: tu madre y tus hermanos están fuera. Él contestó: Y ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Se nos está diciendo que para llevar a cabo su obra, Jesús tuvo que romper con su clan, lo cual no supone que rompiera con sus padres. Este episodio lo recoge también Mateo y Lucas.

Hay otro aspecto que también se explica mejor desde este contexto. La costumbre de casarse muy jóvenes (las mujeres a los 12 -13 años y los hombres a los 13-14). Era vital adelantar la boda, porque la media de edad era unos treinta y tantos años y a los cuarenta eran ya ancianos. En el ambiente que tenían que vivir, no era tan grave la inexperiencia de los recién casados, porque seguían bajo la tutela que daba el clan. También la responsabilidad de criar y educar a los hijos era tarea colectiva, sobre todo de las mujeres.

Jesús no se sometió a ese control porque le hubiera impedido desarrollar su misión. Fijaros el ridículo que hacemos cuando, en nombre de Jesús, predicamos una obediencia ciega, es decir irracional, a personas o instituciones. Cuando creemos que el signo de una gran espiritualidad es someter la voluntad a otra persona, dejamos de ser nosotros mismos. La explicación que acabo de dar pretende armonizar la responsabilidad de Jesús con su misión y el cariño entrañable que tuvo que sentir, sobre todo por su madre.

El relato evangélico que acabamos de leer está escrito ochenta años después de los hechos; por lo tanto no tiene garantías de historicidad. Sin embargo es muy rico en enseñanzas teológicas. No hay nada de sobrenatural ni de extraordinario en lo narrado. Se trata de un episodio que revela un Jesús que empieza a tomar contacto con la realidad desde su propia perspectiva. Justo a los doce años se empezaban a considerar personas, a tomar sus propias decisiones y a ser responsables de sus propios actos.

Sentado en medio de los doctores. Los doctores no tienen ningún inconveniente en admitirle en el “foro de debate”. Tiene ya su propio criterio y lo manifiesta. Lucas prepara lo que va a significar la vida pública, adelantando una postura que no es de niño. Sus padres no lo comprendían. La verdad es que fue, para todos los que le conocieron incomprensible. Siguió bajo su autoridad, pero ya ha dejado claro que su misión va más allá de los intereses del clan. La última referencia es un fuerte aldabonazo. Dice el texto: Jesús crecía en estatura en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres.

Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte. Lo importante no es la clase de institución familiar en que vivimos, sino los valores humanos que desarrollamos. Jesús predicó lo que vivió. Si predicó  la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para los seres humanos. El ser humano nace como proyecto que tiene que desarrollarse con la ayuda de los demás.

No debemos sacralizar ninguna institución. Las instituciones tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo. Las instituciones ni son santas ni sagradas. Con frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos. No son las instituciones las culpables sino algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para defender sus propios intereses. No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano.  

La familia sigue siendo hoy el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no solo durante los años de la niñez o juventud, sino durante todas las etapas de nuestra vida. El ser humano solo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco ideal para esas relaciones profundamente humanas. Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo. En cada una de esas situaciones, la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana. Los lazos de sangre o de amor natural debían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio.

En ninguna parte del NT se propone un modelo de familia, sencillamente porque no se cuestiona el existente en aquel tiempo. Proponer un único modelo de familia como cristiano es pura ideología. Si dos hermanos viven con uno de los padres forman una familia, cuando muere el padre, ¿dejan de ser una familia? Y si son dos personas que se quieren y deciden vivir juntas, ¿no son una familia? Jesús no defendió instituciones, sino a las personas que la forman. En cualquier modelo de familia lo importante es el amor, que Jesús predicó y que debemos desarrollar en cualquier circunstancia que la vida.

Fray Marcos

Fiesta de la Sagrada Familia

Suele decirse que la familia está en crisis. Los matrimonios por la Iglesia, y también los civiles, disminuyen de forma notable; los divorcios y las separaciones crecen. En la fiesta de la Sagrada Familia esperamos que las lecturas nos animen a vivir nuestra vida familiar. Y así ocurre con las dos primeras, mientras que el evangelio nos depara una sorpresa.

Hijos adultos y padres ancianos (Eclesiástico 3,3-7.14-17a)

Curiosamente, la primera lectura no se dirige a los padres, sino a los hijos. Pero no se trata de hijos pequeños, sino de personas adultas, casadas, que conviven con sus padres ancianos (cosa frecuente en el siglo II a.C.). El texto de Jesús ben Sira (autor del libro del Eclesiástico) da por supuesto que esos hijos tienen suficientes recursos económicos y, al mismo tiempo, vivencia religiosa. Son personas que rezan y piden perdón a Dios por sus pecados. Pero, según ben Sira, el éxito a todos los niveles, humano y religioso, dependerá de cómo trate a sus padres ancianos. En una época en la que no existía la Seguridad Social, «honrar padre y madre» implicaba también la ayuda económica a los progenitores. Pero no se trata solo de eso. La actitud de respeto y cariño hacia el padre y la madre es lo único que garantiza que la oración sea escuchada y que los pecados «se deshagan como la escarcha bajo el calor».

Maridos, mujeres, hijos y padres (Colosenses 3,12-21)

El texto de la carta a los Colosenses comienza con una serie de consejos válidos para toda la comunidad cristiana, entre los que destacan el amor mutuo y el agradecimiento a Dios. Pero ha sido elegido para esta fiesta por los breves consejos finales a las mujeres, los maridos, los hijos y los padres.

El que resulta más problemático en la cultura actual es el que se dirige a las mujeres: «vivid bajo la autoridad de vuestros maridos». Pero en la situación del imperio romano durante el siglo I, cuando sobre todo las mujeres de clase alta presumían de independencia y organizaban su vida al margen del marido, no es raro que el autor de la carta pida a la esposa cristiana un comportamiento distinto. El consejo a los maridos, amar a sus mujeres y no ser ásperos con ellas sigue siendo válido en una época donde abunda la violencia de género. Los consejos finales a padres e hijos sugieren el ideal de las relaciones entre ambos: un hijo que obedece con gusto, un padre que no se impone a gritos e insultos.

Un evangelio atípico (Lucas 2,22-40)

Si san Lucas hubiera sabido que, siglos más tarde, iban a instituir la Fiesta de la Sagrada Familia, probablemente habría alargado la frase final de su evangelio de hoy: «El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba». Pero no habría escrito la típica escena en la que san José trabaja con el serrucho y María cose sentada mientras el niño ayuda a su padre. A Lucas no le gustan las escenas románticas que se limitan a dejar buen sabor de boca.

Como no escribió esa hipotética escena, la liturgia ha tenido que elegir un evangelio bastante extraño. Porque, en la fiesta de la Sagrada Familia, los personajes principales son dos desconocidos: Simeón y Ana. A José ni siquiera se lo menciona por su nombre (solo se habla de «los padres de Jesús» y, más tarde, de «su padre y su madre»). El niño, de solo cuarenta días, no dice ni hace nada, ni siquiera llora. Solo María adquiere un relieve especial en las palabras que le dirige Simeón.

Sin embargo, en medio de la escasez de datos sobre la familia, hay un detalle que Lucas subraya hasta la saciedad: cuatro veces repite que es un matrimonio preocupado con cumplir lo prescrito en la Ley del Señor. Este dato tiene enorme importancia. Jesús, al que muchos acusarán de ser mal judío, enemigo de la Ley de Moisés, nació y creció en una familia piadosa y ejemplar. El Antiguo y el Nuevo Testamento se funden en esa casa en la que el niño crece y se robustece.

La misma función cumplen las figuras de Simeón y Ana. Ambos son israelitas de pura cepa, modelos de la piedad más tradicional y auténtica. Y ambos ven cumplidas en Jesús sus mayores esperanzas.

Sorpresa final

Las lecturas de hoy, que comenzaron tan centradas en el tema familiar, terminan centrando la atención en Jesús. Con dos detalles fundamentales:

1. Jesús es el importante. La escena de Simeón lo presenta como el Mesías, el salvador, luz de las naciones, gloria de Israel. Ana deposita en él la esperanza de que liberará a Jerusalén. José y María son importantes, pero secundarios.

2. Jesús es motivo de desconcierto y angustia. Lo que Simeón dice de él desconcierta y admira a José y María. Pero a ésta se le anuncia lo más duro. Cualquier madre desea que su hijo sea querido y respetado, motivo de alegría para ella. En cambio, Jesús será un personaje discutido, aceptado por unos, rechazado por otros; y a ella, una espada le atravesará el alma. Lucas está anticipando lo que será la vida de María, no solo en la cruz, sino a lo largo de toda su existencia.

José Luis Sicre

Aproximarnos al Modelo

En un famoso concurso culinario de televisión, una de las pruebas consiste en reproducir un plato de algún chef conocido. Se ofrece a los concursantes una imagen de dicho plato, como modelo, y se les indican los ingredientes y los pasos a seguir para reproducirlo. Esto no es nada fácil, hay que adquirir los ingredientes necesarios y a veces falta alguno, hay que saber combinarlos, respetar los tiempos de cocinado… por lo que a menudo no se consigue reproducir fielmente el modelo propuesto, y gana aquél concursante que más se haya aproximado al mismo.

Hoy estamos celebrando la fiesta de la Sagrada Familia, el Modelo de la familia cristiana, y se nos pide a quienes somos y formamos la Iglesia que lo reproduzcamos, como en el concurso culinario.

Los “ingredientes” sabemos cuáles son: Jesús, María y José. Pero tenemos prefijada una imagen de la Sagrada Familia, transmitida en cuadros y estampas: María y José, pulcramente vestidos con el Niño de pelo rizado y rubio y con ojos azules, en un ambiente hogareño y apacible, en una carpintería en la que no hay serrín por el suelo ni virutas de madera sueltas…

Y a menudo, como en el concurso culinario, nos resulta muy difícil, imposible, reproducir ese modelo: unas veces porque nos falta alguno de los “ingredientes humanos”, por circunstancias de la vida; otras veces porque, aunque estemos todos los “ingredientes humanos”, no sabemos combinarnos bien; otras veces porque la realidad de nuestro día a día dista mucho de esa imagen de sosiego y armonía que vemos en las imágenes… Y pensamos que nunca lo podremos reproducir.

Pero es que esas imágenes que tenemos prefija- das no se ajustan al Modelo que es la Sagrada Familia. Por eso, la fiesta de hoy es una llamada a fijarnos en lo que sabemos con certeza de la Sagrada Familia por el Evangelio, para descubrir el verdadero Modelo que debemos reproducir.

José era un trabajador manual, un carpintero, por lo que era pobre, iba vestido como un trabajador cualquiera, tenía las manos callosas, sudaba y se cansaba trabajando, su vivienda era muy corriente, el serrín y virutas estaban por todas partes, y se preocupaba por cómo sacar adelante a su familia.

María era un ama de casa, que cocinaba y limpiaba y hacía la colada, por lo que se cansaba y sus manos no eran tersas y suaves, y también iba vestida con la sencillez de una mujer del pueblo llano.

Jesús era un niño como cualquier otro de su entorno humilde, tendría los rasgos propios de su raza en cuanto a tez y color del pelo, y también hizo sus trastadas, como hemos escuchado en el Evangelio: se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres.

Por eso, la Sagrada Familia vivió tensiones y conflictos entre sus miembros, también lo hemos escuchado: ¿Por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.

Si nos fijamos bien, todo esto dista bastante de esa imagen idealizada de las estampas y cuadros, y ya nos acerca bastante al Modelo real que debemos procurar reproducir; pero aun así, nos sigue costando hacerlo: unas veces porque nos falta alguno de los “ingredientes humanos”, por diferentes razones; otras veces porque no sabemos cómo afrontar las tensiones y conflictos.

Por eso, esta fiesta nos recuerda lo que es el “Ingrediente” básico que distinguía a la Sagrada Familia y por el cual es nuestro Modelo a reproducir: y ese Ingrediente es Dios. Por la presencia de Dios en su familia, Jesús, tras su escapada, bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Por la presencia de Dios, María conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. La presencia de Dios es lo que hace que, con el tiempo y respetando los procesos humanos, se “cocine” el Modelo que es la Sagrada Familia para nosotros.

Estamos llamados a reproducir este Modelo, pero desde la realidad, la de la Sagrada Familia y la nuestra. Quizá nos falten algunos “ingredientes humanos”, quizá no sepamos cómo solventar algunos conflictos… pero la fiesta de hoy nos recuerda que el Ingrediente que no debe faltarnos es Dios. Él hace que nuestras familias, aunque no reproduzcan a la perfección el Modelo de Jesús, María y José, se aproximen a Ellos y ofrezcan a todos la riqueza que es la familia cristiana.

Comentario al evangelio – La Sagrada Familia

CUIDAR LA FAMILIA


             La Sagrada Familia, ya sabemos, está formada por María, José y el Niño. ¿Por qué la llamamos «sagrada»? La verdad es que ni José ni María eran personajes excepcionales, si no hubiera sido porque se dejaron en las manos de Dios, se pusieron a su servicio, y aceptaron vivir consagrados a la misión que Dios les encomendaba.  Su misión fundamental sería crear al clima necesario para que aquel Niño tan especial creciera sano, fuera feliz y aprendiera todas esas cosas importantes que los padres transmiten a sus hijos, abriéndoles el camino de la vida y de la fe.  Ni las guarderías o escuelas, ni los grupos de amigos, ni las parroquias, ni los medios de comunicación social, logran penetrar tan a fondo en la intimidad infantil como los familiares, esas personas de quienes se depende absolutamente durante los seis o nueve primeros años de vida. Esta familia de Nazareth no sería muy diferente de cualquier otra familia que fuera consciente de su vocación divina, de cualquier matrimonio que se haya tomado en serio aquellas palabras que un día se dijeron ante el altar de Dios:

– Yo me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad todos los días de mi vida. 

– Estamos dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, a educarlos cristianamente y a hacer de nuestro hogar el lugar donde puedan crecer y aprendan a darse a los demás.

Apunto, sin entrar en detalles, algunos de los problemas y dificultades más frecuentes:

Þ  En muchas familias, la gran dificultad es la falta suficiente de comunicación y de encuentro profundo (a pesar de que puedan pasarse horas juntos). Cuesta hablar, y cuesta encontrarse, más allá del «tenemos que ir a», «hay que comprar…», «hay que llevar al niño a…» y otras parecidas. El «me siento», «lo siento», «me preocupa», «te agradezco», «necesito»… cuestan bastante más.

Þ   No pocas veces el amor primero que se selló sacramentalmente… no se ha cuidado debidamente. Se dan cosas por supuestas. El otro tiene que «adivinar» lo que me pasa. Se prefiere reservarse ciertos asuntos para evitar conflictos o preocupar al otro. Se van descuidando los pequeños detalles. No se revisa cómo va la relación. No se buscan medios para madurar y crecer juntos… Puede que se aprenda a convivir con el otro y con los otros… pero sin que podamos decir que mi familia es un don, es un regalo, es una tarea…

Þ  La vida espiritual matrimonial es muy variada. Hay quienes rezan algo juntos, o van a misa juntos. Menos forman parte de alguna comunidad de fe o de matrimonios. Pero a la hora de la verdad, pocas veces la vida espiritual personal y familiar… afecta gran cosa al cada día. Falta compartir la Palabra, la acción de gracias concreta, el pedirse perdón, orar juntos por alguna preocupación…

Þ  Nadie transmite lo que no vive, o vive rutinariamente. La crisis social, cultural, religiosa y eclesial hace que en la práctica la fe vaya quedando arrinconada, o reducida a momentos puntuales. Bastantes parejas no han sabido o querido madurar, formarse, cultivar una fe que tenga algo que aportar a su vida cotidiana. Y hay tantas opciones,  tantos criterios, tantas sensibilidades distintas… ¿qué podemos entonces compartir juntos y transmitir a los hijos?

Þ  Con respecto a la educación de los hijos en «valores» y en la dimensión trascendente de la persona… hay también mucha variedad. Hay padres casi del todo despreocupados de este asunto. Los hay desorientados por la diferencia de criterios dentro de la pareja, y por la distancia que perciben entre lo que ellos aprendieron… y lo que viven hoy sus hijos, no sabiendo cómo actuar. Parece que los hijos se «forman» (sí, entre comillas) más en los medios de comunicación, internet, las redes, los grupos de amigos, los estudios… La «cultura» va muy deprisa y no pocas veces se siente desbordados o perplejos. Hay padres que «delegan» en los centros de formación, en las catequesis, en las clases de religión… Y los hay también, cómo no, responsables, implicados, comprometidos, acompañando a sus hijos en el crecimiento de todos los aspectos del ser humano.

            Aunque han quedado ya apuntadas algunas pistas, subrayo y propongo SEIS que ayuden a mejorar y animar esta gran tarea de construir y ser una familia santa: 

 Ø Es necesario que los padres se quieran, y se apoyen, y que los hijos sepan y vean que se quieren y maduran juntos, de las mil maneras que puede expresarse y mimarse el amor.

 Ø Es importante el afecto de los padres hacia los hijos (y viceversa).  Los hijos necesitan menos que les den cosas (dinero, estudios, viajes, objetos…), y más que los padres estén cerca oportunamente. Supone atención personal a cada uno, cercanía, respeto, darles responsabilidades (sin darles tantas cosas hechas), exigencia apropiada, etc. Y los padres también necesitan sentir el aprecio de los hijos.

Ø Es esencial la comunicación de la pareja entre sí y con los hijos.  Una comunicación que no huela a fiscalización ni se convierta en reproche continuo, y no sólo solo en torno a cosas que «hay que hacer»… sino una comunicación que busque comprender, compartir experiencias, sentimientos, vivencias, inquietudes, proyectos, preocupaciones.  Y aprovechar mucho mejor el escaso tiempo que se puede estar juntos, reservando incluso algunos momentos para estos encuentros.

Ø No hay que olvidar la coherencia entre lo que se dice o pide a los hijos y el propio comportamiento. El perdón y reconocer los errores tiene un papel muy importante.

Ø Es importante también el cultivo de una fe más compartida por la pareja y por toda la familia (teniendo en cuenta las diferentes edades): aprender a orar juntos, leer juntos la Palabra de Dios, comprar algunos libros religiosos (los hay muy buenos) para facilitar la meditación y la maduración en la fe… dialogar sobre la  formación religiosa que se va recibiendo en la Parroquia y el Colegio, etc. Ofrecer humildemente el propio testimonio personal a los hijos…

Ø Por último: la familia va más allá del matrimonio (cuando lo hay) y los hijos. Hay otros miembros y, ya que parece que la soledad se ha convertido en un rasgo relevante en estos tiempos, pues no podemos olvidarnos de los que están solos, enfermos, mayores, con dificultades del tipo que sea…

¡Ah! Nunca es demasiado tarde para «relanzar» ilusiones, proyectos. Siempre es tiempo de renovar y de reconstruir y de resucitar. ¡Adelante!

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen Superior de Mark Missman e inferior Bradi Barth