Comentario – Los Santos Inocentes

Mt 2, 13-18

En esta festividad volvemos a tomar contacto con los «evangelios de la infancia». Y encontramos de nuevo los procedimientos de interpretación de San Mateo: el acontecimiento de la huida a Egipto está expuesto en el marco de un pensamiento teológico que encuentra en Cristo la situación de Moisés. Cristo es el «nuevo Moisés». El faraón había mandado matar a todas los recién nacidos (Éxodo, 1, 15-22) Moisés se había librado de la matanza huyendo al extranjero (Éxodo, 2, 1-10) Moisés había sido llamado para que regresase a su país con las mismas palabras que el ángel utiliza para el retorno de la sagrada familia. (Éxodo, 4, 19).

Quizá estos procedimientos literarios nos choquen. Son corrientes a lo largo de la Biblia. Una situación actual, un suceso nuevo evocan situaciones y sucesos antiguos. Se los relaciona para mejor comprenderlos en la Fe. Esto es lo que hoy vamos a hacer.

El ángel dijo a José: «Levántate, huye a Egipto…» José se levantó de noche y partió… 

Una orden breve, que manda, sin embargo, una cosa difícil e inmediata. ¡Sin demora alguna, José parte! En plena noche una mujer y un niño desocupan el hogar.

Quiero contemplar esta admirable disponibilidad. Dios puede actuar con José sin la menor dificultad… Hay personas así, cuyo corazón está completamente lleno de Dios. ¡José tenía ese temple! Un hombre vigilante, atento siempre a la menor indicación que le sugiera cuál es la voluntad de Dios.

Tomó al niño y a su madre. 

En los dos primeros capítulos de su evangelio, Mateo no habla nunca de otro modo. (Mateo, 2, 11, 13, 14, 20, 21). 

El niño siempre es nombrado en primer lugar, antes que su madre. Y no habla nunca de «sus padres», ni de «su familia».

¡Menciona a José como algo externo al grupo privilegiado que forman «Jesús y María», «el niño y su madre»! Hay en esta simplísima fórmula, aparentemente anodina, toda una teología perfectamente correcta: el niño es el centro de todo, El es el primero… solamente después viene su madre… y esto es todo. Al padre, de momento no se le nombra. Será Jesús mismo a los doce años quien le nombrará, cuando lo encuentran en el Templo, en Jerusalén. ¡Sí, hay una majestad extraordinaria que emana de los relatos de esta infancia!

La dignidad misma de María procede de este niño; ¡ella es su madre! Verdaderamente: la debilidad de Dios es mayor que nuestras pobres pretensiones. Al niño recostado en este pesebre no sólo hay que admirarlo, es preciso adorarlo. ¡Es el Señor de la Gloria!, es el Todopoderoso.

Herodes se irritó sobremanera, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en toda su comarca.

Este crimen tan horrible, como el que anteriormente había decidido el Faraón de Egipto, no impedirá que Dios cumpla con su obra.

Entonces se cumplió lo que el Señor había dicho por el profeta Jeremías: «En Ramá se oyeron voces, muchos lloros y alaridos… Es Raquel que llora a sus hijos, sin querer consolarse porque ya no existen.»

Una vez más el evangelista encuentra la clave del suceso en la Escritura. Ha pasado tiempo desde la muerte del profeta, pero los lamentos y los llantos de las madres continúan. Y Dios sigue también siendo sensible a este dolor. Así lo creemos. Hoy rezaré por todas las madres que lloran y sufren.

Noel Quesson
Evangelios 1